La maquinaria de adoctrinamiento liberal en manos de las corporaciones se reinventa una y otra vez para sostener su poder y asegurarse de que pasen las generaciones sin que nadie se salga de su hegemonía. Desde la revolución burguesa iniciada a mediados del siglo XVIII en Francia y en Inglaterra y hasta los días de hoy, el liberalismo siempre supo renovarse en apariencia para seguir siendo hegemónico. Y en la raíz de eso está el hecho de que el mejor truco del diablo, como solía decir Baudelaire, es hacernos creer en su inexistencia.

La fantasía didáctica del momento para las actuales generaciones de “millennials” y “centennials” (y para algunos que ya son más bien “boludos grandes”, como se dice) son las llamadas series, que no pasan de un aggiornamento de las viejas telenovelas, pero con costos de producción más altos y posibilidad de consumo mediante el pay-per-view y el “on demand”. En la actualidad, el sentido común recibe su cuota de adiestramiento liberal mediático en el consumo de esas telenovelas renovadas que incorporan elementos del cine para subirse el precio. Entre María la del barrio y Game of Thrones las únicas diferencias están, como decíamos, en los costos de producción, en el soporte tecnológico de difusión y en que las actuales series son una fusión entre TV y cine. Por lo demás, tanto Game of Thrones como María la del barrio y todos los genéricos del uno y de la otra cumplen siempre la misma función: formar la cosmovisión de las mayorías para que vean la realidad dentro de unos códigos morales y estéticos, siempre ideológicos, muy bien determinados.

Entonces en este esquema las corporaciones les explican a las mayorías cómo es la realidad mediante metáforas de ficción, al igual que antes. Se renuevan las formas, no varía el método. Desde el punto de vista del consumidor, el que hoy se pone a tono con la moda consumiendo series se comporta de la misma forma que el consumidor de telenovelas desde los años 1970 en adelante: siempre es una cuestión de estar atento a las novedades y hacer lo que hacen todos los demás, siempre es un estar a la moda del momento. Eso es el sentido común.

Los ingenieros sociales del poder saben muy bien que la sociedad humana funciona así de un modo genérico y que ese funcionamiento es un hecho históricamente verificable. Y que, al serlo, posiblemente no vaya a modificarse jamás. Lo más probable es que el sentido común se comporte como se comportó siempre y que todo sea una cuestión de ir variando las formas para que a cada generación lo viejo parezca nuevo y siga siendo útil. Entonces el que hoy consume las series de televisión “on demand” es en esencia el mismo que antes consumió las telenovelas, las novelas de radio, los folletines de teatro y así hasta el fondo de los tiempos: lo que no varía es el adiestramiento.

Las telenovelas como ‘María la del barrio’ y toda su infinidad de símiles fueron la herramienta cultural con la que el poder adiestró a las generaciones posteriores al Mayo Francés para reubicarlas en un lugar subalterno.

Con María la de barrio y afines el poder adiestró a las clases subalternas para que comprendieran su lugar en la sociedad de clases. Había que superar los sacudones de los años posteriores a la II Guerra Mundial, en los que los pueblos se movieron y empezaron sus tareas de reivindicación, como diría Scalabrini Ortiz del Hombre que está solo y espera a partir del advenimiento del peronismo. Hasta fines de los años 1960 esa agitación puso en jaque el orden establecido y el Mayo Francés marca el hito final de esa etapa en Occidente. A partir de allí se impone el neoliberalismo, la destrucción del Estado de bienestar y la necesidad de ubicar a los de abajo en su debido lugar. Para eso, para lograr el adiestramiento masivo de populares, los medios popularizan las telenovelas en las que el telespectador accedía a los códigos de comportamiento deseables para pobres. En la ficción estaban metaforizados esos códigos que pronto fueron incorporados socialmente. En una palabra, de tanto ver María la del barrio las clases subalternas comprendieron que ese era el orden establecido al que debían plegarse.

Y se plegaron. A partir de los años 1970 y hasta bien entrado el nuevo siglo, la televisión marcó las pautas de comportamiento para las masas mucho más con la ficción que con los noticieros de la “realidad”. Es infinitamente más educativa una metáfora de ficción televisiva para masificar un comportamiento que el discurso político envuelto en las noticias, simplemente porque lo primero se consume mucho más y penetra en la conciencia como el diablo de Baudelaire, cuyo mejor truco es hacernos creer que él mismo —el diablo— no existe. “Nadie se va a comportar como en una telenovela por haber consumido telenovelas en televisión, es estúpido”, argumenta el incrédulo. Y allí está el diablo con su truco más genial.

Pero en la primera década de los años 2000 el juego cambió y las mayorías otra vez se inquietaron, se interesaron de nuevo por la política. Ya no era cuestión de portarse como en María la del barrio, sino de cuestionar otra vez el orden establecido mediante la representación de los Hugo Chávez, los Lula, los Kirchner, los Putin y demás que aparecían aquí y allí. Los subalternos de nuevo empezaron a pensar en la política, se repolitizaron como entre los años 1950 y 1970 y eso para el poder es peligroso. Entonces el poder debe adiestrar como siempre, pero variando las formas para no levantar sospechas. Si el poder sale otra vez con la forma María la del barrio, la experiencia histórica dará alarma y entenderemos que nos quieren despolitizar mediante la imposición del ejemplo del estilo de vida de personajes que viven en un termo.

Ese aggiornamento, por lo tanto, no tiene por objetivo distraer de la política vendiendo la intriga familiar y vecinal entre pibes de barrio y una “clase media” que se cree oligárquica, eso ya no vende. Ahora la ficción directamente “explica” la política. Si el pueblo quiere saber de qué se trata, la mejor de forma de garantizar que no lo sepa nunca es contar esa realidad que se quiere conocer y dirigirla hacia cualquier parte.

Así es cómo el sentido común piensa en House of Cards y en Game of Thrones cuando intenta comprender la política y la lucha por el poder. La política es eso para los actuales consumidores del relato dominante en forma de series de televisión. Ya no se trata de movimiento de masas luchando por la liberación social a través de sus representantes en la política, sino de que la política es una rosca entre dirigentes que implica una trama espantosa de intrigas, traiciones y asesinatos. Ahí está la comprensión actual de lo que es la política, una comprensión que se encuentra justo en el punto que media entre el cinismo de un Frank Underwood y la avaricia de unos medievales hijos de primos con nombres raros.

‘House of Cards’, aquí semánticamente presentada con el detalle del trono como objetivo de la lucha y la sangre como método, al igual que en ‘Game of Thrones’ y en todos los demás símiles de las telenovelas del presente, les “explicó” a las mayorías qué cosa es la política. O, por lo menos, lo que el poder quiere que las mayorías piensen que es.

Pero eso está lejos de ser todo, porque si bien se manipula y se forma la cosmovisión de las mayorías, también se dictan pautas de comportamiento, como en María la del barrio. Lo que enseñan los House of Cards y los Game of Thrones “on demand” de hoy es que se trata también de saber el final antes que todos los demás. Ya no alcanza con estar a la moda: ahora hay que estar a la moda, consumir todo lo nuevo, pero además consumirlo primero, a la velocidad de la luz, saber el final y apresurarse en difundirlo en las redes sociales, para que todos sepan que uno está a la moda y a la vanguardia al mismo tiempo. Eso es lo que la actual generación define con el anglicismo “spoiler”, esto es, ser el que entre pares sabe cómo termina la historia.

El comportamiento del “spoiler” no es otra cosa que el viejo “te la cuento yo”, pero también renovado. Y penetró con todo en la conciencia de la militancia, la que consume series como cualquier hijo de vecino. De tanto competir con otros para ver quién accedía al desenlace de las series para “spoilear” primero y quedar como un gran vanguardista frente al grupo, el militante incorporó ese comportamiento y se apresura en “spoilear” la realidad: lo que se puso de moda fundamentalmente entre la tropa de lo que a partir de ahora llamaremos “kirchnerismo de Kabul”, que son los famosos talibanes, es ir por la vida diciendo punto por punto lo que va a pasar después de octubre, cuando Cristina o el candidato de Cristina gane las elecciones, se vaya Macri y empiece el baile. Y entonces aparecen los “ministerios de la venganza”, la apertura de todas las cárceles para que salgan los presos, la vendetta fulminante contra todos los que participaron del saqueo todavía en curso y mucho más. Además de vender la piel antes de cazar el oso, lo que hace la militancia cuando “spoilea” el próximo capítulo de la realidad es espantar a todos los que no son militantes y suelen pensar en los movimientos y avances sociales como peligro inminente. Cuando el pacato escucha “ministerio de la venganza”, tiende a pensar que dicha venganza será contra populares que votaron a Macri, es decir, contra él mismo. Y cuando escucha “libertad para los presos políticos al primer día de gobierno”, escucha “impunidad” y hasta liberación de presos comunes, ya que el abrir las puertas de las cárceles sumado a la idea que el común tiene del “garantismo” solo podría resultar en que salgan asesinos, violadores y toda suerte de delincuentes y criminales peligrosos para la sociedad.

El sentido común teme los cambios bruscos y es naturalmente reaccionario. Sabe que la situación es muy mala, pero siempre cree que puede ser peor. Es por eso que los pronósticos apocalípticos asociados a un triunfo de Cristina siempre han dado muy buenos resultados para el poder y es por eso, entre otros motivos, que Cristina opta por no presentarse como candidata titular y propone a una figura que transmite una imagen de continuidad más que de ruptura.

La militancia, que en estos momentos ya tendría que haber entendido la movida de Cristina, sigue “spoileando” y sigue subiendo la apuesta, haciendo pronósticos cada vez más extremos respecto a lo que va a pasar en Argentina a partir del 10 de diciembre de este año si el peronismo gana las elecciones. En vez de transmitir la idea de que nada va a pasar —que es la estrategia de la conducción para captar el voto de los tibios, de los pacatos y los temerosos, es decir, la gran Néstor Kirchner, que no dijo nada de lo que iba a hacer antes de asumir el gobierno y más dijo todo lo contrario—, un sector enardecido de la militancia sigue la escaramuza discursiva y espanta al sentido común con sus expresiones de deseo. Y por eso ese sector es talibán, es el “kirchnerismo de Kabul”. Ganar o perder las elecciones le tiene sin cuidado y la cuestión es “spoilear”. Si se da, dirá orgásmicamente “yo te dije, yo te dije”. Y si no se da, pues se pondrá a hacer nuevos “spoilers” hasta que se dé. Toda futurología tiene la virtud de que en algún momento la va a pegar, aunque más no sea por insistencia. El teorema del mono infinito sostiene que en el tiempo un chimpancé tipeando al azar en un teclado terminará escribiendo El Quijote.

En las viejas vanguardias los militantes competían entre sí para ver quién había leído más libros y tenía la formación ideológica más sólida. Pero el Muro de Berlín cayó, la Unión Soviética se disolvió y, con el “fin de la historia” de Fukuyama, los partidos políticos abandonaron su obligación de impartir la doctrina y formar a sus militantes, dejándolos a la buena de dios. Y el resultado es que los militantes de hoy se jactan de mirar telenovelas, de mirarlas antes que nadie y de “spoilear” el final a todos los demás, trasladando naturalmente ese comportamiento vicioso a su praxis militante. Es lo que hay y no es una cuestión generacional ni de que todo tiempo pasado fue mejor. Es simplemente porque alguien no está asumiendo su responsabilidad histórica y está dejando estar a los que debió contener y orientar. ¿Hasta cuándo los partidos políticos seguirán haciéndose los distraídos mientras la militancia se convierte en barrabrava y consumidora de chatarra televisiva como si fuera educación política? El que tenga la respuesta, que por favor nos dé un “spoiler”.


Este es un adelanto de la 16ª. edición de nuestra Revista Hegemonía. Para suscribirte, acceder a todos los contenidos de la actual edición y todas las anteriores, y apoyar La Batalla Cultural para que sigamos publicando en estos tiempos difíciles, hacé clic en el banner abajo y mirá el video explicativo.
Nosotros existimos porque vos existís.