Pese a la aparente complejidad del discurso y el enmarañado de opiniones e intereses que parecen cruzarse, la lucha por el poder en el Estado que llamamos política es, en el fondo, tan solo una cuestión de intereses económicos. La política siempre es un asunto de pesos y centavos y la lucha por tener el poder político siempre tiene por único objetivo definir desde ese poder en cada momento el destino de los recursos existentes. Suena a cinismo, por cierto. Y a lo mejor lo es, aunque en la realidad efectiva y despojándose de todo lo accesorio el observador siempre llega a la conclusión de que la política es una mera cuestión de quién va a tener la manija para decidir el destino de la riqueza.

La política, por lo tanto, es la administración de la riqueza en un determinado territorio. Así, la política municipal será una lucha por ver quién va administrar los recursos económicos en algo tan limitado como puede ser un municipio, mientras que en el otro extremo de la escala la geopolítica será la lucha por decidir quién administrará la riqueza del mundo. No importa dónde ni cuándo: desde que el hombre se separó de los demás animales, empezó a hacer categorías para ordenar simbólicamente su mundo y supo que la categoría del poder es la del que toma las decisiones económicas —aunque quizá no lo haya comprendido cabalmente en ese momento—, en todas partes lucharon unos hombres contra los otros por el poder de dirimir en su propio favor la cuestión de pesos y centavos.

Es por eso que toda política es económica y toda economía es política, como solemos decir los que nos oponemos a la movida liberal de “despolitizar” las ciencias económicas convirtiéndolas en una suerte de “ciencia dura” más parecida a la física que a la sociología, por ejemplo. Los golpistas de 1976 en Argentina sabían muy bien que eso era así y atentos a su necesidad de imponer una política económica de saqueo de los pueblos no tardaron en cambiar la titulación en la Universidad de Buenos Aires de “Economía política” a “Economía” a secas, en un intento de separar lo inseparable para que las decisiones sobre la distribución de la riqueza en nuestro país aparecieran como cosa bajada del cielo, como algo cuasi “natural” y no políticamente discutible. Así es como para los neoliberales de los años 1970, 1980 y 1990 los economistas eran unos “técnicos sin ideología” que aplicaban fríamente los postulados de su ciencia como lo haría un médico legista frente a un cadáver o quizá un químico en su laboratorio.

Álvaro García Linera y Evo Morales, legalmente vicepresidente y presidente de Bolivia ya que sus renuncias nunca fueron aceptadas por el Parlamento, junto al general Williams Kaliman, que luego sería golpista, cual Pinochet para Allende.

Eso fue necesario, como se ve, para que pasaran las políticas económicas neoliberales sin que la población sospechara que lo que se estaba implementando era una ideología política. Los máximos exponentes de esa nefasta concepción en Argentina fueron José Alfredo Martínez de Hoz en una punta y Domingo Cavallo en la otra. El primero fue el “oráculo” de los años 1970 y el segundo lo fue en los 1990 y hasta entrados los 2000. La cosa se instaló con tanta fuerza en el sentido común que mientras Cavallo hacía desastres como ministro y superministro, los de a pie repetíamos que “Cavallo sabe mucho de economía, hay que hacerle caso a su técnica”. Lo que no veíamos es que no había tal técnica y que tanto Cavallo como Martínez de Hoz no hacían otra cosa que decidir el destino de la riqueza nacional basados en una ideología que es la ideología neoliberal, mediante la que los ricos se quedan con la porción más grande de la torta y son cada vez más ricos, mientras que los pobres somos despojados y somos en consecuencia cada vez más pobres. Y eso es política, la riqueza y también la pobreza son decisiones políticas.

Gracias a esa operación de sentido, los argentinos en particular y los latinoamericanos en general solemos pensar en prácticamente cualquier cosa menos en el dinero cuando pensamos en política. Ese es un problema que tenemos, una zoncera, como diría Arturo Jauretche. Vemos la política como una guerra simbólica o una lucha de opiniones, pero no vemos el reverso de la trama: cuando estamos ocupados con lo que no es, lo que realmente es pasa inadvertido.

Eso es precisamente lo que está pasando actualmente alrededor del asunto del golpe de Estado en Bolivia. Dirigentes políticos y comunicadores cargan en sus discursos sobre los aspectos más bien simbólicos del hecho y nadie parecería estar dispuesto a decir qué es lo que realmente está en juego y por qué. Entonces el golpe de Estado en Bolivia sería una vendetta de los criollos (que se creen blancos) contra los indígenas, sería una lucha entre los que le rezan a la Virgen María y los que le rinden culto a la Pachamama o sería una contradicción entre los de la “derecha derechita” y los de la “izquierda zurdita”. También podría ser una cuestión de rivalidad entre los de la región oriental del país y los del Altiplano, porque en todos lados se cuecen habas y ellos también tienen sus porteños y sus cordobeses, sus capitalinos y sus provincianos, todo en versión boliviana, por supuesto.

Así es cómo el relato dominante sobre lo que pasa actualmente en Bolivia se nos aparece como un relato sobre la moral religiosa o racial de los individuos y grupos en pugna. Hicieron un golpe de Estado brutal, exiliaron a un presidente legítimo y ya empezaron a tirar tiros contra la población insurrecta. Todo eso hicieron y hacen tan solo para definir si en Bolivia es mejor la Pachamama o la Virgen María, si son superiores los coyas del Altiplano o los criollos que se hacen llamar “blancos” de Santa Cruz de la Sierra, si es mejor la “derecha” o la “izquierda”. Esto tendría que hacernos mucho ruido y, sin embargo, seguimos consumiendo el relato fantástico de la moral que todo lo explica como si de una novela se tratara. No nos hace ruido que estén metidos todos, desde la CIA, la OEA y el Departamento de Estado de EE.UU. hasta el oscuro poder fáctico del mundo solo para dirimir esas cuestiones superestructurales. ¿Cómo puede ser eso?

Puede ser porque no existe el interés de las partes involucradas en el conflicto o no ha llegado todavía el momento de ir a los bifes y decir claramente cuál es el verdadero objeto de la disputa. De parte de los golpistas, por razones obvias: no pueden decir que vienen a saquear los recursos naturales de Bolivia y por eso venden humo en cantidades ingentes hablando de religión y raza en exceso; de parte del MAS y de Evo Morales, porque existe la conciencia de la necesidad de convocar otra vez a los sectores de la sociedad boliviana sobre los que originalmente se construyó poder. Evo ganó en el 2005 y fue reelecto varias veces con el apoyo de los campesinos y de los indígenas de la zona andina en general y, por lo tanto, hacer de ese conflicto un conflicto racial y religioso podría servir al propósito de reagrupar esos sectores para formar una nueva mayoría.

El general Williams Kaliman, saludando al títere golpista Jeanine Áñez: instrumentos vulgares y viles del poderoso.

Todo eso es ponderable y en la política esas son cuestiones de estrategia discursiva para la lucha, sin dudas, aunque desde el punto de vista del que quiere comprender qué pasa —que es el atento lector y somos nosotros— nada de eso hace avanzar la cuestión. Para cualquier individuo con un mínimo sentido crítico tiene que hacer mucho ruido la ejecución de semejante golpe tan solo para dirimir unas cuestiones que, bien miradas, tienen escasa importancia incluso para los propios bolivianos. ¿A quién podría importarle si los campesinos son indígenas y adoran la Pachamama mientras los criollos se autoperciben blancos y empuñan el crucifijo?

Alguien podría aducir que cruzadas se hicieron en nombre de la religión y guerras santas siempre las hubo, por lo que sí es posible que en Bolivia las cuestiones de moral religiosa o racial sean lo suficientemente relevantes como para que por ellas se haga la guerra. Pero ahí hay un error: las cruzadas y las guerras santas, todo lo que se hizo y se hace “en nombre de Dios” tiene un trasfondo económico que esas cuestiones justamente quieren ocultar. Claro que las cruzadas se valían del fanatismo religioso de los cristianos dispuestos a matar y a morir en el Medio Oriente por su fe: había que recuperar la Tierra Santa que estaba ocupada por el invasor musulmán y todo lo que ya se sabe. No obstante, desde el punto de vista los dirigentes políticos que llevaron a cabo esas cruzadas la cuestión era asegurar el flujo comercial con Oriente en una época en la que navegar por el Cabo de la Buena Esperanza no era ni remotamente una posibilidad. Otro tanto puede decirse de Israel funcionando estratégicamente en la geopolítica con su ocupación actual de Palestina mientras los israelíes hablan subrepticiamente de judaísmo en oposición a todos los demás. Humo para disimular la cuestión real que subyace todas las luchas habidas y por haber: la cuestión de la riqueza, o bien de cómo se va a distribuir y de quiénes se van a beneficiar de ella.

¿Por qué los bolivianos se pelean?

Para el que conozca aunque superficialmente el inventario de la riqueza existente en el territorio boliviano no habrá dudas de que Bolivia es uno de los países más ricos del mundo. Solo con las reservas de gas natural y la capacidad de producir alimentos alcanzaría para que Bolivia tenga ese estatus. Pero hay mucho más.

Las versiones son encontradas, pero al parecer Bolivia tiene entre el 40% y el 70% de las reservas mundiales de litio, lo que en sí ya es superlativo. El litio es el elemento esencial para la fabricación de baterías y las baterías son básicamente el futuro: toda la nueva tecnología, desde celulares hasta computadoras portátiles, funciona con baterías de litio. No hay posibilidad de que la industria de esos artefactos pueda prescindir del litio si quiere seguir fabricando lo que fabrica y el litio no abunda en todo en el planeta, existiendo en Bolivia, en Argentina, en Chile, en Australia y en escasa cantidad en alguno que otro lugar. Por lo tanto, es lógico que corporaciones como LG, Samsung, Sony, Huawei y otras estén muy interesadas, digamos, en controlar la explotación del litio que tanto necesitan. Aquí ya tenemos el famoso “cui bono” para empezar a señalar quiénes pueden estar detrás de la pantomima de golpe militar pasivo que armaron en Bolivia para derrocar a Evo Morales y reemplazarlo por algún títere más o menos adiestrado.

Cuando Evo Morales llegó a ser presidente, el gas natural de los bolivianos no era de los bolivianos. La explotación del gas estaba en manos de empresas privadas extranjeras, las llamadas corporaciones. Estas corporaciones explotaban el gas natural y lo negociaban a sus anchas, quedándose con entre el 80% y el 85% de las utilidades del negocio. Lógicamente, a Bolivia solo le tocaba el 15% y el 20% de ese dinero y los bolivianos eran pobres sentados sobre un tesoro. Evo Morales advirtió que iba a ser imposible hacer justicia social con esas migajas y pronto se las arregló para invertir la ecuación: de allí en más el gas natural sería renacionalizado y las corporaciones interesadas en su explotación debían seguir haciendo todas las inversiones del caso, todo igual que antes, con la diferencia fundamental de que el 80% de las utilidades del negocio quedaba ahora reservado al Estado y las corporaciones se llevarían el restante 20%.

Esos fueron tiempos difíciles en los que desde los medios los operadores de siempre anunciaban el propio apocalipsis con la amenaza de que así nadie iba a venir a invertir en Bolivia, de que se iban a perder puestos de trabajo y de que no iba a haber nadie interesado en extraer el gas de las entrañas de la tierra. Nada de eso ocurrió y las corporaciones siguieron invirtiendo y aún más que antes. ¿Por qué? Porque aun el 20% de las utilidades hacían del negocio un negocio con excelente rentabilidad para cualquier empresa más interesada en trabajar que en robar.

Así fue y así pasó. Más tarde se descubrieron las reservas de litio y Evo Morales, ni lerdo ni perezoso, aplicó el mismo criterio que había utilizado con el gas natural, reservando el 80% de las utilidades para el Estado boliviano. Y otra vez empezaron con lo suyo los profetas del odio, a anunciar con bombos y platillos que eso iba a espantar a los inversores, que se iban a perder puestos de trabajo y toda la cantinela de siempre. Claro que nada de eso tampoco ocurrió y allí iba Bolivia a explotar normalmente su litio —con un proyecto que además era sustentable—, reservándose la parte de la torta necesaria para hacer la justicia social y seguir con las transformaciones sociales. Pero algo pasó.

El 4 de noviembre último, seis días antes del golpe de Estado en su contra, Evo Morales canceló el contrato que se había celebrado entre la estatal Yacimientos de Litio Bolivianos (YCB) y la corporación minera alemana ACISA. Al parecer, ACISA había declarado que su proyecto era instalar una fábrica de automóviles eléctricos en Alemania, para lo que necesitaba el acceso al litio boliviano. El problema es que Evo tenía otros planes y estos tenían más que ver con la instalación de dicha fábrica no en Alemania, sino precisamente en Bolivia.

El presidente Evo Morales al volante del prototipo de automóvil eléctrico de tecnología nacional. No hay fotografías de la época, por cierto, pero esta es similar a una probable imagen de Solano López inaugurando el primer ferrocarril de América del Sur en Paraguay antes de ser destruido por la reacción del poder real.

El deterioro de los términos de intercambio es la maldición de América Latina, solía decir Fidel. Ese deterioro es el hecho de que las materias primas tienden a abaratarse mientras que las manufacturas, por el contrario, tienden a encarecerse. Lo que vio Evo en esa relación de intercambio es que no era conveniente seguir exportando materia prima en bruto y que era necesario agregar valor a la materia prima mediante la industrialización. He ahí que en Bolivia ya existe un prototipo de automóvil eléctrico con baterías de litio, allí donde no había nada más que litio en bruto. ¿Qué es esto? Pues el intento de Evo Morales de “sacar los pies del plato” respecto a la relación histórica de nosotros, los americanos, con las corporaciones de los países centrales, una relación en la que nosotros somos proveedores de materia prima barata y ellos proveedores de manufacturas caras. Evo quiso cortar con eso, le dijo que no a una corporación alemana y mandó a avisar que las fábricas de baterías y de autos eléctricos no las iba instalar en Berlín, sino en Cochabamba.

Piense el atento lector en la magnitud de esa decisión. Piénselo pensando, por ejemplo, en el Mariscal Solano López y en la Guerra de la Triple Alianza. El que conozca esa historia más allá del relato mitrista dominante sabrá perfectamente que a Solano López le hicieron una guerra de cinco años de duración y que liquidaron el 90% de la población masculina de Paraguay porque Solano López tuvo el desparpajo de querer industrializar su propio país. Piense ahora en Perón y en sus planes quinquenales de industrialización que fueron hechos trizas por el golpe sangriento de 1955. Piense, atento lector, en todos los proyectos políticos de América Latina que quisieron divorciarse de la relación desfavorable de los términos de intercambio y fueron golpeados brutalmente. Piense, haga el debido recuento y verá que a todos ellos se les hizo la guerra y se los destruyó. No hay casualidades en la historia y, si no las hay, ¿quién pudo haber sido el criminal y por qué siempre se le hace la guerra o el golpe de Estado, el crimen, a los que quieren cortar con la subordinación de los términos desfavorables de intercambio?

Sacrilegios y penitencias

Quizá hubiera sido aceptable para el imperialismo que Bolivia se pusiera a transformar una pequeña parte de su litio en baterías y hasta ahí nomás. En Bolivia se fabrican hoy unas mil de esas baterías por día, una nimiedad, por cierto. Quizá eso hubiera sido aceptable y hasta un poco más que eso también, tal vez un cierto grado de industrialización para transformar el litio en baterías, siempre y cuando esa transformación no moviera el amperímetro en el mercado mundial de baterías. Es probable que eso sea así porque en Bolivia ya se venía fabricando dicha cantidad de baterías de litio y nada pasaba realmente.

Hay límites en las actuales reglas del juego que jamás deben ser violados. Uno de esos límites sagrados es el mercado mundial de automóviles: los que ya están se reparten entre sí las cuotas de mercado y luchan a brazo partido contra todos los que no están y quieren estar. Normalmente esta última lucha se salda en favor de los que ya están y se castiga duramente a los que se atreven a querer estar.

El mercado de automóviles en el mundo funciona de un modo tal que todas las corporaciones fabricantes involucradas venden la totalidad de su producción sin mayores problemas. ¿No se habrá preguntado jamás el atento lector porque los coches cero kilómetro de una misma gama siempre cuestan básicamente lo mismo, moneditas más o menos, sin importar sin son de FIAT, de Renault, de Volkswagen, de Ford o de cualquier otras de esas corporaciones fabricantes? Pues pregúntese.

Eso es así porque cada fabricante ya tiene su cuota de mercado asignada y los fabricantes respetan mucho eso para evitar la guerra entre los ricos, cosa que raramente ocurre. Y al estar ya asignadas de antemano las cuotas, un problema enorme sería si alguien más quisiera entrar a competir en ese mercado regulado por la “mano invisible”, pero de hierro. Si un nuevo fabricante lograra ingresar, aunque más no sea para vender en su propio país y sin intentar exportar su producción, eso ya causaría un desequilibrio simplemente porque las cuotas de mercado en ese país se verían afectadas. Entonces el mercado de automóviles es una de esas fronteras que nadie debe jamás cruzar.

La penúltima vez que alguien cruzó esa frontera y salió indemne del tránsito —la última fue en el caso de China, que no sirve de ejemplo porque China tiene la suficiente fuerza para jugar un juego propio y prácticamente sin represalias— fue cuando las corporaciones de Corea del Sur desarrollaron sus motores con tecnología el 100% nacional y empezaron a fabricar coches el 100% surcoreanos. Pero eso se debió en gran parte a lo que hoy puede considerarse un error estratégico de los Estados Unidos en la aplicación de su política exterior. Al hacerse el armisticio en la Guerra de Corea y al quedar la península coreana al fin dividida en dos, los Estados Unidos se apresuraron el volcar grandes cantidades de dinero en Corea del Sur con el objetivo de hacer de ese país una suerte de paraíso del capitalismo. ¿Por qué? Por razones de propaganda del sistema: el contraste entre la riqueza del capitalismo en Corea del Sur debía ser enorme frente a la pobreza del socialismo en Corea del Norte y para eso los yanquis la pusieron toda en Seúl, creyendo que así perjudicaban a los de Pyongyang.

El caso es que tanto en el norte como en el sur de la península lo único que hay son coreanos y estos son ultranacionalistas en materia de priorizar lo suyo. Muy bien por los generales surcoreanos que tomaron el dinero de los yanquis y lo pusieron entero básicamente en la industria y en la educación, donde el fomento a la segunda apuntaba a formar los técnicos necesarios para desarrollar bien la primera. Así fue cómo surgieron las grandes corporaciones de electrónicos como LG y Samsung, pero también las gigantes de los motores, que son Hyundai, Kia Motors, Daewoo y SsangYong, entre otras. Corea del Sur entraba de prepo y bajo la protección ideológica de los Estados Unidos a disputarles mercado a empresas como Ford, FIAT, Renault, Peugeot/Citroën, Volkswagen, Chevrolet y Toyota, hasta entonces dueñas y señoras absolutas del mercado habiendo apenas tenido algún problemita con los fabricantes soviéticos que nunca realmente lograron exportar demasiado.

Soldados bolivianos en La Paz. El Ejército se negó a reprimir al hampa que incendiaba las viviendas y secuestraba con fines extorsivos a los familiares de los funcionarios de Evo Morales, liberando la zona y haciendo el golpe pasivo al dejar correr suelta la sangre por las calles. No obstante, una vez consumado el golpe, el mismo Ejército boliviano ya salió a reprimir al pueblo insurrecto y ya hay cinco muertos en Cochabamba.

He ahí que los motores surcoreanos ya se abrieron paso, tienen una cuota de mercado que antes se repartían las dueñas del juego y ahora es tarde para que los Estados Unidos les digan que vayan para atrás. El capital del capitalismo surcoreano es de tipo nacional y no acepta injerencias externas. Sí, se lo deben a los yanquis y no lo niegan, pero su desarrollo industrial es propio y lo van a defender hasta la muerte. Como tiene que ser.

Por eso resulta que, de un modo incipiente, Bolivia quiso hacer la gran Corea del Sur y quiso abrirse paso en el selecto club de fabricantes de los motores del futuro —que serán eléctricos y no a combustión interna, como ahora—, pero sin la protección ideológica y sin la financiación de una potencia mundial. Bolivia cruzó la frontera que no debe cruzarse jamás sin atenerse a las consecuencias cuando Evo Morales canceló el contrato con la alemana ACISA y les dijo a esos alemanes que la fábrica había que ponerla en Bolivia y no en Alemania. No es muy difícil ver en la historia como las corporaciones boicotearon hasta reducir a cenizas los proyectos de motores nacionales de Argentina con el Siam Di Tella y de Brasil con el Gurgel, el proyecto soñado de la burguesía paulista que nunca pudo ser.

En Bolivia hay un Di Tella, un Gurgel que vio la posibilidad de aprovechar las reservas de litio propias para hacer allí una Hyundai de cero. Pero ese empresario no está en Corea del Sur: está en Bolivia y el proyecto político que le servía de paraguas acaba de ser derrocado por un golpe de Estado. Ese boliviano emprendedor quizá no lo sepa aun del todo, pero su proyecto y su sueño de ser un capitalista nacional y un fabricante de motores ha terminado el domingo 10 de noviembre a eso de las cuatro de la tarde, cuando luego de ser extorsionado por el jefe golpista del Ejército Evo Morales firmó su renuncia a punta de pistola. Ahora los golpistas vendrán por él y por su fábrica, van a desguazar a ambos porque ese es el mandato de los que han financiado el golpe.

No, el golpe de Estado en Bolivia no se llevó a cabo con la finalidad de desalojar la Pachamama y reinstalar a Cristo en el Palacio Quemado de La Paz, no fue para que los criollos con delirios de blanco impongan su superioridad moral sobre los campesinos indígenas y no fue, en fin, porque la idea se le haya ocurrido a ningún boliviano. El golpe de Estado en Bolivia es la guerra del litio y no es un asunto de los bolivianos: es un asunto de las corporaciones que quieren saquear las riquezas de Bolivia y, en todo caso, los bolivianos que participaron y participan del golpe —con o sin uniforme militar— lo hacen en mera calidad de títeres. Los van a usar mientras sirvan y luego los van a descartar, exactamente como vienen haciendo con nuestros países de América Latina hace ya unos cinco siglos. Cinco siglos igual.


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