Si bien es una película que muchos han criticado por considerarla “anticristiana”, entre algunas otras críticas que pueden encontrarse acerca de ella, lo cierto es que Ágora (España, 2009. 126min.) sintetiza en pocas historias lo que implica el comportamiento humano en comunidad y cómo, a pesar de algunos avances, no hemos cambiado demasiado nunca, sólo amplificamos la lupa sobre algunas cosas que nos pueden ayudar a resolver el dilema.

La historia que cuenta Alejandro Amenábar transcurre en Alejandría, entre el 391 y el 415 d.C., y gira en torno a Hypatia (la hermosa Rachel Weisz), pero no se limita a ser una reseña histórica sobre la figura de ella sino que, a la vez que la retrata de manera humana y palpable, cuenta el contexto y sus divergencias a lo largo del tiempo, comenzando por las clases que la filósofa, matemática y astrónoma —entre otras virtudes— dictaba en aquella ciudad y finalizando en su muerte, con todo lo que eso contempla.

Existen algunos detalles históricos que no son exactos y también hay elementos mágicos pero que ayudan a contar la historia desde una multiplicidad de miradas, porque lo que ella era quedó registrado por algunas cartas de la época y registros laterales, sin embargo en este largometraje se logra dimensionar la relevancia que tuvo su existencia y que sigue teniendo, porque desde aquel entonces no hemos cambiado demasiado. Y eso es lo que hace que esta película sea tan actual, tan coyuntural.

La grieta permanente, que al comenzar el relato está en la tensión entre los romanos, con un imperio en caída, y los cristianos, recientemente declarados religión oficial, no deja de existir salvo por periodos de estabilidad en los que la comunidad avanza y se desarrolla. Del caos primigenio con la crucifixión de Jesús como punto de referencia para un tiempo en que el enemigo era el cristiano, hasta la llegada de esta incorporación unos 300 años más tarde, lo que enmarca es el avance imparable (como lo anuncian los títulos al comienzo) del cristianismo. Por todas partes había comenzado un nuevo despertar de la humanidad, un nuevo paradigma para interpretar la existencia que se enfrentaba a un pensar filosófico al que cuestionaba, una estructura anterior que ahora estaba siendo observada desde cerca.

En un primer enfrentamiento de los mundos, un cristiano que luego será guía de una de las historias, desafía a los romanos dentro del ágora donde antes se les había prohibido la entrada y desde donde se los había mandado a perseguir y matar. Allí, en ese contexto y con un brasero ceremonial para el dios Serapis, que era una deidad sincrética greco-egipcia a la que Ptolomeo I declaró patrón de Alejandría y dios oficial de Egipto y Grecia con el propósito de vincular culturalmente a los dos pueblos, Amonio (un monje parabolano que predica la palabra de Jesús) apuesta a que puede caminar sobre el fuego sin quemarse porque Dios lo protege. Y luego de pasar por encima de las brasas ardientes, apenas un poco de ropa tiene alguna chispa.

A partir de ahí y en adelante, la tensión entre cristianos y la aristocracia alejandrina se hace tan insoportable que se visibiliza, por primera vez en la película, cómo emergen los movimientos de masas: se forman en las sombras, mientras piensan cómo superar la adversidad. Y de repente articulan un nuevo paradigma que les permite sentirse fuertes para demandar liberación. El cristianismo como el peronismo, entonces, aparecen ahí representados en un mismo clamor cual 17 de octubre, con el pueblo saliendo a reclamar que se lo escuche y se lo atienda, con una ciudad de Alejandría que ya no soportaba la opresión de quienes se creían los únicos dueños y virtuosos del lugar.

El ciclo de revueltas y caos se repite, pero siempre está Hypatia como eje de todas las tensiones, como en una representación fractal de lo que sucede en su vida y el reflejo de lo que acontecía en su comunidad. A medida que los dilemas que ella enfrentaba con su diario vivir, siendo mujer de clase alta en tiempos de desprecio hacia lo femenino desde algunas concepciones filosóficas, los intervalos entre orden y desorden podríamos reflejarlos hasta hoy y seguiría teniendo coherencia interna la película, ya que a medida que hemos avanzado como humanidad nos hemos enfrentado a contrapuntos infinitos y así estamos hoy, con un mundo que se disputa un nuevo reparto de la hegemonía global y un país que está diciendo que quiere salir del infierno en el que la estafa de unos pocos nos metió.

Y siempre aparece la opresión y la búsqueda por la liberación como factor común: allá, primero entre cristianos y romanos, luego entre cristianos y judíos y luego con una ramificación del cristianismo radicalizado (que es la que se expresa en la historia) ante el resto de la comunidad que se oponía a la imposición de este nuevo paradigma. En todo tiempo y lugar, la lucha revolucionaria no se da sólo por una nueva idea, sino por la plena convicción de que esa nueva idea nos puede acercar a un mundo más justo. Esa es la pulsión con la que se retrata al cristianismo: en la figura de Davo, el esclavo de Hypatia que, además, aparece como absoluto enamorado y contrapunto creado para ofrecer una mirada más amorosa y humana de nuestra protagonista, el sentir cristiano que retoma el peronismo en tanto es una doctrina que imparte valores humanistas y de amor y compasión, de fraternidad y hermandad, de justicia y solidaridad.

El elemento que tuerce los caminos, entonces, es el rencor generado por la opresión: mientras que el impulso de concebir al mundo de una manera más amorosa existe, la provocación de quien quiere seguir apoderándose de la libertad de las mayorías se hace tan insoportable que el pueblo sale a defenderse en cuanto la provocación pasa a ataque. Y es lo que nos sucedió en las urnas el pasado agosto cuando en las PASO la mitad de los que salimos le dijimos basta a los que nos vinieron a torturar. Y luego tiene que venir un tiempo de ordenamiento y avance, porque así son los ciclos y Ágora habla de eso, de los ciclos.

Los ciclos estelares, los ciclos emocionales, los ciclos amorosos y los ciclos del odio. Todos ellos atravesados por una idea superadora que no logra realizarse salvo por una ocasión: el perdón. En cada una de las historias que se cuentan en las 2 horas de largometraje, sólo una persona es capaz de perdonar y es Hypatia, a quien luego nadie puede perdonar. Y el planteo filosófico que hace de trasfondo a todo el recuento histórico tiene que ver con ese aspecto, el del amor, la misericordia, el perdón y el aprendizaje del error. Todo esto se resume en la doctrina peronista, que es la que nos sirve de contención en los tiempos que vivimos porque emerge, al igual que el cristianismo, de la voluntad de un hombre de transformar la realidad para el conjunto.

Hoy, luego de haber sufrido tanto, de haber perdido tanto, la gran ganancia que tenemos es que podemos dar un nuevo salto de fe hacia una instancia posterior del nosotros, en la que pensarnos para realmente ser mejores de lo que fuimos tenga que ver con el porvenir y no con la satisfacción personal de haber creído que encontramos una verdad. Porque esa verdad, en tanto no sea realidad efectiva, no es verdad alguna. Y de eso se trata también Ágora: el pensar en cómo debería ser el mundo sin importar la voluntad de los demás de que eso suceda, sin generar consensos a través de la persuasión, sólo puede terminar en caos. Y de ese caos, cuando una luz está encendida en el camino, el amor por la libertad nos puede ayudar a salir y dar un paso al frente.

En ese tiempo estamos, en el que pensarnos impera para construir el futuro que nos merecemos. Por eso y por fotografía, iluminación, música, efectos especiales y Rachel Weisz, Revista Hegemonía le da 5 estrellas a esta producción que invita a la reflexión, que es el camino hacia el porvenir.

Romina Rocha