Cuando el atentísimo lector mira hacia el cielo y ve la luna, tiene la impresión o la idea de que está mirando hacia arriba y de que, en consecuencia, la luna está en un plano superior al suyo propio. Eso se ve así y, no obstante, hasta donde lo sabe la ciencia, en el universo no existe tal cosa como “arriba” y “abajo”, lo que constituye una verdad científica relativa que está lejos de habitar en nuestro sentido común.

El sentido común, como solía explicar Antonio Gramsci, se forma con elementos de la ciencia y del folklore o la superstición y nadie realmente está pensando en el cotidiano si la luna está arriba o abajo respecto a nosotros, los que la miramos. Y aunque podría objetarse que para mirar la luna uno debe levantar la cabeza y eso es mirar hacia arriba objetivamente, se demuestra fácilmente que eso tampoco es cierto: si usted, atento lector, se acuesta en el suave pasto en una noche despejada, verá fácilmente la luna sin la necesidad de levantar la cabeza, esto es, sin tener que mirar hacia arriba en relación a su propio cuerpo. Ni hablar de aquellos con el físico lo suficientemente aventajado como para mirar el cielo haciendo la llamada vertical, lo que es en sí bastante difícil de hacer para los que ya estamos un poco entrados en años. Pero si usted lo hace y haciendo la vertical mira la luna, resulta que lo hará mirando, desde su propio punto de vista, hacia abajo.

Otro tanto ocurre con la cartografía, con los mapas que aprendemos desde pequeños en la escuela. Hemos sido educados para comprender que el norte está arriba y el sur está abajo, gracias a la enorme difusión que los del norte —primero los europeos y luego los norteamericanos, cuya cultura occidental es hegemónica desde que el mundo es mundo— le han dado a la proyección de Mercator, una de las formas de proyectar el globo en un plano ordenando el mundo de un modo vertical con ellos allá arriba y nosotros acá abajo.

Entonces en la distorsión de Mercator Francia está arriba y la Argentina está abajo, que es como nos han enseñado desde siempre. El problema es que eso no sería cierto ni siquiera si tomáramos como referencia la misma tierra: si uno viajara desde el punto más alto de Argentina, que es el Cerro Aconcagua, hasta el punto más alto de Europa occidental, que es el famoso Mont Blanc, la verdad es que no haría otra cosa que bajar más o menos unos dos mil metros. Hay incluso lugares habitados en América del Sur más altos que la cima del Mont Blanc, como La Rinconada, en Perú. ¿Entonces por qué? ¿Por qué Europa está arriba y nosotros los americanos estamos abajo?

Porque alguien en algún momento determinó que eso es así. Lo mismo pasa en la política, la que solemos comprender mediante ordenamientos espaciales determinados por alguien.

Todos nosotros tenemos muy instalada la idea de una especie de “arco” que va de derecha a izquierda, idea que usamos para ubicar simbólicamente (y ordenar de la misma forma) las fuerzas políticas en pugna. Ese es un ordenamiento espacial horizontal y allí vamos colocando según la valoración ideológica a cada partido, agrupación e individuo en la izquierda, en el centro y en la derecha, o en lugares que se quieren aún más precisos como la “centroizquierda”, la “extrema derecha”, la “ultraizquierda”, etc. Lo hacemos siempre dentro de los límites de ese ordenamiento espacial que va de izquierda a derecha en sentido de lectura. Lo que nunca hacemos es preguntarnos de dónde viene ese ordenamiento ni por qué lo utilizamos.

Nunca nos lo preguntamos porque esas categorías se han hecho muy fuertes luego de haber sido instaladas por más de 200 años en nuestras conciencias. Pero nada de eso baja del cielo ni se trata de un ordenamiento natural, sino que tiene fecha y lugar precisos de nacimiento. Y también tiene un por qué.

El mapamundi “dado vuelta”, en su traducción literal del inglés. Esta es una movida de unos australianos que empezaron a preguntarse por qué a ellos los ponían abajo, ya que Australia tiene el mismo problema que nosotros, ese de estar al sur. Pero no hay nada “dado vuelta” acá, porque eso sería reconocer que de la otra forma está “al derecho”.

A mediados del 1789 y a poco de andar la Revolución burguesa de Francia —la que solemos llamar vulgarmente “revolución francesa”—, se reunieron diputados de todo el país para decidir qué hacer con aquello que venía bastante sangriento y se iba a poner aún mucho más. Esos diputados, naturalmente, eran los representantes de las fuerzas políticas existentes en el momento y esas fuerzas eran básicamente tres: los monárquicos, que querían restaurar la monarquía de los borbones; los moderados, que eran más bien pocos y eran los famosos ni fa ni fu, muy poquitos en esa época de grieta; y los republicanos, burgueses nacionales que querían instalar una república en Francia.

Como es de suponerse porque aquello era una revolución, los ánimos estaban caldeados y entre monárquicos y republicanos no se podían ni ver. Francia estaba en llamas en un proceso recién iniciado que unos cuatro años más tarde iba a resultar en guillotina para el rey Luis XVI, luego para María Antonieta y para la aristocracia monárquica en general. Entonces estaba todo mal desde el vamos entre los burgueses revolucionarios que querían la república y los aristócratas reaccionarios que querían la monarquía, y si se los sentaba juntos lado a lado en el mismo recinto había grandes posibilidades que al presidente de la flamante Asamblea Nacional Constituyente se le pudriera el rancho en trifulcas mortales.

Entonces a los ingeniosos franceses se les ocurrió sentarlos a los diputados de distintas orientaciones políticas con cada bando en un extremo de la sala. Los burgueses revolucionarios fueron ubicados a la izquierda y a los aristócratas reaccionarios se los sentó a la derecha. Y como básicamente todas las categorías que el mundo moderno utiliza para representar la política tienen su origen en esa “revolución francesa”, a partir de allí la izquierda en todos los países pasó a simbolizar la revolución o el cambio del statu quo, mientras que la derecha empezó a ser símbolo de la reacción o del mantenimiento del statu quo.

Claro que el tiempo pasó, los burgueses finalmente derrotaron todos los intentos de restauración monárquica durante el posterior siglo XIX y destruyeron la clase aristocrática que había sido la clase dominante en Francia, estabilizaron la república y triunfó su revolución. Entonces la burguesía pasó a ser la clase dominante, el sistema capitalista de los burgueses prosperó con sendas revoluciones industriales y los burgueses, véase bien, ya no se podían sentar a la izquierda del parlamento, puesto que ese lugar había quedado simbólicamente reservado a los que querían cambio en el statu quo y la burguesía ya no quería ninguno. Los burgueses ya habían triunfado y basta de revolución.

Ese lugar, el lugar de la izquierda revolucionaria, empezó a ser ocupado por una nueva fuerza política que en 1789 no existía más que como un apéndice de la burguesía: el proletariado, o bien todos aquellos que no eran aristócratas, clero ni burguesía. En una palabra, por la inmensa mayoría del pueblo francés que son los que trabajan para comer. Después de la publicación del Manifiesto Comunista, en el que Marx formaliza la contradicción entre burgueses y proletarios —recordemos que los sectores medios que llamamos hoy “clase media” aun estaban lejos de existir—, los socialistas empezaron a levantar la liebre: los burgueses habían utilizado a los trabajadores “sans-cullote” para hacer una revolución por la igualdad, fraternidad y la libertad, pero no hicieron otra cosa que tomar el lugar de la aristocracia como clase dominante para hacer lo mismo que hacía la aristocracia antes de la revolución, a saberlo, explotar el trabajo ajeno, pero ahora reemplazando la servidumbre por salario.

Entonces la burguesía pasó a la derecha conservadora y toda la masa de trabajadores pasó —por lo menos en teoría, porque del dicho a la representación hay un trecho— a la izquierda que se ocupaba ahora por los rojos. He ahí toda la configuración de la política en el mundo por lo que quedaba del siglo XIX, durante todo el siglo XX y hasta nuestros días, ya que seguimos usando ese ordenamiento ahora mismo, a 230 años de la caída de una Bastilla que bastante lejos estaba de acá.

La parte que nos toca (o no nos toca)

Entonces aquí estamos, en América Latina y en pleno siglo XXI, ordenando nuestra política con categorías que hemos importado de Francia hace más de dos siglos, categorías que ya resultan obsoletas incluso para los propios franceses. Las mal llamadas “izquierda” y “derecha” ya no sirven para representar una contradicción que se asemeja mucho más a la contradicción premoderna anterior a la “revolución francesa”, que era entre la monarquía y el pueblo a secas.

Claro que hoy no existe la monarquía con poder en el Estado más que en reliquias del catálogo histórico como Arabia Saudita y alguno que otro rezagado más. La clase aristocrática ha sido barrida del mapa por la burguesía revolucionaria y hoy ya no corta ni pincha en ninguna parte, esa no es la cuestión. El tema es que hoy existe otro tipo de monarquía: la de los ricos del mundo y sus corporaciones trasnacionales, que no usan corona ni ostentan títulos nobiliarios formales, pero reinan absolutos sobre el mundo entero con mano de hierro. Se sabe que el 1% de la población concentra hoy la mitad de la riqueza mundial, quedando el resto para ser repartido entre el 99% restante, nosotros mismos. Los informes de Oxfam Internacional sobre este asunto son escalofriantes, pero sirven para que el atento lector se dé una idea de la existencia de una monarquía absoluta en pleno siglo XXI y mucho más poderosa aún que aquellas modestas monarquías territoriales que fueron derrotadas por los revolucionarios de Francia.

La contradicción principal que en los albores de la modernidad industrial fue “monarquía o pueblo”, pasó a ser “burgueses o proletarios” y se caracterizó siempre como “derecha, centro e izquierda” vuelve a sus orígenes y se va a llamar “corporaciones o pueblos”, donde las corporaciones son el instrumento de los ricos del mundo para concentrar la riqueza y constituir una verdadera monarquía sin corona a nivel planetario. Y es mucho peor que el monarca coronado, como se ve, cuya mano de hierro pesaba solo dentro de los límites de un territorio definido. Las corporaciones del 1% más rico del planeta son imperiales en el sentido de transnacionales, es decir, no reinan solo en Francia o en Inglaterra, sino en el mundo entero.

El resultado es que el ordenamiento espacial horizontal que va de izquierda a derecha no solo ha quedado obsoleto, sino que además es nocivo al impedir la comprensión de lo que está en juego realmente en los tiempos que corren. La política de hoy se ordena de manera vertical entre los de arriba —que están muy, pero muy arriba y no como la luna, sino de un modo objetivo— y los de abajo, sin importar en absoluto la ideología que tengamos cada uno de nosotros. La lucha política de hoy es absolutamente pragmática y no ideológica: hay un puñado de seres humanos que están acaparando toda la riqueza del mundo y con eso están llevando el hambre y la miseria a la enorme mayoría de la humanidad. ¿Quién podrá sostener ideológicamente esta situación?

He ahí el problema que el 1% más rico del mundo ya detectó: su posición es ideológicamente insostenible, no puede existir ningún debate sobre esa cuestión porque nadie será capaz de argumentar políticamente para sostener este statu quo. No es posible debatir eso porque eso se cae y entonces hay que debatir otra cosa. Acá está el humo de seguir hablando de “derecha” e “izquierda” en este siglo XXI de la monarquía absoluta de las corporaciones trasnacionales, cuando claramente es necesario empezar a hablar de los de arriba y de los de abajo.

Espectacular perspectiva artística —obra de Charles Monnet— de la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 4 de agosto de 1789, en la que se ven a los muchachos de uno y otro bando separados para evitar, digamos, disturbios. La obra está expuesta permanentemente en el Museo de la Revolución, ubicado en Vizille, un pueblo en las inmediaciones de Grenoble.

Ejemplos prosaicos de esta locura que estamos transitando los hay a calderadas, como diría Jauretche. Y lo nacional-popular —que en Argentina se llama peronismo— es quizá el menos prosaico que tenemos para empezar a explicar. Resulta que el peronismo es la fuerza política de los pueblos en su lucha frente a las corporaciones y, por lo tanto, no se coloca ideológicamente ni en la “derecha” ni en la “izquierda”. El peronismo entendió desde el vamos que la contradicción va a ser entre los pueblos-nación y las corporaciones sin pueblo ni nación, apátridas, en una palabra. Lo comprendió ya a mediados del siglo XX, nótese bien, cuando la contradicción simbólica entre “izquierda” y “derecha” aun era absolutamente hegemónica y casi nadie se animaba a discutirla. Perón ya sabía que liberalismo y socialismo no eran más que una interna de las corporaciones para distraer de la verdadera lucha y lo expresó claramente en su doctrina. La genialidad de Perón fue el haber hablado de la sinarquía internacional mientras nuestra oligarquía cipaya y funcional al imperialismo se batía con obreros que no había, porque nuestro país no estaba industrializado, y la mal llamada “izquierda” hablaba de una burguesía que tampoco existía, por el mismo motivo. Mientras “por derecha” como “por izquierda” se vendía humo al por mayor, Perón fue preciso, identificó el problema real y lo empezó a combatir sin más preámbulos.

¿Y qué pasó? Pues lo obvio ululante: asustadas por la denuncia a su interna ficticia, las corporaciones se olvidaron del liberalismo y del socialismo, mandaron a sentarse la “derecha” y la “izquierda” en la mesa de Spruille Braden y ordenaron la formación de la Unión Democrática, un rejunte de gorilas “por derecha” y “por izquierda” con sede en la embajada de los Estados Unidos. En otras palabras, cuando las papas quemaron porque alguien se animó a sacarse los pies del plato hegemónico, las corporaciones suspendieron a las apuradas su falso debate entre liberalismo y socialismo, entre “derecha” e “izquierda”, y ordenó que fueran todos los supuestos enemigos entre sí a aunar fuerzas contra el atrevido General “populista” en la embajada yanqui.

Perón y el peronismo supieron aquello que las corporaciones no quieren que se sepa: ya no hay “izquierda” ni “derecha”, la contradicción entre socialismo y liberalismo es una falsa contradicción porque en ambos ganan siempre las corporaciones sin importar el color de la bandera del que esté gobernando con el poder en el Estado. La verdadera contradicción es entre pueblos-nación y corporaciones, donde los primeros quieren la soberanía política, la independencia económica y la justicia social para que las corporaciones pierdan y los pueblos ganen. Entonces el ordenamiento espacial de nuestro tiempo no es un ordenamiento horizontal de “izquierda” a “derecha” a la usanza de la burguesía revolucionaria de Francia. Ese ordenamiento está siendo utilizado por gente que no es burguesa ni proletaria —que es oligarca en todos los sentidos, que es de la clase que había sido derrotada por los burgueses— para hacer una restauración monárquica sin corona y sin que ningún monarca ponga la cara. El ordenamiento de nuestro tiempo es el mismo que inspiró a los burgueses revolucionarios del siglo XVIII, es un ordenamiento vertical en el que arriba está el 1% aristocrático y abajo estamos los plebeyos del 99%. Y nada más que eso. Aquí no hay nadie que sea “de derecha” ni “de izquierda”. Aquí lo único que hay son los de arriba y los de abajo.

El mejor truco del diablo, decía un hijo de la revolución como Charles Baudelaire, es hacerle creer al mundo que él mismo, el diablo, no existe. ¿Por qué hace eso? Para que nadie se ponga a confrontarlo, para que luchen entre hermanos e iguales y que nada cambie jamás. El diablo quiere mantenerse invisible para que no podamos verlo y combatirlo, y la mejor manera que tiene de hacer eso es llenando el mundo de hologramas de diablo para que los estemos persiguiendo los que tendríamos que estar haciendo justicia con el diablo real. Nos dice el diablo que es “de derecha” el que por ejemplo va a misa y tiene sus creencias y que es “de izquierda” el ateo anticlerical; nos dice por todos los medios y todos los días que es “de derecha” el que tiene una determinada moral y que es “de izquierda” el que tiene la moral opuesta. Pero la verdad es que sin importar nada de eso somos todos de abajo y mientras nos destrozamos entre subalternos por esas cuestiones que no le llenan la panza a ningún pibe en el barrio, el diablo sigue allí, sigue siendo el 1% más rico del universo y sigue concentrando más y más riqueza rumbo a la destrucción de los pueblos-nación y de la humanidad entera.

Solo nos queda preguntar hasta cuándo vamos a seguir viendo en horizontal lo que es escandalosamente vertical, o hasta cuándo vamos a permitir que el diablo siga haciendo su mejor truco. ¿Hasta cuándo vamos a hablar en términos de “izquierdas” y “derechas” que ya no existen hace por lo menos un siglo para no tener que hablar de que los de arriba están destruyendo el mundo con su codicia? ¿Hasta cuándo importar categorías que no son ni nunca fueron nuestras para jugar a la fantasía y hacernos los tontos?

¿Hasta cuándo vamos a ignorar el diablo llamando “derecha” al enemigo de arriba para legitimar y seguir cristalizando la idea falsa de que existen una “derecha” y una “izquierda” y que la lucha está ahí? Claro, porque si el enemigo es la “derecha”, entonces o bien nosotros somos la “izquierda” o hay una “izquierda” más allá de nosotros. ¿Y nosotros qué cosa somos? ¿Qué hacemos con Perón y su claridad meridiana sobre la sinarquía internacional? ¿Hasta cuándo hacernos llamar “peronistas” mientras ignoramos la doctrina peronista? ¿Hasta cuándo, señores, vamos a fumar de este humo importado y además viejo?


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