El sentido común y la sabiduría popular en América Latina tienen en su léxico una infinidad de formas de expresión para referirse a las cosas cuando las consideran de mala calidad. Los argentinos solemos decir, por ejemplo, que algo es “berreta”, tal vez a modo de dudoso homenaje a Tomás Berreta, presidente de Uruguay durante un brevísimo periodo en el año 1947. Al parecer, el bueno de Berreta propuso la industrialización del país y, en efecto, el Estado uruguayo habría intentado llevar a cabo el ambicioso proyecto. El asunto es que como en todo proceso de industrialización con escaso recorrido histórico, los productos de la incipiente industria uruguaya tenían muy baja calidad y se exportaban a la Argentina, quizá el único país dispuesto a “darles una mano” a los uruguayos en su patriada. Así, frente a la calidad de lo que llegaba importado desde Uruguay en la época de ese intento de industrialización, el argentino no dudaba en calificar el producto como “berreta” al percatarse de que aquello era, realmente, malísimo. También decimos que algo es “trucho”, “pedorro” y, más recientemente, volvimos a calificar, con Cristina Fernández, como “pindonga” y “cuchuflito” todo lo que se nos antoja de calidad inferior. Tenemos mil maneras de decirlo, sí, pero la más adecuada para definir un proceso político reciente —que además es el último grito de la moda en materia de “revolución”— es el plástico.

“Es de plástico, es todo de plástico”, dicen el argentino y los demás latinoamericanos frente a algo de mala calidad. Se supone que las cosas buenas, duraderas, con sustancia y resistencia están hechas de metal, quizá de vidrio u otro material más sólido. El plástico, por el contrario, está asociado a lo “berreta”, a lo “trucho” y a lo “pedorro”. De plástico es “pindonga” y también es “cuchuflito”. Y de plástico es lo que los medios no dudaron en definir en las últimas semanas como una “revolución”: las jornadas de protesta callejera en Puerto Rico que resultaron en el anuncio de la dimisión del gobernador Ricardo Rosselló. Al momento de cerrar esta edición, la renuncia de Rosselló aun no se había concretado, pero la “revolución” liderada por el comandante Ricky Martin y los subcomandantes René Pérez y Bad Bunny había sido un éxito total de taquilla.

Pieza de propaganda yanqui sobre la Guerra hispano-estadounidense, en la que se representa al noble héroe (los Estados Unidos), defendiendo a la doncella (Cuba) de la maldad del villano (España). Esta es una evidencia de que en los Estados Unidos ya existía la comprensión del valor de la propaganda para el fin de legitimar acciones bélicas por el mundo. En esta guerra, los Estados Unidos le arrebataron a España el control de Puerto Rico, Guam y Filipinas. Enorme botín.

La isla de Puerto Rico fue “visitada” por Cristóbal Colón en la segunda expedición de este navegante genovés al servicio de la corona española, de acuerdo con la crónica, en el año de 1493. Pocos años después el también aventurero Juan Ponce de León habría de colonizar el territorio, afirmando la dominación de España sobre la isla, que para esa época todavía se llamaba San Juan Bautista. Como las riquezas que se extraían de allí eran abundantes y se despachaban hacia Europa desde el recién fundado puerto, los españoles no tuvieron idea más prosaica que rebautizar la nueva colonia como Puerto Rico y allí, a poco de iniciarse el asentamiento del europeo, empezaba una historia de cuatro siglos de lucha entre España e Inglaterra por el control de aquella tierra que los pueblos originarios o precolombinos llamaban “Borinquén”. A propósito, la crónica también informa que esos originarios gustaban de llamarse a sí mismos “taínos”, pero lo de “Borinquén” iba a derivar en “boricua” y los taínos, pobres, además de ser exterminados por la codicia del invasor occidental, iban a terminar siendo recordados por un nombre que no tenían. El caso es que, hayan sido boricuas o taínos los habitantes originarios de allí, en la práctica fue España la que cortó el bacalao al imponerse frente a los ingleses y al sostener el dominio sobre su Puerto Rico, afirmación sola que en sí alcanza como apretadísima síntesis de los primeros 400 años de historia de un país que nunca fue tal porque no pudo arrancarles a sus dominantes su soberanía política. La historia de los primeros cuatro siglos, es cierto, ya que en 1898 el mango de la sartén iba a cambiar de manos al entrar en escena una nueva potencia global.

No, no todas las historias tienen su final feliz y Puerto Rico no iba a ser independiente. Cuando los cubanos empezaron a agitar políticamente para lograr su propia y tardía independencia a fines del siglo XIX, no podían imaginarse que el proceso iba a resultar en la recolonización de un tercero. La llamada “Guerra de Cuba” les dio a los Estados Unidos la excusa para empezar con sus intervenciones sobre la América hispana y el resultado fue que España perdió frente a unos yanquis en ascenso lo que había logrado defender con éxito de los ingleses durante cuatro siglos. Los Estados Unidos aprovecharon la inestabilidad política en el Caribe, se metieron en la discusión, derrotaron y echaron a los españoles para arrebatarles no solo el control de Puerto Rico, sino además de las Filipinas y de Guam, que están literalmente al otro lado del mundo y cayeron “de yapa” en la volteada de aquello que en España aún se suele denominar el “desastre”. En pocas palabras, en la historia reciente de Puerto Rico no hay liberación nacional, pero vemos en ella el punto final de la decadencia de dos viejas potencias colonias —España e Inglaterra— y el ascenso de los que iban a dominar el mundo a partir de allí y, con serias dificultades, hasta el presente. Puerto Rico pasó a ser una dependencia de los Estados Unidos, estatus colonial que se mantiene en la actualidad.

El actual gobernador de Puerto Rico (o virrey colonial, según el cristal con el que se lo mire) Ricardo Rosselló: de anunciar la catástrofe económica a la destitución por expresar bestialidades homofóbicas en un chat privado. Si Rosselló efectivamente renuncia, pasará a la historia como la dimisión por motivo más fútil jamás vista. Y mientras tanto, Puerto Rico se sigue hundiendo.

El viejo Borinquén de los taínos es hoy oficialmente el “Estado Libre Asociado de Puerto Rico”, el eufemismo que el imperialismo yanqui produjo para suavizar el hecho concreto de que Puerto Rico sigue siendo una colonia en pleno siglo XXI. Desde el punto de vista de los yanquis en su organización política, Puerto Rico es un “territorio no incorporado”, esto es, no constituye una unidad de la federación como pueden ser California, Texas o Kentucky, por ejemplo, pero está igualmente bajo la bota estadounidense. Es una colonia a todas luces y el atento lector concluirá con facilidad que este asunto es una auténtica inmundicia, una infamia del imperialismo yanqui en América Latina. Es verdad que se los considera ciudadanos de los Estados Unidos a los puertorriqueños desde 1917 y que eso vale mucho para el interés individual del que tiene la posibilidad de migrar a la metrópolis en busca de trabajo y oportunidades de realización personal. El problema es que, en la perspectiva de los que se quedan, de los que eligen no ir a freír hamburguesas en Manhattan o a cortar el pasto en Long Beach, la soberanía de los Estados Unidos significa para Puerto Rico toda una serie de inconvenientes de política económica que afectan directamente el nivel de vida de los boricuas.

En un curioso artículo publicado el 30 de enero de 2018, el diario estadounidense The New York Times titulaba que Puerto Rico estaba en crisis y no sería capaz de pagar su deuda hasta el año 2022. “Un momento”, dirá el atento lector. “¿De qué deuda hablan, si Puerto Rico es un Estado Libre Asociado, tiene por moneda el dólar y todo eso? ¿La deuda de Puerto Rico no es parte de la deuda de los Estados Unidos?”. Pues no, no lo es. Si bien los yanquis toman las decisiones más trascendentales respecto a cómo se utilizan los recursos y las demás riquezas de la isla, la deuda de Puerto Rico la tienen que pagar solitos los puertorriqueños con su trabajo. Dicho de otro modo, en la práctica Washington es un socio de San Juan en todo lo que sea ganar dinero y redituar, siempre se queda con la parte del león. Pero esa “sociedad” no incluye la solidaridad frente a la deuda y apenas algo de ayuda en caso de desgracia. El artículo del Times antes citado también relata las nefastas consecuencias del paso de los huracanes Irma y María, agregando que el panorama dejado por esos fenómenos naturales era devastador. Luego del paso de esos huracanes, el gobernador Ricardo Rosselló estuvo varios meses mendigando ayuda por parte del gobierno federal de los Estados Unidos y al momento de publicarse el informe del Times no había tenido éxito.

Impactante imagen de los cabecillas de la protesta bajo la lluvia, enarbolando la bandera de la comunidad homosexual. Si cada destitución tuviera que caratularse por su motivo principal, la de Ricardo Rosselló no sería por “corrupción”, “fracaso económico” ni “ausencia de acuerdo político”. Rosselló sería destituido por “homofobia”, lo que nos dice muchísimo sobre este siglo XXI, problemático y febril, como diría nuestro Enrique Santos Discépolo de haber vivido para verlo.

“Ya estábamos en recesión antes de los huracanes”, decía Ricky Rosselló al diario neoyorkino. El gobernador proyectaba un éxodo monumental, que reduciría población de Puerto Rico en impresionantes —léase bien— 19,4% hasta el año 2023. Nada menos que un quinto de la población total menos en tan solo cinco años, o unos 600.000 individuos. Puerto Rico se está muriendo bajo la bota del imperialismo occidental.

Datos del Banco Mundial indican que el Producto Bruto Interno (PBI) de Puerto Rico se ha desplomado el 18,5% en los últimos 14 años. La economía del país viene achicándose año tras año desde 2005. La caída del año 2017 fue del 2,6% y de espantosos 4,9% en el año 2018, todo repotenciado por el paso de los huracanes. La deuda ascendía en el 2018, según el informe del Times, a más de 70 mil millones de dólares, casi el 80% del escuálido y menguante PBI nacional. A todo eso, Puerto Rico no puede disponer de los clásicos instrumentos contracíclicos de política macroeconómica para reactivar su economía. Como es colonia y no tiene moneda propia, no puede activar una política cambiaria y devaluar. Por la misma razón, no puede aplicar una política monetaria para emitir dinero. Y tampoco puede modificar su política fiscal sin el permiso de la metrópolis. La parte de estar atados de pies y manos frente a los desbarajustes cíclicos de la economía en el sistema capitalista es lo que, al parecer, les está costando comprender a los puertorriqueños de su estatus colonial: en el último plebiscito sobre la situación frente al imperialismo yanqui, solo el 1,5% de los electores votó por la opción de declarar la independencia y abrirse. La enorme mayoría optó por profundizar la dependencia y convertirse directamente en una unidad de la federación, estatus que los Estados Unidos no quieren otorgar, por supuesto.

Sin horizonte

Entonces la situación en Puerto Rico es muy complicada y lo es mucho más porque los propios puertorriqueños parecen no comprender qué es lo que los está golpeando. Si el atento lector tiene la oportunidad de hacer sociología del estaño hablando con un boricua y le pregunta por qué demonios no quieren ser independientes, se va a encontrar con que la respuesta tiene que ver con una perspectiva individual mucho más que nacional. La posibilidad de tener un pasaporte estadounidense, moverse libremente y trabajar legalmente en ese país es la perdición de nueve de cada diez puertorriqueños. No quieren que su país sea independiente porque no quieren perder la ciudadanía de la potencia imperial que los domina y los condena como país a una muerte lenta, pero segura.

En ese marco de locura colectiva se da la coyuntura de las jornadas de protesta callejera por la dimisión del gobernador Ricardo Rosselló. Liderados por artistas (la caracterización de lo que es “arte” es genérica y queda a criterio del atento lector) multimillonarios de la música pop y del reggaetón como Ricky Martin, René “Residente” Pérez y el llamado Bad Bunny. A partir de la filtración de chats en los que el gobernador hace comentarios desagradables sobre la moral sexual de terceros, la farándula activó al sentido común y las calles fueron tomadas por la indignación. ¿Las masas exigían soberanía política e independencia económica para hacer justicia social en un Puerto Rico que está desapareciendo del mapa? Para nada. Todas las demandas se resumían a exigir la renuncia de Rosselló, porque lógicamente el problema de Puerto Rico es que el virrey del imperio hace comentarios considerados homofóbicos en un chat privado que se filtra. Dos semanas tomando las calles con furia por eso, pero ni una palabra sobre el estatus colonial que está literalmente destruyendo el país que no es país.

Coachella in Indio, CA, USA on April 14, 2019.

Los medios de difusión por todo el mundo fueron unánimes en celebrar los sucesos de Puerto Rico y no se privaron de asignarles la categoría de “revolución”. En su óptica, allí estaba el pueblo puertorriqueño ejerciendo su ciudadanía —la que tampoco tiene, dicho sea de paso, ya que son ciudadanos de otro país— y haciendo valer sus derechos democráticos. En ciertos países de América Latina donde la noción de la política como instrumento de transformación de la realidad ha muerto hace mucho, como Perú, hubo una verdadera histeria colectiva alrededor de la imagen de un Ricky Martin enarbolando una enorme bandera de la comunidad homosexual. “¡Democracia!”, estamparon los medios de comunicación peruanos, como si lo logrado hubiera sido nada menos que la independencia de Puerto Rico. “¡Revolución!”, gritaban otros, como si hablaran de la toma de la Bastilla de París o del Palacio de Invierno. Y así, instalando que las jornadas en Puerto Rico fueron lo que hay de más revolucionario, democrático y popular que puede haber, el relato dominante convenció a millones por todo el mundo de que cambiaba todo en Puerto Rico.

Pero hagamos caso omiso de los medios y observemos con un poco más de atención los resultados de la “lucha” que llevaron a cabo los “revolucionarios” Ricky Martin, René Pérez y Bad Bunny. ¿Qué cambió en Puerto Rico? Pues que el virrey que hacía comentarios desagradables en privado prometió renunciar y, aunque lo haga efectivamente, cosa que todavía no ocurrió, será debidamente reemplazado por otro virrey. Y que a partir de ahora los virreyes en general se van a cuidar muchísimo de usar el WhatsApp o el Telegram para chatear pavadas con sus acólitos y demás secuaces. De aquí en más, los funcionarios del Virreinato de Puerto Rico van a reservar sus comentarios idiotas para las conversaciones cara a cara. Y nada más. Los diarios de San Juan hablan de cientos de miles que se movilizaron en las jornadas de protesta. Cientos de miles. ¿Y para qué? Para eso.

Está más que claro y nadie va a discutir que es incompatible con la función pública la expresión de animaladas para discriminar a cualquier minoría, sea la que fuere. En ese sentido, que es el sentido de la obviedad ululante, la demanda de la sociedad es adecuada y no habría otra solución para el problema que la renuncia inmediata del virrey homofóbico de demostrarse que las conversaciones filtradas corresponden a su teléfono celular, lo que finalmente pasó. Alguien podrá aducir que se trataba de chats privados y que el gobernador Rosselló jamás se expresaría así en público, pero el argumento es débil. Quizá debamos replantear el tratamiento que le estamos dando a la cuestión de la privacidad de las comunicaciones personales, es cierto. En Argentina y en América Latina hay una profusión de servicios de inteligencia “pinchando” teléfonos y eso no está bien. Pero la filtración de los chats torna público lo que era privado, las expresiones despectivas y discriminatorias de Ricardo Rosselló se dieron a conocer y ese es un punto de no retorno. El asunto no se resuelve sin renuncia e hicieron bien Ricky Martin, René Pérez y el camarada revolucionario con seudónimo en inglés. Hicieron bien en convocar a movilizar, en exigir y en obtener la renuncia del virrey de Puerto Rico.

La crítica, como se ve, no es a los que lideran ni mucho menos a los que participan de esas movidas destituyentes cuando la destitución se justifica, por lo menos, moralmente. La crítica es a los que ponen esa movida intrascendental por sus resultados prácticos en la categoría de “revolución”, porque al hacerlo lo que realmente hacen es decirle no solo al pueblo-nación de Puerto Rico, sino a todos los demás pueblos-nación del mundo que eso es la revolución, que una puesta en escena de cantantes de pop y reggaetón por la destitución de un funcionario y sin cualquier intención de modificar la realidad es revolución. No lo es, no hay revolución que no cambie bruscamente el paradigma en un lugar y momento determinados. Y en Puerto Rico tiraron a un gobernador para poner otro —siempre y cuando, claro, Rosselló haga efectiva la renuncia que prometió para detener las protestas—, pero no cambió ningún paradigma, no cambió nada en absoluto.

De cierto modo las corporaciones con sus medios de difusión concentrados están ganando la guerra comunicacional mediante el ejercicio de la doble hermenéutica. Una por una, van tomando las categorías de la realidad, las van vaciando paulatinamente de sentido y las van llenando otra vez con un sentido diferente y hasta contradictorio al que solían tener. Ya instalaron que la democracia, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo se reduce simplemente a votar. También instalaron que la libertad es la libertad de consumo, la de optar por una orientación sexual o la de disponer del propio cuerpo como mejor le parezca a uno, esto es, que la libertad es una cuestión estrictamente individual e individualista. Ahora están instalando que la revolución es tomar las calles, hacer quilombo durante varios días seguidos y protestar, aunque no se sepa muy bien por qué se está protestando ni cuál es la finalidad del quilombo. Cuando eso pasa, lo que baja de precio es el verdadero concepto de revolución. Baja de precio hasta no valer nada, hasta ser un producto “berreta” en la góndola. La revolución baja de precio hasta ser “pindonga” y “cuchuflito”, y termina siendo una revolución de plástico.

El problema del pueblo-nación de Puerto Rico es muy grave, ya que necesita desesperadamente una revolución para lograr la independencia nacional y salvar la patria de la destrucción a la que el imperialismo yanqui la está conduciendo. El pueblo de Puerto Rico necesita eso o va a dejar de existir en pocas décadas. Pero está cada vez más lejos de conseguir lo que necesita si se convence de que ya hizo la revolución, si se conforma con la segunda marca. Si la revolución va a ser un carnaval o un desfile del orgullo de alguna minoría bien comida, claramente no va a ser el cambio brusco de paradigma que las mayorías necesitan para no morir como grupo.

Lo decíamos en otra parte y lo reiteramos: enhorabuena por el comandante Ricky Martin y los subcomandantes René de Calle 13 y Bad Bunny. Al fin y al cabo, lograron movilizar por un fin y eso es notable, más teniendo en cuenta que ya tienen toda la vaca atada y no tendrían ninguna necesidad de hacerlo. Ahora le toca al pueblo-nación de Puerto Rico comprender que ha participado en un desfile de carrozas y que la revolución está todavía pendiente. Lo está más o menos desde fines del siglo XVIII, hasta respecto a los mucho más humildes República Dominicana y Haití los puertorriqueños están atrasados en por lo menos 200 años. A ver si los boricuas se acuerdan y hacen la revolución en serio, a lo Martí, a lo Fidel: gritando “yanquis, go home” y liberando la patria que agoniza.

Eso esperamos.

Por Erico Valadares