Al momento de cerrar esta 23ª. edición de Hegemonía, el presidente Alberto Fernández finalizaba el primer viaje de su bautismo internacional como jefe de Estado desde que asumió el pasado 10 de diciembre. En el marco de una visita oficial y en ocasión de las conmemoraciones del 75°. aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau por parte del Ejército Rojo, el presidente Fernández estuvo dos días en Israel, durante los que mantuvo reuniones formales e informales con otros líderes mundiales y envió hacia la política local todo tipo de mensajes. Fernández no solo fue el único presidente latinoamericano presente en Israel para este acto de suma relevancia para el pueblo judío, sino que además fue el primer mandatario argentino en viajar a ese país desde la gira de Carlos Menem a la Tierra Santa en 1991. Y, como es de suponerse, las repercusiones de su singular viaje fueron enormes en nuestro país.

Por una parte y por lo evidente, es innegable que en todo lo referido a la orientación de su política exterior el actual gobierno tiene profundas diferencias respecto al de Cristina Fernández de Kirchner, que se suele utilizar como vara de medir a la hora de establecer comparaciones. Entre los años 2007 y 2015, pero más intensamente durante su segundo mandato, Cristina Fernández orientó la política exterior de su gobierno a la construcción de relaciones con los demás países dichos emergentes y adoptó una postura más bien de confrontación frente a las potencias dominantes y sus satélites. Cristina buscó hacer buenas relaciones con países como Rusia y China, con el BRICS de un modo general, además de viajar oficialmente a destinos muy simbólicos para los condenados de la tierra —en el decir de Frantz Fanon— como Vietnam, Cuba y Venezuela, entre otros. Es así, con esa orientación hacia los países y gobiernos enfrentados al imperialismo occidental y con una actitud de confrontación, al menos simbólica, ante ese imperialismo, que Cristina Fernández cosechó de los medios la interpretación de que la Argentina había quedado “fuera del mundo” durante su gobierno. Al orientar Cristina su diplomacia hacia la construcción de relaciones nuevas con países no dominantes, el poder fáctico utilizó los medios de difusión que posee para instalar en el sentido común o en la mal llamada “opinión pública” la delirante idea de que eso era un aislamiento internacional.

Soldados del Ejército Rojo soviético dialogan con algunos prisioneros judíos de Auschwitz-Birkenau al momento de liberarlos de dicho campo de concentración. La Unión Soviética ganó la II Guerra Mundial de hecho porque puso realmente el cuerpo en Alemania.

Claro que no se trataba de ningún aislamiento, sino de un giro en las relaciones diplomáticas cuyo objetivo siempre fue la superación de un ordenamiento global que ya está caduco: el de un Estados Unidos hegemónico en el esquema unipolar de superpotencia única con países satélites en todas las regiones para la satisfacción de los intereses primarios de dicha superpotencia. Así estuvo ordenado el mundo desde la caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior disolución de la Unión Soviética y del campo socialista en Oriente como un todo en 1991. Al morir el enemigo fundamental, uno de los actores deja de ser protagonista en un diálogo y pasa a hacer un monólogo que literalmente destruye la escena. Entonces los Estados Unidos destruyeron el orden mundial bipolar, pero también destruyeron el orden unipolar justo al inaugurarlo: al quedarse solos y sin interlocutores a partir de 1991, los estadounidenses se vieron insertos en un orden mundial inviable que finalmente caducó del todo en algún momento de esta década. Por eso Cristina Fernández optó por reorientar la política exterior de la Argentina hacia los países que proponen la superación del orden mundial unipolar y su reemplazo por un esquema multipolar con la concurrencia de potencias regionales en un equilibrio relativo. No fue, por lo tanto, ningún aislamiento ni nuestro país quedó “fuera del mundo” al elegir relacionarse con lo nuevo e ir abandonando paulatinamente lo caduco, aunque desde luego los medios lo vendieron como si fuera así y en el sentido común del argentino que opina sobre la política eso fue así. Y eso fue un problema político grave para el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

El problema persiste porque persiste también la idea de que es aislarse o es quedar “fuera del mundo” el priorizar las relaciones con Oriente y demás subalternos sobre las relaciones carnales —siempre son así las relaciones entre un subalterno y un dominante omnipotente— con los Estados Unidos y sus satélites en Europa, Asia y Oriente Medio. El problema es crónico porque el argentino promedio está convencido culturalmente de que abrirse de la hegemonía yanqui es aislarse y no concibe otra cosa en materia de diplomacia que el sometimiento a esa hegemonía. Se trata de un problema actual, el problema de que hacer algo distinto a la ortodoxia neocolonial implica siempre la instalación de la idea de aislamiento internacional. Nada de eso es, como vemos, un hecho natural y tampoco ocurre por combustión espontánea, sino que resulta de la instalación de una idea, de una interpretación de los hechos que hacen los medios de difusión al servicio del poder fáctico, el que por su parte está evidentemente interesado en sostener la presente situación de sometimiento neocolonial. Y aun así el problema es real y actual, porque si el argentino promedio cree que eso es cierto, entonces será efectivamente cierto porque en estos asuntos el que siempre tiene la razón es Federico Nietszche: importan siempre más las interpretaciones de los hechos que los hechos en sí mismos.

George H. W. Bush y Carlos Menem, en una imagen de los años 1990. El seguidismo y la obsecuencia de la Argentina hacia las políticas imperialistas de los Estados Unidos se pagaron muy caras con sendos atentados en nuestro territorio.

El hecho en sí es que un país puede optar por seguir en un esquema de sometimiento a una superpotencia o puede elegir asociarse con otros para desafiar la hegemonía y nunca ninguna de las dos opciones implica quedar “fuera del mundo”. En todo caso, si un país opta por alinearse con unos o con otros, entonces queda fuera del circuito o del bando que elige enfrentar, pero jamás “fuera del mundo”, ya que esa es una imposibilidad práctica. Un caso paradigmático de esto es el de Irán, un país que no participa en la hegemonía occidental y no duda en declararse abiertamente enfrentado a ella. ¿Quién, en su sano juicio, dirá que Irán ha quedado “fuera del mundo”? Irán hace relaciones y tiene estrechos vínculos de cooperación con países como Rusia, China y otros de su región, por lo que es una potencia regional emergente al igual que sus socios. Esa es la inserción de Irán en el mundo y algo parecido intentó hacer Cristina Fernández mientras ocupó el cargo de presidenta de la Nación: Cristina intentó insertarse en el mundo de una manera diferente y eso fue interpretado como quedar “fuera del mundo”.

Todo lo anterior está muy claro tanto para nosotros como para el atento lector y, aun así, es real y actual el problema de la percepción de que una inserción diferente es quedarse “fuera del mundo”. Y cuando Alberto Fernández viaja a Israel a rendirles tributo a las víctimas del Holocausto lo que hace es enviarle a la sociedad argentina y al argentino promedio el primer mensaje de su estrategia: no vamos a quedar “fuera del mundo”, puesto que aquí vamos a optar —a diferencia de lo que ocurrió en gobierno anteriores— por tener buenas relaciones con la hegemonía yanqui al darles señales a sus principales satélites. En otras palabras, Alberto Fernández dice con el cuerpo al viajar a Israel que no va a reeditar la orientación de la política exterior de quien hoy es su vicepresidenta. ¿Por qué Fernández hace eso? Justamente porque tiene un problema real y actual, que es un problema de extorsión. Si el sentido común del argentino ya ha sido adiestrado y sigue siendo bombardeado a diario por los medios de difusión, si como resultado de eso se instaló en la “opinión pública” la delirante noción de que rebelarse contra la hegemonía del orden unipolar es quedarse “fuera del mundo”, entonces existe una extorsión y es la de que el que se anime a desafiar esa opinión mayoritaria tendrá que pagar un alto precio. Ese fue el precio que pagó Cristina Fernández de Kirchner y el precio que, por lo visto, el nuevo presidente no quiere pagar.

Cristina Fernández de Kirchner junto al presidente ruso Vladimir Putin. El gesto caballeresco de Putin frente a la dama simboliza mucho más que su elegancia personal: allí están simbolizadas las relaciones entre Argentina, Rusia y los demás “rebeldes” del mundo con los que la presidenta Fernández de Kirchner quiso orientar la diplomacia de nuestro país.

Muy lejos de querer justificar ideológicamente a Fernández por elegir como destino de su primer viaje internacional a un país cuyo Estado hace terrorismo e impone un verdadero Apartheid contra los palestinos en su propia tierra, se trata de observar bien cuáles son los objetivos del viaje, entre los que está todo lo anteriormente explicado. Si la idea es despegarse de la extorsión de quedarse “fuera del mundo”, son necesarias señales como un viaje a Israel y una visita a la Casa Blanca de Washington, como para empezar. Es cierto que hacerlo implicará —y ya está implicando— el malestar de los sectores más identificados con el kirchnerismo al interior del Frente de Todos, pero eso tampoco deja de ser un cálculo: bien mirada la cosa, Alberto Fernández sabe que debe construir un electorado propio en los próximos cuatro años y eso no se hace recurriendo a la seducción de los electores de otro referente actual. Fernández sabe que los votos duros de Mauricio Macri o del gorilaje ideológico de un modo genérico le son inaccesibles, puesto que sin importar lo que haga solo va a tener allí oposición frontal. Pero Fernández también sabe que no son accesibles los votos de su vicepresidenta e impulsora, sabe que no son suyos los votos de Cristina Fernández y que no podrá contar con ellos en el futuro. La idea de que el Frente de Todos es una cosa homogénea o de que “es todo peronismo” es disparatada y la prueba está en la intensidad de las internas que se juegan todos los días en el seno de dicho Frente. Entonces Alberto Fernández, desde el lugar de presidente de la Nación, debe orientar sus políticas en un sentido tal que el resultado sea la captación de voluntades que ya no estén cooptadas por el enemigo gorila, pero que tampoco lo estén por su primera aliada. Dicho de otro modo, lo que Alberto debe hacer es apuntar a la seducción de los llamados “ni-ni”, esto es, de los que políticamente hoy no apoyan ni al expresidente Mauricio Macri ni a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Y eso solo se logra emitiendo mensajes que sean diferentes a los que ya emiten ambos.

Por una parte, Mauricio Macri propone la total sumisión de la Argentina a las potencias occidentales lideradas por los Estados Unidos; por otra, Cristina Fernández sugiere que el país debe alinearse con las potencias emergentes que le hacen la guerra a Occidente y desean liquidar su hegemonía. Alberto Fernández no puede, por lo tanto, sostener ninguna de las dos posturas si no quiere ser meramente funcional a uno de los polos. Lo que debe hacer es buscarse e inventarse una tercera vía que le posibilite la implementación de políticas públicas y la conducción diplomática para seducir a los que no quieren correrse a los dos extremos hoy vigentes en la política argentina. Y ese sector “ni-ni”, que siempre es el 40% del electorado total en un esquema de tres tercios clásico, es un sector en el que predomina el sentido común y es la expresión de la mal llamada “opinión pública” formateada por los medios de difusión. Alberto Fernández debe hablar y persuadir a un sector para el que la ruptura con la hegemonía occidental de los Estados Unidos es sinónimo de estar “fuera del mundo”. He ahí el desafío.

Tercera guerra mundial en cuotas

Para seducir y agradar al 40% “ni-ni” del electorado, como es de suponerse, Alberto Fernández tendrá que construir una imagen y un mensaje ideológico que necesariamente le van a caer mal al 60% restante, hoy alineado detrás de Macri y Cristina Fernández. Y la razón es muy sencilla: si los “ni-ni” no comulgan con ninguno de los dos polos opuestos y votan a uno de los dos únicamente porque no existe en el momento la alternativa, para ser esa alternativa es necesario de alguna manera oponerse a ambos polos a la vez. Hay que hacer y decir cosas que van a caer mal en ambos lados de la grieta para seducir a los que no quieren estar en esa grieta, o a los que están justamente esperando la alternativa. Ahí está la razón por la que Alberto Fernández va a Israel, se abraza con Netanyahu y al mismo tiempo intenta hacer allí contacto con el presidente de Rusia Vladimir Putin, para luego viajar al Vaticano a reunirse con el Papa. Por un lado, desagrada a los electores del polo que detesta a Netanyahu, a Israel y todo lo que representa; por otro, pisa los callos en el extremo de los que no quieren saber nada con tener buenas relaciones con los que se oponen al imperialismo occidental. Lo que hace Alberto Fernández es, de cierta forma, provocar la ira de los que están sobreideologizados por ambos flancos, apostando a que con eso podrá hacerse de la simpatía de los que buscan un punto intermedio.

El General Perón, adalid de la tercera posición en América Latina e impulsor del concepto de neutralidad en la diplomacia y en la relación con los protagonistas, que son las potencias globales.

Nada de eso es nuevo y ya lo intentó hacer Sergio Massa en tiempos recientes, además de tantos otros en contextos de gran polarización. Massa lo llamó en su momento la “ancha avenida del medio” y fracasó en el intento al recibir el duro embate de ambos extremos. Alberto Fernández conoce muy bien y muy de cerca el fracaso de Massa, pero cree que la coyuntura es distinta y que esta vez puede funcionar. Por eso actúa en consecuencia y va tratando de mechar, como suele decir el buen sentido popular, sin correrse demasiado hacia ninguno de los extremos en la grieta, acercándose por momentos a ambos y luego alejándose rápidamente.

Hasta ahí la argumentación en lo que se refiere a la maraña de la política local, que está profundamente alterada por la existencia de la grieta simbólica. Pero hay mucho más, ya que no todo se reduce al plano local y la política real es más bien, como decía el General Perón, la política internacional. Los movimientos de Alberto Fernández que puertas adentro suscitan la ira de muchos también responden a la lógica de las necesidades coyunturales en el plano de la geopolítica. Aquello que anteriormente en este texto calificábamos como una lucha por superar el orden mundial caduco de una superpotencia única y reemplazarlo por un esquema de multipolaridad no es otra cosa que la continuación natural de la Guerra Fría o lo que, en palabras del Papa Francisco, es una tercera guerra mundial en cuotas.

Caricatura representando el juego geopolítico de la Guerra Fría entre las dos superpotencias nucleares del viejo orden mundial bipolar. Entre los Estados Unidos y la Unión Soviética se dirimió esa guerra, que continúa hoy entre Occidente y Oriente.

Si existe un bando de países emergentes que pretende darle el tiro de gracia a la hegemonía occidental, liquidarla y reemplazarla por un orden mundial multipolar en el que los Estados Unidos van a quedar reducidos a la condición de potencia regional en América, entonces la geopolítica está en un contexto de guerra fría o de guerra mundial en cuotas como grafica el Papa y la Argentina, como productora de los alimentos y las materias primas que los países en pugna necesitan para asegurarse el triunfo, deberá posicionarse en dicho contexto correctamente. Y hay varias formas de lograr ese posicionamiento, cada una de ellas con sus respectivas consecuencias. Un país de América Latina puede hacer como Venezuela, por ejemplo, que apuesta todas las fichas al futuro orden mundial multipolar se asocia a los “rebeldes” del mundo —China, Rusia, Irán, Corea del Norte y algunos otros— sin medias tintas declarándose abiertamente en oposición al liderazgo estadounidense y a la hegemonía occidental de un modo genérico. O puede hacer como hace Colombia, es decir, todo lo opuesto, siendo funcional a los intereses del grupo de países hoy dominantes y encabezados por los Estados Unidos. En la guerra fría por la superación o el sostenimiento del actual orden mundial unipolar un país puede estar de un lado y del otro de la grieta mundial, pero debe atenerse siempre a las consecuencias de su opción en el curso de la misma guerra. Venezuela opta por alinearse con el grupo de Oriente y soporta las respectivas represalias por parte de los Estados Unidos, de sus satélites y títeres y de las corporaciones, mientras que otro tanto le pasa a Colombia, pero en espejo. Otros países, como Bolivia, apostaron sus fichas a uno de los dos bandos y fueron arrollados por las represalias del bando opuesto. ¿Cuál sería la fórmula del éxito entonces?

No la hay, puesto que nadie puede predecir el futuro y, en consecuencia, nadie puede saber a ciencia cierta cuánto va a durar todavía la lucha por el nuevo ordenamiento mundial y tampoco es posible anticipar los próximos movimientos de los jugadores protagonistas. Lo único que hay son opciones ideológicas, estratégicas en un sentido económico o una mezcla de ambas. Venezuela puede haberse definido por el bando “rebelde” a raíz del carácter antiimperialista del régimen chavista, pero también pudo haberlo hecho para estabilizar y equilibrar los precios internacionales del petróleo, el recurso natural en el que se basa prácticamente toda su economía. Entonces es lógica la opción venezolana de posicionarse abiertamente junto a los países subalternos por la destrucción de la hegemonía occidental y, en tal caso, sería necesario preguntarse y ya no en un sentido ideológico —puesto que aquí, en el país del péndulo, las cosas no están claras como en Venezuela— qué es lo que conviene más a la Argentina teniendo en cuenta dos aspectos fundamentales: 1°. ¿Qué lugar quieren los países de uno y otro bando que ocupe la Argentina en el concierto de las naciones? 2°. ¿Qué lugar queremos ocupar los argentinos en ese concierto?

Sergio Massa, artífice de la construcción de una alternativa por la “ancha avenida del medio”, que fracasó al no poder convertirse en una tercera posición peronista. Massa fue tragado por la grieta y debió unirse a uno de los bandos.

Respecto a lo primero hay certezas e incógnitas. Sabemos ya por experiencia histórica que para el imperialismo occidental la Argentina está llamada a ser el famoso “granero del mundo”, esto es, un país productor y exportador de materias primas y alimentos sin valor agregado, lo que se traduce en una economía primaria y sin posibilidad de acceder a ninguna industrialización. Lo que no sabemos es si los otros, los “rebeldes” frente a la hegemonía occidental quieren lo mismo o si proponen una multipolaridad real en la que nuestro país pueda insertarse como un polo regional con el nivel de independencia económica y soberanía política necesario para industrializarnos y dejar de ser los eternos perdedores en el juego desigual de los términos de intercambio entre materias primas y manufacturas. ¿Querrán realmente los chinos y los rusos que pasemos a darles valor agregado a las materias primas y alimentos que hoy les exportamos en bruto y a precios muy baratos? Ya sabemos que Occidente no va a permitir que eso ocurra y que el rol de América Latina para los países desarrollados de la modernidad industrial es precisamente un rol subsidiario en el desarrollo de esa gran industria, sin jamás acceder a ella. Lo que no sabemos aún porque no tenemos antecedentes históricos para saberlo es si China quiere que la Argentina deje de ocupar ese lugar subsidiario y alcance un cierto nivel de desarrollo tecnológico e industrial.

La guerra mundial en cuotas es eso, es un enfrentamiento entre dos bandos por el ordenamiento mundial. Y en dicho conflicto, además de acciones bélicas puntuales en las que los protagonistas van dirimiendo la cuestión principal —como en el diferendo por Crimea, la guerra infernal en Siria, el terrorismo contra Venezuela y las recientes tensiones en Irak y en Irán—, también se resuelven las posiciones de los actores de reparto en el juego. Por eso la resolución de cómo va a pararse la Argentina respecto a eso tiene una importancia relativa para los protagonistas, pero siempre una importancia al fin. De caer para un lado o para el otro y aun sin ser decisivo, nuestro país puede alterar la correlación de fuerzas y representar una enorme ventaja para los unos o los otros y entonces es adecuado decir que existe una disputa entre el bloque occidental dominante y el bloque oriental subalterno por ver quién va a acceder a las enormes reservas de recursos naturales y al potencial de producción de alimentos que tiene la Argentina. La lucha por reordenar el mundo o por mantener el statu quo que es la continuación de la Guerra Fría entre Occidente y Oriente o la guerra mundial en cuotas también se define aquí y aquí no podemos hacernos los distraídos frente a la realidad. No da lo mismo que la Argentina tenga relaciones carnales con los Estados Unidos o que pase a funcionar en el llamado “Eje del Mal” de China, Rusia, Irán y asociados, como hace Venezuela desde que vino Hugo Chávez.

El presidente Fernández, saludando a Emmanuel Macron ante la mirada de Felipe Solá y de la primera dama Fabiola Yáñez: clara señal de pragmatismo en la conducción de la política exterior y de todas las relaciones diplomáticas de la Argentina.

Alberto Fernández no se hace el distraído ni mucho menos y además cuenta con la información suficiente para entender el juego en su totalidad, tanto la parte del juego en sí mismo que es la lucha entre los protagonistas como la parte que nos toca en el reparto. Fernández sabe que el futuro de nuestro país en el corto y en el mediano plazo depende de cómo se posiciona la Argentina hoy en este enorme tablero geopolítico de guerra permanente y, mucho más allá de las señales hacia dentro y de todo lo simbólico que hace a la lucha política local, el presidente Fernández comprende que el horno no está para bollos en el mundo y que es preciso saber ubicarse con cautela y precisión. La visita a Israel para participar en un evento al que no asistieron Donald Trump y ni siquiera Jair Bolsonaro, dos ausencias muy llamativas, por cierto, tiene que ver con eso. ¿Utilizó Fernández la ocasión para hacerle una señal a los Estados Unidos? ¿O lo hizo para intentar acercarse a Vladimir Putin sin la necesidad de recurrir a una visita puntual y oficial que podría agitar las aguas entre los “ni-ni”? Claro, porque si la idea fuera hablar y establecer relaciones con todos sin suscitar la idea de que los lineamientos de política exterior van a resultar en el viejo quedarse “fuera del mundo”, entonces esos lineamientos no pueden estar del todo visibles o, aún mejor, deben quedar encubiertos por la simbología opuesta. Así, nada puede ser más efectivo que reunirse con Putin en Israel, en secreto y encima dando la idea de que Putin no quiso esa reunión y por eso la reunión no tuvo lugar.

En su eterno objetivo de confundir al sentido común y de formar una “opinión pública” desvirtuada, los medios de difusión sugieren que Vladimir Putin desairó a Alberto Fernández cancelando una reunión bilateral en Israel, pero la hipótesis de un ninguneo de Putin a Fernández es, cuando menos, una hipótesis delirante. Viéndolo en el contexto de la guerra mundial en cuotas que es la disputa de adhesiones de actores de reparto por parte de los protagonistas, es una imposibilidad la de que Putin haya rechazado la oportunidad de restablecer los vínculos con la Argentina que fueron rotos durante el gobierno de Mauricio Macri. Hacerlo sería nada menos que regalarle un aliado al enemigo y en una guerra a nadie se le ocurriría hacer semejante cosa.

Nicolás Maduro, junto al líder Xi Jinping. Venezuela apuesta todas sus fichas adhiriendo al bando de los “rebeldes” del mundo contra la hegemonía yanqui y sufre las respectivas represalias por parte de dicha hegemonía al sacarse los pies del plato.

Por otra parte, la presencia de Alberto Fernández en Israel en un contexto particular de recalentamiento del conflicto puntual entre Israel e Irán —que viene como secuela del avance o del retroceso de los Estados Unidos en la región y es, lógicamente, una cuota de la tercera guerra mundial en cuotas de la que habla Francisco— y del reflote del asunto de la muerte del fiscal Alberto Nisman no debe ignorarse. Es evidente que, de ser un actor de reparto, la Argentina está profundamente involucrada en ese capítulo de la lucha entre los protagonistas que es el capítulo del terrorismo, de los atentados y de la tensión en Medio Oriente y Asia Central. Los atentados a la embajada de Israel en Buenos Aires y a la AMIA, sean de autoría de quien fuere, han puesto a nuestro país en la discusión grande y puede aducirse justamente que resultan de la política de relaciones carnales con los Estados Unidos, por la que la Argentina optó por el camino de la obsecuencia ciega respecto al poderoso del mundo. Tengan el origen y las motivaciones que tengan, los atentados de 1992 y 1994 en la Ciudad de Buenos Aires determinan que la Argentina no es ajena a lo que ocurra entre Irán, Israel y los países de Medio Oriente. Estamos de una vez y quizá para siempre involucrados en un asunto demasiado incómodo e indeseado, es cierto, pero a la vez innegable. La muerte del fiscal Nisman es una secuela de esos atentados y no es, por lo tanto, casual que justamente mientras uno de los protagonistas de un bando (Irán) se bate en un conflicto puntual con el gran protagonista del otro bando (los Estados Unidos) una corporación occidental como Netflix se ponga a operar contenidos culturales de difusión masiva sobre Alberto Nisman, Irán, Israel y la Argentina. ¿Qué cosa hace Alberto Fernández en Jerusalén si no es, precisamente, atender a la coyuntura en la que le tocó asumir el cargo de presidente de la Nación para intervenir lo mejor que pueda en la situación e intentar tomar el toro por las astas? De un modo contrafáctico, si no hubiera habido seguidismo de la Argentina a las políticas imperialistas de los Estados Unidos inmediatamente tras la disolución de la Unión Soviética, no habría atentados contra la embajada de Israel en Buenos Aires y contra la AMIA ni memorándum de entendimiento con Irán. Por lo tanto, Alberto Nisman estaría vivo hoy como el mediocre fiscal y el malversador de fondos públicos que siempre fue. Y, por supuesto, Alberto Fernández no hubiera estado en Israel para conmemorar junto a Benjamín Netanyahu el 75°. aniversario de la liberación de Auschwitz-Birkenau. Todo tiene que ver con todo, todos los eventos están necesariamente encadenados y al acaecer el primero ya ocurren todos los demás, al menos en potencia.

Diplomacia

Finalmente, en eso de mechar y no quedarse pegado en la política local con ninguno de los bandos en pugna, o ser tragado por la famosa grieta, la orientación de la política exterior de Alberto Fernández será siempre una de cal y una de arena tanto para macristas (o el gorilaje genérico) como para kirchneristas. Ya al ubicar a Felipe Solá al frente de la diplomacia argentina, Fernández indica que eso va a ser así: Solá estuvo junto al propio Fernández en la construcción de Sergio Massa a fines de la década pasada como la alternativa por la “ancha avenida del medio”. Bien observados estos antecedentes, no puede ser sorpresa para nadie que los lineamientos diplomáticos de la Argentina mientras Alberto Fernández sea el presidente la Nación van a caerles mal a los 30% de Macri y a los 30% de Cristina Fernández. Y es así como, luego de ir a Israel y suscitar la indignación del 30% kirchnerista, Fernández irá al Vaticano a reunirse con el Papa Francisco y desatar la furia del 30% macrista. En el proceso, Fernández espera persuadir a una buena parte del 40% restante de que su “avenida del medio” es la alternativa para ir cerrando la grieta.

Colombia, el ejemplo opuesto al de Venezuela. Iván Duque sigue la línea de sus antecesores y sostiene al país en la órbita de los Estados Unidos sin poner reparos.

Todo muy lógico y aun así el viaje a Roma tiene finalidades más evidentes que la producción de un mensaje ideológico orientado a la seducción de los “ni-ni” que no odian al Papa, pero tampoco odian a Israel. Al Vaticano Alberto Fernández irá a discutir cuestiones más bien concretas, como la de la inmensa e impagable deuda externa que Mauricio Macri legó como una verdadera pesada herencia. Francisco estaría comprometido a mediar en la cuestión para evitar que el país caiga en una cesación de pagos que podría significar la muerte del gobierno de Fernández y el caos en la sociedad argentina y a eso, con ese pretexto, se presenta Fernández en el Vaticano luego de haber estado en Israel. Y luego irá a Francia, donde se reunirá con Emmanuel Macron, uno de los protagonistas occidentales en la tercera guerra mundial en cuotas.

Lo que se ve en la orientación de la política exterior o en los lineamientos de la diplomacia del actual gobierno es eso, un pragmatismo infinito y una obsesión por no quedarse simbólicamente pegado con ninguna de las dos posiciones ideológicas que han dominado la escena política argentina por lo menos en la última década. A Israel para desactivar la bomba del memorándum de entendimiento con Irán y la muerte del fiscal Alberto Nisman; al Vaticano a buscar una mediación en el asunto de la deuda y quizá a contemporizar en la guerra entre el ala progresista del gobierno y la Iglesia Católica sobre el aborto; a Francia a establecer una relación simbólica y visible con Occidente que aleje del sentido común la idea delirante de que nos estamos quedando “fuera del mundo”. No es difícil ver que, en materia de diplomacia, todos los asuntos se van a conducir con el criterio del pragmatismo absoluto y la resolución de los problemas actuales a medida que vayan emergiendo. Hoy Fernández será acusado por el ala “izquierda” del Frente de Todos (votos que no tiene y difícilmente tendrá jamás) de hacer obsecuencia y de legitimar el Estado terrorista y genocida de Israel; mañana lo acusará el gorilaje de hacer “populismo” con el Papa Francisco; y finalmente, para cerrar este debut internacional, será visto con desconfianza por ambos por reunirse con un Macron que les cae mal a todos los que están sobreideologizados “por izquierda” y “por derecha”. Y así Alberto Fernández va cayéndoles cada vez mejor a los que no sostienen postura ideológica definida y pueden prestar su voto y su simpatía si quedan convencidos de que Alberto Fernández no es Mauricio Macri ni es Cristina Fernández.

El Papa Francisco, pieza clave en la mediación con el FMI por la deuda brutal dejada por Macri. La intervención de Francisco puede destrabar la cuestión y salvar el país de una cesación de pagos que podría significar el caos en nuestra economía.

Cuando un país establece relaciones con otro, entonces hace diplomacia. Pero también suele decirse que es “diplomático” el que trata de contemporizar con quienes piensan distinto y sostienen con vehemencia opiniones que se contradicen con las de otros. He ahí que cualquier intento de tercera posición debe necesariamente hacer diplomacia puertas afuera y mantener una cierta neutralidad respecto a conflictos ajenos, como hizo el propio General Perón ante la disyuntiva de pararse con el Eje o con los Aliados en la II Guerra Mundial. Pero también es cierto que esa diplomacia debe aplicarse puertas adentro con los mismos criterios y que para lograr una tercera posición como síntesis y superación, para no quedar en “anchas avenidas de medio” que fracasan a poco de empezar a caminar, es necesario contemporizar con los que están en los extremos a medida que se persuade a los que no lo están. Alberto Fernández orienta su diplomacia con pragmatismo en el frente externo y a la vez aplica el mismo criterio en el plano local, en la política. Hace política como un diplomático y resuelve lo diplomático políticamente, sin que nada de eso sea contradictorio. Quiere hacer una tercera posición en medio del fuego cruzado y cree que puede triunfar. ¿Pasará a la historia como Alberto, el diplomático? ¿O será ubicado junto a las tantas experiencias de “ancha avenida del medio” que fracasaron por no llegar a ser jamás una tercera posición bien entendida? La respuesta en los próximos episodios de una serie que no se verá en Netflix, porque la realidad siempre supera la ficción.