Para ser libres necesitamos dejar de pensar como los esclavos. Lo que nos hace esclavos es algo objetivo, material, pero también es una forma de mirar el mundo. La esclavitud no solo nos ata con cadenas, también nos ata con una moral: la moral de los esclavos. La moral del esclavo es la heredera directa de la peor versión del cristianismo, predicando que la mayor virtud de un ser humano está en el hecho de ser víctima. De esta forma, los más perjudicados, los mártires, son recompensados con la santidad. Esto aún vive en el progresismo que se declara en contra de la Iglesia pero que solo busca sustituir a la Iglesia. Y así surgen los nuevos crucificados, los campeones morales, el pacifismo y el enamoramiento que muchos tienen con la idea de resistencia. Estar abajo es la clave, un fin. Estar abajo es cosa de santos y por eso perdemos antes de empezar. Porque ganar implica tomar el poder y no vamos a tomar el poder mientras haya una voz en nuestras cabezas que nos diga que eso del poder es cosa de malas personas.

Por eso necesitamos armas. Y no hablamos de una guerrilla o un grupo terrorista. Eso hoy no nos sirve para nada o casi nada. Lo que necesitamos son las armas reales, la armas que tienen poder de verdad. Necesitamos ejércitos.

Entendemos que, ahora mismo, la moral del esclavo susurra con voz progresista que hablar de ejércitos es cosa de fachos. La máquina culposa es un carcelero despiadado que solo nos perdona cuando asumimos nuestro lugar en la prisión. Y el único lugar que la culpa progresista nos permite es el de las víctimas. De esta forma, ser pacifistas, poner la otra mejilla, pasear por las calles y por los medios la miseria de vivir derrotados, queda bonito. Muy limpio, demasiado limpio. Pero estamos en una guerra y no vamos a ganar esta guerra con limpieza. La vamos a ganar con poder. Y las armas son un elemento fundamental del juego del poder.

Ni amos ni esclavos. Nadie está aquí hablando de ser imperialistas. El imperialismo anula la diversidad y nuestras naciones necesitan de la diversidad. Un sistema sin diversidad está condenado a una sola opción frente a las crisis, un sistema sin diversidad es un sistema enfermo y debemos escaparle a esa enfermedad. De lo que aquí estamos hablando es de la necesidad de tener ejércitos al servicio de la clase trabajadora. Ejércitos populares que protejan los intereses nacionales, incluso la diversidad interna, lejos del imperialismo, y leales a los intereses de su pueblo. Policías, milicias, infantería, marina, aviación. Todo. Si lo que buscamos es la libertad entonces las armas tienen que estar de nuestro lado.

El General San Martín, la prueba de que la ideología “antimilico” es una aberración entre las fuerzas populares y fundamentalmente en el peronismo. Los principales héroes de los pueblos en nuestro país han sido militares y el propio peronismo es un movimiento fundado por un militar de carrera.

Nadie te pide que agarres un fusil, pero deja de condenar a aquellos que sí lo agarran por el hecho de hacerlo. Nadie te pide que te metas en la policía, pero deja de condenar a aquellos que sí deciden entrar en la policía. Odiar a las fuerzas armadas solo sirve para que las fuerzas armadas nos odien. Y no podemos darnos ese lujo. La pelea no es con ellos, la pelea solo se puede ganar con ellos. Tienen entonces que dejar de ser “ellos” y pasar a ser parte del “nosotros”.

Venezuela resistió los sucesivos golpes del capital internacional porque tenía un ejército al servicio del pueblo, Rusia estaba en la ruina y volvió a ser potencia entre otras cosas porque tenía un ejército popular y Portugal alcanzó la democracia gracias a un levantamiento militar. Y sí, Perón era un general, como lo fueron Simón Bolívar, José de San Martín y Manuel Belgrano. El trostkismo quizás los desprecie a todos, olvidan que Ernesto Che Guevara murió como un soldado o que el mismo León Trotsky fundó las Fuerzas Armadas Soviéticas para hacer su revolución. El progresismo seguramente piense algo similar, también ellos olvidan a las mujeres kurdas defendiendo sus derechos desde el ejército. En todos estos casos los pueblos renunciaron a ocupar el lugar de víctimas virtuosas que dicta la moral del esclavo y por eso mantienen su libertad.

Aunque quizás la importancia de tener las armas al servicio del pueblo se pueda explicar mejor por la negativa. Es decir, mostrando aquellos casos en los que tener al ejército en contra llevaron a las políticas populares al desastre. En Chile, Bolivia, Egipto, Honduras, Guatemala y en la misma Argentina deberíamos tener en claro qué sucede cuando esas armas no están de nuestro lado.

Se creyó durante mucho tiempo que las distintas fuerzas armadas solo servían para someter al pueblo. Nosotros sostenemos que sí. Que para eso sirven. Pero que también sirven para todo lo contrario. Consideramos que las fuerzas armadas son imprescindibles para permitir el desarrollo de un pueblo libre. Cristina y Néstor sabían eso mejor que nadie. Comprendieron desde el minuto uno que necesitábamos esas armas a nuestro lado.

León Trotsky, la contradicción mayor de la mal llamada “izquierda” argentina, que detesta todo lo que tenga que ver con lo militar y a la vez tiene como referente a un “milico” que organizó el Ejército Rojo soviético.

No fue entonces casual que la primera medida de Néstor Kirchner fuera el descabezamiento de la cúpula militar y el nombramiento del General Bendini. Que el cuadro de Videla fuera bajado por el nuevo Jefe del Estado Mayor del Ejército Argentino tenía el objetivo simbólico de cambiar el rumbo del ejército. Enviar el mensaje de que a partir de ahora empezaba el camino hacia otras fuerzas armadas, las nuestras.

Tampoco fue entonces casual el nombramiento del general Cesar Milani en el año 2013. Necesitábamos de nuestro lado un líder militar, peronista, patriota, junto a Hebe de Bonafini. Todo eso tenía que ocurrir si queríamos construir una patria libre. Por eso cuando en ese mismo año un soldado encontró documentos con información sobre la complicidad civil en el golpe del ‘76, aquellos documentos viajaron a través de toda la cadena de mando hasta el despacho del Ministro de Defensa. Esto nunca antes había ocurrido en la historia del país. Aquello fue el resultado de un ejército que se estaba limpiando de traidores. El proyecto de unas fuerzas armadas al servicio de la nación empezaba a dar sus primeros frutos.

Menos casual fue el acoso que Cesar Milani sufrió por las empresas de medios. A fin de cuentas el aumento del presupuesto para la Inteligencia del Ejército en detrimento de la ex SIDE apuntaban a borrar del mapa político a unos servicios de inteligencia lacayos del poder internacional. Por desgracia aquellas críticas no fueron respondidas por los nuestros, demasiado temerosos de la culpa que implica estar del mismo lado de aquellos que tienen las armas. Esa tibieza, esa culpa derivada de la moral del esclavo, lo dejó solo frente a las bestias, demasiado solo. Desde aquí le enviamos un caluroso abrazo a nuestro compañero.

El Ejército Bolivariano, otra contradicción del progresismo y de la mal llamada “izquierda”. En Venezuela —al igual que en Cuba— han demostrado que ninguna revolución es posible sin tener las armas en la mano. Y que la revolución es directamente imposible si las armas las tiene el enemigo de los pueblos.

En ese contexto fue que surgió el juicio por delitos de lesa humanidad contra el General Milani. Acusaciones de las que fue absuelto. Y si bien los cargos eran de un orden distinto a las acusaciones de corrupción que sufrieron Cristina y el resto de los funcionarios, la campaña contra Milani respondía al mismo mecanismo: acoso mediático y persecución judicial con prisión preventiva incluida. Se repetían de esta forma los informes de Lanata, las fake news y las notas de Clarín avivando el clima de culpabilidad. Sin embargo muchos de los nuestros seguían callando. En el caso de Cesar Milani defender la inocencia de uno de los nuestros implicaba liberarse de la moral del esclavo. Y la moral del esclavo nos decía que defender a un militar es cosa de fachos y nosotros no queríamos ser fachos. Estábamos seducidos. Enamorados por la idea de ser víctimas, resistentes, los campeones morales que se consuelan teniendo la virtud siempre de su lado. De esta forma le dimos aire a la SIDE y perdimos la oportunidad histórica de tener una inteligencia al servicio de la patria.

Durante los 12 años de gobierno popular cometimos errores, pero también tuvimos muchos aciertos. Volvimos. Y no volvimos solo por el hecho de tener razón. Para volver, para quitarnos a estos delincuentes del medio, tanto la militancia como la sociedad organizada aprendieron a madurar. Hoy somos un pueblo más sabio, mejor. Es cierto que la moral del esclavo continúa siendo fuerte entre los nuestros, tan cierto como que esa moral tiene los días contados. La moral de las víctimas, de los mártires, de la eterna resistencia, de los románticos de la lucha que aman perder porque la derrota los hace más puros, esa moral se tiene que morir. Y será pronto. Los progresistas todavía no lo saben pero ya son pasado. Es entonces el momento de seguir aprendiendo, de actuar con velocidad, es el momento ocupar el lugar que nos pertenece como pueblo. Para eso hay que entender, de una vez y para siempre, que no hay nada más antirrevolucionario que no ganar. Y para ganar necesitamos dos cosas: el poder económico y las armas de nuestro lado.