Luego de que se definiera el escenario electoral de cara a las PASO de agosto, el estado de ánimo general pasó de una euforia signada por el enojo y el desconcierto por parte de todo el arco opositor al gobierno de Macri (incluyendo población y militancia) a una suerte de tensa calma en la que, de tanto en tanto, algún sobresalto invadía el clima. Y esto puede ser entendido como el resultado de una suma inmensa de presiones simultáneas que, luego de descomprimirse al despojar de dudas y especulaciones, dejó un cansancio que se respira y se puede traducir, en muchos casos, en resignación.

Porque la cosa está clara: no estamos ante un momento feliz ni por asomo en nuestra historia reciente, sino más bien todo lo contrario. Y eso se hace evidente en todas las áreas en las que se da la convivencia con el otro; es inevitable transitar, aunque sea por momentos, la pesadez de estar sumergidos en este momento crítico y no tener prácticamente opciones para salir de él.

Las heridas por lo que quedó afuera de la oferta electoral aún están abiertas, pero a su vez y con el paso de los días, empezó a transformarse todo ese fervor por lo que se creía que se debía hacer en algo así como un acuerdo tácito en el que se permite algún descargo ocasional, pero ya no se acompaña, ni se celebra ni se dilata hasta el infinito. Y es que el desgaste también pasa por ahí, por la acumulación de malestares que ocurren en los espacios en los que, se supone, aún se puede canalizar lo que fuere que se sienta.

Las peleas improductivas entre convencidos, marcadas por el enojo y la tristeza, ya no se dan con la asiduidad que se daban hasta poco antes y poco después de la confirmación de las candidaturas, porque la realidad es que no se encuentra a nuestro alcance el poder modificar ninguna decisión que se haya tomado ahí donde no tenemos llegada. Por más razones que se tuvieran, lo cierto es que no se construye sobre imposibles y hay que poder comprender que ganar o perder las elecciones no es sólo una cuestión político partidaria, sino la definición del destino de todo un pueblo que hoy está padeciendo el entreguismo revestido de gobierno democrático.

Entonces, más allá de las razones y los argumentos que se puedan sostener y que incluso puedan resultar absolutamente válidos y verdaderos, lo cierto es que en esta instancia lo que impera es que este ciclo de saqueo finalice para poder pasar a una instancia intermedia en la que el desastre sea aplacado. Y para poder comprender eso, a quienes tenemos la posibilidad de informarnos y leer para seguir formándonos en opinión y discernimiento, lo que se necesita es asumir que en este punto de la historia los protagonistas no somos nosotros.

No es a nosotros a quienes se apela desde lo discursivo ni desde la comunicación porque, básicamente, no nos tienen que convencer de nada: ni de un lado ni del otro están buscando hablarle a quien ya ha elegido un modelo de país, sino a los que quedaron en el medio, mirando de un lado al otro, buscando alguna respuesta a un diario vivir que para muchos es insoportable. Y no basta con analizar las propuestas ni con hablar del bolsillo “de la gente”: estamos en una etapa en la que lo emocional es la clave y es ahí donde todos están queriendo trabajar.

El consultor ecuatoriano Jaime Durán Barba, todavía muy vigente y aplicando estrategias emocionales de persuasión para obtener la reelección de un gobierno cuya gestión ha sido desastrosa. No solo lo puede lograr, sino que corre con ventaja.

Desde el oficialismo, la presión sobre el odio y el miedo “a volver al pasado” es el eje central, ya que no pueden volver a proponer una “revolución de la alegría” después de haber dejado a muchos de los que creyeron en eso sin siquiera el pan sobre la mesa. No pueden, y lo saben bien, repetir la estrategia de 2015 ya que, aunque muchas veces nos parezca que es al contrario, ellos no están subestimando a la gente. Jaime Durán Barba, que es quien articula los mensajes en las áreas determinantes del gobierno vendepatria, tiene muy en claro lo que decía Perón sobre la generación de consensos: “Al hombre siempre es mejor persuadirle que obligarle”. Entonces no es que estén indicando directamente qué debe suceder, sino que mediante la inducción que vienen llevando a cabo desde hace años gracias a la complicidad de los medios masivos de difusión, el trabajo de convencimiento sobre una parte de la población ocurre casi como respuesta a un estímulo infligido de manera sistemática e ininterrumpida.

Y esto es importante indicarlo porque muchas veces se cae en el error de creer que esto es un fenómeno reciente y que, como por arte de magia, de un día para el otro una parte de la sociedad argentina decidió que unos eran buenos y los otros malos y que lo vivido durante una parte de nuestra historia fue una ficción. Lo cual es no sólo incorrecto, sino sumamente contraproducente en la articulación de las estrategias para contrarrestarlo, ya que en verdad es producto de un trabajo simbólico de mucho tiempo que hoy se evidencia porque ha sido efectivo.

Comprender esto, en esta instancia que atravesamos, no sólo tiene un beneficio en cuanto a la estrategia política sino también en la recomposición del tejido social, ya que parte del esquema consiste en que nos peleemos entre conciudadanos y que terminemos, de esa manera, cada vez más distanciados los unos de los otros, más aislados del conjunto, más alienados de nuestra propia identidad comunitaria. Por eso es que no estamos sólo ante una definición económica y política, sino que estamos dirimiendo el porvenir de la sociedad a la que pertenecemos y por la que somos, también, responsables.

El General Perón, recordándonos desde el fondo de la historia la necesidad de persuadir allí donde el impulso nos invita a obligar. El enemigo de los pueblos tiene incorporadas muchas de las máximas de Perón y las incorpora en sus estrategias de manera muy pragmática.

De eso se trata este momento histórico: de cómo asumimos esa responsabilidad de estar conscientes de lo que sucede y qué hacemos al respecto. Cómo hablamos con el de al lado, cuán tolerantes y comprensivos somos, hasta dónde llegan nuestras limitaciones en el vínculo con el otro y cuánta voluntad tenemos de contribuir activamente en la transformación de la realidad que nos atraviesa.

Porque la estrategia de la contraparte de todo esto, que los tiene a Alberto Fernández y a Cristina al frente de dos ejes electorales distintos, está queriendo simbolizar algo que ya significó Néstor en algún momento, pero que hoy tiene un valor agregado por causa de todos los contrapuntos que podemos hacer y que antes no teníamos a mano: están queriendo invitar a una parte de la población a volver a confiar, a tener esperanza en un país que todos sabemos que es posible pero que no todos podemos ver de qué manera construirlo. Y es ahí, en ese punto, donde nuestra capacidad de contención y comprensión son determinantes: la esperanza no es algo que se aprenda, es algo que se contagia. Y si somos capaces de dejar de lado nuestras diferencias en pos de un futuro que pueda devolverle los sueños a los miles y millones que hoy no pueden pensar en un mañana mejor, entonces ese porvenir que nos quieren prometer lo estaremos haciendo nosotros.

La diferencia, hoy más que nunca, la hace dar el salto de fe. Esa que nos quieren arrebatar, esa que es la última que se pierde.