El viernes estuve hablando de ese fenómeno que se describe como “neoprogresismo de derecha”, que combina el ultraliberalismo económico con una visión aparentemente moderna en temas socioculturales. Es absolutamente favorable al gran capital financiero, pero al mismo tiempo presume de moderno en temas como ecología, feminismo, respeto por las lesbianas, los gays, los bisexuales, transgénero, etc. Eso lo vuelve digerible para mucha gente que se excita con la idea de una derecha moderna. Y contamos el viernes que, al mismo progresismo, que predominó en las últimas dos décadas y todavía está ahí, le salió como respuesta el populismo de derecha e izquierda. ¿Y qué hizo el nuevo progresismo, entonces? Denigrar al populismo, calificándolo muchas veces de nazi o fascista.

Lo hizo Durán Barba, el asesor de Macri, que comparó el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela con Hitler y el nazismo. Lo han hecho Elisa Carrió, el Diario La Nación, Mauricio Macri y algún otro dirigente opositor (en su tiempo) refiriéndose al gobierno de Cristina o a alguno de sus colaboradores como el heredero de Hitler. Tanto lo hicieron, que la DAIA pidió hace algún tiempo que dejen de comparar lo incomparable.

El sábado se cumplieron 130 años del nacimiento de Hitler, en 1889, el monstruo. Vamos a ver en esta columna algunas razones que explican por qué no existe ninguna forma de comparar racionalmente un gobierno popular de América Latina con el régimen nazi. Tampoco por el supuesto de que el nazismo surgió en una democracia. Y vamos a verlo tomando lo que dice quien hoy se considera el biógrafo más completo de Hitler, el inglés Ian Kershaw. Él reconoce que se han escrito más de 120.000 libros sobre Hitler y el nazismo. Y hay biógrafos muy importantes como Alan Bullock o Joachim Fest, este último de una riqueza notable. Pero Kershaw tiene la biografía más actualizada porque incluye algo que los otros no tuvieron: las cartas de Goebbels, el ministro de Propaganda de Hitler.

En un pasaje inicial, señala Kershaw que la dictadura de Hitler, más que la de Stalin o Mao, encendió una señal de aviso que todavía arde luminosamente mostrando como una sociedad moderna, avanzada y culta puede hundirse con gran rapidez en una barbarie que culmina en una guerra ideológica, una conquista de una rapacidad y una brutalidad difícilmente imaginables, y un genocidio como el mundo no había presenciado nunca anteriormente. Sigue Kershaw: “La dictadura de Hitler equivalió al colapso de la civilización moderna, a una especie de explosión nuclear dentro de la sociedad moderna”.

La operación para instalar la idea de una homologación entre los gobiernos de corte nacional-popular de América Latina y el nazismo europeo encuentra su resultado en las expresiones de los colonizados pedagógicamente por el aparato mediático en sus protestas. Lo curioso es que, de haber alguna similitud entre lo nacional-popular y lo nazi, ninguna de esas manifestaciones públicas sería tolerada y sus participantes serían víctimas de una feroz represión, cosa que jamás ocurrió.

Nos recuerdan los falsos liberales que Hitler llegó al poder por el voto, al igual que Chávez. Hay que aclarar que el 6 de noviembre de 1932 hubo en Alemania comicios para elegir a los miembros del Reichstag en medio de una disolución del Parlamento. En esos comicios el Partido Nazi siguió siendo la primera fuerza política, pero logró un 33% y perdió 34 escaños, quedando lejos de alcanzar la mayoría absoluta. Esas fueron las últimas elecciones “democráticas” alemanas, porque las de marzo de 1933 se hicieron bajo una atmósfera violenta, de represión e intimidación nazi.

Cierto, en marzo de 1933 y en medio a persecuciones y asesinato que ejecutaban los nazis contra comunistas, socialdemócratas y centristas, con grupos paramilitares de Hitler, con dinero que le pusieron veinte de los más poderosos industriales y con el sospechoso incendio del Reichstag mediante —del que los nazis acusaron a los comunistas—, la clase media, histérica en ese momento, concurrió a votar por los nazis masivamente en esas elecciones amañadas en las que, aún así, Hitler no logró mayoría absoluta. ¿Ustedes se dan cuenta de que es un disparate decir que Hitler surgió de elecciones “democráticas”?

Apenas seis años más tarde, con una población judía ya sometida, Alemania emprendía la invasión y conquista de muchas naciones, la peor guerra. Díganme si hay algo que permita la remota comparación con gobiernos populares de América que abolieron toda represión de la protesta, como el kirchnerismo, o que no matan opositores, como Hugo Chávez.

Ahora bien, ¿cómo entender la magnitud de la violencia que ejecutó el régimen de Hitler en una sociedad culta y moderna? ¿Cómo llegaron a esa descomposición? Hay que ver esto que cuenta Kershaw: “En la Alemania que siguió a la derrota en la I Guerra Mundial la brutalización de la sociedad que generó la guerra y la semiguerra civil, con la perturbación y los trastornos de la revolución socialista que fracasó en 1919, prepararon el terreno para que hubiese una predisposición a tolerar la violencia, que se consideraba paradójicamente como el mejor medio para conseguir la vuelta al orden y la normalidad. Hubo una indiferencia moral ante la violencia generalizada que traería el gobierno nazi. Había como una apatía, se soportaba esa violencia brutal.

Imagen del incendio del Reichstag, atribuido a los comunistas por los nazis, que abrió las puertas del infierno en Alemania.

Era ya una Alemania llena de ejércitos privados, fundamentalmente de la derecha. Estaban, por ejemplo, los ejércitos privados contrarrevolucionarios, como el Freikorps. Las asociaciones de voluntarios, las fuerzas de defensa de los ciudadanos… todas milicias irregulares, de decenas o de cientos de miles, surgidas después de la I Guerra y que las autoridades estatales usaron y apoyaron activamente. Por ejemplo, la Fuerza de Defensa de los Ciudadanos tenía 400.000 hombres y 2,5 millones de armas. Y era solo una de las fuerzas paramilitares. Otro grupo, que se llamaba Organización Cónsul, ejecutó 350 asesinatos políticos entre 1919 y 1922 en medio de la frágil democracia de Weimar. Era una sociedad armada hasta los dientes y proclive al asesinato. Piensen en lo que más les molesta del gobierno anterior y de su presidenta, y díganme si no es una canallada compararlo con el nazismo.

¿Y por qué lo hacen? ¿Simplemente de exagerados? Yo creo que no. Así como el colega Alfredo Zaiat publicó un libro sobre la economía del miedo, donde explica cómo en un gobierno popular angustian deliberadamente a los ciudadanos los anunciadores de devaluaciones brutales, cracks económicos y estampidas inflacionarias, fíjense cómo se está usando el miedo ahora. Elisa Carrió salió a meter miedo, toda clase de miedo de que todo se va al diablo (como si no se estuviera yendo al diablo ahora) si es elegida Cristina. Hay una política del miedo asociando falsamente un gobierno popular con un régimen de nazismo para que la gente reaccione con susto y se la pueda disciplinar en las ideas del mercado para que asocien con la verdadera democracia.

La comparación de un gobierno que tiene gran apoyo popular con Hitler no es una ligereza. Es una operación infame con resultado calculado. En nuestro caso, el resultado calculado es Macri y estos cuatro años que no nos llevan a Venezuela, sino a Haití.

Jorge Halperín
*En Radio del Plata AM 1030
(23/04/2019, 12:40)