Aunque en un principio apareció como una propuesta y una utopía, lo cierto es que con el paso de las semanas y la creciente participación de Alberto Fernández en medios de comunicación para explicar el proyecto de país que propone el Frente de Todos, esa idea que parecía lejana empieza a transformarse en posibilidad.

Y no es poco observar, con la felicidad que nos brindó el saber el 11 de agosto pasado que el pueblo le está diciendo que no al modelo de ajuste y hambre que nos impuso la oligarquía rancia y vendepatria que nos sigue gobernando, cómo es que esa invitación a terminar con las divisiones entre compatriotas se fue gestando. No comenzó ahora, sino que es parte de un proceso de aprendizaje compartido en el que todos, de una u otra manera, fuimos partícipes.

Pero el primer gran momento en que esto empezó a ponerse en discusión a gran escala, más allá de que desde hace mucho tiempo es una cuestión que a los peronistas nos desvela porque no podemos concebir al pueblo sin contemplar la unidad nacional, fue cuando Cristina, en su primer presentación de Sinceramente, habló de un “contrato social de responsabilidad ciudadana”. De aquel acuerdo del que hablaba Perón desde su primera presidencia y que fue el eje de todos sus gobiernos, porque persuadir y generar consensos es la parte fundamental del movimiento justicialista desde sus orígenes.

Fue entonces, cuando ella dijera aquellas palabras que luego se replicaran y discutieran en la más amplia gama de criterios, que comenzamos a conversar de manera masiva de qué estábamos empezando a hablar cuando pensábamos en una salida de este infierno. Y hablábamos de eso, del cierre de la grieta, de acabar de una vez y para siempre con la profundización de nuestras diferencias para empezar a construir en nuestras coincidencias. Porque “cerrar la grieta” no significa, y esto es importante que quede claro desde ahora y en adelante, que se termine con el diferente, que se anule lo distinto. De ninguna manera.

Lo que necesitamos es ponernos de acuerdo en que estando en permanente desacuerdo no llegamos nunca a ningún lugar. Que por causa de estar atendiendo los aspectos individuales que nos separan dejamos de lado los aspectos colectivos que nos abrigan y nos permiten convivir en paz y desarrollarnos en felicidad. Y es esa la esencia misma del peronismo, que no por nada es una doctrina profundamente humanista que pone la dignidad, la felicidad y la igualdad por encima de cualquier ambición individual que resulte en un perjuicio para el conjunto.

Entonces no estamos ante una novedad, sino ante la recuperación de la esencia misma del único movimiento de liberación permanente que existió y existe en la Argentina: en tanto nos unimos para alcanzar un fin común, que es la construcción de una Patria para todos, somos invencibles. Ya lo decía el “Bebe” Cooke: “Durante bastante tiempo, el prestigio de Perón evitó las colisiones, pero aunque podía absorber estas contradicciones, no las suprimía; algunas aparecieron a la luz en los momentos finales del régimen, otras después de la caída. El equilibrio era ya insostenible y el frente estaba desarticulado. Eso explica por qué el peronismo sigue siendo el hecho maldito de la política argentina: su cohesión y empuje es el de las clases que tienden a la destrucción del statu quo”.

Y la destrucción del statu quo es lo que estamos viendo suceder hoy, ante un nuevo despertar del pueblo trabajador: mientras los cipayos creían que podían someternos y comprar nuestras voluntades, salimos una vez más desde el barro en el que nos metieron para decirles que no, que nuestro futuro no está en venta y que nuestros sueños siguen vivos, esperando el momento y la oportunidad para hacerse realidad efectiva.

Ese es el tiempo que vivimos hoy: el de la renovación de la esperanza. Y no significa que no nos quede mucho por hacer, porque el acuerdo de convivencia comunitaria que nos estamos replanteando es apenas el puntapié inicial de una etapa distinta en la historia de nuestro país, porque como nunca antes tenemos la posibilidad de apoyarnos a la distancia y de construir, cada uno de nosotros, una forma de acompañar y abrazar a aquellos compatriotas que fueron también víctimas de una estafa que tardaremos en saldar, pero que sin duda alguna ya comenzamos a contener para que el desastre no sea aún mayor.

Porque estamos más vivos que nunca y de estos años de padecimiento y dificultades hemos aprendido, una vez más, que nuestras vidas pueden ser plenas y felices si tan sólo nos ponemos de acuerdo en que en esta tierra, lo más importante que existe es el pueblo. Y todavía falta un tramo hasta octubre, pero en tanto estemos atentos y con el corazón dispuesto, llegaremos a tiempo para cimentar el porvenir. Hacia allá vamos.

Marco Antonio Leiva
Identidad Peronista