En la primera entrega de la serie titulada Sociología del estaño para la construcción del nacionalismo popular, publicada en la edición de junio de esta Revista Hegemonía, decíamos entre las conclusiones que en estos primeros años del siglo XXI nos encontramos con un panorama similar al de la incipiente revolución burguesa en los albores del siglo XIX. La afirmación es fuerte, sin lugar a dudas, porque de cierto modo viene a reforzar la idea de que la historia se repite, quizá primero como una gran tragedia y luego como una miserable farsa. Cuando afirmamos en esta exposición que la introducción de la máquina a vapor destruyó un orden social y lo reemplazó por otro —con todo el descalabro que suele tener lugar en esos procesos de cambio de época— y que en los tiempos que corren pasa algo similar con la introducción de la informática, la inteligencia artificial y la robótica en la producción, estamos afirmando que habrá en esta coyuntura actual un escenario por lo menos muy parecido al de aquella coyuntura. Entonces estamos diciendo, en otras palabras, que el orden social actual tiene que estallar en mil pedazos más temprano que tarde y debe ser reemplazado por otro orden, pero que en el interín habrá mucho descontrol.

Pero el descontrol o el caos en una sociedad no son más que la incomprensión acerca del proceso por parte de los individuos que forman esa sociedad. Dicho de otro modo, si existiera entre las mayorías la conciencia de cómo camina la historia, lo más probable es que el tránsito entre un orden social y otro sería más rápido y menos febril. No es así, por cierto, y la incomprensión de la realidad es la constante en la historia de la humanidad. Y también lo es el descontrol cada vez que ocurre un cambio de época. He ahí una de las razones por las que el sentido común en todas partes suele asociar la idea de revolución con la de caos, aunque estrictamente hablando una revolución no es otra cosa que un cambio brusco de paradigma y eso no necesariamente debe ser caótico.

Caricatura alusiva a la película ‘Tiempos Modernos’, de Charles Chaplin, en la que se representa a un obrero industrial moderno siendo superado por un robot posindustrial y posmoderno. Esa sustitución del trabajo humano por el “trabajo” automatizado —que significará la destrucción del trabajo por definición— está en la base de tesis que sostenemos en este artículo por entregas y es el fundamento de la necesidad de un nuevo discurso sociológico para la construcción de un nacionalismo popular que preserve la existencia de las mayorías populares, que estamos a punto de quedar desfasadas por la máquina con inteligencia artificial.

Veíamos en entregas anteriores de esta serie que el cambio de paradigma que supuso el advenimiento de la modernidad industrial se expresó en una revolución, la revolución burguesa que solemos llamar equivocadamente por separado “revolución francesa” y “revolución industrial”. Y también veíamos que la transición entre el inicio de dicha revolución y su estabilización gracias al ordenamiento simbólico que brindó la sociología de los Augusto Comte y compañía fue un tránsito signado por el descontrol social en Europa occidental. Primero fue la revolución, luego el caos generalizado del tránsito desde un orden social superado hacia un orden social nuevo y, por fin, fue la estabilidad. Al atento lector que esté familiarizado con la obra del historiador británico Eric Hobsbawm le resultará muy fácil reconocer en esta descripción nuestra una síntesis muy apretada de aquel proceso. Entre la introducción o el perfeccionamiento de la máquina a vapor y la Guerra franco-prusiana finalizada en 1871 la burguesía revolucionaria tuvo primero que desplazar a la aristocracia del lugar de clase dominante (manipulando a los trabajadores para que lucharan por intereses de una clase que no era la suya), derrotar los sucesivos intentos de reacción aristocrática y luego derrotar también los ensayos de emancipación de la clase obrera que ella misma, la burguesía, había creado al industrializar el mundo con su máquina a vapor y había manipulado para hacer su revolución. La burguesía recién pudo estabilizar el sistema capitalista y consolidar su propia posición de clase dominante cuando logró al fin apagar todos esos focos de incendio. Entonces sí pudo reordenar el mundo en base a su cosmovisión burguesa y expandirse. Mientras eso no pasó, mientras la estabilidad del triunfo de la burguesía no llegó, lo que hubo fue un estado de caos permanente.

Ese estado caótico es, como veíamos, el tránsito propiamente dicho, es la idea que el sentido común hace de la “revolución” y no es comprendido —ni podría serlo, lógicamente— por sus contemporáneos. Solo muchas décadas después de finalizada la transición entre el orden social aristocrático y el orden burgués la humanidad fue del todo consciente de que ese periodo fue eso, un periodo transicional. La consciencia del proceso no suele existir durante el mismo proceso.

‘La libertad guiando al pueblo’, de Eugène Delacroix, es una representación artística de un clásico de todas las etapas de la revolución burguesa en Francia: las barricadas. Esta es la imagen de “revolución” que está instalada en el sentido común de las mayorías, una imagen de desorden y enfrentamientos armados en las calles. No obstante, una revolución es, por definición, un cambio brusco de paradigma y eso es lo que sucede en la actualidad con la introducción de las nuevas tecnologías en la producción. Hay una revolución en curso, aunque no se vean las barricadas y no se escuchen los tiros (por el momento).

Es justamente por esa razón que nuestra era todavía no tiene un nombre propio y se sigue llamando a partir de la era anterior. La posmodernidad —que es literalmente aquello que viene después de la modernidad— está en una etapa transicional. La posmodernidad es un proceso de tránsito del que solo vamos a tener plena conciencia cuando finalice y se consolide el cambio de época que viene propuesto en sus premisas, por lo que estamos sobre la marcha de algo no comprendemos del todo y tiende siempre a superar a sus actores en el proceso. Cuando eso pasa, los actores solemos aferrarnos a ideas de la época anterior para explicar precariamente el proceso mientras ocurre y dar algunas respuestas que sostengan la fe en lo que ya no es. Lógicamente, esas ideas ya están desfasadas al perecer junto a la época a la que pertenecen: durante la revolución burguesa en Occidente el relato político, que es el discurso sociológico en las categorías del presente análisis, estuvo plagado de ideas, figuras e imágenes pertenecientes a la época anterior, simplemente porque las propias aún no habían sido inventadas. Los mismísimos jacobinos inicialmente tuvieron que adoptar identidades de personajes típicos del Antiguo Régimen para presentarse en la lucha, no tenían todavía una ética y una estética propias consolidadas. Y lo mismo les pasó a los bolcheviques rusos a comienzos del siglo XX, que tuvieron que inspirarse en los jacobinos franceses para ir creando su propia identidad sobre la marcha. Sin ir mucho más lejos, el primer himno de la Rusia revolucionaria y de la flamante Unión Soviética fue una canción de lucha de los obreros franceses. La Internacional fue el himno de la URSS hasta 1944, cuando Stalin finalmente la reemplazó por un himno típicamente nacional, una oda patriótica a Rusia y al glorioso partido revolucionario de Lenin. No fue sino después del triunfo en la II Guerra Mundial —la Gran Guerra Patria, en el decir de los mismos rusos— que la revolución bolchevique pudo deshacerse del todo del ropaje que había tomado prestado de los jacobinos, lo que equivale a decir que fueron necesarias unas tres décadas de transición para que el pueblo-nación ruso entendiera su proceso y lograra construir un relato sobre sí mismo sin apelar a intertextos con relatos anteriores.

He ahí la lectura de lo simbólico con su utilidad para desentrañar lo que permanece oculto en la historia. Si no hacemos ese ejercicio, corremos el riesgo de pensar que los jacobinos de Francia, los bolcheviques de Rusia y todos los demás revolucionarios del mundo tenían todo claro desde el vamos, es decir, que siempre tuvieron conciencia de lo que hacían y así dirigían con lucidez el proceso transicional. El problema de creer que todo tiempo pasado fue mejor y que las generaciones anteriores tenían más conciencia de sí mismos que la generación actual es la desazón de descubrirse confundidos. Si pensamos que los jacobinos tenían un plan revolucionario bien claro y lo ejecutaron a la perfección, sin marchas y contramarchas, sin confusión y sin claudicaciones, entonces vamos a concluir que nuestra generación es una generación de ineptos que no sabe por dónde agarrar para llegar adonde cree que quiere llegar. Y no es así. Lo que nos pasa hoy en nuestro proceso de transición es la misma incomprensión sobre el proceso que tuvieron los jacobinos franceses y los bolcheviques rusos sobre los suyos. Si bien está claro en los documentos de la época que tanto los jacobinos como los bolcheviques tenían conciencia de que revolucionaban, puesto que ese es el fin último de toda política cuando se entiende como herramienta de transformación de la realidad de las mayorías, también está claro que no sabían muy bien qué resultados iban a obtener y mucho menos tenían mucha idea de la dimensión de lo que estaban haciendo. En una palabra, sabían que estaban transformando, pero no podían saber que estaban pasando una página de la historia universal e inaugurando una nueva era.

El esloveno Slavoj Žižek ha trabajado con mucho éxito la cuestión de la sobreideologización, utilizando por momentos la película ‘They live’ para ejemplificar. Para Žižek, la ideología es nuestro estado natural y es necesario “ponerse las gafas” —de acuerdo con la alegoría en ‘They live’— para ver la realidad tal como es. La tendencia del hombre es ideologizarse para evitar ver la realidad y así es cómo llegamos a la sobreideologización dirigida por los poderes cuyos intereses dependen de que eso sea así, de que las mayorías no vean la realidad para seguir el juego.

Cuando una generación toma prestado el ropaje simbólico de las generaciones anteriores para construir el futuro en la lucha política de su tiempo presente, ese ropaje incluye muchas premisas ideológicas de la época que está siendo superada en el proceso. En otras palabras, al no haber construido y consolidado un relato propio de la época que se inaugura con la revolución, los revolucionarios hacen el discurso sociológico del tránsito con las categorías de la época anterior. No puede ser de otra manera, puesto que toda construcción política necesita de un correlato que le dé cierta coherencia —porque de otro modo no convence a nadie y no llega a ser una construcción política— y las categorías nuevas para el nuevo relato del nuevo tiempo todavía no existen. Es necesario hacer el discurso con el que la política va a convocar a la transformación de la realidad, pero las categorías de ese discurso no pueden ser las categorías de lo que va a resultar de la transformación, pues esa transformación aún no está, es un proyecto. Las categorías van a ser necesariamente las de la época anterior, justo de la época que va a quedar superada por quienes construyen el discurso de la política en el presente.

Entonces es perfectamente natural que en plena revolución de la informática, de la robótica y de la inteligencia artificial las fuerzas políticas de las mayorías populares sigamos hablando de trabajo, de derechos laborales, de sindicatos, de industrialización, etc. Ya está claro que todas esas son categorías de la modernidad industrial que está a punto de quedar superada por la nueva era que se está inaugurando en este proceso, como veíamos en las entregas anteriores de esta exposición, pero al no tener todavía las categorías de lo que va a ser la realidad cuando concluya la transición, nos vemos obligados a construir nuestro discurso con un ropaje viejo y ya superado al momento de enunciarse. Vamos a seguir hablando en los términos de la época anterior y eso no es sino natural y, por lo tanto, ese no podría ser el problema que nos ocupa en este análisis. El problema real aparece cuando de tanto enunciar las premisas ideológicas del pasado terminamos creyendo que el proyecto es realizarlas en el futuro. Y eso no puede ser.

La sobreideologización

El problema de la constante enunciación de las categorías del pasado en la construcción del discurso político/sociológico del presente solo puede ser entonces el “enamorarse” de esas categorías a punto de creer que son actuales y además aplicables en el futuro. Ese “enamoramiento” del ropaje de prestado con el que se visten todos los revolucionarios mientras no tienen ropa propia es una de las formas de sobreideologización, uno de los peores escollos que tiene el nacionalismo popular hoy para terminar de ser lo que debe ser en la construcción de la sociedad del futuro, la sociedad posindustrial del “trabajo” automatizado y del “¿qué hacemos con toda esta gente desempleada?”.

Hay muchos ejemplos históricos de esa sobreideologización en todos los procesos de transición de época, en las revoluciones. Pero ya que estamos entre jacobinos y bolcheviques, no está de más seguir con uno de ellos para ejemplificar. Por caso, los bolcheviques fueron unos muchachos muy valientes que en Rusia llevaron a cabo en 1917 una revolución profundamente antimarxista, pero con Marx como bandera a la victoria. Ya lo explicaba Antonio Gramsci en La revolución contra El Capital, un texto publicado ese mismo año de 1917. Gramsci les recuerda a los maximalistas —que eran los sobreideologizados de aquel entonces— que Marx prescribía todo un desarrollo de la burguesía industrial como condición previa a la revolución socialista. Lo que Marx dice en su teoría es que el sujeto de la revolución socialista no es el campesino, sino el obrero de fábrica y para que ese obrero exista, es necesario que existan las fábricas en primer lugar. Y eso, en el siglo XIX de Marx, se obtenía con revolución burguesa, desplazamiento del lugar de clase dominante de la oligarquía e industrialización basada en el régimen de propiedad privada, es decir, en el capitalismo moderno e industrial. La revolución socialista de la teoría de Marx tenía que estallar en países como Alemania, Inglaterra o Francia, donde la industria ya estaba avanzada y ya había gran concentración de obreros en las ciudades. Esa concentración debería despertar la conciencia de clase en el trato cotidiano entre obreros sometidos por la burguesía y en posesión de dicha conciencia los obreros deberían organizarse, tomar los medios de producción y socializarlos. Eso es lo que Gramsci les dice a los maximalistas en su La revolución contra El Capital, que la revolución bolchevique no se había hecho contra el capital en minúsculas, sino contra todo lo teorizado por Marx en El Capital, su obra cumbre.

Pieza de propaganda ideológica de la revolución bolchevique, promocionando el reclutamiento de la juventud en el Ejército Rojo.

¿Por qué? Porque en Rusia no había habido hasta 1917 ningún desarrollo de la industria capitalista moderna ni existía ninguna burguesía como clase dominante para desplazar. Lo que había en Rusia cuando llegaron Lenin y sus bolcheviques era un régimen similar al que habían destruido los jacobinos en Francia unos 130 años antes: un régimen antiguo de monarquía absoluta encabezado por un Nicolás II que como zar era el homólogo de Luis XVI, el rey guillotinado de Francia. Entonces lo que lograron los bolcheviques en Rusia fue la tremenda hazaña de llevar a cabo en el siglo XX una revolución con el ropaje del siglo XIX, pero además en términos muy contradictorios con las categorías que ideológicamente sostenían. Hablando de guerra a la burguesía los bolcheviques atacaron a la oligarquía/aristocracia, la destruyeron y Rusia pasó sin escalas de un régimen dicho feudal a uno de tipo socialista. Precisamente lo que Marx decía que no había que hacer.

Lo más probable es que los bolcheviques no hayan tenido toda la conciencia de lo que hacían hasta que vieron el texto de Gramsci, un sardo que la miraba de lejos. El caso es que estaban sobreideologizados, profundamente “enamorados” del ropaje marxista decimonónico y no se detuvieron a mirar si en Rusia había o no desarrollo industrial y capitalista de una burguesía como clase dominante. Simplemente se organizaron y fueron al frente haciendo política hasta triunfar. Los resultados están a la vista: la revolución rusa devino primero en el fusilamiento del zar Nicolás II y su familia —atentos los bolcheviques al peligro de restauración, que había sido una constante en la historia de Francia entre 1815 y 1848—, en la reorganización de la sociedad en los llamados soviets y luego en constitución de la Unión Soviética, que fue la aplicación del proyecto político popular más grande de la historia de la humanidad.

Representación artística de las víctimas del Terror revolucionario en 1794 en la cárcel de San Lázaro de París, realizada por el pintor francés Charles-Louis Muller a mediados del siglo XIX. La obra está expuesta en el Museo del Louvre.

Eso fue lo que lograron los bolcheviques sobreideologizados en Rusia y es muchísimo, sin dudas. Pero eso no sería sin que la sobreideologización generara una infinidad de problemas al afrontar la realidad efectiva de gobernar el país más extenso del planeta. A poco de andar, ya en 1921, Lenin había entendido que no era posible desarrollar la economía socialista en sus comienzos sin la existencia de cierto grado de… ¡liberalismo! Pragmático como pocos conductores en la historia, Lenin ideó rápidamente la Nueva Política Económica (NEP), que consistía en permitir la reapertura de ciertas empresas privadas, quedando el Estado con el control del comercio exterior, las finanzas y los demás resortes de la economía (recursos naturales, transporte, energía, etc.). No le costará al atento lector ver en eso mucha similitud con lo que ocurre al día de hoy en un país como China, donde el capitalismo de Estado existe y está resultando en que los chinos sean la primera potencia económica a nivel mundial. Es solo una cuestión de pragmatismo para poder optar por las mejores alternativas en cada momento, pero el pragmatismo es enemigo del sobreideologizado, que es un dogmático por definición. Entonces Lenin tuvo buena cantidad de problemas para hacer pasar la NEP en el X Congreso del Partido Comunista, que estaba plagado justamente de comunistas sobreideologizados de marxismo. En la opinión de estos, la NEP era una concesión inaceptable a la burguesía. Léase bien: a la burguesía, clase que nunca había sido dominante en Rusia y que, por lo tanto, nunca había sido enemiga de los bolcheviques. Pero como el manual marxista hablaba del enemigo burgués, los sobreideologizados se la hicieron difícil a Lenin, que al final pudo imponerse pese a esa oposición.

No son necesarias más explicaciones para comprender que en Rusia (y luego en la Unión Soviética) lo que existió no fue un socialismo, sino un capitalismo de Estado entre 1921 y 1928, año en el que el Mariscal Stalin desactiva la NEP y empieza a implementar los planes quinquenales. El asunto es que durante los casi siete años de existencia de la NEP los revolucionarios rusos gastaron mucha energía discutiendo puertas adentro si la NEP era necesaria para resucitar la economía nacional o si era una “agachada”, como suelen decir los trotskistas de todos los tiempos. Y todo gracias a la sobreideologización de una gran cantidad de militantes, los que pululaban en las filas del Partido y seguían agarrados del marxismo del siglo XIX. ¿Qué hubiera pasado si todos tuvieran el pragmatismo de un Lenin, o por lo menos la organicidad necesaria para acatar estratégicamente las decisiones de la conducción en vez aferrarse al dogma?

Portada de la revista estadounidense Time retratando a Deng Xiaoping como la figura del año 1979 por su visión de una nueva China.

Otro tanto pasó en China desde Deng Xiaoping en adelante. Las reformas económicas implementadas por Deng resultaron en la escalada fenomenal de China hasta el puesto de primera potencia económica en la actualidad. Esas reformas fueron eso, el giro hacia un esquema de capitalismo de Estado bajo la dirección del Partido Comunista de China (PCCh), en el que el Estado permite la existencia de empresas privadas, pero se reserva el control de todos los sectores clave de la economía. Eso es un régimen nacional-popular a todas luces y es quizá lo más parecido al peronismo que puede haber en una cultura tan distinta como es la de China. Es un nacionalismo popular y es el secreto del éxito de los chinos: desde 1978, año en el que Deng Xiaoping asciende a la conducción del PCCh y empieza a implementar sus reformas, girando gradualmente de un modelo de economía planificada a uno de economía socialista de mercado (el “socialismo con características chinas”, una oda a lo nacional-popular), el PBI del país creció en promedio 9,5% al año y se ha multiplicado por 10 en estas últimas cuatro décadas. Sí, lo estamos leyendo bien. China ha crecido 10 veces en 40 años con las reformas de Deng Xiaoping, mientras que la pobreza se redujo de un 41% en 1978 a un 5% ya en el 2001. Todo eso gracias al pragmatismo de la conducción, la que supo ver que el camino no era quedarse agarrado del manualito de instrucciones, sino crear lo nuevo.

Claro que aquí se repite la historia del NEP rusa y la de todos los procesos en los que el pragmatismo político fue aplicado para gobernar. Deng Xiaoping enfrentó durante toda su vida la feroz oposición de la llamada Nueva Izquierda Maoísta, que cuestiona hasta los días de hoy las reformas económicas que hicieron de China una potencia en un esquema de nacionalismo popular, desplazando de hecho al marxismo dogmático de la conducción de los asuntos estratégicos de Estado. Al parecer los muchachos de la Nueva Izquierda Maoísta no están muy cerca de hacerse con la manija, como se dice, en China. Y mucho menos ahora que la conducción está en manos de un “duro” como Xi Jinping, el líder chino cuyas prioridades declaradas son reforzar la consolidación de las reformas económicas de Deng, mejorar la disciplina partidaria en el PCCh —un durísimo golpe a la sobreideologización “por izquierda” entre los cuadros del Partido— y continuar con el “socialismo con características chinas” bajo el lema “el pueblo es el dueño del país”. Más nacional-popular que eso en la actualidad no se consigue.

Los pragmáticos del mundo y la doctrina peronista

O quizá sí se consiga. Después de la desintegración de la Unión Soviética en 1991, Rusia asumió la totalidad de las deudas y del patrimonio de extinto Estado socialista. No obstante, con el ascenso de un notorio golpista como Boris Yeltsin empezaron las privatizaciones masivas de las formidables riquezas de Rusia y la implementación de un neoliberalismo salvaje que hizo declinar la moral y el bienestar del pueblo-nación ruso. Yeltsin remató prácticamente todo lo que había y también lo que no había, dejando a los rusos de rodillas frente al enemigo histórico occidental. Lo que ocurrió en Rusia entre 1991 y 1999 fue el intento de aplicar “de prepo” un proyecto político que nunca tuvo ningún arraigo en la cultura del país, lo que en sí es una forma bastante vil de sobreideologización, como veremos en este artículo a continuación. Sea como fuere, lo que el inefable Boris Yeltsin hizo en Rusia fue forzar la aplicación de políticas neoliberales sobre un país que en toda su larga historia jamás había estado ni cerca de conocer alguna forma de liberalismo. Dicen los rusos que Yeltsin era muy amigo del vodka y que por eso solía mandarse demasiadas macanas, pero el problema de Yeltsin nunca fue la bebida, sino la sobreideologización “por derecha”.

A instancias de las potencias occidentales y sobre todo de los halcones de Washington, Yeltsin llevó a cabo un vertiginoso plan de privatizaciones que resultó en la formación de una oligarquía cuyos privilegiados —oh, casualidad— habían sido en su casi totalidad cuadros del Partido mientras la Unión Soviética existió en el mapa. Así las gigantescas empresas estatales de lo que había sido una de las dos superpotencias mundiales fueron quedando en muy pocas manos, generando un fenómeno que en Rusia nunca había tenido lugar, ni siquiera durante la dinastía de tres siglos de los Romanov: elevadísimos índices de desigualdad social, donde unos pocos oligarcas se hacían multimillonarios de la noche a la mañana al apropiarse de lo público y privatizarlo, mientras la masa del pueblo ruso se hundía en la pobreza luchando en el sistema de libre mercado que ningún ruso nacido y educado en la URSS estaba culturalmente preparado para afrontar. La sobreideologización neoliberal de Yeltsin lo hizo, transformando un país donde nadie tenía mucho, pero tampoco nadie tenía hambre, en un rejunte de decenas de millones de miserables que hacían colas de varias cuadras con el objetivo de obtener algo de comida para pasar el día. La sobreideologización condujo a Yeltsin al error de imponer en un país un esquema que estaba en contradicción frontal con la cultura de ese país: Boris Yeltsin quiso hacer liberalismo sobre una cultura estatista.

Impresionante pieza de propaganda ideológica maoísta en China, en la que se presenta la revolución como una alianza de soldados, campesinos y, quizá, obreros, aunque estos prácticamente no existían en la China prerrevolucionaria.

Entonces eso no podía durar y, efectivamente, no duró. Cuando el dinero de las privatizaciones se agotó y todos vieron que el neoliberalismo era una fantasía ideológica, Yeltsin se retiró por la puerta chica y dio lugar al ascenso de Vladimir Putin, el líder indiscutido que comprendió la cultura del pueblo-nación ruso y es, por lo tanto, el verdadero caballo del comisario en todas las elecciones realizadas en Rusia en los últimos 20 años.

Putin no hizo otra cosa que destruir la sobreideologización “por derecha” de Yeltsin y poner las cosas en su lugar, o en el lugar que la mayoría de los rusos cree culturalmente que deben tener. Sin prisa, pero sin pausa, Putin revirtió las privatizaciones de la década de los años 1990, persiguió a los exmiembros del Partido Comunista que se habían corrompido en esas privatizaciones y se habían convertido en oligarcas gracias a ellas y recuperó el Estado ruso, primero en su rol de organizador de la economía y de la sociedad como un todo, y luego como potencia militar de nivel mundial puertas afuera. En una palabra, Putin barrió el neoliberalismo que Occidente había impuesto a través de Yeltsin, recuperó aquellas características esenciales de la Unión Soviética que estaban instaladas en el sentido común del pueblo-nación ruso como modelo de lo que debe ser un Estado, pero no restauró asimismo el socialismo soviético, como deseaban y siguen deseando los sobreideologizados “por izquierda”. Lo que Putin hizo —otra vez lo mismo, corroborando la hipótesis de nuestra exposición— fue desarrollar un capitalismo de Estado reservándose el control de los sectores clave de la economía. Ocurren entonces en Rusia cosas muy peculiares como el caso de la compañía de gas y petróleo Gazprom, que es una de las empresas más grandes del planeta con sus casi 500.000 empleos directos y ventas por más de 170.000 millones de dólares por año. Gazprom es técnicamente una empresa privada, aunque, fijémonos bien, está bajo el control del Estado ruso pues el petróleo y el gas son riquezas estratégicas del país y a Putin no le parece que eso tenga que estar en manos de privados. Eso es lo que decimos cuando hablamos de los sectores clave de la economía de un país, que en la opinión de las corporaciones occidentales deben privatizarse, pero permanecen en manos de los Estados nacionales allí donde lo nacional-popular existe y se aplica en su totalidad o casi.

Boris Yeltsin, el gran golpista que desbarató la Unión Soviética y el gran cipayo que introdujo en Rusia el neoliberalismo por encargo de las potencias occidentales.

A pesar de que por su extensión es el más grande la tierra, Rusia es un país relativamente mediano: su PBI es apenas superior al de países como España, Australia y México, e inferior a otros como Corea del Sur, Italia, Brasil y Canadá, ocupando un modesto 12º. puesto en la tabla. También es un país con muy escasa población, con sus menos de 150 millones de habitantes (el 9º. del mundo en población absoluta y uno de los últimos de la tabla, puesto 224º. de 244, con tan solo 9 habitantes por kilómetro cuadrado). Así y todo, con todas esas debilidades aparentes, Rusia es uno de los tres actores más importantes en la geopolítica a nivel global, es miembro del Consejo de Seguridad de la ONU con derecho a veto y es interlocutor en condiciones de igualdad tanto con los Estados Unidos como con China, dos países mucho más grandes e inmensamente más ricos.

¿Cómo es posible semejante fenómeno? Claro que la herencia de la Unión Soviética es decisiva, sobre todo en lo que se refiere a tecnología de tipo militar y armamento nuclear. Pero no conviene olvidar que también en los años 1990 los rusos tenían básicamente los mismos recursos y las mismas armas que tienen hoy y, no obstante, estaban relegados al lugar de país periférico. Con la conducción del neoliberal cipayo Boris Yeltsin los rusos perdieron su grandeza y luego la recuperaron con Putin desde 1999 hasta el presente. ¿Cómo?

Caricatura del líder y transformador ruso, Vladimir Putin.

Con la aplicación y el sostenimiento en el tiempo de un proyecto de país de tipo nacional-popular, donde la actividad económica privada está permitida, pero se permite que el privado interfiera en la economía nacional. No es otra cosa que ese equilibrio delicado entre los intereses particulares y el interés común que es lo característico de los modelos de tercera posición como el que propone el peronismo argentino en América Latina y llevan a cabo, de hecho, el peronismo ruso y el peronismo chino en Oriente. Al atento lector podrá resultarle algo risueña nuestra afirmación de que en países como China y Rusia existe el peronismo, pero eso será por una cuestión meramente formal. Cuando el argentino piensa en peronismo, piensa en algo muy específico de la cultura política argentina y no hay ningún error en ello, pues el peronismo en un sentido estricto es característico de la Argentina y hasta define la Argentina como la conocemos en la actualidad. Pero si pensamos en el peronismo ya en un sentido amplio, si lo pensamos como modelo de país de tercera posición con su delicado equilibrio entre lo público y lo privado que da como resultado una comunidad organizada en esos términos, entonces resulta fácil deducir que tanto Rusia como China —además de otros países en el mundo— vienen haciendo peronismo y con muy buenos resultados.

Aun transitando recorridos históricos diferentes, Rusia y China llegaron a la misma conclusión. Por distintas razones históricas, rusos y chinos llegaron a comprender que la supresión del individuo propuesta por el socialismo es tan dañina a mediano y largo plazo como la disolución del grupo que impone el liberalismo occidental en todas sus presentaciones. De un lado está el colectivismo total, que da como resultado un grupo fuerte, pero sin individualidades; del otro, el individualismo más brutal, donde la sociedad no existe y la vida es una constante lucha de todos contra todos. En el primer caso, que es el caso del socialismo, el proyecto empieza a hacer ruido cuando el individuo se percata de que no existe la realización personal y empieza a “hacer la plancha”, puesto que su accionar individual no altera de ninguna forma el horizonte. Y en el caso opuesto, que es el del liberalismo, la “carrera de ratas” por ganar más dinero y consumir más que los demás como único método para la realización personal termina por enloquecer a todos y por dejar al costado del camino a unos cuantos. Es el viejo equilibrio entre igualdad y libertad de los debates clásicos, un equilibro que el liberalismo rompe “por derecha” al suprimir la primera y el socialismo destruye “por izquierda” al cercenar la segunda. En ambos casos el resultado es el mismo: el agotamiento del modelo en sus propios términos y su disolución. Ambos modelos son, en resumen, inviables en el mediano y en el largo plazo.

Obrero en instalaciones de la empresa Gazprom en Rusia. Con casi medio millón de trabajadores empleados y ventas por más de 170.000 millones de dólares anuales, Gazprom es una de las empresas más grandes del planeta y está bajo el control del Estado Ruso.

Sin embargo, frente a toda esta descripción de las bondades de la tercera posición y de las debilidades del liberalismo y del socialismo, la pregunta del atento lector será inevitable: ¿Por qué es tan difícil, entonces, salirse de la hegemonía bipolar heredada de la modernidad industrial y realizar un proyecto de país de tipo nacional-popular, un peronismo de tercera posición? ¿Por qué cuesta tanto y les cuesta tanto incluso a países como Rusia y China, que no son occidentales y son culturalmente menos influenciables por Occidente que los de América Latina, por ejemplo, asumir que no son liberales ni socialistas?

Justamente porque estamos frente a una hegemonía mundial que se defiende a sí misma evitando el surgimiento de alternativas que vengan a desfasar tanto el polo ideológico “por derecha” como el polo ideológico “por izquierda”. Desde que en la Asamblea Nacional de Francia se sentaron los conservadores a la derecha y los progresistas a la izquierda, el liberalismo supo “escindirse” a sí mismo en dos polos aparentemente opuestos para copar toda la discusión y evitar que el debate se dé fuera de sus términos, que siempre son términos liberales “de derecha” o “de izquierda”. Siempre es la modernidad y siempre es el positivismo de un lado y del otro de la “grieta” artificialmente generada para que todos tengamos que caer necesariamente el alguno de los dos extremos propuestos. No saldremos de ahí hasta que la introducción de una nueva tecnología cambie el mundo de cuajo y la hegemonía liberal moderna haga crisis, hasta que el liberalismo conservador “por derecha” y el liberalismo progresista “por izquierda” no puedan dar respuestas a la anomalías crecientes y revolución haga cambiar bruscamente el paradigma instalado por dos siglos y medio. No saldremos de ahí, decíamos, hasta que todo eso ocurra. El asunto es que ya está ocurriendo.

La guerra a la sobreideologización

Lo que está ocurriendo es el ocaso de la modernidad industrial que dio al mundo el ordenamiento espacial de la política en polos de “de derecha” y “de izquierda”, por lo que esa forma de ordenar simbólicamente el mundo también está quedando desfasada. Las corporaciones se autonomizan y llegan tener más poder que los Estados nacionales, llegan a tener la capacidad inaudita de modificar la realidad social prácticamente en cualquier parte de manera unilateral. Y con el advenimiento de la informática, de la robótica y de la inteligencia artificial, esas corporaciones han alcanzado además el nivel de desarrollo tecnológico necesario para enviar al descarte a gran parte de la población mundial haciendo desaparecer el trabajo por definición, esto es, automatizando la producción a punto tal que ya no serán necesarios brazos y cerebros humanos para que funcione ningún sector de la economía. Eso es lo que se explica en detalle en las entregas anteriores de esta exposición y no es necesario redundar, pero sí decir lo siguiente: si durante toda la modernidad industrial los polos hegemónicos de la política mundial fueron la derecha y la izquierda, el mundo posindustrial tendrá otros polos. Uno de esos polos serán las corporaciones, el capital multinacional que mueve por los mercados financieros con mucha desenvoltura y no necesita localizarse en ninguna parte para hacer muy buenos negocios.

Bien mirada la cosa, las corporaciones son la reedición de la aristocracia preindustrial y premoderna, pero sin coronas ni títulos de nobleza. Y si recordamos bien, al hacer la revolución que desplazó a la aristocracia coronada del título y del abolengo del lugar de clase dominante, la burguesía revolucionaria le opuso a esa aristocracia una alternativa muy poderosa: el Estado nacional moderno. Véase bien que antes del ordenamiento espacial de la política de izquierda a derecha hubo otra forma de ordenar y de entender la política. Los revolucionarios llamaron al pueblo, convocaron al pueblo-nación para luchar contra la aristocracia y fundar un Estado nacional moderno. Pueblo, nación, Estado, de una parte; aristocracia o corporaciones, de otra. Pueblo o corporaciones, ni más ni menos, recreándose en la historia para ocupar los polos de la lucha por el poder tras el agotamiento del sistema que había desfasado a ambos como actores protagonistas. He ahí cómo la humanidad dio una vuelta de 250 años para caer en el mismo lugar, donde otra vez el pueblo en su conjunto —por encima de opiniones “de derecha” o “de izquierda”, que ya no tienen objeto— debe volver a unirse para luchar contra una minoría muy privilegiada que detenta todos los privilegios y amenaza, ahora sí, con destruir al pueblo para consolidar su reinado sobre el planeta entero.

Los peronistas del mundo entero siempre lo supimos y ahí están en países como Rusia y China diciendo claramente que la lucha no es entre izquierdas y derechas sobreideologizadas, sino entre los pueblos-nación y las corporaciones sin patria y sin fe que proponen reemplazarnos a los más por robots y despoblar el mundo a la máxima brevedad posible. Los peronistas del mundo venimos con la doctrina a realizar la comunidad organizada del pueblo-nación bajo la protección de los Estados nacionales. Y venimos con eso para luchar contra las corporaciones por ver quién va a definir los contenidos del nuevo orden social resultante de la revolución tecnológica en el siglo XXI. ¿Triunfaremos las mayorías e impondremos una solución alternativa a la destrucción del trabajo? ¿O triunfarán las minorías e iremos nosotros al descarte para que el mundo sea despoblado de aquí al siglo XXII?

La modernidad industrial está superada, pero la hegemonía liberal que resulta de esa modernidad es renuente y se resiste en caer. En todas partes va quedando claro que la discusión no es entre izquierdas y derechas, pero los sobreideologizados, en su profundo enamoramiento por el ropaje que toman de prestado del pasado, insisten en atacar “por derecha” y “por izquierda” a los proyectos de país de tipo nacional-popular allí donde esos proyectos tratan de hacer pie para la lucha final contra las corporaciones. En China le pasa a Xi Jinping con la oposición “por izquierda” de la Nueva Izquierda Maoísta y “por derecha” con los intentos de subversión del orden nacionalista por parte de los cipayos nostálgicos del colonialismo británico que ahora hablan de autonomía en Hong Kong. Otro tanto pasa en Rusia, donde Vladimir Putin tiene a los nostálgicos de la Unión Soviética exigiendo su restauración “por izquierda” y a los “activistas” de movimientos dichos feministas como Femen y ecologistas como Greenpeace “por derecha”, montados sobre ingentes dineros aportados por las corporaciones para llevar a cabo sus protestas y agitación. Putin y Xi se ven corridos “por izquierda” y “por derecha” al mismo tiempo en sus intentos por sostener sus proyectos de país de tipo nacional-popular, de tercera posición. Es la reacción de la hegemonía liberal que se resiste en darse por vencida y en dar paso a lo nuevo. Son los últimos manotazos de un ahogado que no puede salvarse.

El magnate húngaro George Soros. Con su Open Society como instrumento, Soros financia una enorme variedad de movidas de sobreideologización en el mundo con el objetivo de dividir a los pueblos-nación por opinión, desestabilizar a los gobiernos y, finalmente, debilitar a los Estados para destruirlos.

Esos manotazos “por derecha” y “por izquierda”, lejos de ser alguna señal de alarma para lo nacional-popular en Rusia y en China son la propia confirmación de que ambos proyectos están en el camino correcto. Un peronista sabe que está en lo cierto cuando al decir o al hacer lo que fuere recibe críticas “por derecha” y “por izquierda” a la vez. Si eso no sucede, es señal de que el peronista se está equivocando y se está corriendo desde la tercera posición hacia uno de los polos hegemónicos de la política liberal. Si hace o dice algo y recibe ataques solo “por derecha”, es porque se está acercando demasiado al liberalismo progresista; en cambio, si por su acciones o dichos es criticado solo “por izquierda”, es porque se acerca peligrosamente al liberalismo conservador. No falla, nunca falla: si al peronismo no lo corren “por derecha” y “por izquierda”, entonces ya dejó de ser doctrina peronista de tercera posición y pasó a ser una sobreideologización en alguno de los dos polos ideológicos de la modernidad industrial superada. Y como Putin y Xi son tildados de “antidemocráticos”, de “fascistas” y de “autoritarios” por ambos polos de hegemonía que está quebrada, están ubicados correctamente en la tercera posición, son nacionalistas populares de lo nacional-popular y son, en una palabra, un par de buenos peronistas.

El liberalismo caduco de la modernidad industrial igualmente superada va a intentar frenar y trabar mientras pueda el desarrollo de lo nacional-popular en el mundo. Y lo hará mediante la sobreideologización de sectores minoritarios, pero muy ruidosos, de la sociedad. La hegemonía de la era que ya terminó va seguir financiando en países como la Argentina verdaderas sectas trotskistas, por un lado, y “libertarias”, por el otro, para que algunos jóvenes se corran hacia esos extremos “por izquierda” y “por derecha”. Agentes del globalismo corporativo —el que pretende destruir los Estados nacionales para pavimentarles el camino a las corporaciones— como George Soros y su Open Society van a seguir invirtiendo mucho dinero en causas particulares disociadas de los intereses comunes de los pueblos, como aquellos relacionados con la moral sexual y religiosa, con los hábitos alimentarios, con reformas delirantes en el lenguaje y con la ecología, para usarlos como instrumento de sobreideologización y con eso correr “por izquierda” y “por derecha” al nuevo ciclo de proyecto nacional-popular que deberá iniciarse el próximo 10 de diciembre con el triunfo del peronismo en las elecciones de octubre. Las corporaciones saben que el peronismo argentino tiende a reconocer como sus homólogos a los peronismos de otras naciones como China y Rusia y tiende, por supuesto, a apoyarse mutuamente con esos proyectos de tercera posición para luchar contra el globalismo de las corporaciones y defender a sus pueblos-nación. Entonces la hegemonía liberal superada que se resiste en darse por vencida va a activar todos los mecanismos de sobreideologización que tenga a su alcance para atacar “por derecha” y “por izquierda” al proyecto político que sostiene la inutilidad de la discusión en esos términos e invita a la unión de los pueblos para la lucha contra las corporaciones apátridas del dios dinero.

Eso pasa y va a seguir pasando gracias a la incomprensión de las mayorías acerca del proceso de transición que estamos —valga la redundancia— transitando y sus contenidos. La Argentina, al igual que Rusia, China y otros, está justo en la encrucijada que definirá el camino que va a tomar. ¿Será bastión de lo nacional-popular en defensa del pueblo-nación y contra los intentos de suprimirlo mediante la supresión del trabajo? ¿O será globalista en los términos que las corporaciones imponen para facilitarse a sí mismas la destrucción de la comunidad e ir despoblando el mundo por acá primero? Rusia y China ya dijeron claramente que no van a pactar el exterminio de sus pueblos al reemplazarse el trabajo humano por el de los robots. ¿Qué haremos los argentinos frente al desafío?

CFK, durante su exposición en el Foro del Pensamiento Crítico de CLACSO, que fue el punto de inflexión en el 2018 para bajar el nivel de sobreideologización entre la militancia, que era altísimo. Gran parte del triunfo de los pueblos en las elecciones de este año en Argentina se debe a ese gesto de CFK y lo analizaremos en profundidad en la próxima entrega de esta serie.

Todo eso está por definirse en los próximos años, que serán de intensa lucha los proyectos de tipo nacional-popular y la sobreideologización “por derecha” y por “izquierda”. Esta es, como dicen en ciertos ámbitos, una noticia en desarrollo. Y al serlo, necesita que sigamos construyendo el discurso sociológico del nacionalismo popular para que la política pueda ejecutar la doctrina de los pueblos, que es la doctrina peronista. Entonces eso es lo que veremos en la próxima entrega de Sociología del estaño para la construcción del nacionalismo popular, en la que analizaremos en detalle los contenidos específicos de lo nacional-popular, de la tercera posición y, en una palabra, del peronismo como doctrina universal. Veremos qué cosa es la comunidad organizada como alternativa superadora a la “aldea global” con gobierno mundial de las corporaciones que el liberalismo propone “por derecha” y a la comuna y al soviet que propone “por izquierda”. Lo que vamos a ver en la próxima entrega de esta serie es cómo se realiza el nacionalismo popular para salvar la patria de cara a un futuro que ya está aquí.

Erico Valadares