Desde el estreno de la película de Todd Phillips el pasado 4 de octubre en nuestro país, Joker (Estados Unidos, 2019. 123min.) ha pasado a ser materia de opiniones y análisis de lo más variados y abundantes, por lo que esta reseña intentará no ser reiterativa, aunque pueda pasar por muchos lugares que ya han sido transitados. Porque lo que sucedió con un villano por demás conocido por el promedio de la sociedad gracias a los años de cómics y remakes de la saga Batman, con un antecedente tan fuerte como el Guasón interpretado por Heath Ledger que supo hacer tambalear al histórico Jack Nicholson en el mismo rol, indica que el personaje de Arthur Fleck que compuso Joaquín Phoenix ha tocado una fibra sensible. Fue más allá, nos atravesó transversalmente. Nos puso a pensar.

Y en ese ponernos a pensar surgieron reflexiones tanto individuales como colectivas que resultan necesarias para analizar el momento que atravesamos en la Argentina post Macri. Las asociaciones son inevitables, ya que Joker (o “El Broma”, en su traducción literal) atraviesa de manera directa lo que sucede cuando se deja a un sujeto de lado desde todos los ángulos posibles. La historia de Arthur Fleck es la de muchas personas en el mundo: un tipo de mediana edad que vive con su madre y la cuida, soltero, sin hijos ni proyectos, con un laburo de mierda y sujeto a rutinas que agotarían la cabeza de cualquiera en cualquier lugar. Es el resultado de la sociedad del consumo, esa que determina que algunos accedan a un bienestar que les es restringido a otros, pero también es parte de un esquema cultural que se refuerza en torno a erradicar todo aquello que nos resulte incómodo.

La marginalidad, en el caso de Fleck, se da no sólo por lo descrito sino también por una condición (aparentemente médica) que lo hace reír descontroladamente cuando se pone nervioso. Similar al síndrome de Tourette, pero con la enorme ironía de una sonrisa que enmascara un sufrimiento atroz. Sin embargo y a pesar de la cantidad de elementos que forman parte de la vida cotidiana del protagonista, lo que vemos en él es una permanente pasividad ante la desgracia que atraviesa en todo ámbito en el que lo vemos transitar. El flagelo al que está sometido de manera permanente por esa vida que vive casi muerto, con un cuerpo demacrado y una composición fenomenal de Phoenix para retratar esa vida miserable, el propio Fleck lo recrudece al justificar, casi sin quererlo, que su existencia esté determinada de esa manera.

Pero hay varios puntos de quiebre en el relato, el primero de ellos que comienza en un acto casi reflejo de supervivencia que lleva la historia hacia su primer gran tragedia: asesina a tres personas, hijos de la alta sociedad, en el subterráneo de Nueva York. Y es la primera vez desde que empieza el largometraje que Arthur Fleck se defiende de una de las tantas agresiones que recibe sistemáticamente. Y es la primera vez en toda su vida que se siente bien. He ahí el punto crucial de toda la trama.

Porque no es, como podría analizarse superficialmente, una oda a la violencia ni una justificación sádica del crimen. Tampoco es una romantización del asesinato ni mucho menos una oda a la fatalidad. Reducir el discurso del film a esos aspectos es desmerecer la profundidad de los planteos que giran en torno a esto. Hay un detalle progresivo de las cuestiones que lo llevan al protagonista a gozar de darle muerte al otro; uno fundamental es la crítica al sistema de salud norteamericano ya que la historia, a pesar de provenir de los cómics y de ser la antesala de la Ciudad Gótica que todos más o menos conocemos, transcurre en la Nueva York anterior a Giuliani, el alcalde que desde hace unos años trabaja allí con una fuerte política de seguridad pública y que ha dado algo de orden al caos que siempre fue esa ciudad por causa de los inmensos contrastes que en ella conviven. La ciudad en la que vive Fleck es un rejunte de marginalidades, de lujos exorbitantes y de distancias irreparables entre lo que unos pueden y otros no. De ahí que el asesinato en el metro tome tal importancia para el resto de la película, que transcurre por dos vías en paralelo hasta que se encuentran en el final.

Por un lado está Fleck, con ese descubrimiento de sí mismo que se va desarrollando y desenvolviendo de manera magistral gracias, nuevamente, a la hermosa labor actoral de Joaquín Phoenix. Porque, aunque en lo estético y compositivo hay algunos detalles demasiado hollywoodenses, lo cierto es que están justificados absolutamente por el mensaje que se logra irradiar a un público que, en general, va al cine por el morbo y el entretenimiento y, en este caso, se termina chocando con un espejo. Y es un espejo crudo, directo, que interpela profundamente y hasta molesta, generando en algunas salas en las que se proyectó aplausos y en otras, que la gente se levante y se retire antes del final. Esto pasó y sigue pasando acá, donde a casi dos meses de su estreno se sigue proyectando en cines, dado el fenómeno de público que convocó esta versión de un personaje que ahora, a entender de esta reflexión con excusa de reseña, somos un poco cada uno de nosotros.

En ese proceso de descubrimiento creciente que hace la figura principal, las limitaciones del sistema económico en el que vive, el abandono absoluto del Estado ante la salud mental y la depresión en un EE.UU. en crisis lo que se va mostrando es cómo el sujeto violentado desde la cuna hasta su adultez es moldeado para pasar desapercibido, para integrar de manera lo más homogénea posible al conjunto y ser funcional a él, una vez que descubre su propia existencia (“al fin me empiezan a ver”, dice, en un momento de este despertar) ya no quiere prescindir de ella. Y se hace cargo de llevarla y realizarla hasta sus últimas consecuencias. Podría decirse que es la reivindicación del lumpen, ya que todos conocemos cómo siguió la historia del Guasón y cómo termina siendo realmente el villano de la serie. Pero no es así, porque sería eso dejarle toda la carga al personaje, al individuo, y no hacernos cargo de lo que como comunidad construimos a su alrededor.

Ahí está el espejo que molesta, el que nos convoca a pensar cómo nos comportamos con el otro, cuán tolerantes somos, cuán comprensivos y compasivos, cuán atentos estamos y cuánto realmente nos importa todo eso. Porque mientras él encara su propia redención, con una transformación morfológica digna en sí misma de toda admiración hacia el laburo actoral de Phoenix (sí, otra vez, porque es el gran hacedor de la historia más allá de los huecos de guion y de los excesos estéticos y temporales del director), el resto de la comunidad que lo rodea y a la que él deja de ver para poder verse a sí mismo, también encara un proceso de resurgimiento luego de toda una vida de estar sometidos a un autocontrol del que, hasta ese momento, no habían sido del todo conscientes.

Es, por temporalidad además, muy similar a lo que sucedió en Chile con las manifestaciones. Comenzaron con los estudiantes que durante años buscaron la manera de manifestarse sin que los cagasen a palos hasta que un día perdieron el miedo y se bancaron los palos. Y ahí le dieron el impulso al resto para salir a bancar la situación. Un pueblo sometido y autoflagelado durante más de 40 años un buen día despertó y fue por un proceso silencioso, sí, pero también fue por una chispa que se encendió. Eso pasa en Joker, de eso habla y da una respuesta (una de tantas) a lo que puede resultar cuando se aprieta demasiado a una comunidad. Pero, sobre todo, lo que hace esta película es ponernos a pensar cuál es nuestro rol en todo eso, qué es lo que hacemos cada día y en cada ámbito para sobrevivir o empezar a vivir la vida.

El dilema existencial que se expresa puede ser tomado desde muchos lugares, pero no hay dudas de una cosa: Joker logró que en todo ámbito la gente, que muchas veces pensamos que no está pensando en muchas cosas, se pusiera a discutir sobre el drama de la soledad y la violencia como resultado de la violencia. Lo que logró Joker fue que todos quisieran expresar una opinión, para bien o para mal, sobre lo que en esas poco más de dos horas de fílmico se quería comunicar. Y lo que logró, además, es que muchos que se sintieron toda la vida invisibles pasaran, al menos por un instante, a ser los protagonistas de una historia que se puede escribir de muchas maneras, pero que nos toca profundamente porque habla de humanidad. Y de hacerse cargo también.

Por eso, este mes en el que necesitamos empezar a pensarnos de verdad y a hacernos responsables de la enorme tarea que tenemos por delante para salvar la Patria, desde acá recomendamos a quienes no hayan visto Joker que lo hagan y que piensen, luego, en qué espejo se quieren mirar. Vale la pena y la libertad también.