En los últimos días se ha instalado fuertemente desde los medios de difusión hegemónicos la idea de que la polarización de la llamada “grieta” está más vigente que nunca. Según las encuestas de opinión sobre las que se basan para opinar los deformadores de conciencias en medios como Radio Mitre, TN y otros del mismo grupo empresario, alrededor del 80% de los votos válidos en las próximas PASO de agosto irían a tan solo dos de las muchas fórmulas en pugna. Y esas dos fórmulas serían la del actual gobierno, encabezada por Mauricio Macri, y la del peronismo unido, cuyo titular es Alberto Fernández. A estas dos propuestas irían 8 de cada 10 votos en agosto y se proyecta que otro tanto pase en octubre.

Si eso ocurre y las encuestas finalmente se confirman, la primera conclusión necesaria es que estas elecciones no se van a definir en octubre, sino en un ballotage a realizarse en mes de noviembre. Si la polarización mentada por el “periodismo” operador de la voz dominante es tal y se refleja en las urnas, lo esperable es que cada una de las dos fórmulas favoritas se ubique en torno a un 40% de los votos, situación que deberá dirimirse, como se ve, en una segunda vuelta electoral. Este es el problema: pese a todo el desastre económico que fue el gobierno de Macri en los últimos tres años y medio, el nivel de rechazo a lo que desde los medios llaman “kirchnerismo” está todavía muy alto. Ni el descalabro del actual gobierno ha sido suficiente para ablandar la opinión de los que, detrás de un blindaje mediático infernal, siguen odiando a Cristina Fernández como al mismo diablo. Y eso significa que hay peligro inminente de derrota para lo nacional-popular en un ballotage en esas circunstancias.

Dicho de otra manera, aunque algunos no lo crean, la fórmula de Macri y Pichetto puede ganar las elecciones si logra forzar un ballotage en las generales de octubre. ¿Por qué? Porque el voto en la segunda vuelta suele ser un voto más bien negativo, un voto contra la opción con más nivel de rechazo entre las dos en oferta. Esa es la teoría implícita en el llamado “efecto Le Pen”, por el que Carlos Menem decidió bajarse del ballotage en el año 2003 a sabiendas de que el 75% del electorado lo rechazaba y probablemente votaría por Néstor Kirchner simplemente para decirle que no al Turco.

Entonces apostar a un ballotage es un juego peligroso para lo nacional-popular en estas elecciones. Con todos los medios de difusión a su favor, Macri podría lograr que esa segunda vuelta se transforme en un plebiscito, pero no de su propia gestión. Lo que puede pasar es que un eventual ballotage sea para plebiscitar a Cristina, que las mayorías acudan a las urnas a decidir si Cristina sí o Cristina no. Y ahí podemos perder, aunque el candidato titular sea Alberto Fernández.

Un sistema muy particular

La conclusión es que deberíamos tratar de ganar ya en primera vuelta, ya en octubre. Esto, dicho así, da la impresión de que se trata de una tarea de fácil resolución. No lo es, desde luego, aunque tampoco es ninguna misión imposible. En el actual sistema electoral de nuestro país, es suficiente el 40% de los votos válidos para ganar en primera vuelta, siempre y cuando ese 40% venga acompañado por 10 puntos de ventaja sobre el segundo mejor votado. También es posible resolver la cuestión sin la necesidad de un ballotage si una de las fórmulas llega al 45% de los votos válidos, sin cuidado de cuánto obtengan los demás candidatos.

El sistema argentino es bastante particular y tiende a facilitar la resolución de las elecciones en una sola vuelta. Lo mismo no ocurre en otros países, entre ellos Brasil. Aquí nomás al lado, para llegar a presidir la Nación sin la necesidad de someterse a un ballotage, un candidato debe obtener el 50% de los votos más uno, es decir, una mayoría absoluta. Eso no es algo que ocurra con frecuencia: la última vez que un candidato obtuvo en Brasil la mayoría absoluta y ganó ya en primera vuelta fue en el 1998 —hace ya más de dos décadas—, cuando el presidente Fernando Henrique Cardoso logró su reelección con cómodos 53% de los votos válidos contra los 32% de su rival, Lula da Silva, el que habría de alcanzar el objetivo cuatro años más tarde, pero ballotage mediante y ya sin Cardoso del otro lado.

En todo caso, para lo que nos atañe en este momento y lugar, el objetivo se puede alcanzar con el 40% y 10 de puntos de ventaja sobre el segundo más votado. Y eso ahora mismo se logra no tanto aumentando los votos que ya tenemos, sino más bien disminuyendo el caudal del bando enemigo. En un sistema cuyo resultado de las elecciones puede contemplar los votos de los dos candidatos más votados es importante jugar en el campo propio y también en el campo ajeno.

Hacer campaña por gente que no gusta

He ahí que surge la posibilidad de que innovemos un poco en nuestra micromilitancia de cada día y hagamos en ocasiones algo distinto a persuadir al otro para que vote al candidato que nosotros queremos que gane. Porque si podemos triunfar ya en primera vuelta si el enemigo no llega al 30% de los votos y hay peligro de que seamos derrotados en un ballotage, no es ninguna herejía usar la creatividad ya no para sumarle votos a la fórmula de Fernández-Fernández, sino para restárselos directamente a la fórmula Macri-Pichetto.

Alguien argumentará que eso no se hace, que hay falsedad en ello y que no corresponde hacer campaña por otros candidatos que no sean los nuestros, pero la situación es desesperada. Los fines justifican los medios, diría la vulgata maquiavélica, y en el actual escenario los justifican mucho más. Ya lo decía el General San Martín: “Cuando la patria está en peligro todo está permitido, excepto no defenderla”. Y este es el caso.

El caso es que la patria está en peligro de ser sometida a cuatro años más de un saqueo que quizá no pueda soportar y dicho saqueo vendría con un nuevo triunfo y reelección de Mauricio Macri. Por lo tanto, todo está permitido y concretamente está permitido hacer campaña por Roberto Lavagna y hasta por José Luis Espert. Está permitido persuadir abiertamente al otro a votar por uno de esos candidatos sin que se nos caigan los anillos, ni mucho menos, por ello.

Es tan solo una cuestión de usar la inteligencia frente al que se nos presenta como irreductible. No son pocas las ocasiones en las que nos encontramos con familiares, amigos, compañeros de trabajo y conocidos que votaron a Macri en el 2015 y que, por distintas razones, no están del todo seguros de hacerlo otra vez este año. Se trata de gente muy golpeada por la aplicación del programa de gobierno de los ricos, gente que estaba mejor con la gestión anterior y que además sabe y admite que eso es así. Gente cuya calidad de vida se ha desplomado desde diciembre del 2015 y está “caliente” con Macri, pero que sigue dudando acerca de volver a votarlo simplemente porque del otro lado está el objeto de un odio irracional, un odio ajeno que le ha sido inyectado por los medios. En una palabra, hay mucha gente que detesta a Macri luego de haberlo votado con pasión en el año 2015, pero que sigue odiando mucho más a Cristina Fernández, la “soberbia”, la “yegua”, la que “se robó todo” y lo que ya sabemos.

No es inusual encontrarse con esos personajes, hay muchísimos de ellos dando vueltas por ahí y está claro que terminarán votando a Macri otra vez porque la alternativa que ellos ven es la no alternativa, es el kirchnerismo que tanto odian. Eso es lo que se traduce en la expresión “prefieren morirse de hambre antes de que vuelva”, lo que en sí es una suerte de sobreideologización que Slavoj Žižek no dudaría en calificar como esas gafas de la película They Live. Estamos frente a una infinidad de casos que falsan la teoría de que “heladera mata televisor”, estamos ante gente que prioriza la idea sobre lo concreto. Individuos que tienen vacía la heladera y cada vez más, pero prefieren arruinarse del todo antes de ver triunfar el objeto del odio que los domina y es de prestado.

Frente a esos personajes, está claro, es inútil cualquier intento de razonamiento lógico respecto a lo que para nosotros es lo obvio ululante: con un gobierno nacional-popular todos —incluso ellos— progresamos; con un gobierno de los ricos como el de Macri vamos derecho a la muerte. Es inútil esa lógica tan sencilla, simplemente porque están sobreideologizados y las posibilidades de que pongan un voto por algo que tenga un olor mínimo a kirchnerismo son las mismas de que cualquiera de nosotros vote a Macri en agosto, esto es, ninguna. Entonces, si es una imposibilidad que voten a Alberto Fernández, ¿qué otra cosa puede hacerse con ellos sino intentar que, por lo menos, no vuelvan a votar a Macri?

Una vez admitido que eso es así y no va a cambiar, será mucho más fácil hacer aquello que en un principio nos parece inaudito. Cuando asumimos que el voto de nuestro interlocutor ya está perdido, solo nos queda hacer un análisis del discurso del sujeto para determinar qué otra cosa podemos venderle. Y en dicho análisis nos vamos a encontrar con dos resultados típicos:

  1. El individuo odia a Cristina por “zurda”. En estos casos se está frente a una sobreideologización “liberal libertaria”, del que no quiere un Estado ordenador de la sociedad y despotrica naturalmente contra los “planes”, los “vagos mantenidos”, las jubilaciones sin aportes, las computadoras para los chicos, las políticas sociales en general. Este individuo cree sinceramente que financia el Estado con su impuesto a las ganancias. Es el que vocifera “no quiero mantener vagos con la plata de mis impuestos” y no entiende que la justicia social se hace con las retenciones a la oligarquía terrateniente, los impuestos al capital financiero y a las grandes corporaciones, que son los que pagan impuesto en serio cuando el Estado se dispone a cobrárselos. Y no hay forma de hacerle entender eso al individuo que ha sido sobreideologizado por el liberalismo;
  2. El individuo odia a Cristina por “tirana”. Aquí estamos ante uno que se morfó enterito el verso “republicano” y de las “instituciones”. Está claro que nadie atropelló más el esquema republicano de la Argentina que Macri, pero como no lo denuncia Elisa Carrió y los medios no lo dicen, en su conciencia está instalada la idea de que Cristina fue una dictadora que se clasifica más o menos entre Stalin, Pol Pot e Idi Amin, quizá un tanto más a la “izquierda” que este último. El individuo sobreideologizado por el asunto de las instituciones de la República solo ve atropellos a esa institucionalidad cuando el hecho se refleja en los grandes titulares de los medios y no hay forma de explicarle que Macri es, en realidad, el peor de los tiranos. Si no lo ve en TN repetido durante un tiempo, no lo cree.

Es prácticamente inútil querer educar al sobreideologizado, por la sencilla razón de que ni la realidad al descubierto es más fuerte que la ideología que tiene instalada. Y es aun más inútil querer hacerlo en vísperas de elecciones. Hay que entenderlo ya: no vamos a lograr hacerlos cambiar de opinión, de la misma forma que ellos no van a poder hacerlo con nosotros. Esa es la propia naturaleza de la “grieta”, la que resulta de la sobreideologización de dos bandos opuestos y que resulta hasta en guerras civiles y otras aberraciones en algunos casos. Entonces hay que ver eso, cómo venderle al sobreideologizado algo que pueda comprar, no necesariamente lo que nosotros quisiéramos que compre.

Al primer sobreideologizado típico, que es el “libertario”, se le puede vender a José Luis Espert. Si ya vemos que no existe ninguna posibilidad de que vote bien, que por lo menos no vote a Macri, que ponga el foco sobre las “agachadas” de este frente al “populismo”. Considerando que los mal llamados “planes” aumentaron en los últimos tres años, puede argumentarse ahí como un trotskista, decir que “Macri y Cristina son lo mismo” y poner como alternativa a Espert. En el segundo caso, el del sobreideologizado “republicano”, puede hacerse lo mismo, pero con un “moderado” como Roberto Lavagna, un fantasma que sostiene como bandera la idea de un republicanismo abstracto que es muy seductor para el que consume esa especie de humo.

En ambos casos estaremos explotando el desencanto del elector con Macri, pero sin entrar en un conflicto tratando de venderle lo que jamás va a comprar. Si dejamos a un lado el fanatismo, nos ponemos pensar y a actuar fríamente para transferirles a José Luis Espert y a Roberto Lavagna cierta cantidad de votos que hoy estarían yendo a Mauricio Macri, entonces de ninguna manera estaríamos trabajando para que gane alguno de aquellos, puesto que no están en el juego para ganar las elecciones. Estaríamos, eso sí, restándole a Macri los votos que necesita para forzar un ballotage demasiado peligroso para nosotros. No se trata, en una palabra, de hacer campaña por Espert o por Lavagna. Se trata de hacer campaña contra la reelección de Macri sin que nuestro interlocutor se percate de ello. Al fin y al cabo, desde nuestro punto de vista, no hace ningún daño que entre esos dos fantasmas terminen sumando alrededor de 20 puntos, ya que ninguno de los dos tiene la capacidad de quitarle un solo voto a la fórmula Fernández-Fernández. Si suben Espert y Lavagna, el que baja es Macri. Y si llega a caer por debajo de los 30 puntos, es posible que logremos resolver estas elecciones ya en primera vuelta, alejando el peligro de un segundo y fatal mandato de Macri como presidente de la Nación.

Imposible no es, solo depende de nosotros. ¿Y si dejamos de chocar contra el muro que son los sobreideologizados del otro lado, entablando un diálogo sobre alternativas que ellos pueden llegar a comprar? Los votos se cuentan de a uno, no cuesta intentarlo.

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