A pesar de que el mercado actual de cine ha decrecido enormemente en relación a las grandes producciones e historias que se contaron hasta hace algunos años, lo cierto es que el genio creativo sigue teniendo tela para cortar ya que transitamos los tiempos de la síntesis y, desde ese lugar, podemos seguir construyendo sentido.

Tal es el caso de Interstellar (EEUU, Canadá y Reino Unido, 2014. 169min), película dirigida por Christopher Nolan y protagonizada por un emotivo Matthew McConaughey, acompañado por Anne Hathaway y el infaltable Michael Caine, que ayudan a relatar una historia en un tiempo futuro y post humano en el que habitar la tierra ya no es una opción próspera y ante lo que tiene comienzo la odisea de un padre de familia que sale en búsqueda de un mañana invisible.

El tiempo vivido es el de mediados de este siglo que vivimos, no tantos años más adelante, y la situación general en el planeta es la de una inminente hambruna por causa de la imposibilidad creciente de cultivar la tierra, que ha sido devastada por la contaminación y el avance de sus usos y abusos. En ese contexto, Joseph Cooper (Matthew McConaughey), un viudo exingeniero y piloto de la NASA, dirige una granja con su suegro Donald, su hijo Tom, y su hija Murph, de unos 10 años, quien cree que en su habitación hay alguna especie de energía o fantasma que le quiere dar un mensaje.

El primer dilema ante el que se enfrenta Cooper en este contexto es el de no hallarse feliz ni realizado en su capacidad como individuo en un planeta agonizante: tiene una granja sólo porque sabe que lo único que le queda a la humanidad es producir alimentos, pero a su vez su pasión por el universo y su idea de que el límite no es la tierra lo ponen a atender algunas señales que se le presentan para el comienzo de lo que conducirá todo el hilo argumental, que es el amor en su máxima y más pura expresión.

El eje principal de ese amor es siempre Murph, que refleja no sólo el amor que el hombre hubo de tener con una esposa que falleció, sino también su pasión por las leyes de la física y a la que se debe el nombre de la niña (Ley de Murphy), compartida con la mujer que ya no puede acompañar a esta familia en lo que se presenta como el fin del mundo. Pero alrededor de esta construcción padre-hija, sumado a lo que aparece como un vínculo trascendental entre la madre y el hombre que quedó es que giran las decisiones de Cooper a lo largo de todo el largometraje.

Pero más que un tipo de amor, de lo que habla Interstellar es del amor como un tipo de fuerza determinada, contundente y poderosa que en todo el universo puede manifestarse en su condición de ilimitada; tanto es así que se presenta argumentada como la única capaz de viajar a través del tiempo. Y en esta explicación, que está fundamentada en datos científicos supervisados a lo largo de la composición del guion por el físico teórico Kip Thorne (quien se ocupó de que las precisiones acerca de los agujeros de gusano y los viajes en el espacio fueran lo más ajustadas a la realidad) que la historia tiene la virtud de no ser sólo una buena historia por lo interesante del planteo, sino que, además, es absolutamente verosímil en su totalidad.

Y en este sentido, la importancia que tiene una película basada en datos científicos para plantear la dimensión trascendental y transformadora del amor es lo que la hace material de estudio es multiplicidad de áreas, ya que la construcción de sentido que compone y organiza los datos durante el relato permite extrapolar el aprendizaje del hombre que busca guiado por un amor superador la salvación de toda la raza humana, a lo que vivimos hoy como comunidad, es casi inevitable. Por lo coincidente, sí, pero más que nada por su condición vital en este punto de nuestra coyuntura nacional, regional y también global. Nos pone a pensar acerca de nuestro lugar en esta realidad que nos toca, pero también posibilita la aparición del elemento de la fe fundamentado en la ciencia y materializado en el mismísimo espacio estelar.

Y todo acompañado de una banda de sonido que desde lo simple construye magnanimidad, que llena los espacios y edifica estados de ánimo, situaciones y sensaciones a lo largo de las poco más de dos horas que dura esta película que pasa a ser también material de estudio por sus innumerables especificidades, todas ellas explicadas de manera armónica y benevolente.

Porque en verdad el arte es un canal de expresión de lo que la humanidad transita en cada instancia; allí es donde se refleja lo más puro de cada una de las particularidades del “clima de época” y el planteo que hace Interstellar sobre la posibilidad de un mundo consumido por el mismo ritmo que ya tenemos en la actualidad y sin elementos exógenos que estén fuera de nuestro alcance alterar o impedir, nos lleva a reflexionar también sobre lo que en el día a día hacemos como sujetos en una sociedad que tiende a la atomización, pero que es esencialmente una construcción de lazos de amor y solidaridad que son los que nos permitieron, hasta hoy, llegar a conservar nuestra condición humana y consciente.

Por eso y muchísimos otros detalles que es mejor que sean una sorpresa para quien los mira dado su gran nivel de claridad y el inmenso amor que despiertan a medida que se van sucediendo, Interstellar es un largometraje necesario e inspirador, de esos que nos hacen recordar que todavía estamos a tiempo de ser mejores que todo esto. En tiempos de confusión generalizada y urgencia de abrazos para transitar esta última etapa antes de un nuevo punto de inflexión en nuestra historia, recordar y confirmar de manera concreta que el amor es la fuerza que todo lo puede es, sin duda alguna, de lo que nos tenemos que convencer para siempre. La Batalla Cultural en esta edición de la Revista Hegemonía invitan al atento lector a viajar en el espacio-tiempo para volver acá, a ponerle todo el corazón a la reconstrucción de la Patria.

(Por Romina Rocha)