A poco más de un mes del inicio de un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular en la Argentina ya empiezan a verse en la economía y en la sociedad en general cambios en el comportamiento del argentino que indican la llegada de un nuevo tiempo. Sin ir mucho más lejos, ya en la primera temporada de verano posterior a la asunción de Alberto Fernández como presidente de la Nación los que nos dedicamos al turismo vemos claramente un notable incremento en la cantidad de familias que salen a vacacionar y a copar los destinos turísticos nacionales. Aunque sea fácticamente imposible registrar cualquier mejora sustancial en la economía de las familias en tan solo un mes de nuevo gobierno y de aplicación de nuevas políticas, se verifica una mejora, eso sí, en la perspectiva que tenemos los argentinos de cara al futuro.

Y eso impacta en la economía. ¿Cómo es posible que haya en este principio de temporada veraniega un movimiento de turistas superior al del año pasado si no hubo tiempo para que se dé una mejora sustancial en la economía? En otras palabras, ¿cómo puede ser que las familias salgan a copar los destinos turísticos del país si no tienen en el bolsillo más dinero hoy respecto al año pasado?

Esos son los cuestionamientos que se hacen hoy todos los que se dedican a la actividad turística, pero seguramente también en otros sectores. Sin que haya mediado todavía ningún cambio significativo en la economía ya se verifica un incremento de turistas en la temporada y parece repuntar el consumo. ¿Es solo una cuestión de cuánto dinero hay en la calle? ¿O hay otros factores incidiendo sobre la realidad?

Está claro que es así. Lo que se ve hoy a escasos 30 días del nuevo gobierno peronista es un aumento en la confianza del argentino respecto al futuro. A diferencia de lo que pasaba durante el gobierno del presidente Mauricio Macri, cuando la interminable secuencia de ajustes, tarifazos y devaluaciones ponía un enorme signo de interrogación sobre las perspectivas de los trabajadores y de la clase media, existe hoy una percepción de que si bien no hemos superado la recesión —cosa que sería imposible de lograr en tan poco tiempo—, vamos a estar mejor en el corto y en el mediano plazo. Esto es, la crisis aun existe y es innegable, pero esa existencia no es suficiente razón para el pesimismo generalizado y mucho menos para dejar de disfrutar unas merecidas vacaciones. La crisis aun existe y va a dejar de existir pronto, por lo que es razonable “gastar a cuenta” de los mejores tiempos que vendrán. He ahí el llamado índice de confianza del consumidor, uno de los indicadores fundamentales de la economía que, paradójicamente o quizá no tanto, no tiene relación causal directa con el estado real de la economía, sino más bien todo lo opuesto: la confianza del sujeto consumidor es el factor clave para la superación de cualquier ciclo recesivo.

¿Por qué? Por aquello del ciclo económico virtuoso en las teorías keynesianas. En una economía basada en el consumo, lo fundamental es que dicho consumo sea siempre constante y, si se interrumpe, que vuelva a ponerse en marcha para volver a activar rápidamente toda la economía. No es nada de otro mundo y se resume en la siguiente fórmula: si el consumidor cree que en el futuro a corto y mediano plazo su situación económica va a mejorar y va a mantenerse con cierta estabilidad, entonces tiende a gastar dinero consumiendo y con la certeza de que por haberlo gastado hoy el dinero no va a escasear mañana. Y eso funciona como una suerte de profecía autocumplida, porque cuando el consumidor consume y gasta, genera actividad comercial; luego, esa actividad empieza a demandar mano de obra y también activa las demás actividades en los sectores industrial, de transporte, de servicios, etc., que a su vez van creando más puestos de trabajo allí donde la recesión había forzado despidos. Más gente trabaja y percibe un salario estable, por lo que vuelve a consumir y ahí está el ciclo virtuoso de la economía en marcha, incluyendo el alza en los salarios que es característica o consecuencia de los bajos índices de desocupación.

Vista de una playa argentina repleta de turistas durante la temporada de verano. Después de cuatro años en los que las clases populares sufrieron todo tipo de privaciones y el veranear fue un lujo para pocos, la economía se recupera y vuelven los trabajadores a acceder al derecho al ocio.

No importa cómo vote o qué postura ideológica tiene cada argentino. Lo que nos es común a todos es la idea arraigada y fundada en la experiencia de que el peronismo activa la economía del país. Incluso los antiperonistas saben que eso es así y, si insisten en aferrarse a la postura del anti, lo hacen por razones más bien de ideología. Al fin y al cabo, el argentino sabe tal vez intuitivamente que un gobierno de signo peronista es la garantía de recuperación de la actividad económica, de alza en los salarios y de un cierto nivel de estabilidad. Entonces ante esa certeza y ante el inicio de un nuevo ciclo de gobierno peronista, se deja convencer por la intuición, sale a consumir con el dinero que había estado guardando para capear futuras tormentas y termina reactivando la economía a base de actitud. En una palabra, el argentino deja de anticipar esas tormentas futuras y consume hoy lo que quiere o necesita consumir hoy, con lo que efectivamente aleja del horizonte las temidas tormentas.

Tampoco es necesario ser economista ni experto en análisis de mercado para comprender que eso es así. Con la simple observación de la dinámica del consumo en relación con los ciclos políticos en nuestro país es suficiente para saber que el peronismo pone en marcha la economía. Y si la economía va a ponerse en marcha ahora que el nuevo ciclo de gobierno de signo peronista en el Estado ha empezado, entonces un padre de familia no necesita más razones para, por ejemplo, disfrutar junto a los suyos de una quincena en la Costa Atlántica, en las sierras de Córdoba, en la Cataratas del Iguazú, en la Patagonia o en cualquier otro destino. Van las familias a esos destinos y ellas mismas ponen en marcha aquello que estaba detenido por la falta de confianza de los que consumen. El atento observador verá claramente que es más bien una cuestión subjetiva, una cuestión de confianza en el futuro a corto y mediano plazo.

Pero también es cierto que impactan en todo eso políticas más bien laterales que forman parte del plan económico del nuevo gobierno. Es innegable que, al dificultar el acceso a la moneda extranjera y hacer que sea más caro el turismo fuera de nuestras fronteras, el efecto necesario es la reorientación de las preferencias de la clase media. Hoy, en vez de cruzar a Uruguay, viajar a Brasil o a otros destinos más lejanos para dejar allí su dinero, el argentino tiende a revalorizar las opciones nacionales para vacacionar y eso resulta en que el dinero se queda en el país, generando aquí la demanda de mano de obra que va a crear nuevos puestos de trabajo y va a seguir recalentando el consumo interno. Ha habido momentos en nuestra historia en los que era más barato ir a Florianópolis o a Río de Janeiro que a Mar del Plata y así iban los argentinos a consumir a otros países, favoreciendo el desarrollo de esas economías. Es verdad, por lo tanto, que la reorientación del flujo turístico hacia adentro mediante una política cambiaria que inhibe los viajes al exterior impacta muy positivamente en el mercado interno y ahí también está la clave de la reactivación económica.

Eso ocurre en el sector de servicios, más precisamente en el rubro del turismo, pero no es difícil extrapolar para ver que los efectos de esas políticas se extienden sobre todos los demás sectores. Si es más caro para un argentino vacacionar en cualquier otro país que en el suyo propio, también lo será consumir productos importados en vez de nacionales. Así empezamos a consumir más lo que se fabrica acá y acá vamos generando los puestos de trabajo en la industria local, rebanando las cifras de desocupación y generando cada vez más consumo, puesto que los nuevos empleados van a gastar sus salarios para atender su propia demanda, la que venían reprimiendo por miedo a la recesión o simplemente por total falta de ingresos. Empiezan a consumir los que antes no lo hacían gracias a que los que sí lo hacían pasan a hacerlo en el mercado local.

Esta es, como se ve, una cuestión subjetiva de expectativas a futuro. ¿Por qué gasto hoy? ¿Por qué no lo hago y elijo ahorrar casi la totalidad de mis ingresos que no destino a los llamados gastos fijos y a la alimentación? Y luego, mediante una estrategia de política cambiaria, objetivamente se canaliza el consumo hacia el mercado interno para terminar de consolidar la reactivación. ¿Dónde voy a consumir, cuál es el origen de los productos que consumo? En esta combinación entre lo subjetivo y lo objetivo tiene que estar la explicación de cómo en tan solo un mes de gobierno peronista puede haberse incrementado tanto el movimiento de turistas en los destinos del país. No estamos mejor que en enero de 2019, aunque igualmente hay un flujo de turistas muy superior ahora que entonces.

Trabajadores argentinos disfrutando de las vacaciones en Mar del Plata gracias a los derechos sociales obtenidos durante el paso de Perón por la Secretaría de Trabajo de la Nación.

Para poner de pie un país, la primera carta jugada por Alberto Fernández fue el anuncio de medidas contracíclicas que, en la percepción del argentino, van a resultar en crecimiento económico y en estabilidad en el corto y en el mediano plazo. Ese crecimiento y esa estabilidad no están aun de una manera fáctica, no existen concretamente. Pero están ya en la conciencia del pueblo argentino como un proceso que está realizándose, que está en marcha. Y al ser así, no hay razón para tenerle un miedo al futuro que nos paralice en el presente. No hay razón, ya se ve, para dejar pasar otro verano sin darles a los nuestros y a nosotros mismos aquello que sabemos es nuestro derecho desde que lo enunció el General Perón: el ocio necesario luego de un año de trabajo, las merecidas vacaciones y el merecido descanso. Si la economía ya se puso en marcha al menos en potencia, de pronto es razonable que nos pongamos en marcha nosotros mismos y volvamos a hacer todo aquello que durante los duros tiempos de recesión habíamos evitado hacer por miedo a las consecuencias. El argentino funciona así, funciona igual que todos los demás pueblos del mundo: se paraliza con el miedo y la incertidumbre, se mueve si ve que el sol asoma en el horizonte. Y al moverse hace que salga el sol efectivamente, porque un país lo hacen sus pueblos y se pone de pie cuando los pueblos se ponen de pie. No es magia no hay en ello ningún misterio, solo se trata de alejar el miedo y darles esperanza a los más. Esa es la síntesis del peronismo que el argentino conoce de memoria.