Nuestra vida en sociedad está marcada por un ritmo en el que las distintas etapas de desarrollo, tanto físico como psíquico y emocional, tienen características más o menos previsibles a partir de las cuales podemos anticiparnos, con mayor o menor exactitud, a lo que sería una suerte de historia compartida de la humanidad. Todos nacemos en un determinado tiempo y espacio, crecemos y tenemos una infancia en la que dependemos casi con exclusividad de los adultos que nos rodean y luego pasamos a la etapa juvenil —la negativamente categorizada “adolescente”, por adolecer— en la que todos buscamos, en mayor o menor medida, forjar nuestra identidad a través de lo que defendemos y lo que rechazamos en la vida.

En este momento de nuestro desarrollo estamos sumamente permeables porque justamente tenemos una necesidad de comprender quiénes somos y en qué lugar del mundo nos encontramos para definir qué haremos, de ahí en más, con todo eso. Es la etapa de formación más intensa porque todo está moviéndose adentro y afuera a un ritmo inusitado, poniéndonos a prueba de manera permanente para descubrir y definir nuestros límites y alcances de cara a un mundo que nos ofrece tantas posibilidades como concepciones existan de ellas. Nos empezamos a parar en clave de responsabilidad para configurar nuestro accionar, para bien o para mal, de ahí en adelante como protagonistas de una historia en la que iremos escribiendo cada capítulo según lo que experimentemos, lo que nos rodee y lo que comprendamos de todo eso. Es allí cuando empezamos a tomar el control de nuestra existencia para llevarla adelante en un mundo ambivalente y en constante transformación.

¿Y a qué viene todo esto que ya sabemos? A que de la misma manera ocurre con los pueblos. Los principios del hermetismo no son una mera concepción metafísica y filosófica, sino que se aplican a la realidad concreta en cada ámbito en que nos dediquemos a observar con un poco de atención nomás. “Como es arriba es abajo” significa que, así como estamos compuestos de átomos, los que están conformados por un núcleo alrededor del que giran los demás elementos, de igual manera está diseñado el sistema solar y todo el universo, incluidos nosotros mismos tanto en lo material como en lo cultural y espiritual. En cada sociedad hay núcleos de poder alrededor de los cuales giramos todos los demás, a un ritmo que será determinado por la distancia a la que nos encontremos del centro y por la cantidad de centros que nos rodeen y que condicionen la atracción hacia unos y otros, según el equilibrio de las fuerzas que están allí disputándose los elementos. En otras palabras, la esencia de todo lo que existe es la misma y es una cuestión de perspectiva el poder observar lo que nos une, que siempre y sin excepción es más que lo que nos separa.

En esta permanente disputa de fuerzas y espacios en la que existimos y convivimos, la etapa en la que nuestra cultura nacional y latinoamericana se encuentra es la de una adolescencia avanzada, casi llegando a la adultez, ese momento en el que tenemos que terminar de experimentar y debemos comenzar a definir y asumir nuestra responsabilidad histórica, la que marca el tiempo y el desarrollo en el que nos encontramos. Con apenas 200 años de consolidación identitaria e innumerables intentos de seguir dominándonos, lo cierto es que bastante bien nos hemos definido a pesar de que no se ha detenido ni por un instante la colonización pedagógica de lo que somos y podemos ser. Y es que más allá de los problemas que arrastramos y que vemos profundizarse en distintos sectores de nuestras sociedades, lo cierto es que hemos llegado al punto en el que confluyeron diversos factores que nos permitieron disfrutar de una década de avance compartido en Latinoamérica, en los años en los que nuestros grandes líderes de la Patria Grande salieron a combatir al imperio todos juntos, dando una muestra de conciencia popular nunca antes vista en semejante escala y sólo comparable con la bravura del pueblo cubano y la revolución de Fidel, pero llevada a cabo por países que siendo conformados por culturas marcadamente diversas, lograron una integración nunca antes vista.

Y esos años, que nosotros vivimos con Néstor y con Cristina, que en Venezuela nacieron con el comandante Hugo Chávez y en Brasil con Lula da Silva, en Ecuador con Rafael Correa y en Bolivia con Evo Morales como los máximos exponentes del continente en estos procesos revolucionarios, sin duda fueron una patada en el upite del poderoso. Y por más que podamos considerar que de alguna u otra manera puede haber intercedido para que avancemos y luego nos viniesen a saquear lo ganado (como ha ocurrido con el avance de los gobiernos neocoloniales que estamos padeciendo), lo cierto es que entre los cálculos y los planes de control sobre nuestras poblaciones no pudieron ni podrían jamás considerar el factor que escapa siempre a cualquier previsión: la fe y el amor no son mensurables, no pueden preverse, no pueden impedirse ni condicionarse. Simplemente nacen y son, se expresan de diversas maneras y son altamente contagiosos, porque cuando aparece la oportunidad de ver la luz, al igual que en la alegoría de la caverna de Platón, quien se ilumina quiere ir a contarle a los que siguen en las tinieblas que allá afuera hay algo brillando. Y aunque no siempre se logra sacar a muchos de la oscuridad, sin duda aquél que ve la luz, ya no puede vivir sin ella.

Entonces, en esta etapa adolescente que vivimos, en la que además todo es más intenso, más pasional, más contundente, los pueblos de la América Latina nos enamoramos de un proceso de emancipación nunca antes vivido. Nos enamoramos de nuestros libertadores, de quienes vinieron a proponernos un sueño, de quienes defendieron nuestra dignidad y nos dieron un plato de comida y la posibilidad de estudiar. Nos enamoramos de nuestros símbolos, de recordar nuestra historia, de ver el proceso que nos llevó a llegar a este momento con todos sus protagonistas, con todos los que dieron la vida por una cuota de la libertad que volvíamos a ampliar en esos tiempos donde la felicidad era la norma. Sí, nos enamoramos perdidamente y lloramos de emoción con nuestras banderas y nuestros himnos, y saltamos de alegría con cada conquista, nos desvelamos con cada acontecimiento. Y pensamos cada día y cada noche en eso que amábamos, que no era otra cosa que nuestra propia soberanía, conquistada por nuestros líderes pero también por nuestras manos, que veíamos moverse y tocar aquello que estábamos construyendo. Fuimos apasionados, incluso un poco locos, todo por amor a ese nuevo estado en el que nos veíamos envueltos, casi sin poder ver nada más por eso de que el amor es ciego.

Y un poco lo fue, sin duda. No vimos el huevo de la serpiente, no vimos que había muchos que no estaban comprendiendo la magnitud y la importancia del proceso que estábamos viviendo, no vimos que mientras nosotros descansábamos después de haber vivido el infierno, el enemigo seguía pensando y accionando para despojarnos nuevamente y con mayor virulencia de aquello que con honor habíamos ganado. No lo vimos venir, nos agarró desprevenidos y cuando los imprescindibles empezaron a faltar, con toda la injusticia que el universo impartía sobre el mundo al arrebatarnos a esos seres que de tanto amor hoy no podemos dejar de llorar su ausencia, vinieron y nos dieron el golpe final, nos sacudieron la existencia mientras despedíamos a los que no podíamos dejar ir. Y como un amor que todo lo arrasa, nos quedamos de repente solos, con ese vacío insoportable que en la adolescencia es comparable a la mismísima muerte. ¿Cómo fue? ¿Qué pasó? ¿Cómo no nos dimos cuenta? Esas mismas preguntas que todos nos hicimos alguna vez por un amor, esas mismas preguntas que sólo el tiempo y la autocrítica nos permiten responder para sanar el dolor de la pérdida del ser amado.

Pero de ese revuelo de intensidades, de esa maravillosa disputa entre el bien y el mal quedaron los cimientos de haber amado así, con esa pasión y esa locura que nos inyectan sobredosis de vida y fuerza y que son hoy, luego de haber caído en la cuenta de que el enemigo es el mismo para todos, el motor que nos impide resignarnos ante los embates de la bestia que sigue pareciendo terrible pero que empezamos a ver en su fragilidad. Porque nos golpean y seguimos luchando. Nos saquean y seguimos laburando. Nos silencian y seguimos gritando. Nos quieren comprar y seguimos siendo independientes. ¿Y ellos? Ellos siempre van a tener a quién comprar y a quién vender, pero nosotros, los pueblos, hemos alcanzado la conciencia de lo que somos y ya no estamos dispuestos a dar ni un paso atrás. Hemos comprendido que lo que suceda en Brasil nos afecta, que lo que se está ganando en Bolivia nos alienta y que lo que se disputa en Venezuela nos define a todos, sin excepción, porque somos parte de una misma tierra en la que las únicas fronteras son las que el enemigo ha dibujado para que olvidemos nuestra esencia.

“Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”, dice Jean Paul Sartre en el prólogo de Los condenados de la tierra de Frantz Fanon. Y es lo que alcanzamos una vez superada la etapa de conflictividad extrema que acarrea esta adolescencia de la que venimos hablando. Una vez que vivimos el amor y el espanto, la ilusión y la desesperación, el cumplir un sueño y luego caer en una pesadilla, podemos empezar a definir qué hacer con todo eso que nos hicieron, para empezar a ser lo que resulta de lo que hacemos con ello. Hoy, mientras nuestros compatriotas y hermanos de la tierra de Bolívar y de Chávez enfrentan a la bestia en todas sus formas, mientras nosotros mismos salimos cada día a ponerle una sonrisa al mar de tristeza y desazón en el que estamos sumergidos por causa de los odiadores de siempre, mientras parte de nuestro pueblo se dirime entre la tradición y el engaño de lo aparente y otra parte le da forma al proyecto de país que nos permita salir de este infierno, el mundo sigue girando y todo continúa su movimiento, incluso los procesos emancipatorios que el enemigo creyó detener y hasta casi nos convence de que lo había logrado.

Y entonces, cuando podemos respirar un poco y ver que aún hay gestos de amor, que aún hay quienes se atreven a alzar la voz por una injusticia y que estamos nosotros, los que queremos seguir comprendiendo para hacer lo mejor posible a cada momento podemos volver a sentir el aire fresco de ese amor de primavera que dejó sus semillas en nuestro corazón. Podemos sonreír al recordar esos momentos de felicidad y plenitud y saber que aún podemos vivirlos, que aún queda en nosotros eso que no podemos describir con palabras, pero que sentimos vibrar en nuestro pecho cuando escuchamos a nuestros faros hablar, cuando vemos su imagen atravesar cualquier límite físico, cuando encontramos las piedritas que tiraron en el camino para que no perdamos el sendero a casa. Porque los pueblos de Latinoamérica hemos despertado y ya no podemos volver a dormirnos. Porque, aunque nos quieran convencer de que ya es tarde, todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo de la historia. Y porque como dice Antoine de Saint Exúpery, “(…) el amor es lo único que crece cuando se reparte”. Hagamos lo que nos dijo Néstor y demos una demostración de conciencia popular: volvamos a enamorar, que la hora de los pueblos está llegando.

*Romina Rocha