Ahora que el escenario electoral está definido y que todas las especulaciones se acabaron en torno a quién va a ocupar cada espacio y desde qué trinchera se van a comunicar, de ahora en más, cada uno de los candidatos a las elecciones que se avecinan, lo que resta es comprender la complejidad de la situación de la Patria que se desangra y transcurrir, lo más rápido que podamos, hacia el pragmatismo del que vamos a nutrirnos en adelante para poder llevar a cabo cada una de nuestras tareas hasta octubre.

Porque lo estructural de la Argentina post Macri tiene como primera gran dificultad la inmensa deuda que ahora todos tenemos cargada en nuestras espaldas, deuda que nos posiciona en un lugar muy difícil ante nuestros acreedores y con la que no tenemos demasiado margen de negociación, sea quien fuere que gane y salga a partir del 10 de diciembre a presentar un plan de gobierno acorde a ese agujero que tenemos. Esto es indiscutible e innegable, porque nadie podrá ejercer ninguna gobernabilidad si primero no les dice a todos quienes se están relamiendo por nuestra situación financiera qué es lo que se pretende hacer con ello.

Este punto es el que nos debe ocupar a todos, sin distinciones, porque de cómo se maneje esa primera gran dificultad dependerá todo lo demás que suceda, no hay posibilidad de que funcione de otra manera. Entonces a lo que debemos atender es a lo que digan sobre este punto. Es menester que sea claro y que quienes están disputándose el cargo máximo de la Nación sean lo suficientemente concretos a la hora de definir esa estrategia. Porque una cosa somos los politizados, que estamos siguiendo lo que pasa y cómo se procede y que, a partir de esa observación (que siempre está acompañada de pasiones y subjetividades), creemos tener algunas recetas bien concretas sobre cómo se debería actuar al respecto. Muy válidas y bien argumentadas muchas de ellas, pero en verdad apenas útiles para debates y discusiones internas, como para ayudarnos entre nosotros a ampliar la mirada sobre el asunto. Pero en términos prácticos, absolutamente descartables si no se condicen con ninguna de las propuestas de cuales fueran los candidatos que con ellas queramos representar.

Y es que la importancia de esto es vital: en tanto y en cuanto sigamos entre convencidos queriendo armar un plan de gobierno cuando es la dirigencia la que ya lo ha articulado, es no sólo improductivo sino que es también, a esta altura, peligroso. La cristalización de los microclimas es algo que debemos evitar a como dé lugar ya que desde este momento estamos todos formando parte de un algo superior al que no tenemos que responder sólo por convicción, sino que ahora debe regir el pragmatismo planteado al inicio de esta breve reflexión. Y para poder alcanzar ese estado pragmático, tenemos que poder observar con objetividad las condiciones de posibilidad del tiempo en que vivimos.

Hoy no se puede pensar en revoluciones ni mucho menos en revanchismos: lo concreto es que en la Argentina post macrista el 48% de los niños son pobres. No llegan a cubrir sus necesidades elementales, no se cumplen sus derechos como niños y están absolutamente vulnerados por las políticas que han sido aplicadas dejando de lado toda humanidad, pensando exclusivamente en términos económicos y de costo-beneficio. Hemos sufrido una mercantilización de nuestra política y de nuestras propias vidas y ese proceso no se va a revertir de la noche a la mañana, por más necesario y urgente que sea. Y con sólo este dato, puesto en el contexto de aquella inmensa deuda contraída a costa del porvenir, no podemos construir ninguna respuesta que no tenga como premisa principal el acabar definitivamente con el gobierno que aplica este tipo de lógica a la hora de gobernar. No hay manera.

En ese momento en que se alcanza la comprensión de la situación, cuando se puede ver objetivamente que no da lo mismo un dígito que dos, que no permanece una situación inalterada cuando de manera permanente se invaden, coartan y reniegan derechos humanos con políticas públicas y que no da lo mismo hacer las cosas de una u otra manera, es cuando ya no pueden quedar dudas sobre lo que cada uno debe hacer para construir un nuevo escenario en adelante que permita empezar a trabajar para la reparación de todo eso que por causa de intereses que nos son ajenos, nos ha trastornado la vida entera.

Una vez llegado a este punto ya nadie puede seguir indiferente a lo que se defiende o se rechaza, ni tampoco sirve de nada renegar entre compatriotas al respecto. Las convicciones no se dejan de lado ni se pierden con el pragmatismo, no se trata de eso. Lo que se deja de lado cuando se comprende que lo que impera es terminar con este ciclo de saqueo infernal es el ego propio, esa necesidad tan humana como contraproducente de querer tener razón por encima de todo, incluso de las posibilidades de transformar efectivamente la realidad. No ganaremos nada con la razón, no mientras el poder lo tengan quienes no nos representan. Y si los que nos pueden representar, aunque sea mínimamente, llegan al poder por gracia y obra de nuestros aportes como ciudadanos, entonces podremos exigirles que se ajusten a nuestras necesidades y reclamos, sin duda alguna. Pero antes deben llegar al poder. Sin excepción.

Puesto que analizar la situación actual de la política argentina ya no puede ni debe ser liviana ni tampoco salirse de los márgenes de la objetividad, la preponderancia de los dos factores mencionados es imperiosa para definir, ahora sí, de qué lado de la vida estamos en este nuevo punto de inflexión en nuestra historia. Deuda y pobreza infantil, dos factores irremediablemente ligados que deben ser los que determinen quién será, a partir del próximo diciembre, quien transforme esas realidades para darnos un respiro a los que estamos acá, discutiendo 24/7 sobre todas las posibilidades que no están en juego en una instancia en la que sólo vale lo que es, por más que no sea lo que cada uno de nosotros quisiera o deseara.

Lo que hay es lo que es y tenemos que poder observar más, escuchar más y reflexionar más para pelear menos y enojarnos menos también, ya que conocer a los bueyes con que se ara es lo que siempre hace la diferencia. El porvenir nos lo reclama y merece.

(Por Romina Rocha)