En su edición del 1º. de mayo, el Diario Clarín publicaba una nota en su versión digital que desorientó muchísimo a sus ya bastante desorientados lectores. Para dar cuenta de la “estrategia de Trump” en Venezuela, Paula Lugones se despachaba con Un Estados Unidos impotente y sin Plan B para Venezuela, un artículo que no fue muy bien recibido por el público habituado a consumir las operaciones que Clarín publica a diario disimuladas en “noticias” y notas de “opinión”. El revuelo fue tanto que los administradores del sitio web de ese medio de difusión dominante tuvieron que salir a moderar comentarios, cosa que raramente ocurre en esos cuarteles. Frente a la evidencia ululante, Clarín optó por romper el contrato tácito con sus lectores y presentar un texto en flagrante contradicción con todo lo que los medios del Grupo Clarín en general vienen diciendo acerca de Venezuela en los últimos meses y años, lo que en sí no deja de ser extraordinario.

En su polémico artículo, Paula Lugones habla de la primera y única superpotencia a nivel mundial como un país “impotente”, sin un plan B y con una estrategia que ha fracasado, resultando en la parálisis del gobierno de Trump frente al problema que supone el qué hacer con Venezuela. De allí en más, amén de presentar a Nicolás Maduro como un presidente cuyo poder se está consolidando y que tiene la lealtad de sus fuerzas armadas, toda la nota es un dardo envenenado al corazón del lector de Clarín, pobre. Todo eso en poco más de 700 palabras —cantidad por encima del promedio que suelen consumir incluso los lectores más iluminados de Clarín— que cayeron como una bomba sobre las expectativas del lector clarinista, tanto en lo que respecta a Venezuela como en lo que respecta al diario en sí mismo.

¿Por qué? Porque existe un contrato entre el medio y el lector, el oyente o el telespectador. Ese es un contrato tácito que asegura la fidelidad del consumidor y por el que éste se “habitúa” a informarse siempre con las mismas fuentes, donde el “hábito” viene dado por una coherencia interna en el relato sobre cada uno de los temas informados y entre todos los temas en un sistema ideológico. Así, el lector del Diario Clarín, acostumbrado durante meses y años a “enterarse” en esas páginas de que Venezuela es poco menos que el infierno en la tierra y además de que, por lo tanto, la intervención militar de los Estados Unidos sobre ese país es siempre inminente, no puede encontrarse un buen día con que eso no es así. Ahí debe haber una coherencia interna del relato particular sobre Venezuela y una coherencia de ese relato con otros, por ejemplo, el relato antiperonista y antikirchnerista. Para formar el sistema ideológico general del cipayo gorila, que es la cosmovisión del lector de Clarín, Venezuela, peronismo, kirchnerismo, Boudou y afines están íntimamente relacionados entre sí y entran todos en la categoría binaria de “malos”. Y entonces todo relato sobre ellos debe ser coherente, se los presenta siempre haciendo maldad, siendo ruines, corruptos, decadentes y estando para el cachetazo, para el traje a rayas o ambos.

Por otra parte, en la categoría binaria opuesta de los “buenos” van a estar lógicamente los Estados Unidos y el imperialismo occidental en general, sus caras visibles y los que trabajan para ellos sin declararlo abiertamente, como los jueces y fiscales que en Argentina reciben instrucciones en la embajada yanqui para imputar, procesar y encarcelar a los “malos”. Es un asunto de doctrina de Hollywood a todas luces, donde el mundo se divide entre los bad guys y los good guys sin que exista ningún gris. Esa es la parte de la coherencia entre temas que muchas veces no está escrita, pero es comprendida por el lector, oyente o telespectador a fuerza de repetición sistemática. Por parte de los que analizamos los resortes del sistema, la relación entre Cristina Fernández o Amado Boudou y los Estados Unidos está clara: estos últimos persiguen a los primeros mediante el llamado “lawfare” para sacarlos del juego político y asegurarse de que en Argentina solo gobiernen aquellos que estén dispuestos a hacerle la venia a la bandera de las barras y las estrellas. Para el lector de Clarín, no obstante, que no ve esos resortes o apenas los intuye, la relación se establece a fuerza de repetición.

Y la repetición se da en la coherencia del relato. Amado Boudou nunca aparece en las páginas de Diario Clarín si no es como un corrupto, un mentiroso y uno que siempre está “complicado” y cada vez más con la Justicia, esto es, como un “malo” o un bad guy. Por lo tanto, Boudou solo puede ser enemigo de los Estados Unidos, puesto que este país siempre aparece garantizando la libertad y la estabilidad del mundo, cosa que se logra castigando a los “malos” e impidiendo que impongan sus tiranías orientadas a hacer el mal. Y si el castigo a Boudou es impartido por jueces y fiscales, entonces estos caen en la categoría de los “buenos” o good guys, donde ya están los Estados Unidos y Occidente en general (los famosos “países serios”). La relación entre los Estados Unidos, los jueces y los fiscales que comen en la embajada de ese país y Boudou existe y la vemos tanto nosotros como los lectores de Clarín, aunque estos últimos la conocen empíricamente o por repetición, como veíamos.

Es por eso que si mañana quedara demostrado que Boudou es inocente de lo que se le acusa, Clarín no podría presentar el hecho en forma de noticia, porque eso sería romper el contrato con el lector. De hecho, es notorio el ocultamiento de ese y de otros medios cuando aparece una noticia que contradice el relato que sostienen y si Clarín se viera forzado a decir sobre Amado Boudou algo distinto a lo que viene diciendo acerca de él en los últimos diez años, tendría que hacerlo de manera paulatina hasta ir formando en la conciencia de sus lectores una opinión distinta sobre Boudou. La ruptura del contrato entre el medio y el consumidor se da cuando aquel desengaña a este, lo que casi nunca suele ocurrir.

Pero no vaya a pensar el atento lector nuestro que el lector del Diario Clarín es una inocente palomita engañada, eso no es así salvo quizá en casos muy extremos de ingenuidad que no suelen verificarse en la realidad. El lector del Diario Clarín ya sabe perfectamente que Clarín miente y le miente, acepta eso como parte del contrato. ¿Por qué? Primero porque habiéndole creído en un principio y habiendo entrado al hábito del consumo de ese relato (y al del sostenimiento del mismo en la mesa del café), no tuvo ya el valor de frenar y dejar de consumir dicho relato al percatarse de que era mentiroso. Y luego porque el consumidor en general —no solo el de Clarín, por supuesto— no consume un medio de difusión para informarse. Cuando el consumidor ha formado una cosmovisión determinada, consume el contenido de los mismos medios de siempre para confirmar aquello que cree saber ya, esa cosmovisión. He ahí el sesgo de confirmación.

La posverdad

Lo que en esta última etapa de la posmodernidad se dio en llamar por el eufemismo de “posverdad” no es otra cosa que una mentira con difusión masiva. No hay nada de nuevo en ello y ni siquiera el sesgo de confirmación, que siempre existió. La novedad está en el avance tecnológico de la comunicación que permite esa difusión masiva a costos muy bajos para los que lo hacen. Estos son los llamados spin doctors, los doctores en poner a girar las fake news, que son las “posverdades” y van a ser consumidas por los que siguen el relato para confirmarlo todos los días.

Eso es lo que son los “periodistas” hoy, meros spin doctors de los partidos mediáticos en cada país que producen información con sesgo de confirmación para el consumo de gente que quiere consumir dicha confirmación y evitar que se le caiga toda la cosmovisión. En una palabra, los “periodistas” como spin doctors y los medios como partidos políticos no dan noticias: solo confirman lo que sus lectores ya saben con datos nuevos todos los días dentro del sesgo de confirmación.

Pero Paula Lugones rompió ayer el molde en Clarín e hizo periodismo sin comillas, una rareza. Paula Lugones hizo un análisis de la realidad en Venezuela y sobre la situación de los Estados Unidos frente a eso. Rompió el molde y también el contrato con el lector, negándole la confirmación del relato coherente que ya lleva varios años y tirando por tierra la cosmovisión de muchos. De pronto Venezuela no es el infierno en la tierra o a lo mejor lo es, pero los yanquis no pueden hacer nada al respecto. Y eso genera mucha angustia en el que estuvo esperando al Capitán América durante años.

No obstante, como decíamos, el romper el contrato con el consumidor de “noticias” no es una exclusividad de Clarín. Hace ya más de seis años —curiosamente también alrededor del tema Venezuela—, el Diario Página/12 rompió de manera escandalosa el contrato con su lector al publicar No estuvo bien, un artículo de Santiago O’Donnell sobre las circunstancias del fallecimiento de Hugo Chávez. En dicha nota, O’Donnell acusaba al gobierno de Venezuela de mentir sobre la enfermedad de Chávez y describía la situación del país como “fracaso económico” y hablaba de un “dólar en negro”, una “inflación récord”, una “criminalidad récord”, “corrupción”, “valijas con dinero”, “patotas armadas”, “Corte Suprema de mayoría automática”, “odio a los Estados Unidos” y mucho más. O’Donnell también acusaba al recién fallecido Chávez de abrazarse con todos los dictadores del mundo, calificaba a Capriles Radonski como un “rival odiado” (no un enemigo golpista) y, de paso, acusaba a Cuba de seguir “a rajatabla el modelo totalitario propagandístico de las dictaduras china y soviética”. O’Donnell dijo en No estuvo bien todo lo radicalmente opuesto a lo que el lector de Página/12 buscaba en ese diario para sostener su cosmovisión, las creencias de aquel momento. El artículo en cuestión salió en la edición impresa de Página/12 el 10 de marzo de 2013 y sigue disponible en su versión web, constituyendo una pieza histórica de la ruptura del contrato entre medio y consumidor. O’Donnell se equivocó y pagó, como diría Maradona, con un largo destierro de los medios “de este lado”, del que apenas empieza a asomar otra vez la cara en estos días gracias a la detención de Julian Assange en Londres: O’Donnell es el recopilador de las WikiLeaks en su capítulo argentino y lo dejaron hablar en C5N hace algunos días para comentar la detención del australiano en la embajada de Ecuador.

Entonces Clarín hizo como Página/12 en el 2013 y rompió el contrato con sus lectores al publicar esta nota sin sesgo de confirmación por la pluma de Paula Lugones. Y hay descontrol, desconcierto y desazón entre los lectores, que ahora se sienten obligados a aceptar muchas cosas que los “kukas” y los “peronchos” dicen sobre Venezuela, porque las dijo Clarín. El efecto no es grande a punto de romper el blindaje mediático ni cerrar la grieta, que para eso sería necesario que todos los medios del Grupo Clarín y auxiliares replicaran la información de Paula Lugones durante meses y años, todos los días, en la tapa del diario, en el zócalo del canal y en los titulares del informativo radial, cosa que no va a suceder. Pero a los que leyeron la nota de Paula Lugones se los ha arrojado a una dimensión desconocida: la dimensión de preguntarse qué es lo que realmente pasa en Venezuela más allá del sesgo de confirmación.

¿Y entonces? ¿Qué pasa en Venezuela?

Con todo lo que nos permite el contrato con nuestro lector y el sesgo de confirmación en lo que publicamos, podemos decir que Venezuela es un país que está en guerra hace rato, más o menos desde fines de la década pasada y hasta el presente. Al afrontar una guerra, el país se ha ido descontrolando cada vez más en el tiempo hasta llegar a un estado de virtual parálisis económico que ha impuesto sobre el pueblo-nación venezolano todo tipo de privaciones y penurias. Y también podemos decir que el enemigo que Venezuela está enfrentando es el imperialismo occidental, o más precisamente los Estados Unidos y sus corporaciones, los que aprietan por todos lados para generar un colapso, detonar al gobierno de la Revolución Bolivariana y reemplazarlo por un gobierno títere que les garantice el libre acceso a todos los recursos naturales del país, entre los que se destacan ingentes cantidades de petróleo, oro y coltán, además de muchas otras riquezas invaluables.

Entonces sabemos que, de una parte, en la guerra de Venezuela, están los Estados Unidos, sus corporaciones y las demás potencias secundarias de Occidente, que son lacayos de los Estados Unidos por todo el mundo. Y ahora también sabemos —gracias a Clarín y a Paula Lugones— que los Estados Unidos no están a punto de lanzar una invasión militar contra Venezuela. Lo que no sabemos es por qué no lo están. ¿Quieren y no pueden o pueden y no quieren? ¿O será que no quieren ni pueden? Aquí está el problema.

Para ensayar una mínima caracterización del escenario a fines de análisis, debemos necesariamente ubicar en el otro bando de la guerra de Venezuela a todos los “malos” del mundo, siempre de acuerdo con el relato de un medio como Clarín, por supuesto. Ubicaremos del otro lado a la propia Venezuela, junto a China, Rusia, Irán y Turquía, más los agregados de México, Bolivia y Corea del Norte, que tiran buena onda de lejos, pero no se meten de lleno porque no tienen con qué ni por qué. Debemos asumir entonces que Rusia está “de este lado”, aunque no son pocos los indicios de que, en realidad, el juego de Vladimir Putin sería otro e incluiría al mismísimo Donald Trump. Sin embargo, como nada de eso puede demostrarse hasta aquí, nos vemos obligados a caracterizar el escenario de esa manera, con el Occidente “bueno” de un lado, metiendo presión para dinamitar el gobierno de Nicolás Maduro y entrar saqueando al territorio venezolano, y con los “malos” emergentes de otro, luchando para que en Venezuela griten al fin yanquis go home.

Si tal fuera el escenario real, la cuestión del querer y/o poder por parte de los Estados Unidos frente a la opción de desplegar una acción militar en Venezuela sería un asunto de cálculo geopolítico más bien básico. Como en el viejo TEG, cuando una potencia militar avanza sobre una región del mundo, concentra en ella sus esfuerzos bélicos y necesariamente “descuida” otras posiciones que ya tiene aseguradas al momento de iniciar la nueva campaña. Si en el mundo existen otras potencias con capacidad de apoderarse de esas posiciones al bajar sus defensas, la nueva campaña en sí es un riesgo para la primera potencia. En términos concretos, y siempre suponiendo que los Estados Unidos y Rusia sostienen posiciones antagónicas ahora como en la Guerra Fría entre 1945 y 1991, lo más lógico es suponer que la concentración del poder bélico de los Estados Unidos en Venezuela dejaría descubiertas posiciones muy anheladas por Rusia, como Ucrania y Arabia Saudí. Entonces Rusia podría aprovechar el movimiento de los yanquis para avanzar sobre Ucrania —intereses económicos en el transporte de gas desde Rusia a Europa occidental y en las inmensas del territorio ucraniano, además de lazos culturales, étnicos y religiosos existentes— y para promover una revuelta estilo “primavera” en Arabia Saudí, destronar a la monarquía títere que hoy gobierna allí y hacer un cambio de régimen por otro más bien orientado hacia Moscú. Es decir, de movida vemos que por avanzar sobre la primera reserva mundial de petróleo en Venezuela, los Estados Unidos podrían quedarse sin la segunda reserva mundial y, de paso, podrían poner a sus socios de Europa occidental en un lindo brete, con las tropas rusas ocupando Ucrania.

Y también podrían darse otros conflictos ante la ausencia del gran gendarme mundial. ¿Cómo se comportaría Corea del Norte frente a Corea del Sur, un protectorado de los Estados Unidos? ¿Qué haría Irán al ver que no están los yanquis para cubrir a Israel? ¿Qué movimientos haría China sobre las aguas del Mar de China Meridional, por donde los lacayos asiáticos de los Estados Unidos no suelen dejar pasar los buques chinos, la razón misma por la que China invierte en una “ruta de la seda” terrestre, carísima y complicadísima, para sortear esas limitaciones a su comercio? Todas las anteriores y muchas más son las hipótesis de conflicto que empiezan a existir si los Estados Unidos quedaran empantanados en Venezuela, como sucedió en Vietnam y, de alguna forma, también en Afganistán e Irak, en tiempos más recientes.

¿Qué pasa si los yanquis logran entrar, pero no logran salir de Venezuela sino con las manos vacías y lamentando una durísima paliza a manos de un subalterno? Si no sale y queda empantanado, quema allí recursos de manera indefinida mientras sus enemigos por el mundo hacen a sus anchas. Si sale golpeado y derrotado, deja en suelo venezolano su hegemonía mundial, pues a partir de allí el trato de las demás potencias hacia un Tío Sam derrotado en su “patio trasero” nunca más será el mismo: perderán el respeto y ya no serán los valientes del barrio, además de quedar vulnerables durante mucho tiempo a cualquier ataque de un tercero por las heridas cosechadas, que tardan en cicatrizar.

Ninguna de las opciones es conveniente para los Estados Unidos, máxime con la conciencia de que en Venezuela hay por lo menos dos millones de milicianos, sí, quizá pobremente armados, pero siempre en número de dos millones. ¿Cómo se matan a dos millones de hombres sobre el terreno sin lanzar bombas atómicas? Y, aun así, ¿cómo lanzar bombas atómicas si desde Hiroshima y Nagasaki nadie nunca más las lanzó, justamente porque el resultado de una guerra nuclear no arroja vencedores, sino un mundo devastado e inhabitable para todo el ser vivo que no sea una cucaracha?

Entonces la hipótesis más fuerte es la del quiere, pero no puede. O, mejor dicho, la del quiere, pero no debe. Los Estados Unidos tienen todo que perder y relativamente muy poco que ganar en Venezuela, aun en caso de que ocurra un milagro y su invasión al territorio sea un éxito rápido y total. Aun en tal caso, lo más probable es que el chavismo se retire a un sector del territorio —emulando a las FARC en Colombia— y desde allí lance todo tipo de acciones de sabotaje hasta tornar inviable la explotación del petróleo, del oro y del coltán. Algo similar fue el escenario en Irak y Afganistán, que aun peleando solos y sin respaldo de ninguna potencia como Rusia, China o Irán, mal armados y no muy organizados, destruían los pozos petroleros con bombas artesanales e inviabilizaron la explotación del crudo por parte de las corporaciones hasta que los Estados Unidos finalmente se retiraron en silencio, admitiendo la imposibilidad de pacificar el territorio para explotarlo.

Quiere, pero no puede ni debe. O quizá no quiera ni pueda, ya que hasta el momento nunca ha ido más allá de las amenazas, la guerra económica y la financiación de una oposición terrorista. Quizá —y esta es una hipótesis que va tomando fuerza— a los Estados Unidos nunca les haya interesado invadir Venezuela ni nada por el estilo. Es posible que los yanquis no estén haciendo otra cosa que tapar el bache y disimular lo que a esta altura ya es más bien indisimulable: el orden internacional unipolar resultante de la disolución del campo socialista en el Este (caída del Muro de Berlín y desintegración de la Unión Soviética) ya cayó y lo que estamos viendo es una simulación. Tal vez Moscú y Beijing ya lo sepan y estén esperando el momento más adecuado para dar el golpe de gracia y establecer un nuevo orden internacional de tipo multipolar, sin la necesidad de confrontar directamente con los Estados Unidos. O quizá tenga razón Mario Puzo, el autor de El Padrino. En la novela, Virgil Sollozzo nunca quiso la guerra con la familia Corleone y, dirigiéndose a Tom Hagen, se lo anuncia: “No me gusta la violencia, Tom. Soy un hombre de negocios. La sangre es demasiado cara”. Finalmente, los Corleone rechazan la oferta de Sollozzo y lo obligan a asociarse con la familia Tattaglia, unos muchachos que sí priorizaban la guerra sobre los negocios. La opción se probó equivocada: Sollozzo termina asesinado por Michael Corleone en el Louis, un restaurant italiano del Bronx. Y El Padrino es una obra maestra de inspiración maquiavélica, libro de cabecera de todos los muchachos que van a decidir en Venezuela si mejor es hacer negocios o es hacer la guerra.

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