En una memorable escena de la película Eva Perón: la verdadera historia, el director Juan Carlos Desanzo recrea magistralmente el episodio de una extraordinaria reunión entre Evita y los obreros ferroviarios que entre los meses de noviembre de 1950 y enero de 1951 llevaron a cabo una huelga contra el gobierno nacional-popular del General Perón por mejoras salariales. La escena recrea ese inusual encuentro, ocurrido una madrugada de enero en los talleres de Remedios de Escalada, partido de Lanús, en la que Evita confronta a los obreros para exigirles que levanten el paro. “La huelga, compañeros, que ustedes están haciendo contra el gobierno peronista es una huelga contra el movimiento obrero. Una huelga contra ustedes mismos”, dice Esther Goris, representando el personaje de Evita en la película. “Escuchen bien, compañeros: el que le hace una huelga al peronismo es un carnero de la oligarquía”.

La escena dura cuatro minutos y medio y está ambientada en un taller ferroviario de la época. En ella vemos la representación de una Evita que les recuerda a los obreros que las conquistas de los trabajadores desde 1946 hasta ese momento solo habían sido posibles gracias a que el peronismo lograra derrotar a la oligarquía, sosteniendo el poder político en el Estado frente a la oposición de los sectores concentrados, que pocos meses después de la reunión en Remedios de Escalada llevarían a cabo la primera intentona golpista contra el General Perón. “Hay muchas cosas que todavía no son justas. Los sueldos se van a llevar a 500 pesos, eso se lo juro yo. Pero también les juro que solamente lo haremos si abandonan esta huelga, muchachos. Además, compañeros, ¿estamos hablando solamente de salarios? ¿Qué pasa? ¿Y la vivienda? ¿Y los derechos sociales? ¿Y las jubilaciones, las vacaciones pagas? ¿Qué pasa, compañeros, se olvidaron ya? ¿Quién les dio todo eso? ¡Se lo dio Perón!”.

Toda la película Eva Perón: la verdadera historia —que además de Esther Goris en el papel protagónico tiene el guion de José Pablo Feinmann y un Víctor Laplace impecable en el papel de Perón— es un canto al peronismo nacional-popular y también una fuerte declaración contra el llamado “evitismo”, esa forma extraña de hacer peronismo poniendo el acento sobre la figura de Evita para ocultar a Perón. Contrario a lo que podría suponerse, la película no intenta hacer esa absurda separación, sino todo lo contrario: en todo momento el personaje aparece tal como realmente es, la primera militante peronista y la más leal a Perón en todas sus luces y contradicciones. Esta es Evita, la que el próximo 7 de mayo cumpliría 100 años de edad si aún estuviera entre nosotros. Pero los buenos parecen estar destinados a vivir poco tiempo y Evita habría de dejar huérfana una nación a la joven edad de 33 años, luego de haber protagonizado junto a su marido y compañero una auténtica revolución en un país que antes de ellos había sido poco más que una muy extensa estancia de propiedad de una oligarquía absolutamente ignorante del pueblo.

Se presume que Eva María Duarte —luego de Perón— nació el 7 de mayo de 1919 en la localidad de Los Toldos, actual cabecera del partido de General Viamonte, en la provincia de Buenos Aires. Fue lo que en esos tiempos se usaba clasificar como “hija natural”, esto es, ilegítima, de Juan Duarte, un renombrado político conservador y propietario rural de la región de Chivilcoy. El “Vasco” Duarte, además de Eva, tuvo con Juana Ibarguren otros cuatro hijos y mantuvo dos familias hasta 1926, año en que falleció en un accidente automovilístico. En dicha dualidad que al parecer era una costumbre muy difundida para la época, a la familia de Juana Ibarguren le había tocado el rol de paralela y este hecho, el de la “ilegalidad de origen”, habría de ser determinante en la formación del carácter de la mujer que poco más de dos décadas después se iba a convertir en la jefa espiritual de una joven nación.

Más allá del dato biográfico que puede ser algo incierto, las circunstancias de la primera infancia de Evita y hasta la muerte de su padre en 1926 son fundamentales para empezar a comprender cómo se forma la personalidad de la abanderada de la lucha de un pueblo-nación contra una clase dominante oligárquica y sostenedora de un estado de atraso y subdesarrollo planificados y orientados a perpetuar la condición colonial. La conciencia de ser hija “ilegítima” de un oligarca conservador de evidente doble moral, todas las privaciones que derivaron del hecho y hasta la humillación sufrida cuando junto a su madre y sus cuatro hermanos fue prohibida de asistir al entierro de su padre (escena que también está brillantemente representada en el film de Juan Carlos Desanzo) por la familia “oficial” de Juan Duarte están en la raíz de la actitud de Evita frente a la oligarquía. Es imposible comprender la fortaleza con la que pudo dar la lucha contra la clase dominante hasta el último de sus días sin entender asimismo que pocos conocieron y conocen mejor que Eva Perón a los oligarcas y sus miserias.

La mujer que cumpliría sus 100 años este 7 de mayo es mucho más que una militante y una dirigente extraordinaria. Evita es la síntesis misma de un pueblo-nación en el proceso de liberación política de un régimen de opresión. Bien analizada la cosa, lo que se ve en la trayectoria de Evita desde los primeros días en Los Toldos o en Junín, sea cual fuere la versión histórica más aceptada, es la rebeldía de un pueblo que quiere emanciparse y entiende que eso solo puede lograrse mediante la conquista del poder político en Estado y las transformaciones que únicamente pueden realizarse desde allí. Evita es la expresión de ese poder en manos de los pueblos, del empoderamiento de los más humildes representándose en el caudillo y protector. Y cuando Evita reprende a los obreros ferroviarios huelguistas esa noche de verano de 1951 en Remedios de Escalada, les está diciendo justamente eso: ustedes hacen un paro en contra de ustedes mismos y eso es un tiro en el propio pie.

De ahí, de la conciencia alrededor de la necesidad de tener el poder en el Estado y de todo lo que es preciso hacer para sostenerlo, surge la verdadera imagen de una Eva Duarte, pero de Perón. Desvincularla del General y hacer “evitismo” a la manera “progre” para ocultar al indeseable “milico” no solo es una burda (y desleal) falsificación de la historia, sino además una imposibilidad práctica. La actitud “evitista” no difiere mucho y tiene el mismo componente antiperonista de una actitud más reciente, aunque no menos dañina: la del “nestorismo”, que supone a la vez hablar de un “kirchnerismo” sin peronismo y reivindicar a Néstor Kirchner como “muy distinto” a su compañera, sucesora y actual conductora del movimiento, Cristina Fernández, que es de Kirchner como Eva Duarte fue de Perón. No hay posibilidad de separar todos esos componentes de una mismo tradición y continuidad histórica, salvo para fines de análisis. Eva no es de Perón ni Cristina es de Kirchner en un sentido de propiedad, ya que la mujer en el peronismo siempre caminó a la par del hombre, sino en un sentido de continuidad. Al empoderarse en un joven coronel Perón, los trabajadores de la Argentina oligárquica se encontraron con el poder político en el Estado y se encontraron con la otra mitad del liderazgo de Perón, con la otra parte de la conducción. Evita nunca condujo, no quiso ni pudo hacerlo más allá de Perón. Evita fue el complemento necesario de esa conducción extraordinaria que habría de cambiar de una vez y para siempre las matrices social, económica, política y cultural del país.

Por lo tanto, el centenario de Eva Perón es mucho más que la conmemoración del centenario de uno de los más destacados próceres de la patria en poco más de doscientos años de historia. El centenario del nacimiento de Evita es también el centenario de la mitad del peronismo y de la idea de lo nacional-popular en Argentina. Se trata de un alineamiento de planetas: Perón no pudo ser sin Evita y Evita tampoco pudo ser sin Perón.

¿De qué se trata?

“Soy peronista, entonces, por conciencia nacional, por procedencia popular, por convicción personal y por apasionada solidaridad y gratitud a mi pueblo, vivificado y actuante otra vez por el renacimiento de sus valores espirituales y la capacidad realizadora de su jefe: el general Perón”, escribía Evita, para no permitir que subsistieran dudas. “Mi dignidad de argentina y mi conciencia de ciudadana se sublevó ante una patria vendida, vilipendiada, mendicante ante los mercaderes del templo de las soberanías y entregada, año tras año, gobierno tras gobierno, a los apetitos foráneos del capitalismo sin patria y sin bandera”.

Mucho más que una figura histórica gravitante, Evita es un referente necesario para comprender toda una cosmovisión. Esa importancia superlativa es la razón por la que su figura sea objeto de disputa entre sectores de distinto pelaje que pretenden hacerse con esa cosmovisión para su uso en la política del presente. Y ahí está el tironeo entre los que quieren definir la naturaleza del peronismo: el tironeo empieza con Evita.

Sería llover sobre mojado entrar a analizar la personalidad y los datos biográficos de Evita desde una de esas posiciones enfrentadas. Lo que se ve muy a menudo es la manipulación de esos datos y de esa biografía con el objeto de hacerlos coincidir con las distintas maneras de afirmarse peronista hoy. Un teórico monumental como Carlos Marx solía decir, palabras más o menos, que la política en el presente se viste con el manto del pasado para legitimarse, esto es, además de proponer una visión del mundo de lo que es y de lo que debería ser, la política busca su legitimidad en los referentes históricos para sintetizar su discurso en una sola imagen. Cuando no hay espacio para decir, por ejemplo, soberanía política, independencia económica y justicias social, lo que se hacer es exponer las imágenes de Perón y Evita. En esta última, sin embargo, el tironeo es más fuerte.

Las manipulaciones sobre Evita suelen venir de “izquierda” a “derecha” del arco político, que es como decir que Evita sirve hoy tanto para un barrido como para un fregado. En términos de Ernesto Laclau, Evita sería en esa manipulación y en ese tironeo un auténtico significante vacío, cuya enunciación solo tiene algún sentido según el contexto y según quien la enuncia. De modo que, para saber de qué se trata es necesario ver quién lo trata y cómo.

Eva Perón y Juan Perón saludan a la multitud desde el balcón de la Casa Rosada (casa de gobierno) en Buenos Aires el 17 de octubre de 1950. La Casa Rosada, en la céntrica Plaza de Mayo, es parte del circuito turístico de la ciudad, lo mismo que todo sitio asociado con Evita. (AP Photo, File)

En un principio podría decirse que la primera apropiación de la imagen de Evita fue por parte de los sectores dichos conservadores del peronismo, lo que se suelen clasificar (muy mal) como la “derecha”. Heredados por el General Perón después de la Masacre de Ezeiza y el lamentable incidente del 1º. de mayo de 1974 en Plaza de Mayo, esos sectores se esforzaron en difundir la idea de que Evita habría sido el apéndice o pata social de la política de Perón. Si bien ello no es del todo falso, puesto que Evita encabezó la iniciativa social del gobierno nacional-popular desde el lugar de primera dama y de presidenta de la fundación que llevó su nombre, es imposible verla como un apéndice de Perón ni de nadie. Con evidente luz propia, Evita estuvo muy lejos de funcionar como un instrumento ciego o meramente un adlátere de Perón, pese a toda su lealtad y amor al General. La idea de una Evita “hada buena” de una revolución es absurda, como se ve. Evita era la propia revolución, era la mitad de ella, y la imagen que hacen los peronistas conservadores —reforzada por La razón de mi vida, una obra que no la caracteriza con precisión como sí lo hace Mi mensaje— es incompleta porque oculta una voluntad fuerte como las fuerzas de la naturaleza.

En el extremo opuesto del tironeo está el comportamiento que solemos clasificar como “evitismo”, propio de la “izquierda” del peronismo. El “evitismo” es una falsificación de la historia orientada a ocultar aquello que, desde el punto de vista del progresismo argentino, es vergonzoso: el hecho de que Perón fue un militar, un cristiano y un gran populista, en el mejor sentido de la expresión. El “evitismo” sirve para pintar de color pueblo a los llamados progres (casi siempre ubicados en los sectores medios de la sociedad, donde predomina el “paladar negro” cuando el asunto es tomar y dejar en política) que no se animan a decir “soy peronista”. Entonces dichos progres reivindican la figura de Evita y además lo hacen con una intensidad algo desmedida, pues deben decir con una lo que debieron decir con dos.

El “evitismo” progre hace lo mismo que la “derecha” del peronismo, pero en espejo: pone de manifiesto un aspecto de la personalidad de Evita para presentarla como una montonera, una guerrillera socialista que no pudo llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias porque el “milico” no se lo permitió, conservador que era. Aquí hay una disociación peligrosa entre Perón y Evita, una separación que resulta en la negación de una parte fundamental del peronismo. Todo eso está emparentado con la idea de que existen por lo menos dos versiones de Perón, una mientras Evita vivió y otra después de su muerte, en una decadencia que va a culminar en el “último” Perón, el de 1973, cuya obra es directamente negada y ocultada.

Desde el lecho donde yacía ya muy enferma, en el Hospital de Avellaneda, Evita pudo ejercer el derecho al voto en las elecciones de 1951. Las mujeres pudieron votar por primera vez en esas elecciones gracias a la tenacidad de una mujer que jamás se dio por vencida y se enfrentó a una sociedad muy conservadora para ampliar derechos que nunca más pudieron ser quitados por la oligarquía.

No obstante, la caracterización progre de Evita tampoco es del todo equívoca, ya que existió efectivamente una Evita dispuesta a poner las armas en manos de los trabajadores de la CGT (Confederación General del Trabajo) para asegurar con el fusil en el hombro —al estilo de Lenin— el éxito de la revolución. Existió una Evita deseosa de llegar hasta las últimas consecuencias contra la oligarquía, de barrer de la faz de la tierra a la “razas de los explotadores y los privilegiados”. Existió, en efecto, esa “Evita montonera” con un odio de clase racializado, más parecido al de los negros sudafricanos oprimidos por el Apartheid. Esa Evita existió, aunque nada de eso jamás existió independientemente ni en contradicción con Perón. Y ahí está el error en la caracterización de la llamada “izquierda peronista”.

Para el gusto de nuestro progresismo la figura de Perón no es potable, no cierra con la idea de un socialismo importado de Occidente. Perón era demasiado americano, demasiado criollo y demasiado “milico” cristiano. El caudillo es la figura que refleja el promedio del pueblo al que conduce y, por lo tanto, no es apta para el consumo de los que se ubican en una vanguardia iluminada y en la crítica a la supuesta “ceguera” de los que se dejan conducir por un caudillo. Pero los progres saben que es imposible tener llegada y predicamento en la política argentina si no es al interior del peronismo y ahí está su cálculo político: no reivindican a Perón, porque contradice su ideología importada de Occidente, pero levantan a Evita, separándola de su par y vendiéndola como un significante vacío, doble hermenéutica mediante.

Además de ser una manera encubierta de ser gorila, el “evitismo” trae aparejado otros riesgos, entre ellos el de asociar la imagen de Evita con ideas de las que Evita estaba en las antípodas. Una cosa es ocultar una parte de la biografía y de la personalidad para construir un personaje adaptado para logra un fin. Otra muy distinta es utilizarlo para hacerlo decir lo opuesto a lo que decía en vida. Concretamente, en los últimos meses, la progresía argentina difundió e hizo circular innumerables trastocadas imágenes de Evita en las que se la ve usando un pañuelo verde, símbolo de campaña por la legalización del aborto en nuestro país y en otros países. Ahí hay deshonestidad intelectual y hay un error.

La deshonestidad propiamente dicha está en que el asunto en cuestión —la legalización del aborto— ya existía en los tiempos de Perón y, al parecer, ni Evita ni el peronismo de la época opinaban favorablemente a dicha legalización. Podrá argumentarse y no sin razón que los tiempos cambian y no es igual la opinión en 1950 que en el siglo XXI, por lo que es factible que Evita cambiara de parecer. Pero eso no pasa de un ejercicio contrafáctico. Lo poco probable es que Evita se embanderara con una causa contraria a la opinión de las masas en los barrios, que son profundamente cristianas y susceptibles a ofenderse con la idea de la interrupción voluntaria del embarazo. Es poco probable —por no decir imposible— que Evita se posicionara junto a la juventud de los sectores medios y en contra de las clases más postergadas en un asunto que pudiera enajenar y confundir a estas últimas y, en consecuencia, la utilización de la imagen de Evita “pañuelo verde” encierra el peligro de generar esa confusión en el sentido común, desnaturalizar la imagen que hacen los más humildes de Evita y dañar irremediablemente su valor político para la causa de lo nacional-popular, que en Argentina es el peronismo y está anclado en los sectores más postergados de la sociedad.

Entre las manipulaciones y los usos de la imagen de Evita la más perniciosa y la más gorila es, por lo tanto, el “evitismo”. Ni siquiera los agravios de los gorilas abiertamente gorilas —que son los antiperonistas sin tapujos, oligarcas y sus sirvientes— son tan dañinas, puesto que estos últimos vienen del sector que se para en frente, vienen de boca del enemigo declarado y son tomados como lo que son: agravios. El “evitismo”, en cambio, es insidioso al presentarse con una apariencia amigable y, no obstante, corromper la historia en el proceso. Cuando el que se presenta como “compañero” trata de imponer un relato que niega una parte de la historia por considerarla antiestética, cuando esa imposición viene disimulada en elogios desmedidos a una de las mitades de la sociedad indivisible y cuando eso es utilizado para enajenar a las clases populares de un proyecto político que se funda en ellas, el resultado siempre es una desnaturalización del proyecto que se orienta a su muerte como tal.

No hay Perón sin Evita ni puede haber Evita sin Perón. Al formarse esa sociedad genial se encontraron el combustible con la chispa que provoca la ignición, se juntaron las dos partes de un todo indisoluble. Evita sin Perón no hubiera pasado del oenegeísmo y el intento de hacer justicia social sin contar con los recursos del Estado, que sirven para eso. Perón sin Evita probablemente no hubiera logrado la inserción en el corazón de los pueblos, los que amaron y aman a Evita reputándola como una madre. He ahí, quizá, la explicación biológica del fenómeno peronista: para concebir la nueva Argentina y para que el subsuelo de la patria se sublevara e iniciara sus tareas de reivindicación fueron necesarios el padre y la madre. No está mal ni es una declaración de carencia o debilidad, sino un reconocimiento de lo que es. Al fin y al cabo, más allá de ciertos experimentos científicos de resultado mucho más que dudoso, en la naturaleza hace falta una sociedad entre dos para la creación, para dar la vida. Y el pueblo-nación argentino ni pudo jamás nace hasta que esa sociedad se formó y lo parió. Sí, entre ambos. Sí, en responsabilidad compartida. Y sí, entre Perón y Evita. Tuvo que pasar un siglo desde San Martín hasta el nacimiento de Evita, cuyo centenario conmemoramos hoy. Y tuvieron que pasar algunos años más hasta que ella se encontrara con él y juntos dieran el génesis de la Argentina nacional-popular que la oligarquía no quiere. Los oligarcas, afiliados desde siempre a la muerte, odian la vida. Y por eso odiaron tanto a Evita, porque veían en ella el origen de la vida de una nación.

Evita vive, junto a Perón, en lo más profundo del alma de cada argentino y de cada latinoamericano que conoce el verdadero significado de patria.

(Por Erico Valadares)