Al llegar estas fechas, tanto la que nos recuerda su llegada al mundo como ésta, la de su siembra, la cantidad de sentimientos que se ponen de manifiesto alrededor de la figura de Evita son inconmensurables. Amor, odio, pasión, angustia, añoranza, desprecio, fervor, dolor, todo entrelazado en un sinfín de expresiones que no pueden sino ser respuesta a una sola y única cuestión: María Eva Duarte de Perón fue de las personas más importantes de toda la historia de nuestro país, porque nadie más tiene esa capacidad de convocar sentimientos tan diversos, intensos y masivos como ella.

Uno puede observar las redes, los noticieros, los diarios; puede escuchar un comentario al pasar o ver una imagen o cientos de ellas. Puede ver rostros compungidos en la Catedral Metropolitana y escuchar algún sollozo en el Cementerio de la Recoleta, puede ver un altar del pueblo en cualquier calle y cualquier esquina, incluso puede encontrársela adentro de algún bar o en una bandera flameante. Y es entonces que uno puede comprender que la vida de esta mujer no sólo pasó a formar parte de la historia de nuestro país y del mundo, sino que habita en alguna parte (o en muchas, o en todas) del alma del pueblo, para bien o para mal.

Porque ni siquiera el más acérrimo odiador de Eva Perón puede evitar caer en esta lógica: la odia porque no es capaz de ignorarla, porque nadie pudo ni podrá jamás ser indiferente ante la presencia eterna de la mujer que es la representación de un sentimiento mucho más grande que la simple admiración o incluso del más loco de los fanatismos; hay algo ahí pulsional, sanguíneo, imposible de pasar desapercibido, que se hace masivo cuando el calendario nos recuerda que ha pasado un año más desde aquél día en que se hizo eterna.

Y vuelven a nuestra mente los millones de compatriotas desfilando por las calles de la ciudad, llenos de flores, alzando antorchas, derrochando lágrimas y dejando partes de su corazón en ese recorrido interminable de almas que, agradecidas, fueron a despedir a quien se había convertido en la madre de los humildes, en la representante del más profundo y sincero amor por los olvidados de esta tierra. Ella, que había sido una descamisada más, que había visto de frente el rostro de la desidia y la maldad y que conocía bien lo que significaba estar frente a un oligarca en los tiempos en los que no existía nadie que amparara a un desposeído, supo transformar su propio odio y su propio dolor en el amor y la misericordia más trascendentales que alguna vez tuvimos la dicha de que pisen este, nuestro suelo.

Porque cuando una persona reúne todo eso, cuando despierta desde las entrañas del ser la más vasta multiplicidad de emociones, es que se ha hecho eterna y sigue viviendo, más allá de su cuerpo y su tiempo, en la fuerza que emana de los corazones de todos quienes han sido tocados por su luz. Y algunos fueron quemados por ella, y algunos encendidos para siempre, pero ninguno puede pasar por este plano desconociendo que alguna vez fue de carne y hueso la mujer que hoy nos pone a soñar con un tiempo mejor, que nos pone a pensar sobre lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos ser. Aún hoy, en medio de esta confusión, la voz de la Jefa Espiritual de la Nación sigue vibrando en el aire, estremeciendo espíritus y fortaleciendo esperanzas en un mundo que todavía puede ser justo, libre y soberano si los pueblos nos decidimos a hacerle frente a nuestro destino.

“No puede haber amor donde hay explotadores y explotados. No puede haber amor donde hay oligarquías dominantes llenas de privilegios y pueblos desposeídos y miserables.

Porque nunca los explotadores pudieron ser ni sentirse hermanos de sus explotados y ninguna oligarquía pudo darse con ningún pueblo el abrazo sincero de la fraternidad. El día del amor y de la paz llegará cuando la justicia barra de la faz de la tierra a la raza de los explotadores y de los privilegiados, y se cumplan inexorablemente las realidades del antiguo mensaje de Belén renovado en los ideales del Justicialismo Peronista:

Que haya una sola clase de hombres, los que trabajan; que sean todos para uno y uno para todos; que no exista ningún otro privilegio que el de los niños; que nadie se sienta más de lo que es ni menos de lo que puede ser; que los gobiernos de las naciones hagan lo que los pueblos quieran; que cada día los hombres sean menos pobres y que todos seamos artífices del destino común”.