El pasado domingo 11 de agosto se realizaron en la Argentina las llamadas PASO, primarias abiertas, simultáneas y obligatorias, una previa de las elecciones en la que teóricamente la ciudadanía elige con su voto a los candidatos de la oferta electoral que van a ser los titulares en las generales del 27 de octubre. Las PASO son todavía una novedad relativa para el electorado argentino: instituidas por la Ley N.º 26.571 del gobierno peronista en el año 2009, se realizaron efectivamente por primera vez en 2011, cuando la entonces presidenta Cristina Fernández obtuvo arrasadores 50,24% y casi 40 puntos de ventaja sobre el segundo candidato más votado, Ricardo Alfonsín, de la Unión Cívica Radical. Esos más del 50% de los votos luego serían un contundente 54,11% en las generales de octubre, garantizándole a Cristina Fernández una cómoda reelección sobre Hermes Binner, quien resultaría finalmente ubicándose como el segundo candidato más votado al superar a un Alfonsín que se desinflaba.

La ciudadanía teóricamente elige en las PASO a los candidatos que van a participar de las generales, porque muchas veces ocurre que los frentes inscritos no presentan más de una opción y técnicamente las PASO funcionan, como ocurrió este año, meramente como un filtro para eliminar a los candidatos testimoniales que no tienen votos porque no representan a una parte significativa del electorado y de la sociedad. Así, aquellas listas que no lograron alcanzar el piso del 1,5% de los votos válidos quedaron fuera de carrera, digamos, antes de que la carrera empiece: Manuela Castañeira del Nuevo MAS, Alejandro Biondini del Frente Patriota, Raúl Albarracín del Movimiento de Acción Vecinal y José Antonio Romero Feris del PAN no pudieron llegar al piso mínimo establecido por ley —de hecho, ni aun combinados los votos obtenidos por los cuatro sumarían más del 1,5%— y no podrán participar como candidatos en las elecciones generales a realizarse en el mes de octubre. He ahí la función técnica de “filtro” de la PASO en Argentina, que es la de eliminar de la disputa a los candidatos, fuerzas y frentes que no están en ella seriamente.

María Eugenia Vidal, exgobernadora de la provincia de Buenos Aires en funciones: de caballo de batalla del macrismo a principal cara de la derrota, Vidal fue masacrada por Axel Kicillof en las urnas.

Cuando no se presentan internas en los frentes, las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias cumplen esa función y poco más que eso, puesto que los candidatos de los frentes serios ya están definidos y tienden a no variar de cara a las generales. Eso es así y las PASO deberían funcionar como una gran encuesta, en la que las fuerzas políticas agrupadas tienen una previa de su potencial electoral con algo mucho más concreto y confiable que cualquier encuesta por muestras. En las PASO la ciudadanía acude a las urnas y vota normalmente por los mismos candidatos a los que vuelve a votar luego en las generales. Entonces el resultado de las PASO suele incidir y hasta suele determinar el resultado final al poner ante vista de la opinión pública una tendencia que no suele modificarse en dos meses. En una palabra, las PASO son elecciones porque en ellas el ciudadano expresa su opinión sobre los candidatos de la oferta electoral en un determinado momento y esa opinión difícilmente varía en el escaso tiempo que media entre las PASO y las generales. Las PASO son elecciones por eso, porque se realizan con todas las formalidades de una elección regular y finalmente son comprendidas como tal por el elector promedio.

La conclusión es que, al no variar en dos meses la opinión del elector, las PASO son elecciones porque arrojan como resultado una previa bastante aproximada de lo que será en las elecciones generales. La teoría se corrobora fácticamente en las estadísticas de las primarias realizadas desde el 2011 hasta el presente y puede expresarse de la siguiente forma: si se realizan dos votaciones en un periodo de 80 días sin que entre ambas varíe o variando mínimamente la oferta electoral, el resultado de ambas suele variar muy poco. Y la razón de ello es que la opinión general del elector y el escenario coyuntural no suelen cambiar demasiado en menos de tres meses. Si los candidatos son básicamente los mismos y sin mediar la necesidad de calcular la transferencia de votos, no existe razón por la que una ventaja significativa se revierta en tan corto plazo.

Habiendo visto falsadas todas y cada una de sus teorías sobre el electorado argentino, Jaime Durán Barba salió prácticamente despedido por Elisa Carrió y abandonó el país después de las PASO del 11 de agosto.

Eso es lo que pasó y viene pasando desde el 11 de agosto a esta parte en Argentina. Finalizado ya el escrutinio definitivo, la fórmula encabezada por Alberto Fernández obtenía lapidarios 16 puntos de ventaja sobre la fórmula oficialista del presidente Mauricio Macri. Léase bien: desde el llano, la oposición le impone al gobierno una durísima derrota por aproximadamente unos cuatro millones de votos en un universo de 25 millones de electores. A la vista de los primeros resultados —que luego se confirmaron en el escrutinio definitivo—, muchos se preguntaban si semejante diferencia podría revertirse en poco menos de 80 días, pero la respuesta es negativa. No hay manera de que millones de electores den un giro copernicano y pasen a opinar en octubre lo opuesto a lo que opinaron en agosto. Lo que sí puede ocurrir es que varíe la diferencia entre el primero y el segundo candidatos más votados, aunque, por supuesto, la tendencia no es a que esa brecha de 16 puntos se achique, sino todo lo contrario. Lo más probable es que la fórmula ganadora en agosto amplíe su caudal de votos en octubre y que, por otra parte, la que perdió en las PASO obtenga menos votos en las generales.

¿Por qué? Por distintas razones, siendo la primera de ellas una muy, pero muy prosaica: existe en la cultura de los sectores populares la idea —prosaica, como se ve— de que votar a un candidato que pierde equivale a “perder el voto”. Por alguna razón un tanto difícil de explicar racionalmente, al elector argentino promedio le gusta votar al ganador porque así siente que le dio una buena finalidad a su voto, o quizá porque prefiere pararse del lado del que gana las elecciones, aunque el voto es secreto y uno puede perfectamente mentir si se le pregunta por quien votó. Pese a eso, a la posibilidad de negar el haber votado a un determinado candidato o su equivalente opuesto, que sería el afirmar haber votado a otro, el “voto útil” pesa en la decisión del elector y eso suele reflejarse en las estadísticas. Por lo tanto, a la vista de los resultados apabullantes de las PASO y a la idea instalada de que Alberto Fernández ya ganó “caminando” las elecciones de octubre, lo más probable es que una gran cantidad de electores que en las primarias optaron por la fórmula de Mauricio Macri o por las demás fórmulas que se ubicaron por debajo de esta cambien su voto y se lo den a Alberto Fernández. Se sabe que solo allí, en los que no quieren “perder el voto”, ya existe una porción no despreciable del electorado por podría oscilar entre el 3% y 5% del electorado, muchísima gente que no suele estar atenta a la política, no sabe muy bien por qué vota de determinada manera y tampoco le importa demasiado saberlo.

El que no puede perder

Más allá del que no quiere “perder el voto” y otras costumbres más bien relativas a lo consuetudinario que a la racionalidad moderna, existen mediando en la ampliación de la ventaja de Alberto Fernández sobre Mauricio Macri otras cuestiones sobre las que la teoría política puede decir una palabra en el intento de explicarlas lógicamente. Entre ellas la principal es una que podría definirse en el siguiente postulado: si una elección se realiza con todas las formalidades, aunque se trate de una primaria o una especie de previa, el resultado de dichas elecciones modifica la coyuntura política al determinar el resultado de las generales que les siguen. Por lo tanto, si un candidato está en el oficialismo y tiene la obligación de gestionar el gobierno durante el periodo que va entre las primarias y las generales, ese candidato no puede perder las primarias y mucho menos puede ser apabullado en ellas. Si eso pasa y el que gobierna pierde o es arrollado por un candidato de la oposición, entonces deja de ser gobierno en ese mismo momento.

La explicación es de lo más sencillo que puede haber y guarda relación con el concepto de legitimidad, o más precisamente de ese tipo de legitimidad inherente a la voluntad popular expresada en las urnas que es la base del sistema dicho democrático de la modernidad industrial. Para fines prácticos, cuando un gobierno pierde las elecciones, debe entregarle el poder a los que la ganaron, puesto que la legitimidad para gobernar la han pasado a tener estos. Por más que se traten de primarias y esté claro que en ellas no se definen quienes van a ocupar los cargos electivos en el Estado, la certeza de que el resultado se va a confirmar en las generales pone al gobierno derrotado en las urnas en una situación irreversible de fin de ciclo en las que el poder se desplaza simbólicamente y los actores empiezan a gravitar en la órbita del ganador. Y eso, como veremos, tiene al menos dos resultados prácticos inmediatos. El primero es que se modifica la correlación de fuerzas y el segundo, como consecuencia del primero, es que se desintegran los acuerdos políticos que el gobierno derrotado en las urnas había establecido y sostenido para garantizar la llamada gobernabilidad.

Mauricio Macri y Miguel Ángel Pichetto, las caras de la fórmula derrotada y humillada en las PASO del último 11 de agosto. Pese a los pronósticos de una elección equilibrada —lo que en sí ya sería una derrota para un gobierno de un solo mandato, que debería obtener su reelección con facilidad— los 16 puntos de ventaja de Alberto Fernández terminaron con el gobierno de Macri y dejaron a Pichetto en una situación mínimamente curiosa, sin que quede del todo claro si cometió un error de cálculo o si se metió en Juntos por el Cambio con algún propósito hoy inconfesable. Solo el tiempo lo dirá.

La modificación súbita de la correlación de fuerzas se da cuando los sectores de la sociedad que hasta las primarias apoyaron al candidato perdedor empiezan a migrar hacia el otro bando. El movimiento es natural y responde a la lógica defensa de los intereses sectoriales. Pongamos por ejemplo abstracto una cámara de empresarios de un sector con cierto protagonismo en la economía nacional cuyos miembros tienen por objetivo central el defender sus intereses particulares de empresarios, el protagonismo de esa industria en la economía, etc. No es para nada complicado observar cómo ese sector le va a “soltar la mano” al candidato derrotado para pasarse lo más rápidamente posible al bando del candidato ganador en las primarias. Lo hace por oportunismo, es cierto, pero por un tipo de oportunismo que no es sino condición ineludible a cualquier actividad económica en el sistema capitalista con propiedad privada. Los que saben ser veloces y acomodarse junto a los ganadores antes que los demás tienen más probabilidades de ejercer alguna presión sobre el nuevo gobierno para asegurar sus intereses particulares. Los que no lo hacen, esto es, los que eligen “morir abrazados” junto al perdedor tienen grandes posibilidades de tener poca influencia sobre el nuevo gobierno y hasta de sufrir alguna represalia en el futuro. Así es cómo el poder económico interpreta la política en su acepción primera de lucha por el poder en el Estado y así tienden a portarse los propietarios en el sistema.

No es casualidad —ahora ya hablando de un ejemplo bastante concreto— que un joven y exitoso empresario como Marcos Galperín haya solicitado una reunión con Alberto Fernández a pocas horas de conocerse el resultado de las PASO. Galperín es el propietario de Mercado Libre, una multinacional que para el año 2017 tenía ingresos anuales del orden de 1.400 millones de dólares, pero eso no es lo más llamativo: Galperín había sido hasta la PASO del 11 de agosto uno de los apoyadores más fuertes de Mauricio Macri, habiendo participado activamente de su campaña a presidente en el año 2015 y luego ocupado un lugar destacado en la escena económica del gobierno de Macri. Así y todo, Galperín tardó tan solo 48 horas en solicitarle una reunión al candidato ganador Alberto Fernández, presentándose en sus oficinas para charlar. ¿Panquequeada? Sin dudas así lo califica el sentido común en el barrio, aunque en el mundo del negocio y del dinero en grande las cosas son un poco distintas. No existe ninguna panquequeada porque Marcos Galperín nunca fue en realidad de Mauricio Macri ni será, como se ve, de Alberto Fernández. Marcos Galperín siempre fue de Mercado Libre y necesariamente tiene que pararse del lado que mejor le convenga a esa empresa, que es la suya, o siempre de lado de la defensa de sus intereses particulares.

Marcos Galperín, titular de Mercado Libre y uno de los empresarios favoritos de Mauricio Macri que tardaron unas pocas horas en reacomodarse junto a los ganadores de las elecciones primarias del 11 de agosto.

Multiplíquese y reprodúzcase el ejemplo de Marcos Galperín a todos los demás sectores de la economía de un país y allí tendremos una parte de lo que cambia en la correlación de fuerzas. Los sectores dejan de decir y de hacer según lo que habían acordado con el candidato derrotado y pasan a hacer nuevos acuerdos con su rival, pues en el corto plazo ya lo ven encargado del poder político en el Estado. Claro que eso también ocurre entre los actores de la política, que tienden a abrazarse al ganador para no perder vigencia y dejan al perdedor solo con su núcleo duro, pero aquí todavía nos interesa mucho más el comportamiento de los actores económicos. ¿Por qué? Porque al modificar la correlación de fuerzas también trastocan la coyuntura del país, modificando la realidad. El resultado es que aun en la eventualidad de que el gobierno derrotado en las PASO tome la decisión de dar un giro de 180 grados en su política económica fracasada para recuperar los votos perdidos, lo más probable es que los sectores “panqueques” de la economía ya no respondan como solían responder antes de esas elecciones primarias y ese giro no pueda concretarse. Cuando el centro del poder se desplaza simbólicamente y allí van a gravitar los sectores del poder económico, estos sectores ya no cooperan con un gobierno al que consideran saliente y eso se traduce en más descontrol en la economía real, acelerando la caída del candidato perdedor en las PASO. En otras palabras, aunque el actual presidente Mauricio Macri intentara hacer en tres meses lo que no hizo en tres años y medio eso no sería posible, puesto que sin la cooperación de los distintos sectores de la economía ningún plan económico puede llevarse a cabo.

El Famoso Mago sin Dientes, extraño vocero de una derrota que se encontró solo en un bunker desolado y fue el único dispuesto a poner la cara por una fuerza política a la que incluso los militantes rentados eligieron abandonar.

Ahora sí, frente a la percepción de que la situación económica es irreversible al no haber cooperación por parte de los sectores de la economía —percepción que deriva de otra, la de la también irreversibilidad del resultado—, se desintegran los acuerdos políticos que el gobierno derrotado hasta allí había construido y mantenido para poder gobernar. Empieza el desbande de todos los que no pertenecen al llamado núcleo duro, con todos intentando reacomodarse en el escenario de cara al cambio de gobierno, que es inminente. Es interesante notar aquí que ese proceso de desbande y reacomodamiento de los infieles no siempre es visible para el público en general. Así, es probable que un partido como la Unión Cívica Radical nunca formalice su salida de la alianza que antes se llamó Cambiemos y hoy se hace llamar Juntos por el Cambio, aunque ciertamente en los subsuelos de la política muchos dirigentes radicales ya han desertado de las filas de Mauricio Macri y se han pasado a las de Alberto Fernández, convirtiéndose en enemigos peligrosísimos para la alianza del gobierno saliente al operar desde el interior de la fuerza para sabotearla. Si la Unión Cívica Radical entiende que es tarde para abrirse de Juntos por el Cambio y parece marchar al cementerio junto a sus socios formales del PRO y de la Coalición Cívica, lo más inteligente que puede hacer un radical para evitar ese destino es negociar “por debajo de la mesa” su deserción. Y eso representa un peligro doble para el bando perdedor, puesto que el desertor encubierto no solo no patea la pelota hacia delante, sino que además meterá todos los goles en contra que tenga que meter para cumplir los términos de su deserción y ser reacomodado en la nueva coyuntura.

Eso puede traducirse en sabotaje, filtración de información al bando enemigo, traiciones de las más variadas y mucho más. He ahí, en la práctica, la desintegración de los acuerdos políticos que el gobierno derrotado había establecido y venía sosteniendo para garantizar la gobernabilidad. Esos acuerdos tienen la apariencia de seguir vigentes, pero no funcionan en la práctica y tienden —que es lo peor— a funcionar en sentido opuesto.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ideológicamente alineado con Mauricio Macri. Bolsonaro es uno de los pocos en el mundo que parecen dispuestos a acompañar al derrotado más allá de las puertas del cementerio. Al conocer los resultados de las PASO, Bolsonaro optó por embestir contra Alberto Fernández, en una actitud inusual y poco diplomática para un primer mandatario. Al momento de cerrar esta edición, Bolsonaro adelantaba acuerdos sobre el comercio de automóviles con la Argentina para evitar tener que negociarlos con el próximo gobierno peronista. El infame Jair Bolsonaro es un tipo ideal de sobreideologizado.

Es por eso que un gobierno no puede perder elecciones y si las pierde, deja de ser gobierno en el mismo momento que las pierda. Mauricio Macri es hoy un expresidente en funciones y en la Argentina se da un verdadero impasse, donde el encargado del poder ejecutivo no tiene legitimidad para gobernar y camina todos los días por la cornisa, tratando únicamente de evitar que se lo destituya, mientras que el ganador de las elecciones no tiene legalmente ningún poder político para tomar decisiones y gobernar. Eso resulta en un país que está desgobernado y que no estalla del todo porque la oposición triunfante no quiere que estalle. Macri es por sí solo incapaz de sostener la estabilidad del país y no podría seguir en el gobierno un solo día sin la anuencia y el apoyo decidido del peronismo. El gobierno de Mauricio Macri se terminó de hecho a eso de las 10 de la noche del 11 de agosto pasado, cuando se conocieron los resultados parciales de las PASO y se supo que ventaja en favor del candidato opositor era mayor a los 15 puntos, un verdadero escándalo. Incluso los gobiernos más mediocres en todas partes han logrado su reelección con cierta facilidad, normalmente sin tener que afrontar un ballotage para confirmarse. La reelección es casi un hecho para todo aquel que haya gobernado sin cometer errores demasiado groseros, pero no para Mauricio Macri. Este bicho raro de la política que es un expresidente en funciones no solo está teniendo dificultades para conseguir aquello que se consigue habitualmente con facilidad, sino que lo está perdiendo de manera estrepitosa.

Macri ha logrado la hazaña de ser derrotado por paliza estando en el gobierno con el desgaste de un solo mandato y eso no es algo que ocurra todos los días. La obra de Mauricio Macri es tan espantosa que aun con todo el aparato mediático a su servicio y un poder judicial adicto y dedicado a perseguir a la oposición obtiene como resultado una derrota a manos de esa misma oposición por unos 16 puntos que tienden a ser más de 20 y quizá todavía más en octubre. Demasiado grande será el daño causado por Macri para que eso pase, pero la conciencia exacta de la dimensión de dicho daño solo la tendremos en el tiempo, cuando podamos abrir la caja negra de este desastre y evaluar con precisión lo que se ha destruido. Eso va a tardar mucho tiempo, quizá años y será cosa de los libros de Historia. Pero la profundidad de la derrota de un candidato que tenía todo el poder y todo el blindaje mediático y judicial no deja dudas: han puesto un país de sombrero y hasta el más despistado de los argentinos sabe que eso es así. Lo saben los que no votaron a Macri y también lo que sí lo votaron, los sobreideologizados movidos por el odio. A ellos también tendrá que rescatar el nuevo gobierno nacional-popular, aunque hayan optado por muerte y destrucción. Al fin y al cabo también son argentinos y tienen que salvarse. Están equivocados, pero van a encontrar la redención, como siempre, de la mano de aquellos que odian ideológica y hasta culturalmente. El peronismo no mira a quien cuando hace el bien y por eso siempre vuelve a rescatar la patria. Hoy una vez más.

Erico Valadares