El título de este artículo es una provocación, es una forma brutal de reducir los disturbios que hace ya semanas vienen teniendo lugar en Chile a un simple “los chilenos rompen todo”. Pero como la realidad es mucho más compleja que eso y no es cuestión de que rompan todo nada más que por romper todo, ya que los chilenos no son estúpidos, la conclusión tiene que venir por adelantado. Argumentaremos aquí para concluir finalmente que los chilenos rompen todo simplemente porque en Chile los pueblos no tienen alternativa. Si no rompen todo los van a seguir rompiendo a ellos, cosa que al parecer viene pasando hace por lo menos unos 30 años. Al no tener una opción política viable para la representación de sus intereses, a los chilenos no les queda otra que eso mismo, romper todo.

Para un argentino es imposible comprender lo que pasa en un país tan parecido y a la vez tan distinto al nuestro como es Chile, un vecino con el que tenemos a lo largo de más de 5.300 kilómetros la tercera frontera más extensa del mundo, sin buscar lo que falta en Chile y sobra en la Argentina. Solo en contraste vamos a poder saber por qué los chilenos sufrieron tres décadas de ajuste brutal, se empobrecieron y se endeudaron para que los ricos sean cada vez más ricos y solo después de treinta años pusieron realmente el grito en el cielo, saliendo a romper todo y a batirse en escaramuzas mortales con los carabineros, la brutal policía militarizada que Pinochet adiestró para usar como instrumento y garantía de un genocidio permanente.

Chile es un país que empezó a existir como tal a partir de lo que los jóvenes de hoy llamarían un “spin-off” de Perú. Pedro de Valdivia no fue uno de los “Trece de la Fama” que en la Isla del Gallo en Colombia decidieron seguir adelante con Francisco Pizarro hacia la conquista y derrota del Incario, pero luchó más tarde en el bando de Pizarro contra Diego de Almagro antes de abrirse de la conquista de Perú y emprender negocito propio. La conquista del territorio de Chile a través del Atacama fue esa empresa propia de Pedro de Valdivia, la aventura que al parecer nadie en su tiempo estaba dispuesto a asumir.

Quizá por esa ruta primitiva y quizá porque hacia el este hay una cordillera como la de los Andes que Chile sea hoy un país cuya cultura es parecida a la de Perú, al menos desde el punto de vista de un argentino (que puede tener distorsiones, como todo). La pasividad de los peruanos frente a los atropellos del poder se va trasladando a Chile en el imaginario de los que estamos de este lado de la cordillera y el argentino suele reputar al chileno como más “quedado” cuando el asunto es organizarse políticamente, al igual que el peruano. He ahí por qué nos vemos tan distintos a pesar de que estamos unidos por el cordón umbilical de José de San Martín en nuestra primera gesta de liberación nacional.

Imagen de las manifestaciones populares en Chile, donde se lee esta bandera, que reza: “Nos están matando”. Claro que la referencia es al proceder de los carabineros adiestrados por Pinochet para ser genocidas, pero hay algo más. A los chilenos los vienen matando hace décadas con la aplicación de políticas que se corresponden con un proyecto de descarte de las mayorías populares, sin que el pueblo-nación chileno haya podido hacer nada al respecto por carecer de la herramienta necesaria para modificar la realidad.

Entonces desde acá muchos opinamos que Chile es un “spin-off” de Perú y que, por lo tanto, el chileno tiene igual tendencia a organizarse políticamente, a saberlo, ninguna tendencia. El chileno no va a ofenderse por ello —esperamos—, puesto que solo se trata de una percepción subjetiva y no de una valoración objetiva.

Lo que sí es objetivo porque consta de la historia fácilmente verificable es que Chile nunca tuvo en su historia nada parecido al peronismo que en Argentina fue y es el movimiento político para movilizar y organizar a las masas populares. Alguien podrá argumentar que el homólogo de Perón en Chile fue Salvador Allende y que Allende sí pudo organizar políticamente a los pueblos mientras fue gobierno, pero esa comparación no sería adecuada porque no existe en Chile hoy un “allendismo” que haya sobrevivido al propio Allende al que los chilenos puedan recurrir en su tradición y mística para organizarse allí. Esto es lo que pasa en Argentina, donde después de casi medio siglo de la desaparición física del líder este sigue presente simbólicamente en la cohesión del grupo para los que viven: el peronismo para nosotros sigue siendo no solo una opción real, sino la única.

Salvador Allende fue presidente de Chile durante casi tres años entre 1970 y 1973, cuando fue derrocado y asesinado por un golpe de Estado genocida liderado por Augusto Pinochet. Allende llegó a ser presidente a los 62 años de edad después de haber perdido tres elecciones, un caso tal vez bastante similar al de Lula da Silva en Brasil. Durante su gobierno tomó decisiones impactantes en defensa de los intereses del pueblo-nación chileno: estatizó los sectores claves de la economía y nacionalizó el cobre, la principal riqueza del país; llevó a cabo una profunda reforma agraria, congeló los precios y aumentó los salarios de los trabajadores. Es mucho y es suficiente para ubicar a Allende en la galería de los grandes patriotas latinoamericanos, pero por alguna razón no alcanzó para que Allende sobreviviera al propio Allende en un sentido político. Si bien su imagen está estampada en banderas allí donde el pueblo chileno se está movilizando, también es cierto que no hay mayorías movilizadas dentro del marco de un “allendismo” ni eso existe —como se ve— en la forma de aglutinador de dirigentes y militantes de distintas tendencias ideológicas para hacer una unidad electoral que podría ofrecerle al pueblo chileno una opción al pinochetismo eterno.

¿Por qué? Porque Allende, infelizmente, fracasó. Perdió y la derrota, como solemos decir siempre, tiene consecuencias nefastas para el que pierde cuando este no tiene otros poderes para defenderse. Es muy difícil decir esto, pero lo cierto es que al ser derrotado por un golpe artero y ser asesinado por sus verdugos, la obra de Allende quedó trunca y esos mismos verdugos se encargaron de destruir su imagen en un proceso similar (pero exitoso) al que en Argentina se dio en llamar la “desperonización”.

Disturbio en Chile con los chilenos rompiendo y quemando todo, mientras los carabineros reprimen con saña, cuasi como cruzados.

Al fracasar Salvador Allende y al ser sucedido por una feroz dictadura neoliberal al servicio del imperialismo, los vencedores triunfaron en su propósito de borrarlo de la memoria colectiva justo lo suficiente para que nadie se organizara alrededor de esa memoria. Ahí está la razón por la que no pueden homologarse el peronismo y el “allendismo”: la desperonización de la Argentina fracasó desde 1955 —año del golpe de Estado autodenominado “Revolución Libertadora”, que fue en rigor una reacción fusiladora contra los peronistas— en adelante. Perón seguía vivo en el exilio y su retorno siempre fue inminente hasta que de hecho volvió, tuvo un breve tercer gobierno y ya nadie pudo, quiso o supo borrarlo de la memoria de los pueblos.

Entonces Pinochet logró aquello que todos los dictadores desde Aramburu en adelante habían querido hacer y no pudieron. A la muerte de Allende en Chile ya nadie pudo hacer ninguna resistencia, mientras que en la Argentina la prohibición de siquiera nombrar a Perón o hacer referencia a cualquier cosa que tuviera que ver con el peronismo fue brillantemente sorteada por los peronistas con ingenio: se hablaba del “Pocho”, del “Macho” (y de la “Hembra”, para referirse a Evita), se hacían encuentros clandestinos de la resistencia peronista y así la llama del peronismo quedó prendida en los 18 años de exilio del General. Claro, el General estaba en el exilio y naturalmente iba a volver en algún momento. Lo mismo no pasaba con Allende, porque fue asesinado por la perfidia y la fuerza brutal de la antipatria, como solía decir la propia Evita.

Lo que los chilenos no tienen y los argentinos sí es el peronismo como opción siempre latente de proyecto político en defensa de los intereses de los pueblos. Y la única vez que los argentinos salimos a romper todo con una magnitud similar a la que vemos hoy en Chile fue en el 2001, cuando el peronismo estaba en quiebra y no aparecía en el horizonte de quienes gritaban “que se vayan todos”. En todas las demás ocasiones de crisis, incluida la actual, el argentino optó por la alternativa electoral y no por la lucha en las calles, por el salir a romper todo, porque sabía que en esa opción estaba el peronismo y presentía que valía la pena esperar por él.

Allende (y los chilenos) en su laberinto

No es ningún descubrimiento original el decir que no existe el peronismo en su versión local chilena. En todo caso, habría que mirar desde el punto de vista del argentino para empezar a comprender por qué aquí pudo haber existido un movimiento de masas como el peronismo, mientras que en Chile eso no ocurrió aun habiendo habido allí un líder de la talla de Allende.

En primer lugar, está muy claro que las circunstancias históricas de Allende y Perón son muy distintas, esto es, ocurren en coyunturas a nivel regional y mundial prácticamente opuestas, sino directamente opuestas. Perón llega justo al final de la II Guerra Mundial y al empezar la llamada “edad de oro” del capitalismo, el génesis del Estado de bienestar keynesiano en Occidente. Por su parte, Allende llega sobre el final de esa etapa, en vísperas de empezar la crisis del petróleo que iba a determinar el fin de la “edad de oro” y la destrucción del Estado de bienestar en los países occidentales. De hecho, al desencadenarse todo eso en el cierre de una etapa histórica, nació el neoliberalismo y nació aplicándose en la práctica por primera vez justamente en Chile al ascender Pinochet con el golpe del 11 de septiembre de 1973. Chile fue después de ese golpe el tubo de ensayo de las potencias occidentales para probar las teorías neoliberales y el resultado es, precisamente, el Chile profundamente desigual de hoy.

Como se ve, el golpe ocurrió justamente para que Chile fuera ese tubo de ensayo de la etapa neoliberal que se iniciaba.

Entonces Perón tuvo el poder político en el Estado mientras las potencias de Europa occidental se estaban reconstruyendo luego de la guerra y Allende, por su parte, lo tuvo cuando esas potencias ya estaban a punto de abandonar el modelo de país que había posibilitado su reconstrucción. Para 1970, el neoliberalismo ya despuntaba como teoría alternativa y la crisis del petróleo posterior acentuó la voracidad del imperialismo sobre las semicolonias de todo el mundo, principalmente sobre las de nuestra América Latina. En una palabra, cuando Allende quiso hacer algo parecido a lo que había hecho Perón entre 1946 y 1955, el tiempo de hacer eso ya había pasado y no había en el mundo lugar para un Allende. La prueba de ello es que el propio Perón fue sustancialmente distinto en su tercer gobierno (1973/1974) a lo que había sido en los dos primeros entre los años 1940 y 1950, porque el mundo estaba distinto.

Imagen histórica de un Salvador Allende acorralado en el Palacio de la Moneda mientras se sucedían los bombardeos a esa casa de gobierno. En sus manos, el fusil Kalashnikov que le había regalado Fidel y que los golpistas más tarde habrían de utilizar para armar la farsa del suicidio y lucrar mucho simbólicamente con eso: los líderes que se suicidan son más fáciles de borrar de la memoria y por eso en Brasil tampoco existe un “varguismo” relevante al día de hoy. Para Pinochet era fundamental instalar que Allende se había suicidado y encima con el fusil soviético que le había obsequiado Fidel. Y así se instaló nomás, para asegurar el triunfo de la fuerza brutal de la antipatria en el terreno de la cultura.

¿Qué es lo que quiso hacer Allende y no pudo? Pues lo que el propio Allende llamó el “socialismo por la vía democrática”, esto es, una mezcla de todo un poco. Allende quiso hacer el socialismo realmente existente, pero sin la dictadura del proletariado que se usaba entonces para blindar esos regímenes de los embates del imperialismo. En el año 1971 Fidel Castro estuvo de visita en Chile durante 25 días, lo que es un montón de tiempo para una visita oficial de un jefe de Estado a otro país. Fidel recorrió todo Chile y tomó nota de lo que vio allí, hizo un análisis de la situación para recomendarle a Allende que, digamos, endureciera un poco su régimen. Allende al parecer se ofendió y contestó que su revolución la iba llevar como mejor le pareciera, aunque aceptó el fusil soviético AK-47 que el cubano le dejaba como regalo. Ese fusil tenía que utilizarse —según la percepción y el consejo de Fidel— para fusilar a unos cuántos potenciales traidores que andaban dando vueltas. Esos traidores en potencia finalmente lo fueron de hecho y el fusil obsequiado por Fidel se ve el 11 de septiembre de 1973 en el Palacio de la Moneda, en manos de un Allende ya acorralado y defendiéndose de algo imposible de defender. Allende no usó a tiempo ese fusil para hacer lo que Fidel le había recomendado y tuvo que usarlo a destiempo en una situación insalvable. Y encima, para colmo de males, el famoso AK-47 les sirvió a los golpistas para instalar la espantosa versión oficial de que Allende se había suicidado disparándose con ese mismo fusil, constituyendo así un trofeo de guerra o un regalo simbólico sin precedentes al enemigo.

Es la cosa más fácil del mundo concluir con el diario del lunes que Allende debió hacerle caso a Fidel Castro, fusilar a algunos potenciales traidores, endurecer su régimen y pactar con la Unión Soviética para sostener su socialismo en Chile de la misma forma que los cubanos sostenían el suyo en Cuba. Pero no, Allende no quería eso, sino un socialismo como el cubano en lo económico y una especie de socialdemocracia al estilo de Europa occidental en las formas. Tampoco quiso pactar con la Unión Soviética para ponerse en su órbita, como hicieron los cubanos en 1961/1962. Y así quedó expuesto a la vendetta letal del imperialismo y de la CIA. El resto es historia.

El laberinto de Allende quizá haya sido no comprender o no aceptar que la lucha de clases en términos marxistas requiere necesariamente la militarización y el endurecimiento del régimen hasta la dictadura del proletariado. El desposeer a las clases dominantes con reformas agrarias, nacionalizaciones de los recursos naturales y estatización de las empresas/sectores clave de la economía tiene que conducir al conflicto armado con esas clases, que no van a aceptar ser desposeídas. Perón siempre lo supo y por eso nunca estuvo ni cerca de subirse al marxismo ni de plantear la lucha de clases, sino que optó por presentar un proyecto propio. La Comunidad Organizada peronista no prevé la desposesión de nadie por la fuerza, ordena las relaciones entre el capital y el trabajo y fue siempre profundamente democrática en el sentido más utilizado del término, que es el institucional. Y así y todo Perón fue víctima de un golpe de Estado que lo destituyó en 1955, luego de resistir a un intento de golpe cuatro años antes. ¿Por qué no se lo iban a hacer a Allende, que abrazó el socialismo marxista sin acudir a la protección de la Unión Soviética y lo hizo en plena etapa de ascenso del neoliberalismo a nivel global?

Brillante caricatura de Carlos Latuff representando los últimos momentos de resistencia del Hombre de la Paz y los suyos en el Palacio de la Moneda.

Eso no podía prosperar y efectivamente no prosperó, dejando además el camino despejado para que triunfaran culturalmente Augusto Pinochet y sus “Chicago boys”, los economistas neoliberales formados en la Universidad de Chicago cuyas políticas forjaron desde 1973 en adelante el Chile de la desigualdad profunda y de la inmovilidad social absoluta. Entonces Allende murió, fue borrado de la memoria de los pueblos como símbolo de organización para la lucha política y Chile siguió la huella que le marcaban desde el norte. En tales circunstancias es absurdo pretender que exista hoy algo como un “allendismo” equivalente al peronismo y es igualmente delirante exigir que el actual Partido Socialista de los Ricardo Lagos y las Michelle Bachelet no sea un miserable instrumento de alternancia para la aplicación continuada de las políticas de Pinochet. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Qué se le puede pedir a un Ricardo Lagos que los medios de difusión corporativos de América Latina reputan como un gran referente de la “socialdemocracia”? ¿Qué más puede hacer una Michelle Bachelet que escribir informes denunciando la violación de los derechos humanos en Venezuela, pero callando cuando esas violaciones ocurren en Chile, en la puerta de su propia casa? La verdad es que tanto Lagos como Bachelet son absolutamente coherentes con el escenario político en el que se desarrollaron, son el resultado más acabado de la inexistencia de alternativa real para el pueblo-nación chileno frente a su propio laberinto.

La culpa la tiene Fidel es una película realizada en 2006 como coproducción entre Francia e Italia. El film es verdaderamente delicioso y cuenta la historia de una familia pequeñoburguesa parisina que decide abandonar todo para militar en Francia la causa del socialismo chileno durante el gobierno de Allende. La vida de esa familia se desorganiza totalmente en su actividad militante y he ahí que, como indica el título de la obra, la culpa la tiene Fidel al inspirar en todo el mundo a la militancia socialista. No obstante, la película que vemos en el Chile del presente, en el que los pueblos se ven obligados a salir a romper todo al no tener en la política una alternativa que represente sus intereses, tendría que tener otro título. Esa película es un drama y debió titularse La culpa la tiene Salvador, por Allende, porque supo inspirar y a la vez no supo, no quiso o no pudo transformar esa potente inspiración en trascendencia para legar al pueblo chileno un movimiento que lo sobreviviera como individuo. Allende es lógicamente inimputable por el hecho, ya que no pudo prever las consecuencias de su indecisión ante los consejos que daba Fidel. Allende hizo lo que le pareció ser lo mejor para Chile y por eso es uno de los más destacados patriotas que ha dado la Patria Grande latinoamericana en todos los tiempos. Pero así y todo… ¡qué bien les vendría a los chilenos un peronismo “allendista” en este preciso momento, cabros!


Este es un adelanto de la 21ª. edición de nuestra Revista Hegemonía. Para suscribirte, acceder a todos los contenidos de la actual edición y todas las anteriores, y apoyar La Batalla Cultural para que sigamos publicando en estos tiempos difíciles, hacé clic en el banner abajo y mirá el video explicativo.
Nosotros existimos porque vos existís.