El sábado 18 de enero Fernando Báez Sosa era asesinado a golpes por una patota de rugbiers a la salida de un boliche de Villa Gesell. Existen filmaciones y testimonios que implican a los rugbiers en la golpiza y por esas mismas filmaciones y testimonios sabemos que los rugbiers tampoco dejaron que nadie se acercara a asistir a la víctima.

Luego de ser detenidos, los acusados trataron de culpar del asesinato de Fernando a un joven que estaba a cientos de kilómetros del lugar. Cualquiera que haya salido por fiestas y boliches argentinos sabe que los rugbiers tienen mala fama y que esa mala fama se la han ganado a pulso. Todos hemos escuchado o vivido la misma historia durante años. Insistimos, la misma historia: patota de rugbiers agrediendo a personas indefensas desde la superioridad física y numérica. Estos son los hechos. A partir de aquí empieza la carnicería de las interpretaciones.

La Revista Anfibia, famosa por sus textos cuidados y por escaparle al amarillismo, salió a decir que Fernando había sido asesinado por culpa del machismo patriarcal. Otros medios culparon al elitismo de los más ricos y enmarcaron el crimen dentro de la lucha de clases y no faltaron aquellos que acusaban a los deportes de fomentar valores de orden competitivo, mientras que los sectores de carácter más conservador culparon al alcohol, a los boliches y a la música trap. Todos parecían tener prisa, demasiada prisa por acomodar el hecho a su particular interpretación de las cosas. A esto nosotros lo llamamos sobreideologización.

Entonces aquí no vamos a sobreideologizar, no vamos a sumarnos al festival del cacareo y la opinología. De ningún modo. Bastante dolor existe ya como para construir teoría sobre los restos de un joven de 19 años. Nosotros vamos a interpretarlos a ellos, tomaremos el bisturí y analizaremos la conducta de los sobreideologizados en nuestra mesa de disección. Vamos a poner el foco en ellos, en su liviandad, en el alma de panelista, en esa inhumanidad que tuvieron para meter con calzador el crimen de Fernando dentro de su pequeña ideíta del mundo.

La imagen publicada por la Revista Anfibia, en la que se pone el acento sobre el deporte practicado por los criminales como si eso —una práctica deportiva— fuera determinante para un comportamiento antisocial y delictivo. La superficialidad del análisis con fines de satisfacer el sesgo de confirmación conduce a la estigmatización y al error.

Cabe señalar que todos y cada uno de estos sobreideologizados —tanto por “derecha” como por “izquierda”— no hicieron otra cosa que contextualizar el crimen. Entonces, para empezar la disección debemos hablar sobre qué entendemos por contexto, sobre cómo lo aplican ellos y sobre cómo lo aplicamos nosotros. Contextualizar, en principio, no sería ni bueno ni malo. Nosotros aquí, en esta revista, también nos dedicamos a contextualizar los hechos políticos, pero la diferencia está justamente ahí. Nosotros hacemos política con los hechos políticos. Y el crimen de Villa Gesell, con todo lo que nos duele, es un hecho personal. Una tragedia que toma estado público no convierte a esa tragedia en un asunto político. Entiendo que a algunos esto les parezca frío de nuestra parte. No lo es. Lo frívolo sería hacer justamente lo contrario. Un pibe ha muerto. Un pibe ha muerto presuntamente asesinado por diez presuntos hijos de puta. ¿De veras creen que sería más humano que nos pusiéramos a analizar la muerte de este chico desde las teorías de Gramsci?

¿Sería ético hacer algo así? En absoluto. Estos análisis son un lujo que solo se pueden permitir los moralistas. Ellos, los moralistas, se sienten libres de hacer o decir cualquier barbaridad mientras esa barbaridad no rompa sus reglas sobre el bien y el mal. Para los moralistas ser bueno es algo tan simple como portarse bien. Pero la ética es distinta, la ética no trata sobre el qué, la ética trata sobre el cómo. A diferencia de la moral, la ética no descansa en la comodidad de unas reglas y nos empuja a asumir las consecuencias emocionales de nuestros actos. La ética no nos culpa ni tampoco nos perdona y tampoco viene con un manual de buena conducta debajo del brazo. La ética somos nosotros mismos, desnudos, frente al dolor encarnado en cada decisión. Por eso, desde la ética, decimos que estos sobreideologizados son moralistas. Son los hipócritas de la virtud que, con aires de superioridad, se creen buenas personas por su lealtad al código moral de turno. En ese sentido, se parecen bastante a los rugbiers.

Diferenciar entre ética y moral resulta clave para separar la paja del trigo. Solo de esta forma podremos distinguir la ideología de la sobreideología. Ocurre que el problema no está en la ideología, que es tan necesaria como inevitable. El marxismo, el peronismo o el feminismo responden a ideas profundamente respetables. Sin embargo, cuando la ideología cruza la línea de lo personal se vuelve moralista, deja de lado los asuntos políticos y mete sus narices en la virtud del individuo, la ideología pasa a convertirse en sobreideología. Es una cuestión de límites.

Los viejos conservadores de la “derecha” fueron los primeros sobreideologizados. En los EEUU, diez años atrás, un político del Partido Republicano debía ser fiel a su esposa heterosexual si no quería terminar con su carrera. En aquel entonces la “derecha” estaba sobreideologizada. Hoy los sobreideologizados somos nosotros. Así, mientras la élite económica propone a candidatos como Donald Trump, el progresismo se centra cada vez más en su cruzada moral de las cosas pequeñas, dejando de cuestionar la injusticia del poder económico que gobierna el mundo para atacar con furia las pequeñas injusticias que atraviesan nuestras relaciones personales. Reiteramos que algunas de estas injusticias personales pueden ser muy dolorosas, pero no son políticas.

Familiares de Fernando Báez Sosa, en pleno duelo por la pérdida de un hijo, un hermano, un familiar. Pese al dolor y la oscuridad por el que es obligada a atravesar, esta familia ha optado por el prudente y respetuoso silencio, evitando definiciones políticas de lo que no las tiene, actitud que difiere muchísima a los de los opinólogos que todo lo utilizan para satisfacer sus objetivos particulares.

Sucede que el progresismo ha sustituido la macropolítica por la micropolítica. Algunos defenderán la micropolítica diciendo que esta hará de nosotros mejores personas, pero de nuevo es falso. No hay humanidad en la moralidad. No hay afectos en la moralidad, no hay cuidado ni nada que se le parezca. Lo único que trae la moralidad son reglas. Y si no nos creen, solo vean la frivolidad con la que se trató el crimen. Incluso la Revista Anfibia terminó cayendo en la trampa. Léanlos y verán cómo lo único que les importó fue encajar el crimen dentro de sus parámetros. El límite de lo personal quedó completamente roto. Resulta que esa es la marca de la moralidad: cuidar a los humanos sin lo humano.

El fenómeno de la micropolítica no es nuevo. Proviene del mundo académico y ha sido debatido a lo largo de las últimas cinco décadas. Allá por los años ‘70, Derald Win Sue, profesor de psicología de la Universidad de Columbia, definió el término “microagresión” para hablar de violencias racistas que se ejercían de forma involuntaria. El hecho de hablar de “agresiones involuntarias”, es decir de agresiones que uno no estaría ejerciendo en forma consciente, explica por qué el progresismo está obsesionado con la deconstrucción. ¿Escucharon a esos varones que, con tono culposo, dicen que tienen que seguir trabajando sus actitudes machistas? ¿Aunque no las tengan? Bueno, de esto hablan. Resulta que la micropolítica no solo rompe el límite de lo personal, también se mete en el inconsciente. Como si todos tuviéramos adentro alguna clase de pecado original que ofendiera el ego de un delirante dios progresista. De ahí surgen conceptos como “apropiación cultural”, “micromachismo” o “daltonismo racial”, siendo este último muy gracioso ya que denuncia, por ejemplo, la violencia de tratar a un negro como si no fuera negro, ignorando así las raíces históricas de su opresión. Un desquicio, pero no cualquier desquicio. Un desquicio moral con pretensiones de desquicio político. La consecuencia de haber renunciado a disputar la cancha al poder real para jugar en el pelotero de los poderes pequeñitos.

Pero quizás quien mejor abordó el tema de la micropolítica fue Gilles Deleuze. El caso del filósofo francés es curioso porque la mayor parte de los progresistas lo aclaman, pareciera, sin haberlo leído. En Mil Mesetas, libro que escribe junto a Félix Guattari, explica que el fascismo se impone desde la micropolítica. Según Deleuze, textualmente, “hay fascismo cuando una máquina de guerra se instala en cada agujero, en cada nicho” y “si el fascismo es peligroso se debe a su potencia micropolítica”. A diferencia de los académicos progresistas norteamericanos, Deleuze comprendía los peligros de la política pequeñita. Quizás alguna vez creímos, me incluyo, que los únicos sobreideologizados peligrosos estaban en eso que llaman “derecha”. Pero cuando la sobreideologización entra por la puerta, rompiendo las barreras de lo personal y transformando cada crimen en un hecho político, la humanidad salta por la ventana. Y ahí ninguna ideología se salva. Ni siquiera la nuestra.

El filósofo francés Gilles Deleuze, uno que comprendió el peligro de hacer política con los pequeños relatos y las pequeñas miserias.

Alejandro Dolina cuenta la anécdota de un kiosquero al que, después de un asalto con violencia, le hicieron una nota preguntándole qué opinaba sobre la política de derechos humanos de Néstor Kirchner. Celebramos que, por ahora, ningún medio progresista haya ido a preguntarle a la familia del joven fallecido qué opina del patriarcado. Ya solo eso les falta. Como sea, si no lo han hecho aún, no creemos que sea por falta de ganas.

Seguiremos entonces negándonos a hacer política con el asesinato de Fernando Báez Sosa. Entendemos que el hecho ha tomado interés público y los medios de comunicación tienen derecho a informar al respecto. Ojalá se informe, eso sí, desde los hechos. Las interpretaciones políticas aquí solo sirven para hacer daño. Nos limitaremos a dar nuestro más sentido pésame a la familia. Otra cosa no haremos. No corresponde.