Bajo el cielo de un jueves soleado de los primeros días de junio y orillando el Río Paraná por la Ruta Nacional Nº. 9, entramos a la provincia de Santa Fe sorteando el intenso y usual tráfico de los camiones que transportan la riqueza del país sobre el asfalto de sus principales arterias viales. A pocos kilómetros del límite del territorio bonaerense está la ciudad de Rosario, el principal centro urbano de los santafesinos y la primera escala de nuestro viaje de 12 días por una provincia donde la gloria nos había estado esperando. Allí, en la cuna de la bandera, empezaba una excursión cuyo resultado habría de ser no uno, sino dos triunfos rutilantes, de esos que quedan guardados para siempre en la memoria de sus partícipes. Fuimos a la provincia de Santa Fe buscando un triunfo clave para la unidad del campo nacional-popular y volvimos casi dos semanas después con dos copas bajo el brazo, gracias a que nos cayó de yapa la holgada reelección del gobernador Gustavo Bordet en Entre Ríos, de la que pudimos felizmente participar al menos en sus celebraciones por las calles de Paraná. Así fue esa experiencia y así fue esa aventura, y esta es la crónica de una victoria de los pueblos.

El triunfo de Omar Perotti sobre el “socialismo” (entre muchas comillas, como se sabe) santafesino tiene un valor que trasciende enormemente el ya de por sí increíble batacazo a nivel local que supone el haber desalojado del poder político a una fuerza que había estado gobernando por 12 años consecutivos. Más allá de la coyuntura local —sin despreciar los intereses particulares de los santafesinos—, la elección de Perotti tiene un efecto que extrapola los límites provinciales y nacionaliza el resultado de un modo determinante. El triunfo de la unidad del campo nacional-popular en Santa Fe le dio a la Argentina la prueba que necesitaba para comprender de una vez por todas que cuando el peronismo quiere, el peronismo gana prácticamente cualquier elección. Pero también le dio al propio peronismo el modelo de campaña política ganadora para este siglo XXI. Lo que sucedió el último 16 de junio en la provincia de Santa Fe fue un evento cuya magnitud aun no puede medirse con precisión, un hecho que deberá ser estudiado con propiedad porque habla de una tendencia que es mundial y que anticipa lo que deberá ser la política en las próximas décadas: una política en la que la diferencia entre ganar o perder las elecciones radicará en la capacidad de los candidatos y de las fuerzas políticas de superar sus disputas internas, sus prejuicios ideológicos y de producir un discurso acorde con el estado del sentido común de los electores a los que se trata de persuadir. Eso fue lo que hizo Omar Perotti al derrotar a Antonio Bonfatti por una ventaja de cuatro puntos, expresando en campaña el deseo de las mayorías y haciendo caso omiso de los gustos estéticos de minorías iluminadas, pero sin votos.

Por lo primero, en palabras de un liberal como Carlos Maslatón, el peronismo es el auténtico Partido Nacional en Argentina y es, por lo tanto, la expresión política de las mayorías populares. Entonces el ganar o el perder las elecciones no depende tanto de lo que hagan los rivales minoritarios del peronismo, que en realidad son impotentes frente a la fuerza arrolladora de un movimiento que tiene el potencial de convocar a todos cuando quiere hacerlo. Ganar o perder las elecciones para una fuerza política como el peronismo depende de que el propio peronismo quiera lo uno o quiera lo otro, depende básicamente de su voluntad unificada, que es la voluntad del movimiento. Cuando el peronismo resuelve renunciar a las luchas intestinas y se dispone a representar el pensar, el sentir y el creer del pueblo-nación, esto es, cuando elige ser un movimiento cultural, entonces los pueblos no tienen otra opción que llenar las urnas de votos y darle el poder político al peronismo.

Omar Perotti, junto a la vicegobernadora electa Alejandra Rodenas y el gobernador reelecto de Entre Ríos Gustavo Bordet, en el encuentro con los equipos técnicos de la campaña a pocos de días de las elecciones. Durante el discurso, Perotti habló por momentos ya como gobernador electo y reforzó la idea de su triunfo entre propios y extraños.

¿Por qué? Porque en la representación política la relación del representado con el representante siempre es la relación de uno consigo mismo. Cuando en los años 2008 y 2009 se daba en América del Sur una coyuntura particular y quizá irrepetible en la que varios países de la región estaban simultáneamente gobernados por fuerzas políticas de orientación y extracción popular, la entonces presidenta de Argentina Cristina Fernández habló de “gobernantes que se parecen a sus pueblos” y esa ocurrencia, la de que A gobierna a B porque A y B se parecen entre sí, es la definición de la relación de uno consigo mismo entre representado y representante. En realidad, el peronismo no es otra cosa que el propio pueblo-nación hecho gobierno, es el pueblo al poder, una verdad que suele quedar olvidada cuando el movimiento se corre al lugar de la vanguardia y se separa de su naturaleza y origen. Pero cuando el peronismo no hace nada de eso y no opta por ser un movimiento contracultural respecto a la cultura del pueblo-nación al que quiere representar y representa, lo que el peronismo hace es representarse a sí mismo en tanto y en cuanto parte inseparable del pueblo-nación argentino. Y gana naturalmente las elecciones.

En ese sentido, Omar Perotti fue en las elecciones de este año la fiel representación de lo que el santafesino es o quiere ser y por eso —precisamente por eso— tuvo el voto de los santafesinos para obtener unos 40 puntos que valen por 60 en un territorio de electorado de tres tercios. La primera enseñanza es esa, es que cuando el peronismo hace lo que el pueblo quiere y no lo que satisface el paladar negro de cierta vanguardia, entonces el peronismo gana las elecciones porque representa a la mayoría. Y eso es algo que las demás fuerzas políticas no pueden lograr, aunque lo intenten emular.

Omar Perotti y Alejandra Rodenas, la fórmula del triunfo del peronismo en Santa Fe que desborda carisma por ambas bandas. El aporte de Rodenas con su trabajo junto al sector de la juventud militante fue fundamental para la victoria: no por casualidad los pibes la apodaron “Rockdenas” en justicia a su figura, que es muy popular entre los más jóvenes.

Lo segundo es la superación de las contradicciones internas con la finalidad de luchar contra un enemigo común, lo que incluye someter las diferentes corrientes de opinión a un proyecto que interpele más o menos a todos los actores. Ese proceso —que puede parecer de sencilla resolución al interior de fuerzas políticas de carácter más bien monolítico, como los liberales o los conservadores— es todo un tema, como suele decirse, en un peronismo que contiene y sirve de paraguas para individualidades que piensan muy distinto entre sí. La llamada “derecha” sabe priorizar los intereses sobre las opiniones a la hora de unir la tropa para afrontar la lucha y lo hace con mucha frecuencia, cosa que a las fuerzas políticas de orientación y extracción popular les cuesta sobremanera. No obstante, el peronismo en Santa Fe pudo llevar a cabo esa unidad en la diferencia y supo juntar las partes en desacuerdo después de una dura interna entre Perotti y María Eugenia Bielsa, que son como dos polos hasta contradictorios en lo ideológico. El mayor desafío de Perotti luego de las PASO fue asegurarse la transferencia de los votos de Bielsa, aun emitiendo un discurso que no agradaba ni mucho menos a los electores de esta última. Con la ideología de género y la teoría progresista atravesando toda la política con un corte de tipo transversal, Perotti entró en ruta de colisión con el sector sobreideologizado de la sociedad santafesina que había votado por Bielsa y que milita activamente o por lo menos simpatiza con su prédica progresista en lo que se refiere a lo social. Si bien no faltaron las amenazas por parte de ese sector en el sentido de apoyar al candidato del “socialismo” en las urnas para hacer perder a Perotti, los números finales del escrutinio indican que eso no ocurrió y que los 40 puntos del triunfo de Perotti resultan de la suma casi exacta de sus propios votos y de los que obtuvo Bielsa en las PASO.

Derrotada en la internas, María Eugenia Bielsa tuvo un comportamiento acorde a la doctrina peronista: acompañó a Perotti, le brindó su apoyo y transfirió los votos necesarios para el triunfo de ambos en las elecciones generales.

He ahí que en Santa Fe el peronismo logró someter a todas las corrientes de opinión en su seno a un objetivo común, que fue finalmente logrado. La oposición de ciertos sectores feministas radicalizados y de grupos que asociaron el eslogan de “paz y orden” de Perotti con la llamada “mano dura” pusieron sus convicciones ideológicas particulares entre paréntesis para ganar con un candidato que expresó en su discurso los valores instalados en el sentido común para captar ese voto mayoritario. Para el que analiza la política y está atento al impacto de esas corrientes ideológicas (cuyo aspecto general es “de izquierda”) sobre el resultado de las elecciones el hecho es, cuando menos, milagroso. Hace tan solo un año Omar Perotti había sido identificado como un “machirulo” y un provida por esos sectores, o como un conservador desde el punto de vista del progresismo. Y su prédica de “paz y orden” posterior, con un fuerte acento en la seguridad pública comprendida como represión al delito por parte de las fuerzas del Estado, no ayudaba mucho a cambiar esa valoración de la militancia progre. No obstante, al comprender Perotti que el sentido común de los “civiles” en Santa Fe reclamaba seguridad más allá del discurso progresista y además rechazaba el debate sobre las políticas de género y reproductivas que el propio progresismo había instalado en la agenda, supo que para interpelar a las mayorías debía asimismo ponerse en el lugar de la representación del sentido común “conservador” y así lo hizo. La incógnita estaba en si iba a poder captar también el voto de ese 10% restante del electorado que se ubica en una vanguardia respecto al común “conservador”, pero no vota al “socialismo”, esto es, el electorado de María Eugenia Bielsa. El resultado de las elecciones demuestra que eso ocurrió y allí está la enseñanza, en la necesidad de interpelar siempre a las mayorías y esperar a que las minorías se acomoden como puedan, nunca al revés. Es más fácil lograr la comprensión y el consenso con parte de la minoría politizada que hacerse entender hablando complicado por una mayoría cuyo voto oscila de elección en elección por razones muy prosaicas. Eso fue lo que hizo el peronismo santafesino con Omar Perotti a la cabeza: les habló sencillo a las mayorías sencillas y apostó en el acomodamiento de los demás melones, que son las minorías complejas y sobreideologizadas. Y así fue cómo conquistó el triunfo.

La hazaña

Al definirse las listas y empezar la campaña, Omar Perotti se enfrentaba a un desafío monumental: sortear las internas del peronismo, unificarlo después de haber ganado las PASO y luego derrotar en las generales al “socialismo” para desalojarlo del lugar que había ocupado por 12 años con las gobernaciones de Hermes Binner, Antonio Bonfatti y Miguel Lifschitz. Para complicar aún más el escenario y darle un aspecto de épica a la cosa, estos dos últimos encabezaban las listas del oficialismo, con el actual gobernador Lifschitz como primer candidato a diputado provincial y Bonfatti como rival directo de Perotti por el sillón de la Casa Gris. Además de todo eso, los “socialistas” también presentaban un auténtico “caballo del comisario” para la intendencia de Santa Fe capital —Emilio Jatón, una celebridad con altísimos niveles de exposición mediática— y contaban con una hegemonía de 30 años en Rosario, mayor colegio electoral de la provincia. Si bien el sistema electoral de Santa Fe utiliza el método de la boleta única y el arrastre, por lo tanto, no es tan determinante como en las provincias donde se utiliza la llamada “lista sábana”, la oferta electoral del “socialismo” santafesino fue excelente en lo que se refiere a la capacidad de sumar votos. De hecho, Emilio Jatón ganó cómodamente en el distrito Capital, Lifschitz arrasó en la categoría de diputados provinciales y Pablo Javkin confirmó en Rosario, aunque con alguna dificultad frente a un Roberto Sukerman de muy buena campaña en esa ciudad con el peronismo. El “socialismo” tenía todo para renovar el mandato de gobernador por cuatro años más con Bonfatti y sin embargo Perotti fue al frente y dio el batacazo.

El análisis de todo lo que hizo bien Omar Perotti para lograr la hazaña del triunfo y ser el nuevo gobernador de Santa Fe nos lleva en un principio a la observación de cómo la campaña de Perotti se orientó semánticamente hacia la instalación de la imagen de un candidato serio, firme y solvente ante la opinión pública. No hay nada de arbitrario en la instalación y en la proyección de esa imagen cuasi mesiánica y, en realidad, eso está en contradicción directa y premeditada con lo que prescribe la mayoría de los gurúes de la comunicación política, que es la instalación y la proyección de la imagen de un candidato descontracturado, un tanto informal y hasta irreverente por momentos. Desde el vamos, sin embargo, lo que se vio por todas partes fue la cara de un Perotti con la mirada serena y franca, pero seria, casi como en la postura de un padre que mira sin enojo a sus hijos en pleno desorden. Eso se reprodujo en todas las apariciones públicas del candidato, en las que se mostró templado y expeditivo a la vez, denotando saber exactamente lo que había que hacer y estar dispuesto a ganar las elecciones para hacerlo. Desde el punto de vista del que percibe la sociedad como un desorden y no se siente capaz de hacer nada para ordenarla, que es el punto de vista del individuo atomizado, típico de la posmodernidad, Perotti se veía como el poseedor de la voluntad y los medios para “poner orden” sobre aquello que hoy es percibido como caos.

Una recorrida por los barrios de Santa Fe capital junto a Federico Fulini (der.), segundo candidato a concejal que resultó electo en las listas del peronismo. En todos los barrios el clamor por seguridad estaba a la orden del día.

Es bien sabido que la clásica figura del “salvador de la patria” suele aparecer en aquellos momentos y lugares donde y cuando la sociedad se ve aquejada por un problema concreto que se percibe como de muy difícil o imposible resolución. Y eso es más viejo que la misma injusticia: ya en la antigüedad romana existió la figura del “dictador”, que no debe confundirse con la actual acepción del término, más asociada al golpe de Estado y a la usurpación del poder. En Roma el “dictador” era un magistrado que adquiría plena autoridad del Estado cuando los cónsules no lograban acordar respecto a la mejor resolución de uno más problemas particulares. Cuando eso pasaba y en la política se producía el impasse que paraliza a la sociedad, Roma convocaba el “dictador” para superar el trance, pero limitaba su actuación en el tiempo hasta la resolución de los problemas en cuestión o hasta un periodo de seis meses. El “dictador” en Roma era eso, un “salvador de la patria” en momentos en los que la ciudadanía tenía la percepción de que la patria estaba en peligro de desorden y disolución. De cierto modo, los pueblos han buscado siempre la figura del “dictador” para salir del paso allí donde el conflicto parecía no tener posibilidad de destrabarse y los efectos del impasse en la política impactaban sobre lo que se consideraba la normalidad cotidiana.

Esa fue probablemente la lectura que hicieron los asesores de Omar Perotti de la coyuntura política y social. En la provincia de Santa Fe está la percepción generalizada de la existencia de un problema de muy difícil resolución, que es la supuesta connivencia de los poderes del Estado con el narcotráfico, el que a su vez resulta —siempre de acuerdo a la percepción de la opinión pública— en un aumento en lo que se conoce como “inseguridad” o el delito cuando se percibe fuera de control. En otras palabras, desde el punto de vista del santafesino de a pie, tras 12 años de gobierno “socialista” se formaron redes de complicidad entre la política y el hampa, entre el Estado en sus distintos niveles y la delincuencia. Y esas redes no pueden romperse sin que asimismo rueden las cabezas de los que la sostienen, cosa que es naturalmente de muy difícil resolución mientras no venga alguien con la voluntad y la capacidad de “poner orden”. Omar Perotti se puso justamente en el lugar de ese ordenador, transmitiendo la imagen del que está por encima de las redes de complicidad y tiene la capacidad y la voluntad de romperlas, haciendo rodar las cabezas de los que hoy promueven el descontrol y no permiten que impere el orden en la sociedad.

Omar Perroti, en el momento de emitir su voto en las elecciones generales del 16 de junio. En la imagen se ve el detalle de la urna por categorías del complejo sistema de voto por boleta única que se utiliza en Santa Fe y enloquece a las autoridades de mesa, además de dificultarle la vida al elector.

He ahí que la imagen paternal de un Perotti asociada al lema de “paz y orden” fueron maniobras discursivas muy bien calculadas por quienes diagramaron la estrategia de la campaña ganadora de este 2019 en Santa Fe. No faltó ni el detalle de resaltar el brillo de unos ojos claros en las fotografías del material de campaña, característica física individual que tiene valoración muy positiva en América Latina de un modo general. En cada afiche, en cada inserción en TV y en cada debate con los demás candidatos la imagen proyectada de Perotti fue la imagen del “salvador de la patria” que está por encima de la problemática y que viene, por otra parte, con la solución entre manos. La imagen del único con capacidad de ponerle el cascabel al gato reforzaba, por extensión, la idea de que el mal llamado “socialismo” era parte del problema y que por lo tanto tenía que irse. La combinación de esas premisas instaladas en la conciencia colectiva fue fundamental para que Perotti ganara unas elecciones que a priori parecían imposibles para el peronismo.

Y el clamor por “paz y orden” no es una demanda exclusiva de los sectores medios ni mucho menos. Hemos tenido en primera persona la oportunidad de visitar en las barriadas más humildes de la ciudad de Santa Fe hogares en los que las familias tienen apenas lo suficiente para alimentarse de manera precaria por el día y poco más que eso donde, sin embargo, la demanda por “más policía en la calle” aparece siempre primero en cualquier entrevista. Es en los barrios más pobres justamente donde las mayorías están hartas de que les roben lo poco que tienen, no se muestran dispuestas a seguir tolerando que se haya vuelto regla general el vivir bajo la amenaza de delincuentes armados en cada esquina y el que sus hijos no puedan ir y venir por las calles sin que les suceda algo. Eso es lo que cualquier militante o dirigente puede escuchar si abandona la comodidad de la rosca partidaria en el centro y se dispone a escuchar casa por casa, a observar en silencio intentando no contaminar la muestra con su prédica ideológica. Ya se sabe que el método del focus group y de la encuesta de opinión es muy utilizado por asesores como Jaime Durán Barba para determinar el contenido del discurso de sus dirigentes y se basa precisamente en obtener la muestra con la menor cantidad posible de contaminación, en el famoso dejar hablar al otro. En una palabra, se trata de ir a saber qué piensan realmente los muchos, más allá de los prejuicios que podamos tener los pocos respecto a esa idea, para definir qué hay que decirles luego. Si Omar Perotti hubiera hecho una campaña en base a lo que solemos pensar que son las demandas de los sectores populares más postergados de la sociedad, entonces hubiera hablado de más inclusión social y más educación como respuesta al problema del delito. Y hubiera naturalmente perdido las elecciones cometiendo el error de los “socialistas”, que siguen tratando el asunto de la “inseguridad” desde el punto de vista de la intelectualidad progresista ubicada en los sectores medios. Está claro que estos tienen la razón y llenar las calles de patrulleros, policías y más armas no resuelve ningún problema, solo lo profundiza. Nada más que trabajo, inclusión social y una fuerte inversión en educación pública se requieren realmente para ordenar la sociedad en este sistema capitalista de propiedad privada, pero esa no es la comprensión que hacen las mayorías del hecho sociológico. En el aquí y ahora, los más postergados de nuestra sociedad piden a gritos que un policía parado en la esquina ponga orden en el barrio y cesen los robos, los ataques contra la persona y otros delitos que hoy son cotidianos.

En el bunker. Luego de conocerse los resultados, Omar Perotti se trasladó desde Rafaela a la sede del Partido Justicialista en Santa Fe, donde se concentraron los festejos. Aquí también hay una buena noticia: por primera vez en mucho tiempo nadie hizo rancho aparte y toda la militancia estuvo en la sede del Partido, como un signo muy claro de la unidad. En la imagen, Perotti festeja junto a Violeta Quiroz, tercera candidata a concejal por el distrito La Capital y una verdadera celebridad entre la gente de los barrios más humildes de la ciudad.

Esa fue la interpretación que hicieron los asesores de Perotti al producir el lema victorioso de “paz y orden” y no ir a buscar el voto sobreideologizado de los sectores medios urbanos, sino el de las mayorías populares que ven la realidad de otra manera. El haber dirigido el discurso a las mayorías, contra la voluntad de buena parte de la militancia, fue fundamental para el triunfo, aunque no sin el altísimo costo de poner incómoda a la propia tropa en el proceso. En la vida hay que elegir, rezaba un lema del peronismo en tiempos del gobierno de Cristina Fernández, y Omar Perotti eligió, apostó y ganó.

Lo que enseña el “gringo” Perotti

Claro que la crónica de los triunfos y de las derrotas electorales no tienen más que un valor anecdótico cuando de ella no se extraen las moralejas correspondientes. Si al finalizar una elección no existe la capacidad de aprender en la victoria y en la derrota, se pasa a otra cosa y se sale de la experiencia con la misma cantidad de conocimiento que se tenía al empezar. Y eso, esa incapacidad de autocrítica en un sentido de autoevaluación es un problema más bien crónico del peronismo y podría decirse que de las fuerzas políticas de corte y extracción nacional-popular por toda América Latina. Cuando ganamos todo estuvo perfectamente ejecutado y cuando perdemos todo fue un completo desastre, modo de evaluación de la realidad que sigue emparentado con la idea de que el segundo puesto es el lugar del primero de los últimos, esto es, de una cultura exitista.

Pero las elecciones en Santa Fe dejan mucha tela para cortar en todo lo que se refiere a la comprensión de cómo se ganan y se pierden elecciones en esta posmodernidad mediática, en la “modernidad líquida” o “tardía” de la que hablaba Zygmunt Bauman y es la era de lo efímero, de lo inseguro, del cambio constante. ¿Cómo se construye discurso para el consumo de gente que ha sido y es sistemáticamente bombardeada por la avalancha de información que los medios de difusión concentrados vuelcan todos los días para generalizar la confusión? ¿Cómo hacerse escuchar y luego hacerse entender por gente que tiende a no comprender nada en absoluto en medio al ruido incesante de los tiempos que corren? ¿Cómo ganar las elecciones, finalmente, hablando de política (y haciendo política) en una época de candidatos que se venden como productos del marketing en una góndola? Las elecciones en Santa Fe vienen a responder todas esas preguntas con la definición de la necesidad de ponerse al frente de las demandas de las mayorías, sean las que fueran en un determinado tiempo y espacio. En una palabra, las elecciones se ganan cuando los muchos piensan, creen y sienten que son representados adecuadamente por la fuerza política y/o el candidato que se ubican en el lugar de esa representación.

Más campana en los barrios, aquí junto al candidato a intendente de Santa Fe Ignacio Martínez Kerz y los dos primeros candidatos al Concejo Deliberante, “Juanjo” Saleme y Federico Fulini. Martínez Kerz afrontó la verdadera misión imposible en estas elecciones al tener como contrincante el mediático Emilio Jatón, que finalmente arrasó en las urnas.

Suena elemental y desde luego algo estúpido, como se ve, pero no lo es cuando verificamos que en la actualidad existen aun muchos individuos y grupos pensando que las elecciones las ganará el que tenga más militancia movilizada y el que exprese lo que es justo, bueno, bello y verdadero desde el punto de vista de las premisas de una ideología determinada. Por alguna extraña razón subsiste la fantasía de que las mayorías populares votan por siempre los proyectos políticos que les favorecen la existencia y por el simple hecho de que eso es así, que el voto de los más es un voto por convicción, cuando la experiencia histórica demuestra con infinidad de casos que la realidad dista muchísimo de ello. Y entonces surge la vieja cuestión del pragmatismo, que la representación política de los ricos y de las clases dominantes siempre aplicó a la perfección haciendo todo lo necesario para lograr el triunfo, mientras que la representación de los pueblos sigue aferrada a una ideología que muchas veces impide llevar a cabo las maniobras que se requieren para ganar en las urnas. Lo que vemos en Santa Fe, la enseñanza que dejan Omar Perotti y sus rutilantes 42,31% en un escenario de tres tercios muy bien marcados es que la única manera de conquistar el voto de las mayorías es justamente interpelándolas con lo que esas mayorías desean. Por lo tanto, cualquier otra estrategia electoral conduce necesariamente a la derrota.

La ideología particular de los individuos y grupos que formamos en lo nacional-popular no va a dejar de ser rectora de todo lo hacemos, de lo que queremos y, por supuesto, de lo que no queremos. Las convicciones no se abandonan en la puerta de una casa de gobierno ni en una lista electoral que se pretende ganadora, ningún individuo que haya adquirido conciencia hasta formarse una cosmovisión va a dejar de pensar como piensa, el peronismo en Santa Fe no va a dejar de ser peronismo, porque está compuesto por peronistas con un proyecto de país y una idea de cómo debe ser el mundo que siempre estuvieron claras. Más allá de las diferencias de opinión, siempre se trata de soberanía política, independencia económica y justicia social. Lo que está por verse es cómo implementar ese proyecto de país desde el lugar del poder político en el Estado sin dejar de representar las demandas de las mayorías populares, de los trabajadores de la patria, de las familias, de los que se ubican simbólicamente en la “clase media” y, en fin, del que trabaja y produce frente al que especula y no tiene patria. No es una buena idea hacer campaña y luego gobernar expresando solo las premisas ideológicas de los que ya entendimos el juego, desoyendo el clamor de los que piden muy poco y a veces tan solo quieren ser escuchados. Cuando el peronismo se sube a esa torre de marfil y quiere dar cátedra desde allí, el enemigo gorila se lava la cara, renueva los candidatos y se pone a escuchar al sentido común para simular una representación de sus intereses. Está claro que esa es una simulación y que, luego de escuchar las demandas de las mayorías, los ricos con poder en el Estado hacen todo lo opuesto y gobiernan finalmente en defensa de sus propios intereses particulares, esquilmando al pueblo-nación en cada una de las medidas económicas que aplican. El problema es que la simulación funciona allí donde los ricos ocupan simbólicamente un lugar que nosotros abandonamos. Ahí está la síntesis de cómo Mauricio Macri ganó las elecciones de 2015, puso de rodillas al país y piensa volver a ganar este año. No estamos ocupando el lugar que nos corresponde.

Santa Fe enseña que es posible derrotar al gobierno de los ricos ya en primera vuelta en las elecciones generales de octubre, siempre y cuando candidatos y militantes volvamos a ocupar el lugar de la representación de los intereses, de los deseos, de las alegrías y de los miedos de la gente que no piensa en política, salvo cuando debe ir a votar. Si el peronista logra producir y difundir un discurso acorde a las expectativas actuales del pueblo argentino —que hoy se limitan a tener algo de estabilidad para volver a comer todos los días y poco más que eso—, entonces el pueblo argentino va a comprender el mensaje, movimiento y pueblo-nación volverán a ser uno solo y volverán a tener juntos el poder político en Estado, desde donde podrán gobernar en defensa de sus intereses colectivos, en defensa propia. Como en la primera de las 20 verdades peronistas, esa que indica que “La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo”. El peronista no está para decir lo que estéticamente le parezca más agradable, sino para defender esos intereses en el terreno de la lucha política a como dé lugar. Eso fue lo que hizo Omar Perotti en atención a las demandas del pueblo santafesino, eso es lo que hará Alberto Fernández respecto a las necesidades del pueblo-nación argentino, pero es siempre lo mismo. Es la relación de uno consigo mismo entre representado y representante, donde los últimos —dirigentes y militantes— debemos comprender que no estamos para educar al pueblo con el dedito levantado y desde un lugar de vanguardia ideológica o de superioridad moral e intelectual. Estamos para hacer lo que el pueblo quiere y necesita: una patria con soberanía, independencia y justicia. Hay que hacer como Perotti y dejar de lado el discurso sectario. Hay que hacerse entender, hay que instalar que tenemos la solución al problema del que Macri es parte, hay que hablar del problema y de la solución. Y nada más. Lo demás no importa nada y si lo entendemos, llegaremos a tiempo.

(Por Erico Valadares)