Entre los principales aspectos de esta posmodernidad mediática está la avalancha de información, la que a diario retroalimenta la “sociedad de la opinión” en la que estamos inmersos desde que los medios de difusión se encontraron con los medios técnicos para inundar el mundo de mensajes. El problema que tenemos hoy los pueblos es que todos hablan, pero nadie escucha a nadie. La sociedad posmoderna es un rejunte de individuos que luchan entre sí por la primicia, por ver quién dice algo relevante para que otros se pongan a prestar atención. El advenimiento de las redes sociales es el corolario de esa situación y allí estamos todos intentando hacernos oír en un mundo de sordos locuaces.

Así es cómo la política se torna una actividad inviable, puesto que depende fundamentalmente de un tipo de diálogo en el que los que tienen ideas las expresan y los que no las tienen acompañan esas expresiones sin buscar el protagonismo individual. En la política que funciona, las fuerzas políticas expresan sus proyectos, su visión de cómo es el mundo y de cómo debería ser, los medios difunden eso y el público elige. Quizá el modelo propuesto sea una utopía y no haya existido jamás en una forma tan pura. Puede que nunca haya habido una sociedad en la que la política funcionara con semejante nivel de armonía y lo más probable es que eso sea cierto, que se trate de una utopía. Pero todavía más cierto es que nunca en la historia de la humanidad estuvimos más lejos de realizar esa utopía.

Hoy, para mover el amperímetro en la política, no alcanza con tener ideas y expresarlas. Hace falta algo más, hace falta hacer más ruido que todos los demás para hacerse escuchar, para “instalarse” en la llamada “opinión pública”. Y eso se logra a los gritos: es necesario ser una figura con mucha exposición mediática y, además de eso, “mechar” la expresión de las ideas que se quieren transmitir con factoides. En una palabra, para hablar en serio es necesario vender un poco de humo.

Sin el humo, la sociedad adiestrada para ver la realidad como una inmensa farándula no presta atención. Tres décadas de contenidos tilingos en televisión y luego amplificados por la difusión de las redes sociales han formado una generación que consume títulos, puterío y humo, una generación que quiere aplaudir a los “tirabombas” cuando hacen eso, tiran bombas de humo para hacerse notar. Es en ese contexto que analizamos dos hechos ocurridos en las últimas semanas: la “polémica” presentación de Cristina Fernández en Mar del Plata y eso que los medios clasificaron como “revolución” y fue la destitución del gobernador de Puerto Rico por la filtración de unos chats privados.

En el primer caso, tenemos a la máxima referente de nuestra política agregándole expresiones bomba como “pindonga” y “cuchuflito” a su discurso necesario. Y la tenemos haciendo eso a modo de generación de factoide, como una manera de que los medios de difusión difundan efectivamente su mensaje y las mayorías escuchen y presten atención. Las “pindongas” y los “cuchuflitos” en el discurso de CFK no son inocentes ni mucho menos errores, son una técnica para explicarle al argentino que el actual proyecto político hizo descender su nivel de vida prohibiéndole el consumo o restringiéndolo a productos de mala calidad, las famosas segundas y terceras marcas.

En el segundo caso, tenemos el que para que un pueblo inerme como el puertorriqueño se organice y se mueva para algo hace falta que unas estrellas del pop vengan, pongan como premisa cualquier humo y logren con eso convocar. Si el Partido Nacional convocara hoy a una movilización popular por la independencia de Puerto Rico, no juntaría más que los cuatro militantes de siempre. Entonces tienen que venir Ricky Martin, René de Calle 13 y un tal Bad Bunny a decir que la homofobia, el WhatsApp y la mar en coche para llenar las calles de gente. Y eso, como veremos en esta edición de la Revista Hegemonía, se pretende hacer pasar por los medios como una “revolución”. Curiosamente, una revolución de “pindonga” y “cuchuflito”, una revolución de plástico, porque todo tiene que ver con todo.

Uno de los enemigos a vencer es el ruido, la sobreinformación que resulta en la sobreideologización. Todo eso invisibiliza la realidad —que es la única verdad, como diría el General Perón— y enajena a los pueblos. Tenemos que volver a dialogar, a escuchar, reflexionar y debatir en serio. Tenemos que liberarnos de la obligación de producir factoides para hacernos oír por nuestros interlocutores. Tenemos que derrotar, en una palabra, la posmodernidad mediática.

A ese fin publicamos esta edición de la Revista Hegemonía, para restar ruido y sumar argumentación, para quitarle la careta al factoide, mostrarlo desnudo. Para hablar de lo que andamos necesitando como sociedad para resistir a los intentos de fragmentación de los que nos quieren enviar al descarte por desfasaje. Por eso se concatenan entre sí todos los artículos de esta edición y esperamos que el atento lector sepa encontrarles la conexión para comprender la realidad como un todo, que sepa ver la relación entre ausencia de nacionalismo popular y humo posmoderno para fraccionar y eliminar a las mayorías. Estamos dependiendo de eso.

Erico Valadares
Revista Hegemonía
La Batalla Cultural