Hacia mediados del siglo XVIII el escocés James Watt le daba la última vuelta de tuerca al desarrollo de la máquina a vapor, viabilizando la introducción de esa tecnología a la producción y al transporte a larga distancia. Con la incorporación de la máquina perfeccionada por el ingeniero Watt a una industria que estaba a la espera de un avance tecnológico cualitativo para ser la gran industria, se dispara el proceso político económico de las revoluciones burguesas en Occidente cuyos hitos iniciales suelen ubicarse en Inglaterra y en Francia, en las llamadas “revolución industrial” y “revolución francesa”. Y aunque nuestro sentido común ha sido adiestrado para identificarlas como dos procesos independientes entre sí, como si la revolución económica se desarrollara en Inglaterra y la revolución política estallara en Francia al caer la Bastilla en manos de los burgueses alzados en armas, lo que veremos a continuación es que la economía no se separa de la política, salvo quizá para fines analíticos. Por lo tanto, la “doble revolución” descrita por Eric Hobsbawm es un mismo proceso que se visibiliza en su totalidad, precisamente, por la introducción del avance tecnológico definitivo de lo que llamamos genéricamente aquí “máquina a vapor”.

El sentido común, como decíamos, en Occidente y aquí en las colonias, ha sido formateado largamente por el liberalismo para percibir que la economía y la política corren por rieles distintos. Es así como incluso los que se jactan de haber profundizado en el estudio del génesis de la modernidad industrial suelen caer en la trampa de ver compartimientos estancos en la “revolución industrial” inglesa y en la “revolución francesa”, dando por supuesto lo que es una imposibilidad histórica, la de que en Inglaterra no se hacía política y en Francia no tenían industria. Ese no solo es un error bastante grosero, sino que además refuerza el prejuicio de que la economía es una ciencia “bajada del cielo”, sin ninguna relación con la realidad social en la que los procesos económicos reales están efectivamente insertos. Pensar que el desarrollo de la gran industria en Inglaterra pudo haber sido sin mediar siglos de lucha política entre la burguesía y la aristocracia por la seguridad jurídica de la propiedad privada o que el ascenso de la burguesía revolucionaria en Francia pudo ocurrir sin la introducción de la máquina a vapor es una forma de reforzar el prejuicio de que la economía es autónoma de la realidad social y de que la política funciona en el aire, sin tener otra finalidad que la política en sí misma, o la política como rosca. Esa forma de hacer el relato del nacimiento de la modernidad industrial en Occidente se ha ajustado a instalar entre nosotros un grave error en el pensar.

Retrato de James Watt, el ingeniero escocés que perfeccionó la máquina a vapor en el siglo XVIII, tornándola finalmente apta para aplicarse de lleno a la producción industrial y al pleno desarrollo de los ferrocarriles.

Pero no es necesario ser marxista leído y barbudo para entender que toda economía es política y toda política es económica. Eso queda claro al descubrir en la historia que la burguesía inglesa no pudo invertir en el desarrollo de la máquina sin antes arrebatarle el poder político a la corona mediante la destrucción del absolutismo y su reemplazo por un esquema de monarquía parlamentaria, en el que el rey o la reina pasaban a ocupar un rol más bien simbólico y el poder se concentraba, de hecho, en el parlamento. Ese esquema le permitió a dicha clase burguesa establecer las garantías legales a la propiedad privada y, una vez conquistada la seguridad jurídica tan anhelada, la burguesía logró en el tiempo acumular capital con los llamados enclosures o cercamiento de tierras para luego invertirlo en el desarrollo de la industria. Ahí, en el tránsito entre la inseguridad jurídica total, la propiedad privada rural y la propiedad privada industrial queda demostrado sin la necesidad de seguir profundizando demasiado en ello que en el origen de la llamada “revolución industrial”, que nuestro sentido común suele identificar como puramente económica, hay una revolución política, hay una política económica aplicada e instrumentada en leyes de un parlamento burgués, leyes que en una monarquía absoluta jamás hubieran tenido lugar.

De manera similar, es muy poco probable que la Ilustración con su Enciclopedia hubiera podido resultar en la toma de la Bastilla y en la guillotina para la destrucción de la monarquía despótica del Antiguo Régimen sin todo el desarrollo económico previo de la burguesía. ¿Para qué, tendríamos que preguntarnos, habrían hecho los burgueses el desparrame que hicieron en Francia sin un objeto bien determinado, que era la libertad económica? Al ver que sus primos ingleses desarrollaban la gran industria a partir de haberle arrebatado su seguridad jurídica a la monarquía y al comprender que el déspota propio no se la iba a otorgar por las buenas, la burguesía francesa hizo la guerra y la ganó, en efecto, pero la hizo con la finalidad de proteger un capital que ya tenía y deseaba volcar enteramente al desarrollo industrial. No fue, indudablemente, movida por un cierto gusto estético por las formas republicanas sobre las monárquicas que los burgueses de Francia llevaron a cabo una revolución política cuya magnitud no volvería a verse sino hasta la irrupción de los bolcheviques en Rusia. No fue porque Luis XVI y María Antonieta les caían mal o porque consideraban que el esquema monárquico estaba pasado de moda que hicieron lo que hicieron. Fue porque la máquina a vapor ya se aplicaba a la industria y había que invertir en ella sin exponerse a confiscaciones arbitrarias por parte de una clase parasitaria como era la aristocracia. La burguesía de Francia estaba obligada por la economía a hacer la revolución, o a ser barrida por la historia.

Perspectiva del actual Parlamento británico, en la que se ve un debate entre el líder la oposición Jeremy Corbyn y Theresa May, la entonces líder del gobierno. En la práctica, el poder ejecutivo en Gran Bretaña está bajo el control del Parlamento burgués, pues de entre sus miembros debe salir el primer ministro y este debe gobernar siempre manteniendo el apoyo de dicho Parlamento.

Entonces tenemos que el revolucionar la economía es imposible sin revolucionar la política, pero a la vez tenemos que lo opuesto tampoco es posible. Eso es justo lo que vulgarmente se suele denominar como una relación dialéctica y es lo que demuestra cabalmente que toda política es económica (todo lo que se hace políticamente es para modificar la economía) y toda economía es política (el desarrollo económico solo puede existir a partir de definiciones políticas). La relación es necesaria, no resulta de ninguna asociación libre y puede verse en cualquier manifestación de lo que se sigue presentando por separado como “economía” y “política”. Piense el atento lector, por una parte, en un dato económico concreto que al ser presentado no esté hablando de unas condiciones políticas determinadas que posibilitan la existencia del dato. Piense, por ejemplo, en el índice de empleo y desempleo en un país como la Argentina y verá que la oscilación de dicho índice depende de decisiones de política económica muy concretas como apertura o cierre de importaciones, existencia o inexistencia de la seguridad jurídica para las inversiones de capital, política fiscal, etc. Lo que verá el atento lector es que la diferencia entre una situación que Keynes definiría como de pleno empleo y otra de preocupantes 10% o 15% de desocupados solo hay decisiones políticas mediando. No es difícil ver en la práctica el impacto de esas decisiones en la coyuntura actual, en la que la apertura de importaciones y la prioridad al capital financiero, entre otras medidas tomadas a partir del año 2016, incrementaron notablemente el desempleo entre la población económicamente activa. Los medios presentan el fenómeno como puramente económico, como un designio de un “mercado” abstracto, cuasi divino. Lo llaman “crisis” y dan por zanjada la cuestión, pero está a la vista que eso no es así y que, con una buena política económica de protección de la industria local, como la que se aplicó hasta el año 2015, los índices de desempleo se mantendrían bajos. No hay ninguna “crisis” advenida por designios oscuros del azar.

Ahora piense el lector, por otra parte, en un hecho político que no tenga alguna relación con lo económico y verá que no existe tal aberración. Todo lo que se discute en política tiene como finalidad la modificación de la realidad efectiva, que es el asunto de pesos y centavos. Incluso aquello que a priori parecería estar ubicado en lo superestructural y en lo sectorial —como los debates recientes alrededor del matrimonio homosexual y el mismísimo aborto, por ejemplo— se discute para modificar lo económico. En el primer caso, el fin es el establecimiento de un tipo de unión civil que garantice los derechos patrimoniales de los cónyuges, la herencia, el acceso a la obra social, etc. Y en el segundo caso están los costos para el sistema público de salud derivados de la mala praxis en las clínicas clandestinas, el impacto que la legalización del aborto tendría sobre la dinámica demográfica al reducirse la natalidad, el negocio millonario que actualmente existe en la clandestinidad de la práctica. Incluso cuando nos los pintan como asuntos exclusivos de la política, allí también está la economía. ¿Por qué? Porque lo uno es lo otro y ambos no se separan jamás.

Durante la II Guerra Mundial y la Guerra Fría posterior la necesidad de tener la superioridad militar dio como resultado el advenimiento de la informática y las redes de comunicación modernas. La carrera espacial, en el marco de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, también impulsó el avance tecnológico que hoy está resultando en un cambio de época.

He ahí, en grandísimos rasgos, cómo las condiciones políticas posibilitan la introducción de una tecnología y esta, a su vez, va a modificar la política de allí en más, en una relación dialéctica cuyo origen no podemos determinar (es lo similar al dilema del huevo y la gallina) y que tampoco se sabe bien dónde termina. Acá hay otra idea, la de que todo lo que existe viene históricamente determinado. Así, la revolución burguesa se determina por el desarrollo de la máquina a vapor y esta, a su vez, puede haber sido determinada por la Ilustración y por los movimientos de tipo político en Gran Bretaña quizá desde el siglo XIV; todo eso puede tener que ver con la Reforma protestante que le dio a la burguesía su moral capitalista, la Reconquista y la unificación del reino de España que posibilitaron la navegación del europeo a América y entonces —si seguimos especulando hasta llegar al origen de los tiempos— todo tendrá relación con las invasiones “bárbaras” que destruyeron el Imperio romano de Occidente, el advenimiento de tecnologías como el acueducto, el arado y hasta la rueda, etc. La especulación es divertida, pero inocua y no cabe en este artículo, por cierto, aunque el concepto está claro: son todas revoluciones políticas económicas desde el vamos, que se retroalimentan dialécticamente entre sí y dan como resultado parcial una coyuntura en particular. Y así sucesivamente.

Puntos de inflexión

Es bien sabido que las redes de comunicación informáticas que hoy llamamos simplemente “internet”, amén del desarrollo de la informática en sí misma, resultan de dos procesos de política económica que en la historia quedaron conocidos como la II Guerra Mundial (o la “Gran Guerra Patria”, desde el punto de vista de los soviéticos que la ganaron) y la Guerra Fría que fue inmediatamente posterior a aquella. Entonces la cuenta es muy simple y esas guerras impulsaron el desarrollo de lo que vendría a ser hoy, como veremos, la máquina a vapor de nuestros días. En otras palabras, la II Guerra Mundial y la Guerra Fría que son consecuencia de un mal cierre en la I Guerra Mundial —a su vez resultando este de la “paz armada”, la Guerra franco-prusiana y el reparto desigual de las colonias entre las potencias que subyace todos los conflictos a partir del siglo XIX— van a dar como resultado parcial una coyuntura en la que una nueva tecnología está modificando la economía y, por consiguiente, la política en los tiempos que corren. He ahí la relación entre la robótica y la Comuna de París de 1871: aquella es resultado de esta por las razones que venimos viendo hasta aquí.

Si nos abstraemos por un momento de los procesos históricos y observamos solamente la coyuntura como si viniera descolgada de todo lo previo, igualmente veríamos que existe en efecto una tecnología introduciéndose, abriéndose paso a gran velocidad y modificando tanto la realidad en el presente como la perspectiva del futuro. Al igual que a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, hay una máquina a vapor cuyo nivel de desarrollo técnico ya parece ser lo suficientemente alto como para cambiar de cuajo el mundo que conocemos. Atentos o no a la historia, no es difícil comprender que la informática en general, las redes de comunicación, la inteligencia artificial y la robótica ya están en condiciones de aplicarse para reemplazar al hombre por la máquina en prácticamente todas las tareas, esto es, el nivel de desarrollo de esas tecnologías combinadas ya es suficiente para destruir el trabajo tal como lo conocemos. Y si eso ocurre, habrá un descontrol social monumental.

Representación de la Comuna de París, resultado de la Guerra franco-prusiana. El mal cierre de este conflicto conduciría al periodo que se conoce como “paz armada”, que duró hasta 1914 y finalizó al estallar la I Guerra Mundial. Como este último conflicto tampoco se cerró del todo y los términos del Tratado de Versalles resultarían en la II Guerra Mundial, no es difícil ver cómo la dialéctica entre política y economía va retroalimentándose y determinando el futuro.

Más allá de que la robótica y la inteligencia artificial aun no se han aplicado con toda su potencia en el reemplazo del trabajo y en consecuencia el trabajo industrial todavía subsiste, incluso en países donde ese reemplazo ya pudo haberse concretado hace décadas, la destrucción del trabajo por la informática ya está ocurriendo y el descontrol social va en aumento. Ya han sido automatizadas muchas tareas en los sectores del comercio y de los servicios, tareas que antes generaban puestos de trabajo. Muchos de esos trabajos dejaron de existir por definición, allí donde una máquina expendedora sustituye al vendedor, los sistemas de cobro electrónico de boletos en el transporte eliminan la figura del guarda en países donde esta existió hasta hace poco (como en Brasil, por ejemplo), computadoras con capacidad de “aprender” realizan operaciones complejas y contestan llamadas telefónicas, dejando en Pampa y la vía a los que se dedicaban a eso y percibían un salario por hacerlo. Los ejemplos son abundantes y están por todas partes: si el atento lector se pone a hacer memoria, recordará haber visto una infinidad de casos en los que hay una máquina haciendo lo que antes hacía una persona, no es necesario que hagamos aquí un recuento que, por lo demás, resultaría estéril. El problema está planteado y es que la destrucción del trabajo por la máquina a vapor de este siglo XXI es ya una realidad innegable. Solo resta imaginar qué pasaría si se volcara sobre el mercado laboral todo el potencial de la tecnología en su actual estado de desarrollo. ¿Qué porcentaje de los trabajos existentes hoy resistiría a la embestida?

Eso aun no ocurre, quizá porque las clases dominantes no han encontrado todavía la respuesta para otra pregunta un tanto más trascendental: ¿Adónde van a parar los trabajadores que serán reemplazados en sus trabajos por máquinas? El capitalismo del siglo XIX fue exitoso al demostrar finalmente que el artesano no iba a quedar desocupado —como se imaginó en un primer momento—, sino que iba a emplearse reconvertido en obrero en la industria, en el transporte, en el comercio y, más adelante, en el sector de servicios. Eso fue así porque la máquina a vapor destruyó los telares artesanales que producían poco y empleaban a pocos, sí, pero los reemplazó inmediatamente por industrias que producían mucho y empleaban a muchos. La máquina a vapor no era automática, no “aprendía” con inteligencia artificial ni era articulada como un robot de los tiempos que corren. Comparada a la tecnología de hoy, la máquina a vapor de los siglos XVIII y XIX era un cachivache monstruoso que necesitaba ser operado por mucha gente para funcionar correctamente. Por otra parte, al crecer exponencial y velozmente la producción, se generaron puestos de trabajo en el transporte, en el almacenamiento y en la comercialización de una infinidad de mercancías nuevas que no podían existir antes de la Revolución burguesa, simplemente porque no había forma de producirlas en serie y a gran escala sin el desarrollo total de la máquina y la gran industria.

En inglés, el impresionante gráfico del crecimiento de la población mundial en los últimos 12.000 años. Aquí vemos una población estimada en 4 millones para el año 10.000 antes de Cristo, que va evolucionando muy lentamente hasta el siglo XVIII. Con la revolución burguesa y el desarrollo de la industria, la población mundial se multiplicó por seis y hasta por siete en los 200 años posteriores.

Entonces la máquina a vapor destruyó puestos de trabajo, pero creó muchos más de los que había antes de su advenimiento. Tantos fueron esos puestos de trabajo que constituyeron nada menos la sociedad burguesa industrial, la que la sociología se encargó de normalizar. El éxito fue rutilante y es difícil explicar su magnitud. Baste con decir que durante toda la historia de la humanidad hasta el año 1800 —es decir, hasta el triunfo de la revolución burguesa— la población mundial había venido creciendo muy lentamente en miles de años y ascendía a tan solo mil millones de individuos. Desde 1800 a esta parte, no obstante, esa cantidad se multiplicó por seis y hasta por siete. Es impresionante observar ese crecimiento poblacional expresado en un gráfico, donde se ve claramente una línea progresiva, pero achatada, hasta el año 1800. Y luego se ve una línea ascendente en casi 90 grados en los dos siglos posteriores. Mil millones en quizá 10.000 años, seis mil millones más en tan solo 200 años. Está claro que el aumento brusco de la natalidad y de la expectativa de vida de los individuos, y la también brusca disminución de la mortalidad infantil desde la Revolución burguesa en adelante están en la base de ese impresionante salto demográfico, pero no es menos claro que toda esa gente debió alimentarse, vestirse y medicarse, debió acceder a condiciones de existencia superiores a las que habían existido hasta allí para poder reproducirse más, morir menos en la infancia y vivir más años en promedio. Entonces la hazaña del capitalismo con su industria es monumental, porque pudo emplear con la máquina a muchísima más gente que sin la máquina, por lo que pudo alimentar, vestir y medicar a toda esa gente.

El descontrol social causado por la “revolución industrial” no fue por la reconversión de los artesanos urbanos en obreros de la industria, sino justamente por el crecimiento vertiginoso de la población en ciudades que tuvieron que convertirse en urbes a los ponchazos y tuvieron que recibir un éxodo rural fenomenal. La migración del campo a la ciudad provocada por los llamados enclosures —los cercamientos o las privatizaciones de las tierras comunitarias— supuso un descontrol inicial que la sociología luego ordenó. La máquina a vapor no desordenó y destruyó el orden dicho “medieval” por la destrucción del trabajo, sino por su multiplicación, que a su vez resultó en un nuevo orden social al que los contemporáneos debieron adaptarse. He ahí todo lo que debemos observar para hacer la comparación con el presente: la introducción de la máquina a vapor como avance tecnológico fue revolucionaria porque destruyó un orden social existente y creó uno nuevo. La diferencia entre aquel proceso y el actual se ve no en sus características revolucionarias, sino en los resultados humanos.

La robotización en la industria automotriz es una realidad incluso en regiones menos desarrolladas como la nuestra. Los robots ya hacen prácticamente todo en la línea de montaje y se requiere cada vez menos intervención humana para construir vehículos.

Un nuevo orden social está surgiendo con la introducción de la informática, de la robótica y de la inteligencia artificial, todo combinándose con las redes de comunicación a enorme velocidad que dan como resultado máquinas con capacidad de “aprender”, articularse como humanoides y ser controladas a distancia. Todo eso está resultando en un orden social distinto, decíamos, pero no por multiplicar los panes y los peces, como sucediera con la industria milagrosa de la modernidad. La nueva tecnología es revolucionaria porque tiende a eliminar lo que la industria creó: el trabajo. En vez de generar más empleo frente a una población creciente, la robótica y la inteligencia artificial vienen a eliminar la necesidad de brazos y cerebros humanos en los procesos de producción, transporte, distribución y comercialización que las revoluciones burguesas habían creado. La revolución de la industria moderna ha finalizado.

Entonces la pregunta que se hacía el hombre prerrevolucionario en su temor frente a la flamante máquina a vapor vuelve a tener relevancia: ¿Adónde van a ir a parar los trabajadores que serán reemplazados en sus trabajos por máquinas? ¿Qué es lo que va a pasar cuando finalmente todo el potencial de la nueva tecnología se aplique a la producción, al transporte y a todas las demás actividades productivas? Concretamente, uno podría preguntarse qué va a pasar con los conductores del transporte terrestre de cargas y público de pasajeros cuando una corporación gigante como Google termine de mapear calle por calle el planeta entero. Al parecer, el llamado vehículo autónomo o robótico que se basa en esos mapas ya está circulando a modo de prueba en algunos lugares de Occidente y los resultados son cada vez más notables en términos de eficiencia y seguridad. ¿Qué va a pasar cuando eso esté al 100% y nos informen por los medios de comunicación que es más seguro viajar en un micro sin chofer, porque la máquina no comete errores y no existe la posibilidad de que se produzcan accidentes? Sin lugar a dudas será una maravilla posmoderna, puesto que los siniestros en el tránsito son, por ejemplo, en Argentina, la cuarta principal causa de mortalidad, luego de las enfermedades coronarias, los accidentes cerebro vasculares y el cáncer. Pero la pregunta inicial subsiste: Una vez desfasados, ¿adónde van a ir a parar los conductores de vehículos de transporte público de pasajeros y de cargas? Y así con todos los ejemplos que se nos puedan ocurrir de máquina superando en calidad y eficiencia al hombre en todos los sectores de la economía.

El vehículo autónomo, que no requiere de conducción humana para circular, ya se encuentra en una etapa muy avanzada de su desarrollo y es frecuentemente visto por las calles de las grandes ciudades de Occidente y China.

No es cuestión de hacer futurología y no faltan los que prefieren aferrarse a la idea absurda de que todos los trabajadores van a reconvertirse en operadores de máquinas, sin comprender que, de nuevo en el ejemplo de los transportes, no hay posibilidad de que haya un operador humano para cada vehículo. Si eso fuera así y en vez de conducir un coche o un ómnibus sentado detrás del volante pasáramos a hacerlo desde un centro de comando, ¿cuál sería la utilidad real de los vehículos autónomos? Ninguna y, en realidad, lo más probable es que miles de vehículos sean conducidos por una computadora central, controladora de los robots conductores y, a su vez, bajo la supervisión de unos pocos humanos. Salen decenas de miles de conductores y entra media docena de supervisores. El saldo es claramente deficitario, la pregunta sigue ahí: ¿Adónde van a ir o en qué van a tener que reconvertirse esas decenas de miles de trabajadores? No es cosa de especular, el panorama es oscuro visto desde cualquier ángulo: no hay lugar para todos en la sociedad de la inteligencia artificial, de la robótica, de la informática y las redes.

¿Qué hacer? (o ¿cómo hacerlo?)

La sociología moderna, como veíamos, nació en el siglo XIX de la mano de los positivistas y vino con la misión de construir un discurso sociológico que dotara la política de respuestas frente al desbarajuste social generado por una revolución. Primero fue la revolución, luego el caos de un orden social que cambiaba ante la mirada atónita de los contemporáneos y, finalmente, llegó la explicación racional para normalizar otra vez el mundo mediante la creación de nuevas categorías que lo reordenaran. Ese es el derrotero del capitalismo occidental puertas adentro hasta la primera mitad del siglo XIX, cuando al fin pudo estabilizarse, enterrar a la reacción aristocrática y acomodarse con su burguesía industrial en el lugar indiscutido de clase dominante.

Entonces fue la sociología la que estabilizó el proceso al crear un marco simbólico racional para que los individuos se reagruparan en instituciones modernas y la sociedad progresara con su nuevo orden. Fue la sociología la que les prestó ese enorme servicio no solo a la clase burguesa de la época, sino a la humanidad entera frente a la imposibilidad de retroceder en el tiempo y destruir la máquina a vapor, olvidarla y fingir que nunca había existido. La revolución burguesa es, como todos los demás hechos históricos vistos en contexto, un hecho inevitable: tenía que ocurrir más temprano que tarde al revolucionarse la tecnología, de acuerdo a la premisa de que toda economía es política y toda política es económica. El desarrollo de las fuerzas productivas no podía venir sino acompañado por su liberalización, no iba a tener lugar en el marco de un orden estamental conservador que no daba las respectivas garantías exigidas por la clase revolucionaria. Así es como la revolución burguesa, el liberalismo como ideología de época y la burguesía como clase dominante fueron inevitables y la cuestión aquí se reduce al cómo, no al qué.

Obreras en una fábrica de electrónicos en China. La deslocalización de industrias desde Occidente al gigante asiático resultó ser muy exitosa para este país, que logró industrializarse tardíamente para ser hoy la primera economía a nivel mundial.

Lo mismo está ocurriendo, a doscientos años de aquel proceso, en nuestros días. Hay una revolución tecnológica que en sí misma es inevitable, que es económica y que va a resultar en su respectiva revolución política, esto es, en un cambio del orden social que a su vez tiende a generar un enorme desbarajuste en una sociedad acostumbrada en dos siglos al orden que agoniza y se muere. La revolución tecnológica que quiere reemplazar el trabajo humano por el “trabajo” de las máquinas no va a poder concretarse bajo un esquema de sociedad industrial, un esquema que contempla la existencia de contratos de trabajo, sindicatos, de relaciones bien definidas entre patrones y empleados. El qué no está en discusión, es solo cuestión de tiempo para que llegue. Lo que sí puede discutirse es el cómo, o en qué condiciones va a llevarse a cabo la destrucción del orden anterior y va a darse la transición al nuevo orden social de la sociedad posindustrial que todavía existe como un cascarón vacío. Entendámonos bien y sin eufemismos: puede gustarnos o no ideológicamente, puede ser contradictorio con nuestra tradición política y toda nuestra cosmovisión, que es la de los pueblos-nación. Nada de eso tiene relevancia frente a la realidad. La revolución de la inteligencia artificial, la robótica, la informática y las comunicaciones ya es un hecho consumado y está en pleno proceso de destrucción del mundo del trabajo. Aunque podemos demorarla, mitigando sus efectos en este o aquel sector por un determinado tiempo, no la podemos evitar. Y dado el avance que se verifica por lo menos en los últimos 30 años en todo lo que se refiere a las tecnologías antes enumeradas, no existe ninguna posibilidad de que el hombre logre evitar quedar desfasado por la máquina en algún momento, probablemente aun durante el presente siglo. Inútil, por lo tanto, discutir el qué. Debemos discutir el cómo.

Es bastante conocida en ciertos ámbitos la hipótesis de que las clases dominantes a nivel mundial vienen planificando una reducción dramática de la población mundial mediante la eliminación del “exceso” de individuos “sobrantes”. Consciente de la limitación de los recursos naturales del planeta y de que eso es incompatible en el mediano plazo con un sistema como el actual —que es de explotación intensiva de dichos recursos—, los ricos del mundo pretenden resolver el problema porque el mundo literalmente se acaba, pero no cambiando el sistema ni mucho menos. Los poderosos que controlan las corporaciones y concentran la riqueza quieren reducir el consumo de los recursos naturales mediante la eliminación de la mayoría de los actuales consumidores. En una palabra, para que el planeta sea habitable por más tiempo, la solución propuesta por las oligarquías a nivel mundial es liquidar quizá el 80% y hasta el 90% de los que hoy lo habitamos y, siempre desde el punto de vista del poderoso, sobramos.

Ceremonia militar en China. Las demostraciones de fuerza por parte del Estado chino son una constante y en ellas se expresa un nacionalismo sólido, sin grietas ni fracturas internas. La finalidad de dichas puestas en escena en enviar un mensaje claro a quienes —por dentro y por fuera— pretendan socavar la unidad nacional-popular de China: ni lo intenten, no tendrán éxito.

Bien mirada la cosa, la destrucción del mundo del trabajo con el reemplazo del hombre por el robot que “aprende” y se articula como un humanoide podría ser el método idóneo para llevar a cabo ese plan siniestro. Privadas de los medios de subsistencia, a las mayorías populares se las dejaría morir por inanición, por enfermedades, falta de asistencia sanitaria o, para no cargar en la conciencia el peso de un genocidio, se les permitiría subsistir en una indigencia controlada, pero sin posibilidad de reproducción. De optar por este último método, una sola generación bastaría para despoblar prácticamente el planeta sin ensuciarse las manos en el proceso. Despojando del trabajo y del salario a la mayoría de la población, no sería para nada difícil ofrecer alguna especie de “asistencia social” mínima exigiendo esterilizaciones como contrapartida. ¿Quién no aceptaría someterse a una vasectomía a cambio de acceder al único ingreso posible en un mundo sin trabajo? El panorama descrito es sin duda sombrío y parece obra de ciencia ficción, pero no deja de tener su lógica: si el trabajo ya no es necesario y nadie puede obligar a los ricos a que empleen brazos que no necesitan, está más que claro que los “sobrantes” no van a tener fuentes de ingreso para subsistir. En la actualidad, el problema de los que “sobran” se resuelve de manera precaria mediante la asistencia social en el Estado, pero los que “sobran” son relativamente muy pocos: los que se han caído de sistema y no tienen ninguna posibilidad de volver a integrarse. Pero en el panorama hipotético de la abolición del trabajo la situación es muy distinta porque se prevé no la caída de unos cuántos del sistema, sino la quiebra del sistema en sí. Y eso no es otra cosa que la exclusión de miles de millones al mismo tiempo.

Miles de millones de excluidos y sin horizonte, puesto que el trabajo se ha automatizado. ¿Cuánto pueden durar? ¿Cuánto tiempo pueden sobrevivir sin ingresos y sin tener a quién recurrir para salvar la situación? La respuesta es obvia, se cae de madura, como se suele decir. Pero en la propia pregunta está la clave para empezar a construir un discurso sociológico que pueda dotar la política de las categorías necesarias y evitar el genocidio de miles de millones en el proceso. Cuando existe una problemática, es preciso levantar la vista y ver, justamente, a quien recurrir para resolverla. Y en eso el nacionalismo popular tiene una palabra para decir.

Donald Trump y Xi Jinping, frente a frente en Osaka, Japón. China está superando actualmente a los Estados Unidos como primera potencia económica mundial y ya representa una seria amenaza a la hegemonía de las corporaciones occidentales.

Resulta que los Estados en general no pueden obligar al capital privado a hacerse de trabajadores que no necesita, salvo en casos como el de China. Allí, el nacionalismo popular del Partido Comunista —que es el instrumento político ideológico que los chinos utilizaron para alcanzar su liberación nacional, se llama “socialismo” y es un capitalismo industrial clásico con fuerte presencia estatal y burguesía nacional consolidada— afronta el desafío monumental de incluir a unos 1.400 millones de individuos. En otras palabras, el Estado chino debe asegurarse de que aproximadamente un cuarto de la humanidad coma mínimamente todos los días, además de satisfacerse otras necesidades básicas. Entonces el gobierno del Partido Comunista de China prioriza en un sentido estricto la creación de puestos de trabajo, necesita crear cientos de miles de empleos a como dé lugar. Y para lograrlos, “obliga” a los industriales propios y ajenos a emplear mucha más gente de la que necesita. Claro que “obliga” en un sentido político, esto es, impone la creación de puestos de trabajo como condición ineludible para la instalación de unidades productivas en el país. Si el atento lector fuera un gran capitalista y quisiera deslocalizar su capital, quisiera instalar una industria en el gigante asiático, tendría necesariamente que negociar con el gobierno de aquel país la cantidad de empleos a generar. No, no los definiría Ud. de acuerdo a su deseo o necesidad particular, sino un funcionario designado por el Partido Comunista para la negociación de esa deslocalización o inversión nueva.

Claro que el caso de China es el ejemplo quizá más extremo de nacionalismo popular existente por fuerza de las circunstancias, por la realidad efectiva de la que hablaba Perón. El nacionalismo popular chino es el único método viable para gobernar ese país sin descartar a cientos de millones de chinos en el proceso. Si el Partido Comunista de China no defiende al pueblo-nación chino y prioriza los intereses del capital —como ocurre en países donde el nacionalismo popular no existe y los privados hacen lo que se les antoja, como Argentina— entonces no genera los puestos de trabajo suficientes para toda la población y muchos chinos se mueren de hambre. Es tan sencillo como eso y es por eso que en China el Estado “obliga” al privado a darle empleo a mucha más gente de la que necesita para producir. El privado acepta las condiciones porque tiene en frente a un nacionalismo duro que monopoliza en el Estado todos los sectores clave de la economía como transporte, energía y minería, casi todo lo vital para que una industria produzca y venda su producción. Si Ud., atento lector, quiere invertir en China y se le ocurre sacarse los pies del plato, el Estado chino simplemente le cierra la canilla y le imposibilita prácticamente la producción. Esa es la definición más precisa de un nacionalismo popular: el pueblo-nación con poder político en el Estado y utilizando ese poder político para monopolizar los resortes de la economía, haciendo que esos resortes funcionen en favor de las mayorías populares y no de las minorías pudientes.

Desocupados en las calles de los Estados Unidos. Después del ascenso de Donald Trump, quien apostó por la relocalización de la industria, los índices de desocupación bajaron notablemente en el país. No obstante, Trump sabe que esa reducción es un paliativo momentáneo y que el avance de la tecnología, la robótica y la inteligencia artificial en la producción va a requerir mucho más que relocalizaciones para la defensa de los intereses (y la propia sobrevivencia) de las mayorías populares.

Se gana igualmente mucho dinero en China siendo un inversor privado, por supuesto, lo que queda demostrado en la inmensa cantidad de empresas que se deslocalizaron desde Occidente y fueron a instalarse en China, donde permanecen. Por más duras que parezcan las condiciones impuestas por el Estado, el inversor privado siempre gana mucho dinero y es una mentira el supuesto de que son necesarias flexibilizaciones laborales, exenciones fiscales y perdón de deudas para que la inversión de capital privado sea viable en cualquier parte. Es mentira que las inversiones no llegan ni se quedan si el Estado no claudica en la defensa de sus ciudadanos y la prueba de ello es China, país que ya al momento de escribir estas líneas les está arrebatando a los Estados Unidos el lugar de primera economía a nivel mundial. Como decíamos al comienzo de este artículo, toda economía es política y toda política es económica. Y la política económica del Partido Comunista de China da como resultado que la economía política del país sea un auténtico coloso.

No quedan dudas de que la robotización y la automación de la industria también van a llegar a China como a todas partes. Pero al tener un nacionalismo popular bien aceitado, bien instalado en la cultura política del país, lo más seguro es que China tendrá la fuerza necesaria para afrontar esa revolución sin dejar al costado del camino a ninguno de sus 1.400 millones de ciudadanos. Y acá está, en esa fortaleza, la parte del nacionalismo popular chino que nosotros —y todos los demás países del mundo— tendremos que copiar si queremos resistir al proyecto de genocidio planetario de las corporaciones al reemplazar el trabajo humano por la máquina. Es en la fuerza de la unidad política china y en el empoderamiento de los pueblos en el Estado, que resultan en un monopolio de los sectores clave de la economía y los recursos naturales del territorio, donde reside la clave para crear el discurso sociológico que dotará la política de las nuevas categorías del nuevo orden social. En una palabra, si no va a ser posible obligar al privado a emplear gente porque las máquinas harán todo el trabajo, habrá que obligarle a aportarle de otra manera a la sociedad.

Vladimir Putin, el conductor que supo desarticular la sobreideologización en la Rusia para construir un nacionalismo popular sólido. Ambos asuntos —Putin y el escollo de la sobreideologización— serán tratados en la próxima entrega de Sociología del estaño para la construcción del nacionalismo popular.

De modo concreto, si es inevitable la destrucción de lo que hoy conocemos como trabajo al robotizarse la producción, el transporte, la distribución y el comercio, lo que necesitamos no es producir un discurso sobre cómo intentar evitar lo inevitable. No necesitamos un discurso cuyo centro esté puesto no en el qué, sino en el cómo. Si el hombre va a quedar desfasado por la máquina en el trabajo más tarde o más temprano, debemos adelantarnos y pensar en soluciones para ocuparlo de otra forma y, por supuesto, para financiar eso, porque alguien igualmente lo va a tener que pagar. Lo que tenemos que copiar del nacionalismo popular de China —pero también de Rusia y de otros países donde el Estado está en manos de los pueblos— es la fortaleza del pueblo-nación políticamente empoderado para imponer las reglas del juego. Tiene que mandar la política, que es el interés general, porque si manda el interés privado de los que ya son dueños de todo, las mayorías populares seremos enviadas al descarte y no tendremos a quien recurrir para evitarlo.

Esta idea, que seguirá desarrollándose en las próximas entregas de Sociología del estaño para la construcción del nacionalismo popular, tiene muchos escenarios posibles sobre los que podría llegar a materializarse. Uno de ellos es el más extremo y es el de una implementación total de la robótica, de la inteligencia artificial y de la informática en general sobre la producción, el transporte, la distribución y el comercio de mercancías. En tal hipótesis, que es la más extrema, como decíamos, estaríamos frente a un mundo en el que el hombre directamente no serviría para hacer nada que sea productivo en un sentido económico moderno, esto es, no serviría para trabajar directamente en la generación de riqueza material, puesto que las máquinas lo harían mucho mejor, más rápido y con un costo muy inferior. Estaríamos ante un escenario en el que el sistema está en condiciones de prescindir de miles de millones de individuos de una sola vez, lo que en potencia constituye el genocidio cuyo proyecto describíamos anteriormente y les adjudicábamos en hipótesis a las clases dominantes del actual capitalismo global. Si ese fuera el qué, entonces habría que preguntar por el cómo: ¿Cómo ocupar en otras actividades a toda esa gente? ¿Cómo obtener los recursos económicos para que esa ocupación alternativa sea viable? Preguntas que se resuelven con las políticas de empleo público y renta básica universal, entre otras, y que lógicamente solo podrían financiarse mediante la instrumentación de políticas económicas —políticas fiscales, para ser más precisos— cuya finalidad sea obligarles a los ricos a pagar en concepto de impuestos lo que van a dejar de pagar en salarios y cargas patronales al reemplazar al hombre por la máquina. Preguntas que se responden con la aceptación de que la máquina hace mejor y más rápido, sí, pero también con la imposición de que no pueden costarles a los ricos ni un centavo menos de lo que les cuesta hoy un trabajador humano. Preguntas que seguiremos respondiendo en detalle en las próximas entregas de esta propuesta sociológica del estaño, en el análisis de la relación dialéctica entre esas hermanas inseparables que son la política y economía. Y también en la enumeración de los escollos en el camino de la construcción del nacionalismo popular, que son muchos y actualmente impiden que podamos pensar el siglo XXI en sus propias categorías. Son muchos y retrasan el debate al introducirse con ideas propias de la modernidad, ideas que no tienen ni tendrán cualquier utilidad para entender un mundo en el que la máquina a vapor es electrónica y, de pronto, adquiere la capacidad de “aprender” y de “pensar”. Veremos, en fin, el cómo del qué, la propuesta de nacionalismo popular que hemos empezado a delinear en el presente capítulo. Todo en la próxima entrega, cuando finalmente empecemos a hablar de futuro.