A las seis de la tarde del último domingo 27 de octubre, Radio Mitre ponía al aire su informativo de cada media hora. Con voz solemne y tremendista a la vez, Héctor Tricinello y Marcelo Elorza —la dupla histórica de operadores mediáticos radiales del Grupo Clarín— anunciaban que Alberto Fernández era el nuevo presidente de la Argentina y que había ganado por una diferencia superior a la obtenida sobre Mauricio Macri en las primarias del 11 de agosto. Elorza y Tricinello también anunciaban sobre el cierre de los centros de votación que Axel Kicillof superaba a María Eugenia Vidal y era el nuevo gobernador electo de la provincia de Buenos Aires. Todo eso, como se ve, a las seis de la tarde en punto, mientras en muchos colegios había gente aún votando y faltaba muchísimo hasta que empezaran a aparecer los primeros resultados oficiales.

Esos resultados saldrían horas después y no confirmarían del todo la “noticia” dada por Radio Mitre a las seis de la tarde. Es cierto que Axel Kicillof resultó electo gobernador de la provincia más importante del país y que Alberto Fernández terminó imponiéndose sobre Mauricio Macri, pero no por una diferencia superior a la verificada en las PASO ni mucho menos. En realidad, contados casi todos los porotos (con el 97,13% de las mesas escrutadas a nivel nacional al momento de escribir estas líneas), el Frente de Todos con Alberto Fernández ganaba las elecciones presidenciales por el 48,1%, contra el 40,3% de Mauricio Macri en Juntos por el Cambio. Una diferencia de casi 8 puntos, muy inferior a la que el Frente de Todos había logrado para arrasar en las PASO.

Claro que Tricinello, Elorza, Radio Mitre y tampoco el Grupo Clarín recibirán ningún castigo por la mentira irresponsable de anunciar resultados que nadie conocía en ese momento y que además no eran ciertos. No se trata de eso, puesto que en la Argentina cualquiera dice cualquier cosa y existe total impunidad para hacerlo. Pero subsiste la pregunta, la que no quiere callar: si Radio Mitre es un medio que opera sus intereses incluso cuando “informa” el estado del clima y del tránsito, lo hace hasta en las notas deportivas, ¿por qué habría de anunciar un resultado irreal y encima favorable a una fuerza política que es enemiga de sus intereses? ¿Qué ganaba Radio Mitre al “informar” que Fernández había obtenido sobre Macri una ventaja superior a la que realmente obtuvo?

Marcelo Elorza y Héctor Tricinello: dos caras pocos conocidas, pero voces que han adiestrado y siguen adiestrando a cientos de miles de oyentes todos los días en Radio Mitre en la sobreideologización del odio y el resentimiento social.

Arturo Jauretche solía decir que si al despertarse por la mañana tenía dudas respecto a cómo opinar sobre cierto asunto, abría el Diario La Nación, se fijaba en cómo opinaban sus columnistas y se paraba del lado diametralmente opuesto a esa opinión. Para Jauretche y para cualquier argentino informado, es una obviedad ululante la de que el Diario La Nación opera mediáticamente los intereses de la oligarquía terrateniente y que nunca imprime una sola letra que no les sea conveniente a esos intereses. Lo mismo ocurre en los días de hoy con los medios del Grupo Clarín, entre los que está Radio Mitre como una de las naves insignia. Entonces el enigma sigue y hasta aquí no sabemos por qué Radio Mitre mintió respecto al resultado de las elecciones dando por ganador al candidato opositor con más votos de los que realmente tuvo, pero de algo nadie puede dudar: si en Radio Mitre dijeron eso es porque eso les interesaba al Grupo Clarín y a las clases sociales cuyos intereses el Grupo Clarín opera. En una palabra, si dijeron que Alberto ganaba “por muerte”, es porque el enemigo de los pueblos quería que eso fuera cierto.

Pero no fue cierto y la diferencia quedó nomás en 8 puntos, con casi 9 de cada 10 votos yendo a las fórmulas de Juntos por el Cambio o del Frente de Todos. Hay fuertes sospechas sobre el resultado —que es bastante extraño y contradice una tendencia que era clara—, aunque no parecería haber nadie importante de una parte o de otra cuestionando los números. La cosa parece encaminarse a quedar en el 48/40 anunciado, salvo que en el escrutinio definitivo aparezca otra cosa. No obstante, más allá de lo que pueda especularse sobre eso, lo cierto es que el deseo no realizado de los operadores del Grupo Clarín era de que Fernández arrollara a Macri por más de 15 puntos de ventaja y es necesario comprender por qué, puesto que el candidato de Clarín en estas elecciones no era precisamente Fernández, sino Macri.

Para empezar a desentrañar esto que parecería ser un enigma, puede ser de utilidad hacer un ejercicio de abstracción y pensar qué pudo haber pasado el lunes posterior a las elecciones si los resultados hubieran arrojado, por ejemplo, un triunfo del Frente de Todos por unos 15 ó 20 puntos de ventaja sobre Juntos por el Cambio. Si proyectamos sobre ese lunes el escenario del lunes 12 de agosto, que fue el día posterior a las PASO, podemos fácilmente imaginar a un Macri fuera de control, “detonando” la economía del país en cuestión de horas para castigar al pueblo que no lo votó y para dejarle tierra arrasada a su sucesor. Y en esa destrucción no es difícil ver el caos prendiendo en las calles y la situación absolutamente fuera de control. Es muy probable que, de haber perdido por mucho, Macri habría hecho eso.

¿Por qué? Porque Macri es un pirómano y lo que normalmente mueve al pirómano a patear el tablero e incendiarlo todo es la derrota que lo excluye del juego. Por el contrario, lo que disuade al pirómano de serlo es el triunfo o, por lo menos, la derrota que lo mantiene en el juego y le permite proyectar/soñar con futuros triunfos. Si Macri perdía por gran diferencia en las elecciones generales y se retiraba humillado de ellas, lo que iba a quedar en evidencia es que su capital político se había esfumado y eso necesariamente iba a resultar en su desplazamiento del lugar de jefe del Partido Gorila, que hará la oposición a nivel nacional a partir de la asunción de Alberto Fernández como presidente de la Nación, presumiblemente el próximo 10 de diciembre.

María Eugenia Vidal y sus secuaces, derrotados en la provincia de Buenos Aires —ahora sí— por una paliza de alrededor de 14 puntos. Axel Kicillof no tuvo miramientos en barrer al Partido Gorila y hacerse con la gobernación de la provincia.

Nuestro sistema político y el de muchos otros países tiene la particularidad de que entre las elecciones y el cambio formal de mando suele mediar un tiempo razonable, no asume el gobierno inmediatamente el que gana las elecciones. En nuestro caso actual, hay un periodo de 44 días entre el 27 de octubre de las elecciones y el 10 de diciembre de la asunción del gobierno electo. Por eso, de no renunciar, morir o quedar inhabilitado en el interín, Macri va a tener la llamada botonera durante esos 44 días. Macri va a seguir gobernando la Argentina durante un mes y medio a pesar de haber perdido las elecciones y eso es legal. Por lo tanto, al menos técnicamente, todas las decisiones que tome Macri en esos 44 días van a ser legítimas, o por lo menos legales.

Macri tiene la responsabilidad de gobernar hasta el mediodía del 10 de diciembre y puede hacerlo de dos maneras: bien o mal. Si lo hace bien y no descontrola la economía más de lo que ya está descontrolada, Alberto Fernández asumirá el gobierno de un país en pésimo estado, pero recuperable; si lo hace mal, puede que no lleguemos al 10 de diciembre, que no haya transición ordenada y que cunda el caos. Ahora bien, esta última alternativa no es compatible con alguien que quiere seguir teniendo aspiraciones políticas y mucho menos con el que pretende seguir siendo jefe de un espacio relevante como es y siempre fue el Partido Gorila, tenga la denominación formal que tenga. Si la “detona” toda y se va de Casa Rosada como se fue Fernando de la Rúa en diciembre del 2001, Macri será lo que suele llamarse un “cadáver político”. Al igual que De la Rúa, por supuesto.

Entonces es fácil concluir que el Grupo Clarín, al anunciar que Alberto Fernández había triunfado por una diferencia suficiente para descontrolar Macri e inspirarlo a la destrucción, quería que se instale el caos en la Argentina, quería que Macri fuera borrado del escenario político o bien quería ambas cosas. No hay otra forma de interpretar eso, puesto que detrás de cada “noticia” en los medios del Grupo Clarín está la operación de los intereses del poder real. Si Clarín anunció un resultado que “mataba” a Macri y lo impulsaba a destruir el país, es porque Clarín quería a Macri políticamente muerto y al país destruido.

Lo que quiere cada uno

En un mundo ideal, donde cada cosa se corresponde con la idea que se hace de esa cosa, el deseo de la oposición política siempre es el de destruir lo antes posible al enemigo. Por lógica, en ese mundo ideal un opositor aprovecharía la primera oportunidad para realizar ese deseo. Pero la realidad fáctica —la realidad efectiva— está muy lejos de ese mundo ideal y existe de hecho una serie inmensa de otras relaciones en el tablero que muchas veces no vemos o no tenemos en cuenta. Una de ellas es el ver quién se beneficia directa o indirectamente de cada hecho.

Por descarte y siguiendo el método que Jauretche aplicaba con el Diario La Nación de su época, no resulta difícil concluir que si el Grupo Clarín quiere un Macri derrotado por paliza, muerto políticamente y destrozando el país a primera hora del día posterior a las elecciones, entonces los enemigos del Grupo Clarín no pueden querer lo mismo. Es ciertamente muy raro decirlo, es extraño concluir que al Frente de Todos y al peronismo en general les interesa que un auténtico gorila como Macri pierda por poco, esté emocionalmente contenido y llegue sano y salvo al 10 de diciembre, pero es así.

¿Por qué? Por todo lo dicho hasta aquí: Macri no va a entregar la botonera antes del 10 de diciembre y si lo hace, es porque ha dejado malherido al país antes de irse. Si Macri no controla y conduce la Argentina estable hasta la transición formal o el cambio de mando, Alberto Fernández va a asumir el gobierno habiendo ganado las elecciones, sí, pero probablemente en medio a una crisis realmente infernal que no sería buena para él y mucho menos para el pueblo argentino.

Entonces ahora el poder fáctico quiere helicóptero para Macri y caos total para el pueblo, pero Alberto Fernández quiere paz y orden en la transición para asumir con normalidad el gobierno de un país al que tendrá que reparar. El poder fáctico ya perdió las elecciones y únicamente puede querer complicarle lo más posible la existencia al presidente electo, he ahí la solución al enigma de Elorza y Tricinello anunciando en Radio Mitre unos resultados que finalmente no fueron: ellos deseaban esos resultados para incendiar el país, destruir a un Macri que ya no les sirve e inviabilizar el próximo gobierno para condicionar de entrada a Alberto Fernández. Ni más ni menos.

Fernando de la Rúa no supo, no pudo o no quiso transitar la tormenta, ordenó la represión e instaló el caos social antes de renunciar y por eso fue un cadáver político durante todo el resto de su vida.

La prueba de ello es que Alberto Fernández y el peronismo unido en el Frente de Todos tuvieron la posibilidad de “fletar” a Macri el mismo lunes posterior a las PASO y no lo hicieron. Si al peronismo le hubiera convenido —digámoslo de manera bien coloquial— el gato muerto, lo hubiera matado ya el 12 de agosto por la mañana, dándole el golpe de gracia ahí nomás llamando al pueblo destituir a Macri. Pero no, el peronismo llamó entonces a la calma, a la prudencia, y no al gaticidio.

¿Por qué? Porque, como decía Voltaire, lo perfecto es enemigo de lo bueno. Para cualquier militante de la causa de los pueblos lo perfecto y lo soñado hubiera sido la destrucción total del jefe del Partido Gorila. Pero hay varios problemas: en primer lugar, esa destrucción no se iba a limitar solo a Macri, sino que se iba a extender a todo el país, puesto que Macri antes de subirse al helicóptero se iba a asegurar de dejar tierra arrasada y eso, como se sabe, se traduce en profundo sufrimiento para el pueblo. Además, al no poder terminar su mandato de acuerdo a lo que marca la ley, Macri perpetuaría el mito de que el peronismo no permite gobernar a otros y los destituye a la primera de cambio, como se dice. ¿Por qué darles a los gorilas otra vez esa excusa ridícula por donde se la mire, si se podía desalojarlos con todas las de la ley ganándoles las elecciones y asumiendo en tiempo y forma?

Pero no termina ahí. Debemos también preguntarnos si nos conviene como peronistas realmente que Macri sea de aquí en más un cadáver político y pase la posta de la conducción del Partido Gorila a otro. Bien mirada la cosa, existe el peligro de que el sucesor de Macri sea un referente mucho más capaz que el propio Macri, lo que en sí no es cosa muy difícil de conseguir. Llámese Lousteau o el mismo Espert, cualquier dirigente gorila es más inteligente, capaz y está más limpio que Macri. Nada puede convenirle más al peronismo en el gobierno que una oposición conducida por el responsable de la debacle económica y ese es Macri, el que además tiene aversión al trabajo y está muy complicado con varias decenas de causas judiciales. La única verdad es la realidad y la realidad es que, en la política como en otros órdenes de la vida, es preciso elegir bien a los amigos, pero mucho mejor a los enemigos.

Entonces llegamos a esta situación un tanto delirante en la que los poderes fácticos quieren descartar a Macri y nosotros lo queremos cuidar para que llegue sano y salvo al 10 de diciembre y se constituya luego en jefe de la oposición. Una situación que nadie más allá de los cuatro o cinco individuos sentados en la mesa chica de la política hubiera podido anticipar hace tan solo algunos meses. Y sin embargo es así, por aquello de las relaciones que están en el tablero y que muchas veces no vemos o no tenemos en cuenta, simplemente porque no tenemos toda la información necesaria para hacerlo.

¿Perdimos o ganamos?

El humor entre la militancia de los pueblos el lunes después de las elecciones del 27 de octubre estaba raro. Pese a que el peronismo ganó las elecciones tanto a nivel nacional como en la provincia más importante del país, no todos festejaban y algunos incluso se mostraban algo irritados, quizá por considerar que la magnitud del triunfo no era suficiente, quizá porque se perdió en distritos clave donde no había que perder o quizá por todo eso y algo más. Lo cierto es que hubo festejos, claro que sí, aunque fueron mucho más moderados de lo que se puede pensar.

Aquí lo que hay es una incomprensión de lo que el peronismo acaba de lograr. Y es mucho: sin la necesidad de volcarse a la calle en enfrentamientos mortales con la policía y los militares, sin tener que lamentar un solo muerto y casi sin despeinarse, la fuerza política de los pueblos desalojó por el voto al presidente y a la gobernadora de la provincia más importante del país tras un solo mandato de estos. Cuatro años y afuera, cosa sin precedentes. En la Argentina los mandatos del poder ejecutivo son de cuatro años —hasta la promulgación de la Constitución de 1994 eran de seis, sin posibilidad de reelección— y se da por descontado que la reelección es un hecho. Entonces lo más lógico este año era un triunfo cómodo del presidente Macri y de la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, pero eso no ocurrió y ahí está la hazaña. Desde el llano, el peronismo volteó lo que parecía involteable y puso punto final a un gobierno del Partido Gorila.

Sin ir mucho más lejos, tenemos apenas cruzando la Cordillera de los Andes el ejemplo radicalmente opuesto. Volcados a las calles y lamentando buena cantidad de muertos y desaparecidos, los chilenos no logran destituir a Sebastián Piñera. La lucha es feroz y Piñera resiste, atornillado como nunca al sillón. Todo chileno sabe que, de llegar Piñera indemne a las elecciones del 2021, lo más probable es que el magnate se haga suceder por un “opositor” no alternativo, esto es, por uno que sostenga el modelo de país de exclusión de las mayorías en Chile. Los chilenos no tienen hoy alternativa política, no tienen proyecto político para cambiar su realidad. Lo que los chilenos no tienen es peronismo y están, en consecuencia, frente a la posibilidad de ser gobernados para siempre por su versión local del Partido Gorila universal.

Triste panorama que nos hace replantear la cuestión sobre si los pueblos perdimos o ganamos las elecciones del domingo. Está muy claro que ese fue un triunfo rutilante y con tintes épicos del pueblo argentino en su conjunto: aun en medio al descalabro económico, el argentino acudió a las urnas con total paz y orden y decidió darse un gobierno propio, cosa que los chilenos y muchos otros no pueden hacer por no contar con un proyecto político alternativo como el peronismo.

Perdimos, es verdad, en algunos municipios muy importantes de la provincia de Buenos Aires en los que existía la posibilidad clara de victoria. Son escandalosos los casos de La Plata, Tres de Febrero y Lanús, tres municipios que combinados suman una población de alrededor de un millón y medio de habitantes y en los que el resultado de las PASO había arrojado la victoria del peronismo. Pero también estamos lamentando la derrota en Mar del Plata, Dolores y Bahía Blanca, entre otros, donde existía la posibilidad real de un triunfo que finalmente no llegó. Claro que eso acentúa el sabor agridulce de un triunfo electoral en el que parecería estar faltando algo.

Florencia Saintout, derrotada contra todo pronóstico. La Plata es quizá la ciudad importante de todas las que perdió el peronismo y aquí la suma de los candidatos en la interna habría sido suficiente para obtener el triunfo, pero esa suma no sumó. ¿Por qué?

Cada uno de esos municipios es un escenario particular y sería difícil analizar uno a uno en estas líneas para comprender qué pasó ahí. Lo cierto es que en todos ellos ocurrió aquello que se venía anunciando y que, por otra parte, era previsible: el famoso corte de boleta. Con Macri y Vidal hundiéndose en las PASO, los candidatos de Juntos por el Cambio en esos distritos optaron por municipalizar la discusión y por despegarse de la imagen de la gobernadora y el presidente caídos en desgracia. Tuvieron éxito, como se ve, sencillamente porque podían hacerlo. Al ser parte de una fuerza política cuya identidad ideológica parece muy difusa —aunque es muy concreta, objetivamente gorila—, les resultaba fácil a los candidatos de Juntos por el Cambio negar a sus referentes a nivel nacional y provincial y llamar abiertamente al corte de boleta. Esa es una ventaja que el Partido Gorila tiene sobre el Partido Nacional, que es el peronismo: los peronistas no pueden, no saben y no quieren jamás llamar al corte de boleta en ninguna parte. A ningún candidato peronista se le ocurriría negar públicamente a Cristina Fernández, por ejemplo, aun en la derrota más estrepitosa. El peronista no niega ni se despega de su conductor, el gorila no tiene problemas en hacerlo si lo hace para salvar las papas del fuego y no perder un territorio.

Entonces el triunfo del peronismo y del pueblo argentino —al que el peronismo representa cabalmente en la política— es claro y es una verdadera hazaña a la vista de las circunstancias en las que se dio. Es una victoria tan clara como la necesidad de desplegar una estrategia poselectoral para asegurar la transición más o menos ordenada, evitar el estallido y el caos social. En el extremo, nuestros talibanes expresan insatisfacción por la no destrucción total y absoluta del enemigo, al que deseaban ver humillado, de rodillas y en fuga. Pero esos talibanes son una minoría y jamás representan la opinión doctrinaria del peronismo, según la que las prioridades están ordenadas con la patria primero, el movimiento después y finalmente los hombres. El peronismo representa los intereses del pueblo-nación argentino y jamás va a optar por satisfacer los deseos de la parcialidad si esos deseos entraran en contradicción con los intereses de la mayoría del pueblo. Si la conducción peronista comprendió que la destrucción total y absoluta de Macri iba a resultar en un profundo sufrimiento para el pueblo y en una amenaza a la estabilidad del próximo gobierno nacional-popular, la conducción hizo lo que tenía que hacer para evitar ese sufrimiento y esa inestabilidad. Está en cada uno de nosotros comprenderlo o lanzarse a la búsqueda del martirio en la lucha, contrariando la verdad peronista Nº. 11, la que reza lo siguiente: “El peronismo anhela la unidad nacional y no la lucha. Desea héroes, pero no mártires.” Está en cada uno de nosotros abrazar verdaderamente la doctrina peronista y hacerle caso a Perón, o hacerse llamar “peronista” mientras se hace cualquier otra cosa que nada tiene que ver con esa doctrina. Está en cada uno de nosotros parafrasear al “Che” Guevara, aunque adaptándolo ligeramente: “El peronismo no se lleva en la boca para vivir de él, se lleva en el corazón para cuidar al pueblo con él”.

Está en cada uno de nosotros y el que fuere buen peronista que elija, porque las cosas aquí están bastante claras incluso para el que no las quiere ver. No hay lugar para aventureros en la nueva Argentina que empezó el domingo a eso de las 10 de la noche.


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