Se dice que de lo único que no se vuelve es de la muerte. Sin embargo, al pensarnos como pueblo en nuestra historia en general y en nuestra identidad en particular, podemos encontrar infinidad de momentos en que hemos vuelto a nacer luego de haber pasado a la más absoluta oscuridad. Algunos gustan de llamar a ese fenómeno que como individuos atravesamos cuando superamos dificultades extremas “resiliencia”, pero más adecuado sería hablar del amor, que es transversal a todas esas cosas que nos suceden en el tránsito entre el cielo y el infierno.

Desde los inicios de nuestra constitución como nación, innumerables frentes han intentado evitar que nazca de esta tierra algo trascendental que logre unificar las voluntades de los habitantes que, durante mucho tiempo y mientras se daban las diversas disputas por lo que podíamos y debíamos ser, no encontraban algo que los relacione entre sí más allá de lo inmediato, de lo inmanente. La identificación pasaba exclusivamente por el arraigo al espacio, por lo que los ojos llegaban a visualizar y las necesidades hacían emerger de entre los individuos. El “nosotros” se reducía a los que nos rodeaban en lo inmediato, los que el rigor de la vida cotidiana en la que trabajar para existir era prácticamente la única cosa que podíamos hacer nos permitía percibir.

Pero a lo largo y ancho del proceso constitutivo de nuestra identidad nacional, distintos héroes han sabido reunir en sus figuras y sus luchas lo que diversos argentinos sentían en cada momento en particular para fortalecer y confirmar sus ideas de libertad. Porque no es cierto que los líderes vengan del lado del mal, de ese lado de la existencia lo único que emana son bestias que logran adhesiones porque exacerban un sentimiento de odio profundo hacia los demás, manifestado de formas que aparentan ser variadas pero que en el fondo son siempre una y la misma cosa: odian a los que creen menos que ellos. Pero ese odio no nace de un repollo y no tiene que ver sólo con la cuestión socioeconómica, ni siquiera es que se vincula realmente con algo de clase, raza o religión. En verdad, el que odia es porque no entiende, porque hay algo en el otro que lo pone en contradicción consigo mismo y eso lo lleva a odiar a ese otro, porque es siempre más fácil señalar que mirarse a uno en sus errores y deficiencias.

Y dentro de ese odio, de esa incomprensión que habita en todos los que pensamos pero que, en la medida en que ponemos la voluntad en el ejercicio de la comprensión permanente, podemos ir subsanándola para avanzar y aprender, lo que hay es miedo. Miedo a lo distinto, miedo al cambio, miedo al futuro, miedo a vivir, pero sobre todas las cosas: miedo al amor. Y fácil es ver esto cuando para ejemplificar ponemos a Evita en el centro de nuestra atención, que es con quien nace el sentido de la trascendencia en el pueblo argentino. Porque Perón nos dio las estructuras filosóficas, políticas y económicas para construir la Patria justa, libre y soberana que aún hoy estamos luchando por construir, pero Evita llenó todo eso de espíritu, del alma colectiva que renace en cada compatriota que, al igual que la mayoría de nosotros, no ha tenido la bendición de conocerla y sin embargo la siente latiendo fuerte en el pecho cada vez que se invoca su nombre.

El milagro de que un pueblo despierte a un alma colectiva es la peor pesadilla de quienes desean someter a los hombres para adueñarse de las riquezas. Desde ese entonces, desde que los argentinos comenzamos a abrir los ojos ante nuestro propio destino, el enemigo hubo de ir redoblando esfuerzos progresivamente para evitar lo inevitable que sucedió cuando apareció Perón: venía con él la mujer que completaba la ecuación, la que le daba el cierre final y definitivo al pacto de lealtad entre el pueblo y su conductor. Y esa bendición no la tuvieron otros grandes líderes de revoluciones en la historia de nuestra humanidad; siempre se trató de una figura acompañada de fieles compañeros y guerreros, pero que el amor entre dos personas se trasladara al amor incondicional y paternal de ellos para con sus representados, es nuestra gran historia de entrega absoluta y eterna, es la marca de fuego que sella nuestra argentinidad.

Ahí comienza el sueño de la Comunidad Organizada que Perón definiera en aquel maravilloso primer Congreso de Filosofía que tuviera lugar en la ciudad de Mendoza, hoy hace ya 70 años, pero con una vigencia y una actualidad en las expresiones como en la cosmovisión que sólo podemos naturalizar viniendo de un visionario como lo fue nuestro Juan Domingo. Pero, nuevamente, no podemos concebir el despertar de nuestra identidad nacional sin el alma y el corazón de nuestra Evita, de la abanderada de los humildes, de quien llevara siempre en su garganta la voz de quienes habían sido invisibles hasta que llegaron ellos, nuestros padres inmortales. Ella, que de tanto sufrir había aprendido a tanto amar, en el tiempo efímero pero eterno que transitó el suelo que hoy pisamos nos enseñó lo que es la entrega, lo que es el fuego sagrado del fanatismo, lo que es la fe.

Y a la vez que nos enseñó con sus palabras y sus obras, nos enseñó poniendo en evidencia a quienes la odiaban, nos mostró el verdadero rostro de la bestia que aún hoy está entre nosotros y que ahora nos gobierna. Tan intenso fue su amor por nosotros y su odio por ellos que como toda luz que se enciende e ilumina puso todo a la vista, lo bueno y lo malo, lo milagroso y lo infernal. Desde entonces, desde aquellos tiempos en los que el goce de los trabajadores hacía pudrir la sangre de los oligarcas, hay una raza de seres que no podemos llamar humanos —porque han renegado de su humanidad— que ponen todos sus esfuerzos en destruir lo que Perón y Eva Perón nos dejaron guardado en el corazón. Una y otra vez, tirando bombas, prendiendo fuego, proscribiendo, persiguiendo, torturando y matando, no han podido ni podrán eliminar de este pueblo el legado de quienes llenaron el espacio de símbolos, de señales y de marcas para no perder nunca el camino hacia la liberación.

Porque para eso son las canciones, figuras, verdades, máximas, normas, doctrina: son todas las cosas que, como seres humanos olvidadizos y dispersos, siempre a la defensiva ante un mundo que va variando su forma de hostilidad ante nuestro desarrollo con la permanente propuesta de desafíos para avanzar y superarnos o sucumbir, necesitamos tener a la vista y a la mano. La posmodernidad con su voracidad va rápidamente destruyendo todo lo que nos recuerde de dónde venimos para que no sepamos hacia dónde queremos ir. Los símbolos son reemplazados por marcas, los significados por abstracciones, los sentidos por excesos y las verdades por supuestos. Todo pareciera hacerse inmanencia pura, todo indicaría que el único camino posible es hacia la desintegración de las historias memorables para que en su lugar queden los extractos de una vida que pierde el sentido a cada paso.

Pero, aunque sabemos bien que pelear con la bestia inmunda es cosa de titanes, debemos recordar y nunca olvidar que nosotros, argentinos, tenemos ese as bajo la manga con el que ningún representante del mal ha podido ni podrá: tenemos al puente de amor entre Perón y nosotros y se llama Evita, nuestra María Eva Duarte de Perón. Y hoy, a cien años de su llegada a este mundo y a esta tierra que ha sido glorificada con su existencia, el amor que despierta en nuestros corazones inquietos y oprimidos por el mal de los tiempos que vivimos se hace fuego y nos quema enteros, hasta sublimarnos para renacer otra vez, una vez más, y así poder seguir luchando por esa Patria libre, justa y soberana que todavía podemos construir. Porque somos fanáticos, no un club de fans: nosotros sabemos lo que es estar dispuestos a dar la vida por ese sueño de amor y prosperidad porque nuestra fe, nuestra inclaudicable fe está puesta en el porvenir, donde nos esperan con los brazos abiertos quienes dejaron todo de sí para que nosotros podamos seguir soñando, para que tengamos la brújula calibrada y no perdamos jamás de vista el horizonte, porque vamos a llegar a cumplir con nuestro destino cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Decía Evita sobre los fanáticos:

Solamente los fanáticos —que son idealistas y son sectarios— no se entregan. Los fríos y los indiferentes no deben servir al pueblo. No pueden servirlo, aunque quieran. Para servir al pueblo hay que estar dispuesto a todo, incluso a morir. Los fríos no mueren por una causa, sino de casualidad. Los fanáticos sí. Me gustan los fanáticos y todos los fanatismos de la historia. Me gustan los héroes y los santos. Me gustan los mártires, cualquiera sea la causa y la razón de su fanatismo. El fanatismo que convierte a la vida en un morir permanente y heroico es el único camino que tiene la vida para vencer a la muerte. Por eso soy fanática. Daría mi vida por Perón y por el pueblo. Porque estoy segura que solamente dándola me ganaré el derecho de vivir con ellos por toda la eternidad. Así, fanáticas quiero que sean las mujeres de mi pueblo. Así, fanáticos quiero que sean los trabajadores y los descamisados. El fanatismo es la única fuerza que Dios les dejó al corazón para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón. Por eso los venceremos. Porque, aunque tengan dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas no podrán ser nunca fanáticos. Porque no tienen corazón. Nosotros sí. Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón. No pueden ser fanáticos porque las sombras no pueden mirarse en el espejo del sol. Frente a frente, ellos y nosotros, ellos con todas las fuerzas del mundo y nosotros con nuestro fanatismo, siempre venceremos nosotros. Tenemos que convencernos para siempre: el mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo. Quemarnos para poder quemar, sin escuchar la sirena de los mediocres y de los imbéciles que nos hablan de prudencia. Ellos, que hablan de la dulzura y del amor, se olvidan que Cristo dijo: “¡Fuego he venido a traer sobre la tierra y que más quiero, sino que arda!” Cristo nos dio un ejemplo divino de fanatismo. ¿Qué son a su lado los eternos predicadores de la mediocridad? Encendámonos en el fuego sagrado del fanatismo, hasta arder.

No podrán con nosotros, jamás podrán. Amemos y venceremos.

(Por Romina Rocha)