Dos países de América del Sur como Uruguay y Bolivia empezaban en el año 2005 a escribir con sus pueblos una historia distinta. Ese año el Frente Amplio llegaba al poder en el Estado con Tabaré Vázquez tras más de tres décadas de lucha contra el establishment político uruguayo de blancos y colorados, mientras que Evo Morales ponía primera para ganar las elecciones e irrumpir en el escenario empoderando por primera vez a los pueblos en Bolivia. Eso pasaba hace 15 años, hace casi una década y media, en un contexto de avanzada de los gobiernos populares en otros países muy importantes de la región como Argentina, Brasil y Venezuela. Todo eso ocurría el mismo año del rechazo al ALCA en Mar del Plata y parecía realmente que allí empezaba a escribirse una historia nueva para los pueblos-nación en América del Sur, con un pronóstico de expansión de la ola dicha populista por todo el resto del continente.

Pero esa expansión nunca ocurrió y con el tiempo fue transformándose en retroceso al caer, uno por uno, los proyectos políticos en los países donde los pueblos habían ganado terreno, salvo en Venezuela. Primero golpearon institucionalmente en el 2012 y pusieron fin al gobierno de Fernando Lugo en Paraguay, luego fueron por Dilma Rousseff en Brasil con un método muy parecido de “golpe blando” y, en el 2016, cayó ese gobierno popular en Brasil también. Unos meses antes el peronismo había perdido las elecciones en Argentina y pronto les tocó el turno a los ecuatorianos, que si bien eligieron en las urnas seguir con su proyecto de democratización de la riqueza nacional, fueron víctimas de la traición. Así, en el periodo de cinco años entre el 2012 y el 2017 se esfumaron cuatro de los siete proyectos políticos de orientación popular en este subcontinente, quedando de pie el chavismo en Venezuela —a fuerza de resistir a todo tipo de embates directos e indirectos por parte del imperialismo de las corporaciones—, Evo Morales en Bolivia y el Frente Amplio en Uruguay. Y estos dos últimos han finado recientemente con el golpe “pasivo” contra Morales a principios de noviembre y el triunfo electoral de la reacción uruguaya con Luis Lacalle Pou, que ocurría justo al momento de escribir estas líneas.

El oncólogo Tabaré Vázquez, presidente de Uruguay en dos mandatos entre el 2005 y el 2010 y desde el 2015 a la actualidad. Vázquez lideró el gobierno del Frente Amplio uruguayo durante 10 de los 15 años de la duración de dicho gobierno y se despedirá en los próximos meses, al parecer pasándole el bastón al candidato de la reacción, Luis Lacalle Pou.

La verdad es que otra vez Venezuela estaría sola de toda soledad, al igual que al comienzo de todo el proceso, si no fuera porque el peronismo logró hacer la unidad y triunfar en unas elecciones en las que en teoría la victoria era contra todo pronóstico. Con la llegada de Alberto Fernández a la presidencia de Argentina se abre la posibilidad de cortar el reflujo, aunque desde luego la realidad es durísima: salvo por Venezuela, Alberto no podrá contar con la solidaridad de nadie más en América del Sur y, en verdad, va a estar literalmente rodeado por gobiernos reaccionarios en todos sus vecinos. La situación hoy es radicalmente opuesta a la que se verificó durante un breve periodo de la década pasada, cuando salvo en Chile, Colombia y Perú, existieron con el poder político en el Estado representaciones de los intereses de los pueblos en todos los países sudamericanos. Hoy el escenario es el opuesto y, por elecciones, por golpe y por una mezcla de ambos, la reacción tiene el poder en el Estado por todas partes, también ahora en Uruguay.

Ese es el diagnóstico superficial y eso es lo visible, el retroceso del poder popular por todo el subcontinente cuando todo indicaba que eso no iba a ser así. Las corporaciones han logrado instalar un escenario regional muy parecido al que existió aquí en la década de los años 1990 del “fin de la historia” decretado por Francis Fukuyama ante la caída del Muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética como proyecto alternativo a nivel global y la imposición de los Estados Unidos como expresión de los intereses de las corporaciones y hegemonía unipolar. He ahí lo visible en contexto y solo queda preguntarse cómo los pueblos de América del Sur han permitido semejante retroceso después de haber estado empoderados políticamente en el Estado. ¿Qué pasó o donde estuvo el error para que esa situación de avance popular no se expandiera por toda la región y además retrocediera hasta el estado actual?

En los últimos años, por lo menos en Argentina, se puso de moda el uso de la expresión “autocrítica” prácticamente para empezar a armar cualquier discurso político. No hubo quien no hablara de autocrítica al analizar la derrota de los pueblos en las elecciones del año 2015 no apelara a un ensayo de los errores supuestamente cometidos en los doce años anteriores para que aquello tuviera lugar. Los argentinos en su mayoría votaron a Macri y recibieron en consecuencia un brutal ajuste y un saqueo sin precedentes. ¿Por qué?, nos preguntábamos, queriendo saber qué cosa habíamos hecho mal para que el pueblo-nación argentino eligiera en las urnas abandonar un proyecto político propio para reemplazarlo por uno que a todas luces era de las corporaciones. Entonces aparecía la “autocrítica”, que en realidad no era tal sino una extensa enumeración de los “errores” de Cristina Fernández. No era realmente una autocrítica en el sentido de buscar en la propia militancia aquellas cosas que no se hicieron o que se hicieron mal: se trataba de hacer solo eso, de enumerar “errores” de Cristina, los mismos que aparecían ya en el relato de los medios de difusión dominantes.

La delirante Jeanine Áñez, el títere que los golpistas bolivianos impusieron para no blanquear del todo el golpe con la asunción de un militar. La maniobra es inteligente, pero tuvo poca efectividad: al haber forzado la renuncia de Evo Morales con una “sugerencia” que equivale a la punta de una pistola, los militares dejaron en evidencia que son los ejecutores del golpe aunque prefieran no exponer a uno de los suyos como jefe formal del gobierno de facto que vino a terminar con una década y media de gobierno nacional-popular en Bolivia.

Esa fue básicamente toda la “autocrítica” que hicimos los militantes de la causa nacional-popular en Argentina entre la derrota en el ballotage del año 15 hasta bien entrado el año 19, que sería finalmente el último año de un gobierno de Mauricio Macri que habría de durar la mitad del tiempo previsto al no llegar a los dos mandatos u ocho años. Cristina volvió al escenario, puso orden y reemplazó esa falsa “autocrítica” por una actitud de borrón y cuenta nueva que resultó en la unidad peronista y en el triunfo de Alberto Fernández. La jugada de Cristina es magistral, nadie realmente se la esperaba y posibilitó que el pueblo argentino se sacara de encima rápidamente a Mauricio Macri para volver a soñar con un país en serio. Eso es fantástico, sin lugar a dudas, pero hay algo que sigue faltando y es la autocrítica bien entendida, la que va sin comillas. No, no falta la “autocrítica” a Cristina Fernández, dado que esa crítica ya se hizo al debatirse hasta el cansancio sus errores reales, percibidos o inventados por sus detractores. Lo que sigue faltando aquí es la autocrítica real de los sectores militantes, falta todavía que dejemos de hablar de CFK y nos pongamos a hablar de nosotros mismos.

Es bastante frecuente entre la militancia en general la crítica mordaz a los dirigentes propios, somos muy rápidos para señalar los errores que percibimos en la conducta de los que, valga la redundancia, nos conducen. Eso no estaría mal, por cierto, si no fuera porque el exceso de esa crítica a los dirigentes terminara resultando en la ausencia total de autocrítica militante. En otras palabras, al criticar excesivamente a los demás por lo que hacen o dejan de hacer, obviamos hacer el análisis de lo que nosotros mismos hacemos mal u omitimos, lo que debió ser una práctica habitual del militante, como solía ocurrir en los viejos partidos comunistas, por ejemplo. Pero la autocrítica no es una práctica habitual y tampoco es una práctica a secas entre nuestra militancia no adoctrinada en esta posmodernidad, hecho que siempre viene con cola.

Estamos haciendo algo mal

Cuando la militancia es incapaz de hacer autocrítica y la dirigencia logra igualmente superar una situación adversa mediante la aplicación de una buena estrategia, el resultado es que los militantes damos vuelta la página y pasamos a la siguiente etapa sin hacer el aprendizaje que la derrota suele brindar. En el caso de la militancia del proyecto nacional-popular en Argentina eso fue así porque gracias a la unidad del peronismo hecha “por arriba” pudimos revertir la derrota electoral del año 2015 ya en el primer intento, aunque nunca estuvimos ni cerca de entender los errores que hemos cometido en esa derrota. En realidad, ni sospechamos que buena parte del triunfo de Mauricio Macri se debe a errores propios de la militancia. Cristina y Alberto hicieron la unidad en el Frente de Todos, salvaron las papas y todos festejamos a lo grande. El problema es que el problema, justamente, lo han resuelto otros y aquí no pasó nada.

Pero pasó mucho, pasó de todo. La derrota suele tener consecuencias nefastas para el que pierde y la derrota del 2015 va a resultar en que el peronismo asuma el próximo 10 de diciembre un país literalmente puesto de sombrero, con un estado económico y social muy distinto al que existía cuatro años atrás. Macri se va y volvemos a tener un ciclo de gobierno nacional-popular, pero nadie sabe a ciencia cierta si el daño generado por los cuatro años de saqueo es del todo reversible. No había que perder las elecciones del 2015 y se perdió igualmente, con todas las consecuencias del caso a la vista y poca o ninguna conciencia acerca de nuestra participación en el hecho. Como el error fue subsanado sin la necesidad de que hiciéramos autocrítica y procediéramos de una manera distinta a la de siempre, nadie realmente hizo el aprendizaje y vamos a volver el próximo 10 de diciembre, sí, pero probablemente con las mismas mañas que nos hicieron perder en el pasado.

El politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama, ideólogo del “fin de la historia” como resultado de la desintegración del campo socialista en el Este y el ascenso de los Estados Unidos como única superpotencia mundial. En tiempos recientes, Fukuyama reconoció públicamente su error en el análisis y dijo que nunca hubo tal cosa como un “fin de la historia”. La historia es nuestra y la hacen los pueblos, diría Salvador Allende, personaje fundamental al que Fukuyama evidentemente optó por ignorar cuando pronosticó lo suyo en los años 1990.

El atento lector puede hacer la encuesta de sociología del estaño a la que ya estamos acostumbrados preguntándose a sí mismo o a un militante o simpatizante de lo nacional-popular que tenga cerca qué cosa hicimos mal nosotros —no Cristina, nosotros— para que el elector en Argentina diera mayoritariamente su voto a un candidato a que todas luces venía con el proyecto de un saqueo entre manos. Nueve de cada diez encuestados no solo no van a asumir que hicieron algo mal para que eso sucediera, sino que además van a poner afuera la responsabilidad. Van a hablar del rol de los medios, del “desgaste natural” después de doce años de gobierno, de que el argentino promedio es “facho”, de la campaña del miedo, de la injerencia de los yanquis, de Alberto Nisman, de las operetas judiciales y de la mar en coche. Casi todo cierto al 100% y con su respectiva cuota de influencia sobre el resultado final. ¿Y nosotros? Nosotros mismos, los que debemos multiplicar la cosmovisión de lo nacional-popular en el cotidiano para que prenda en el sentido común de las mayorías, ¿en qué fallamos?

“En nada”, dirá la mayoría de los nuestros. “Nosotros somos los que aguantamos los trapos y estuvimos resistiendo mientras estuvo Macri”, agregarán, como si de un partido de fútbol se tratara. En la conciencia de los nuestros esto es una cuestión de aguante y de no aflojar en las convicciones propias, puesto que el que tiene razón siempre va a triunfar al fin. Esta delirante idea—la de que la justicia es tan solo una cuestión de tiempo y de resiliencia— viene importada del relato fantástico muy visto en las películas de Hollywood y prende como fuego en la paja en el sentido común de los que simpatizamos por la causa de los pueblos. Por alguna extraña razón no es frecuente entre nosotros la comprensión de que la política es una lucha y no triunfa necesariamente el que tiene la razón, sino el que pelea más y mejor. El hecho de que los “malos” casi siempre ganan porque son más fuertes está a la vista y es históricamente verificable, pero aun así seguimos creyendo en la redención milagrosa.

La unidad del peronismo —simbolizada aquí por la presencia de Cristina Fernández en el Partido Justicialista— fue hecha “por arriba”, esto es, por encima de la incomprensión y la inflexibilidad de la militancia. Así, Alberto y Cristina “salvaron las papas” y el argentino pudo sacudirse el yugo macrista, pero la militancia no hizo el aprendizaje necesario, sigue pensando que hace todo bien y probablemente vuelva a cometer los errores que alguna vez nos llevaron a la derrota. He ahí el resultado de la ausencia de un proceso de autocrítica colectiva.

Una de las consecuencias de consumir ese humo es que jamás aflojamos, esto es, no damos un paso atrás en el sentido de tomar carrera para avanzar. Como estamos convencidos de que tenemos la razón y de que es solo una cuestión de tiempo para que la razón se imponga, no somos capaces de hacer un repliegue o de cambiar de actitud estratégicamente para obtener el triunfo. No, no hacemos eso. Lo que en verdad hacemos es extremar nuestras convicciones de siempre en el discurso y ponernos cada vez más agresivos frente al que no acuerda con nosotros, ya sea por ideología o por repetición de ideología ajena. En vez de comprender que fuimos derrotados y de que, por lo tanto, es necesario reinventarse y hablar distinto para persuadir otra vez a los que no están persuadidos, formando una nueva mayoría sobre bases nuevas para ganar de nuevo, reforzamos la reiteración sistemática de las ideas que nos hicieron perder en primer lugar.

¿Por qué? Por ideología. O, mejor dicho, por sobreideologización, por incapacidad de comprender que lo que para nosotros está muy claro puede no estarlo tanto para el otro. “Es obvio que Macri es un vago y un delincuente, no entiendo cómo no lo ven y lo siguen votando”, nos decía una militante bien talibán frente a los 40% y más obtenido por la alianza Juntos por el Cambio en las elecciones de octubre. Desde el punto de vista de esa militante apasionada y sobreideologizada, Macri no tendría que tener ni el voto de sus parientes después del desastre que hizo durante sus cuatro años como presidente. El hecho de que Macri representa los intereses de un sector antipopular en la política argentina estaba tan claro para esa militante como puede estarlo para nosotros y para el atento lector. Lo que esa militante sobreideologizada no tenía en claro era otro hecho, el de que no todo en sociedad está claro para todos los individuos y, por el contrario, nunca suele haber mucho consenso alrededor de lo que realmente es.

Evo Morales es el actual presidente constitucional de Bolivia, puesto que su renuncia jamás fue aceptada por el Congreso, como marca la ley. La militancia del MAS no pudo asimilar el hecho de que las mayorías avanzaron socialmente y por eso empezaron a tener nuevas demandas. Eso despejó el camino a la reacción, que se montó sobre esas demandas para desestabilizar el país y hacer el golpe con la venia de una parte importante de la sociedad boliviana.

He ahí la primera autocrítica que debimos hacer los simpatizantes y los militantes de la causa de lo nacional-popular: nuestra verdad está lejos de ser una verdad revelada y más lejos aun de ser compartida por las mayorías automáticamente. Eso no pasa y por eso es necesario persuadir constantemente al otro, socializando lo que para nosotros es la verdad. Y como nunca hicimos esa autocrítica y nunca nos pusimos a debatir seriamente la cuestión, el resultado fue la incapacidad de salir a persuadir a otros. Hasta bien entrada la campaña electoral muchos de los nuestros seguían ofendiendo, sobre todo en las redes sociales, a los que no estaban persuadidos de nuestra verdad. En vez de dar ese estratégico paso atrás y cambiar la actitud, elegimos profundizar la confrontación con el de al lado, con el par de a pie, casi siempre refregándole en la cara su responsabilidad en el desastre de Macri por haberlo votado en el 2015.

Sí, claro que finalmente ganamos las elecciones y pudimos derrotar el proyecto encabezado por Mauricio Macri en las urnas, aunque de ninguna manera lo hicimos gracias a la persuasión militante de todos los días. No fue así. Los 48 puntos obtenidos por Alberto Fernández son la suma del núcleo duro de Cristina, lo que pudo sumar el propio Alberto, el aporte de otros dirigentes como Sergio Massa, el concurso de los sindicatos y del peronismo en general y poco más que eso. Los que en el 2015 habían votado a Macri y cambiaron este año su voto sin haber venido arrastrados por los referentes mencionados lo hicieron porque su situación económica se había deteriorado gravemente, esto es, votaron en defensa propia o fueron convencidos por las circunstancias, que es como decir lo mismo.

La verdad es que los militantes pusimos muy poco en ese 48% más allá de nuestro propio voto y también es muy probable que hayamos puesto muchísimo en el 40% de Macri al sostener una postura inflexible frente a nuestros pares. Esa es la verdad que duele y que tanto dificulta la autocrítica. Nosotros sabemos que de ponernos nosotros mismos bajo la lupa del análisis de nuestro comportamiento, el resultado de dicho análisis será demasiado desagradable. Tan desagradable como la triste conclusión de que, hoy por hoy, como militantes restamos más de lo que sumamos.

La alianza cívico-militar en el gobierno nacional-popular es la garantía de que Venezuela no sea cíclica y que no tenga reacciones cada 10, 12 y 15 años, como suele suceder en los demás países de la región. Hegemonizando las instituciones militares y religiosas, el chavismo se asegura la hegemonía sobre la sociedad civil y “ata la vaca” sin dejar lugar para que maniobren los golpistas reaccionarios.

Bien mirada la cosa somos electores cuyo voto vale muchísimo, pero por otra parte piantamos el voto de otros. Estas elecciones del año 2019 en Argentina no las hemos ganado gracias a nosotros como militantes de la causa, sino precisamente a pesar de nosotros como tal. En un hecho fácilmente verificable la existencia de buena cantidad de gente que no vota al peronismo porque no nos soporta. ¿Y por qué eso pasa? Porque somos tajantes, extremadamente obstinados y hasta porfiados. Y el otro se da cuenta de eso, percibe ese comportamiento y tiende a ponerse en frente muchas veces con la única finalidad de hacernos la contra. El problema de entender la política como un partido de fútbol es ese: el otro siempre va a tender a hacer lo mismo.

Nadie tiene noticia de un hincha de Boca que haya persuadido mediante la argumentación a un hincha de River para que cambie de casaca. Eso no pasa ni debe pasar, puesto que la naturaleza de la rivalidad deportiva es la inflexibilidad y está bien que así sea, puesto que en esa rivalidad no se juega mucho más que cuestiones simbólicas de honor que no le dan de comer a nadie. Pero la política es otra cosa, es la lucha por el poder en el Estado con la finalidad de transformar la realidad. Por lo tanto, la política no es como el fútbol y la derrota tiene consecuencias mucho más graves que las clásicas “gastadas” de los amigos y compañeros de trabajo cuando nuestro equipo pierde. En la política, cuando pierde el equipo de uno, entonces a uno lo pasan por arriba durante varios años y uno sufre de verdad. Entonces al otro hay que persuadirlo para que se ponga nuestra casaca y hay que hacerlo constantemente, porque el que cambia hoy vuelve a cambiar mañana y la persuasión, como se ve, nunca es de una vez y para siempre.

¿Por qué la derrota viene?

Ahora bien, habíamos empezado este análisis hablando de Uruguay y de Bolivia, donde luego de 15 años de aplicación de proyectos políticos de tipo nacional-popular sobrevino la derrota de los pueblos y la reacción. En Bolivia se ve claramente una suerte de “clase media” revoltosa que no existía antes del 2005, cuando Evo Morales llegó a la presidencia. Esa “clase media” se manifiesta hoy activamente en apoyo al golpe de Estado que derrocó a Evo y lo hace afirmando estar “harta de la tiranía”, pidiendo un “cambio”. En Uruguay, por otra parte, los mismos pueblos empoderados en la política por el Frente Amplio desde el año 2005 en adelante concurren ahora masivamente a votar por la reacción, también con el argumento de la necesidad del “cambio” y enumerando los errores de los gobiernos de Tabaré Vázquez y del “Pepe” Mujica. Es decir, después de 15 años los que estaban persuadidos de algo fueron persuadidos de lo diametralmente opuesto y entonces los proyectos de tipo nacional-popular en Bolivia y en Uruguay fueron derrotados.

¿Por qué? ¿Cómo es posible que cambie de opinión el que pudo tener una opinión, precisamente, gracias a la existencia del proyecto político que se sustentaba en esa opinión? Nuestra militancia suele exasperarse ante el hecho, suele hablar de “desclase”, de “memoria corta” y mucho más para dar la respuesta al interrogante planteado. Y no sin razón, por supuesto, ya que es evidente aquí la mordedura a la mano que dio de comer, para decirlo informalmente. El problema es que ya estamos naturalizando esa mordedura y hay gente de este lado convencida de que luego de cierto tiempo —típicamente una década o una década y media, los 10, 12 y 15 años que vemos en todas partes— las mayorías populares se olvidan de donde vienen y, al tener resueltas todas las urgencias por el gobierno popular, se vuelven en contra de ese gobierno hasta destruirlo. Estamos naturalizando eso como una fatalidad y estamos empezando a sospechar que América Latina es cíclica, que no hay nada más que hacer salvo disfrutar los años de bonanza y aguantar los de malaria.

Publicidad electoral del reaccionario uruguayo Lacalle Pou con el lema “Está bueno cambiar”. Por todas partes los alfiles de las corporaciones se montan sobre el eslogan del “cambio” para forzar el retroceso de los pueblos en América Latina y vienen teniendo mucho éxito en su propósito porque nunca cambiamos los que realmente tendríamos que hacerlo: nosotros mismos.

Hay un nivel altísimo de determinismo en esas conclusiones, por cierto, aunque es innegable el hecho de que todas las evidencias parecerían corroborar la teoría. Salvo en Venezuela, todos los ciclos de gobierno nacional-popular del presente siglo en América del Sur han sido más o menos largos como en los casos ya mencionados de Bolivia y Uruguay (2005/2019), pero también como en los de Brasil (2003/2016), Ecuador (2007/2017) y Argentina (2003/2015). Todos ellos del orden de una década y una década y media de duración. Hay algo allí que empieza, se desarrolla, se desgasta y se muere a manos de los mismos que en primer lugar lo habían generado y es realmente muy difícil no caer en la tentación de explicarlo todo con la teoría del desclase de los llamados “piojos resucitados”, los que apenas tenían para comer antes del advenimiento de los gobiernos del pueblo y hoy, aupados a una ilusión de “clase media”, piden “cambios”.

La explicación por el “desclase” de las mayorías populares —sumada a la del trabajo de colonización cultural de los medios de difusión— suena muy bien y parece servir para explicarlo todo, pero no hace avanzar la cuestión. ¿Qué hacemos con eso los que nos negamos a resignarnos a la idea de los ciclos, que es una sobredeterminación? Si nos resignáramos a que eso es así tendríamos que aceptar también la otra idea, a saberla, la de que América Latina no tiene futuro y esto siempre va a ser un paso adelante y dos pasos atrás, sin importar todo lo que logremos avanzar en materia económica y social cada vez que los pueblos tengamos el poder político en el Estado. Si vamos a aceptar la idea de los ciclos como un mandato ya resulta inútil de antemano cualquier lucha política, puesto que será solo una cuestión de tiempo hasta que los poderes fácticos, la oligarquía y las corporaciones se hagan con el gobierno y destruyan todo lo que podamos haber realizado. Entonces la teoría de los ciclos es antipolítica y es profundamente reaccionaria, como se ve. Y hay que falsarla.

No hay ciclos, lo que hay es un anquilosamiento de los que tendríamos que ser dinámicos como la propia modificación de la realidad social que nosotros mismos impulsamos. Es curioso como los militantes del proyecto político cuyo objetivo es cambiarlo todo somos los menos capaces de comprender que al hacerlo, precisamente, lo que cambia es el nivel de conciencia social de los pueblos a los que nuestro proyecto les cambia la vida. Parece un trabalenguas y no lo es, sino el reconocimiento de lo obvio ululante: queremos cambiar la realidad, pero queremos hacerlo sin cambiar nosotros mismos jamás de discurso. Pretendemos hablarle a un sujeto hoy como le hablábamos hace una década y media, cuando ese sujeto estaba en otro lugar.

El General Manini Ríos, ariete por “extrema derecha” de la alianza electoral de Lacalle Pou en Uruguay. Gracias al aporte de Manini, el frente reaccionario pudo captar las voluntades de los uruguayos que exigen seguridad pública y compran, naturalmente, el discurso de la “mano dura” contra el delito. Manini Ríos fue destituido del Ejército por Tabaré Vázquez y allí inició su carrera política, debutando con un 11% en la primera vuelta, performance impresionante para un principiante y más que suficiente para posicionarse en el escenario con capacidad de negociar (un total de 3 senadores y 11 diputados electos por su partido, Cabildo Abierto).

Por su parte, el proyecto político reaccionario que actualmente utiliza el “cambio” como eslogan, pero no pretende cambiar nada sino justamente conservar el statu quo, es el más capaz de renovar su discurso una y otra vez para adaptarlo a los tiempos. Es realmente una paradoja, en la que los conservadores son intelectualmente progresistas y los progresistas son intelectualmente conservadores, sin que ningún progresista se percate del hecho. Mientras ellos, los militantes del “cambio” que nunca llega son absolutamente pragmáticos y dicen lo que hay que decir en cada momento para obtener el triunfo, nosotros pretendemos repetir nuestra verdad realidad indefinidamente y pretendemos —esto es lo más delirante del asunto— que el receptor lo acepte pasivamente, que nos escuche decir siempre lo mismo, nos aplauda y nos sea políticamente fiel hasta el fin de los tiempos.

Concretamente, en los casos de Uruguay y de Bolivia, que nos sirven para hacer un poco de abstracción de lo nuestro y explicar con más facilidad, la militancia de los pueblos no fue capaz de comprender que al estar satisfechas las necesidades básicas de las mayorías por acción del propio proyecto nacional-popular hecho gobierno, esas mayorías van a exigir siempre algo más. No sirve con decirles que recuerden de dónde venimos, que si gana la reacción van a destruir todo lo que hemos conquistado en todos estos años, eso no prende en las conciencias de los más. Lo más probable es que el individuo que antes no comía y ahora come empiece a demandar un discurso político, digamos, un poco más sofisticado. Al parecer, en Uruguay se le reprochaba al gobierno del Frente Amplio el no haberse ocupado de la seguridad pública, mientras que en Bolivia muchos de los que hace 14 años estaban hambrientos empezaron a exigir “calidad institucional”. Sí, es comprensible la indignación del que mira la cosa con perspectiva histórica a mediano plazo: antes no tenían nada y ahora quieren té de Ceylán, como diría Enrique Santos Discépolo. Pero es así y hay que atenderlo.

De una manera general, en el trato cotidiano con nuestros pares a los militantes y simpatizantes de lo nacional-popular nos cuesta mucho tolerar a los llamados “piojos resucitados”. Además, estamos siempre fuertemente condicionados por el signo ideológico rector del proyecto político por el que militamos o simpatizamos y por eso tendemos a asociar las demandas por mejor seguridad pública con el discurso de “mano dura” y los reclamos de más “calidad institucional” con la farsa de la democracia tutelada, cosas que ubicamos simbólicamente en la mal llamada “derecha”. No queremos ser “de derecha”, nos horroriza la posibilidad de que nos digan “fachos” y en consecuencia evitamos como la misma muerte el caer en discusiones serias sobre seguridad pública o lo que se suelen llamar los “valores republicanos”, etc. Por una parte, no toleramos a los “desclasados” y, por otra, tenemos una serie de temas tabú sobre los que nos negamos a debatir. Y es allí, justo allí, donde la reacción opera para subvertir la conciencia de las mayorías populares en el tiempo, persuadirlas y hacer que voten por un proyecto político que no es el suyo o lo apoyen en sus intentonas golpistas. La reacción opera sobre las demandas del que avanzó socialmente y se apropia de la representación de esas demandas, levanta las banderas que nosotros no podemos o no queremos levantar e impone con ellas la derrota de los pueblos, que se nos aparece como cíclica.

Pero no hay nada de cíclico en ello y si el Frente Amplio perdió las elecciones en Uruguay no es porque el desgaste “natural” tocó su límite y la gente pidió el “cambio”. Si el próximo presidente de Uruguay va a ser un reaccionario como Lacalle Pou es porque Lacalle Pou y los demás reaccionarios que lo acompañan supieron ponerse al frente de las nuevas demandas de las sociedad uruguaya y representarlas simbólicamente, aunque, como se sabe de antemano, una vez que asuma el gobierno Lacalle Pou no va a atender esas demandas ni mucho menos, sino que va a hacer la gran Macri o la gran Bolsonaro y va a dedicarse a implementar el proyecto político de las clases dominantes en el sistema, que para eso existe. Más allá de eso, si se confirman los resultados en el escrutinio definitivo, Lacalle Pou va a lograr ponerle un punto final al gobierno del Frente Amplio y no porque eso es cíclico y así tiene que ser, sino porque los militantes del Frente Amplio fueron incapaces de evolucionar en su discurso y se vieron ideológicamente limitados para hablar de aquello que el pueblo uruguayo quería debatir. Y otro tanto pasó con la militancia del MAS de Evo Morales, aunque desde luego las circunstancias golpistas en Bolivia son mucho más dramáticas.

La derrota de los pueblos viene cuando los que luchamos políticamente la causa popular no logramos avanzar, ya sea por indolencia o por limitación ideológica. Cuando los militantes no entendemos que los pueblos cambian y que nuestro discurso debe acompañar ese cambio, cuando nos quedamos rehenes de la sobreideologización y no ofrecemos las soluciones pragmáticas que la gente demanda, entonces se produce el cambio de opinión y la puerta queda abierta para que la reacción llegue y destruya al pueblo-nación, mientras reemplazamos la autocrítica por la autoindulgencia y maldecimos un ciclo que no existe para expiar culpas. Tanto la victoria como la derrota se construyen, no hay nada que venga casualmente ni nada cae del cielo. Los argentinos tenemos otra vez la posibilidad de iniciar un nuevo gobierno nacional-popular, subsanar los innumerables problemas que va dejando el gobierno reaccionario y luego de volver a avanzar. ¿Qué haremos cuando avancemos y cambien las demandas de nuestra gente? ¿Nos pondremos pragmáticamente al frente de esas demandas, representando los intereses del pueblo? ¿O seremos rehenes de nuestra superstición cíclica y de nuestra limitación ideológica, dejando el camino despejado para el triunfo del enemigo? Depende de nosotros, está en nosotros elegir. La experiencia histórica propia y la de nuestros hermanos de América Latina tiene que alcanzar para que comprendamos que los únicos artífices de nuestro destino somos nosotros mismos. Y que todo lo demás es humo.