A principios del mes de febrero y a pocas horas del cierre de esta edición de Hegemonía, Cristina Fernández fue a Cuba y habló durante aproximadamente una hora en la prestigiosa Feria del Libro de La Habana. Ante la presencia de las máximas autoridades de ese país, con el pretexto de hacer la presentación de su libro Sinceramente, Cristina se despachó y se metió de lleno en los grandes temas de la organización social del mundo, utilizando pasajes de su obra como disparadores para lanzar profundas reflexiones sobre asuntos como la conducción del sistema capitalista a nivel global, la ausencia de regulación a la actividad de los poderes fácticos de tipo económico y mucho más. Y allí, en esas reflexiones, apareció la versión más peronista de Cristina Fernández, la versión de una conductora ocupada de lo que hace a la organización del país al que conduce, por supuesto, pero también de lo que trasciende esa realidad y tiene más que ver con aquello que el General Perón solía llamar la verdadera política, esto es, la política internacional. Cristina fue eso en La Habana: fue Perón exportando la cosmovisión peronista más allá de las fronteras de la Argentina y presentándola como la única alternativa viable al fracaso del socialismo y del liberalismo, que fueron los dos grandes relatos de la modernidad industrial y que ya no son suficientes para dar respuestas a las inquietudes de nuestro tiempo.

Cristina fue entonces Perón, pero además lo fue de un modo filosófico más que simbólico. Lejos de ir a Cuba a reproducir indiscriminadamente la simbología peronista—algo que no suele hacer y cuya omisión le vale duras críticas por parte de los que exigen de la conducción un despliegue simbólico ostensivo—, Cristina emuló al Perón analista de la política internacional, al estratega inclinado sobre el tablero de la lucha por el poder a nivel global. Sin la necesidad de decir abiertamente que el peronismo y su Comunidad Organizada son la alternativa a las ideologías de los siglos XIX y XX que fracasaron en este siglo XXI y generar con ello una polémica inservible, Cristina hizo en Cuba una crítica a los esquemas de organización social a nivel global y dejó sobrentendida en sus cuestionamientos la necesidad de proponer lo nuevo. Lo nuevo, como se sabe, es la superación dialéctica hasta en términos hegelianos y marxistas de la vieja contradicción, es la síntesis de todo lo que existe en un momento dado y ya se vuelve insuficiente en ese momento para dar respuesta a las anomalías del paradigma dominante. En una palabra, cuando ese paradigma dominante hace crisis y ninguna de las teorías existentes alcanza para apuntalar el edificio de la totalidad, deben derrumbarse dichas teorías para que no se derrumbe asimismo el edificio entero. Y debe surgir de todo eso la síntesis cuya teoría finalmente se impondrá como paradigma para volver a ordenar la totalidad de cara al futuro.

Adam Smith, uno de los padres del paradigma económico liberal triunfante en la revolución burguesa de Occidente.

La totalidad es la sociedad a nivel global, es la humanidad en su encrucijada en el tiempo. Y el derrumbe del paradigma dominante es la incapacidad de resolver esa encrucijada con los postulados teóricos propios de dicho paradigma. Cuando la teoría del ordenamiento social estamental de la aristocracia no pudo resolver la cuestión de la propiedad privada o de lo que se suele llamar “seguridad jurídica”, condición necesaria para que la pujante burguesía hiciera las inversiones de capital que finalmente posibilitaron el desarrollo de la gran industria, la burguesía impuso como alternativa el liberalismo y se llevó literalmente por delante a la aristocracia y todo su paradigma de sociedad estamental. Eso pasó a fines del siglo XVIII, inicialmente en Europa, en aquello que quedó conocido vulgarmente como “revolución francesa” y fue eso, un cambio brusco de paradigma político en el que una clase social desplazó a otra del lugar de clase dominante en Francia. Allí hubo una encrucijada que la vieja clase dominante aristócrata no supo resolver teóricamente y fue entonces prácticamente atropellada por una clase emergente que llegaba con la alternativa. El liberalismo burgués hizo la síntesis necesaria y triunfó, reordenando el mundo de allí en más y hasta los tiempos que corren con los postulados de su teoría y cosmovisión.

Casi dos siglos y medio después de aquello la sociedad de un modo global se encuentra otra vez en la encrucijada de estar bajo un sistema teórico que hace agua por todos lados al no poder resolver las innumerables anomalías de la totalidad. Ni el liberalismo de los burgueses ni el socialismo, que es derivado de su revolución contra la aristocracia y de su industrialización, son capaces hoy de dar las respuestas a lo que en entregas anteriores de esta serie titulada Sociología del estaño para la construcción del nacionalismo popular llamamos la introducción de una nueva tecnología industrial. Hay una nueva forma de producir —que incluye la informática, la inteligencia artificial y la robótica, además de las redes de comunicación— que está exigiendo un marco regulatorio igualmente nuevo, el que el liberalismo con su esquema de propiedad privada y tampoco el socialismo con el colectivismo pueden resolver. Al igual que en el siglo XVIII, hay algo que económicamente quiere desarrollarse y no encuentra en el paradigma presente el marco regulatorio para hacerlo. En términos genéricos, está pasando rigurosamente lo mismo ahora que entonces: el capitalismo industrial no podía ser sin un liberalismo que le garantizara la propiedad privada y la seguridad jurídica sobre las inversiones, por lo que el liberalismo se impuso, derrotó a la aristocracia y el capitalismo se desarrolló finalmente en la modernidad industrial; hoy el capitalismo posindustrial no puede ser sin un paradigma político que le permita llegar al desarrollo sin destruir la humanidad entera en el proceso. El capitalismo posindustrial se desarrolla y se desarrollará igual. Lo que está por definirse ahora es el cómo.

De paradigmas

El atento lector verá claramente en estas líneas el carácter de inevitabilidad del que se revisten los procesos económicos a lo largo de la historia. Cuando una tecnología —sea la que fuere, estemos hablando aquí de la rueda, del arado, de la máquina a vapor o de los robots con inteligencia artificial, puesto que genéricamente se trata siempre de una y la misma cosa— surge, es inevitable que el hombre desarrolle la idea hasta aplicarla a la producción optimizándola en el tiempo. Así es cómo la elemental rueda llega a ser la base de los vehículos de transporte actuales al combinarse con la transformación de la energía iniciada con el concepto de la máquina a vapor, luego a la aplicación de la combustión interna en motores y finalmente a la electricidad almacenada en baterías de litio de alta capacidad. El automóvil eléctrico no es otra cosa que la combinación de esas tecnologías optimizadas hasta sus límites, sin que nada de eso esté sujeto a la voluntad de nadie en particular ni pueda evitarse. Es entonces una obviedad decir que el automóvil eléctrico, último grito revolucionario en materia de transporte, ya existe en potencia cuando surge la idea de la rueda, quizá en Mesopotamia unos 5.000 años antes de Cristo. Son siete milenios de aplicación de una tecnología y de optimización progresiva de dicha tecnología en la producción. Alguien dirá que es un razonamiento delirante porque el hombre mesopotámico de aquel entonces no pudo ni siquiera soñar el concepto de automóvil y mucho menos la idea de un motor eléctrico, pero la verdad es que desde un punto de vista contemporáneo no hay automóvil eléctrico sin rueda y entonces aquí hay una secuencia lógica. Una secuencia muy lógica, por cierto, y con algo mucho más importante: una secuencia lógica que independe de la voluntad de nadie para ser. La única condición realmente necesaria para ello es el advenimiento de la idea inicial.

Cristina Fernández de Kirchner, durante la presentación de su libro en La Habana. Cristina dio una cátedra de geopolítica frente a los cubanos, que saben del tema más que nadie en el mundo.

Y si el atento lector llegara a ser un “fierrero” como el que escribe, esto es, un admirador del automovilismo, será capaz de ver todo eso al observar en funcionamiento la maravilla suprema de un Fórmula 1 con motor híbrido, cuya potencia de 800 caballos en tan solo 1600 centímetros cúbicos se obtiene en parte de la combustión interna y en parte de la electricidad para alcanzar velocidades imposibles para cualquier otro vehículo terrestre en condiciones de manejo constante y mixto. Un coche de Fórmula 1 funciona por horas sin descomponerse, tomando curvas y contracurvas muy exigentes a una velocidad promedio superior a los 230 kilómetros horarios. Promedio, no máxima. Una verdadera maravilla tecnológica y, aun así, desde el punto de vista de un “fierrero”, allí están por ejemplo la rueda mesopotámica, la transformación de energía de los Watt, la combustión interna de los Diesel y la electricidad almacenada en baterías de litio. Allí lo que hay es tan solo desarrollo económico inevitable que existe ya hace miles de años en potencia.

He ahí en un ejemplo prosaico, aunque maravilloso desde luego, el carácter de inevitabilidad de los procesos de desarrollo tecnológico y, por lo tanto, económico. De ser tal como describimos aquí el coche híbrido de Fórmula 1 una consecuencia inevitable de la rueda mesopotámica y de su posterior combinación con la potencia resultante de la transformación de la energía que está en la máquina a vapor y luego en la combustión interna y en la electricidad, lo único que nos interesa saber de ello para el fin perseguido en este modesto artículo es que nada de eso depende la voluntad de nadie en particular. Lo que hoy existe es resultado de un proceso que ocurre y luego debe ser regulado para que sirva al propósito de satisfacer la necesidad general y no al revés: de ninguna manera el proceso nace de una regulación ni mucho menos se limita a ella, es decir, para una tecnología es irrelevante qué paradigma social y político existe al momento de desarrollarse dicha tecnología. Si el paradigma tiene las respuestas necesarias para ordenar el proceso y hacer que sea beneficioso para el conjunto de la sociedad, entonces no hay conflicto; pero si el paradigma no tiene esas respuestas y pretende demorar —es imposible, como se ve, impedirlo— el avance tecnológico, entonces la necesidad económica resultante de ese avance va a destruir el paradigma presente y va a demandar uno nuevo. Dicho de una manera brutal, si el paradigma de organización social y política de Mesopotamia alrededor del quinto milenio antes de Cristo no hubiera tenido las respuestas para ordenar el proceso tecnológico del desarrollo de la rueda y hacerlo beneficioso para el conjunto de la sociedad, habría caído entonces el paradigma de organización social y política, pero jamás el desarrollo de la rueda. El desarrollo tecnológico seguiría naturalmente su curso luego de haberse iniciado con el advenimiento de la idea y seguiría arrasando con todo a su paso, porque es tan inevitable como imparable.

Evo Morales y el coche eléctrico fabricado en Bolivia, una muestra de cómo la revolución tecnológica se va abriendo camino y pasa incluso por los lugares más insospechados.

Entonces el paradigma premoderno de la aristocracia dicha “feudal” o “medieval” quiso resistir al desarrollo de la gran industria capitalista al no dar respuestas a las inquietudes de la época, las que exigían la resolución de las cuestiones de la propiedad privada y la seguridad jurídica de las inversiones de capital. No es que la aristocracia fuera reacia a la máquina a vapor en sí misma, sino a respetar la propiedad privada de quienes invertían el capital necesario al desarrollo de esa máquina. Y como una cosa no pudo resolverse sin la otra, es decir, no podían realizarse las inversiones sin que antes la burguesía naciente tuviera la seguridad de que las reglas del juego serían favorables, la primera revolución industrial solo fue posible mediante la revolución “política” de la burguesía. Vale decir que la expresión “política” ahí siempre va entre muchas comillas, puesto que la separación de la política y la economía es antinatural, como se ve, allí donde la una no puede existir sin que realice la otra. Es incorrecto pensar que la revolución industrial que simbólicamente ubicamos en Inglaterra resultó en la revolución “política” de los burgueses que se ubica en Francia y por eso llamamos vulgarmente “revolución francesa”. En realidad, se trata de un mismo proceso en el que el desarrollo tecnológico y económico le demanda a la política (entendida como poder en el Estado) el paradigma adecuado para ser. En Europa occidental pasó eso mismo, con la burguesía haciéndose de una innovación tecnológica y exigiéndole al Estado que garantizara la seguridad jurídica de las inversiones necesarias para realizar materialmente esa innovación que era una idea, un proyecto. En Inglaterra la aristocracia comprendió el carácter de inevitabilidad de la cosa, dio un paso al costado y entregó el poder político en el Estado a un parlamento controlado por la burguesía en ascenso; en Francia los aristócratas no fueron tan inteligentes, se resistieron atrincherados en su paradigma estamental y terminaron siendo debidamente barridos por el progreso revolucionario. Lo inevitable.

La máquina a vapor fue un proyecto tecnológico que, para realizarse materialmente, necesitó crear su propio proyecto político. Probablemente lo mismo haya ocurrido en los casos de la rueda, del arado y de todas las grandes innovaciones tecnológicas a lo largo de la historia. Y en los tiempos que corren nos encontramos frente a la misma encrucijada, a saberla, la de un proyecto tecnológico que exige un proyecto político acorde para su realización material. La máquina a vapor de la primera revolución industrial se construyó y se hizo apta para su aplicación a la producción industrial cuando el proyecto político liberal de la burguesía triunfó sobre el proyecto político estamental de la aristocracia, reemplazándolo. Por lo tanto, el proyecto tecnológico de lo que el empresario alemán Klaus Schwab dio en llamar la cuarta revolución industrial solo va a poder implementarse plenamente cuando el actual paradigma sea superado por uno nuevo, por un proyecto político propio de esa cuarta revolución industrial de la informática aplicada a la robótica con inteligencia artificial. Mientras eso no ocurra, habrá inestabilidad política a nivel mundial a la espera del hecho simbólico que marque, cual la caída de la Bastilla, el triunfo del nuevo paradigma y de la revolución.

Representación artística de la toma de la Bastilla de San Antonio de París, evento simbólico por antonomasia de la revolución burguesa en Francia y en todo Occidente.

Eso es lo que dice Cristina Fernández cuando va a decir en Cuba —nada menos que en un lugar tan simbólico como Cuba— que la “guerra comercial” entre los Estados Unidos y China no es tal, sino una disputa por la conducción del sistema capitalista a nivel global. Y también cuando habla de la insuficiencia regulatoria por parte de la sociedad sobre los poderosos del mundo, esto es, sobre el poder fáctico de tipo económico que para 1789 no tenía aun la predominancia que tiene hoy. Cristina Fernández está diciendo con palabras propias que el actual paradigma de organización social y política en el mundo hizo crisis y que, por lo tanto, va a ser necesario que ese paradigma se derrumbe y sea sustituido por otro. La cuestión de la conducción del sistema capitalista se dirime entre el libre mercado y el Estado en un sentido de representación de los intereses de los menos y de los más por una y por otra parte: si el sistema capitalista de aquí en más va a ser conducido por el libre mercado como expresión propia de los intereses de esas minorías privilegiadas que son la nueva aristocracia, entonces el proyecto político sobre el que se va a implementar la innovación tecnológica de la cuarta revolución industrial tiende a llevarse puestas a las mayorías en el corto y en el mediano plazo; pero si dicha conducción recaerá sobre la política en el Estado, entonces es probable que se imponga un marco regulatorio que permita el pleno desarrollo tecnológico sin que eso resulte en un genocidio a nivel planetario.

¿Qué quiere decir eso? Que a diferencia de lo que ocurrió con la introducción de la máquina a vapor en la primera revolución industrial de los burgueses en Occidente, las nuevas tecnologías no vienen a multiplicar la producción en escala industrial en un sentido de creación de puestos de trabajo, sino todo lo contrario. La máquina a vapor tenía la virtud de producir más y mejor, pero demandaba ingentes cantidades de trabajo humano en su operación de modo que empleó en el proceso a los artesanos a los que reemplazaba y también a las grandes masas de campesinos desplazados por el cercamiento de tierras en los campos que quedaron conocidos como enclosures. La clase obrera industrial es hija o es producto de la revolución burguesa, se forma a partir del triunfo de ese proyecto tecnológico, económico, político. Y ahí está toda la modernidad industrial desde mediados del siglo XVIII hasta el presente. El mundo que conocemos e incluso el concepto de “trabajo” que tenemos son resultado directo del advenimiento de la máquina a vapor y de su plena aplicación a la producción industrial y se sintetizan en la categoría de modernidad industrial. Lo mismo no ocurre, sin embargo, con el símbolo del periodo posterior que es el actual y que todavía llamamos “posmoderno” o “posindustrial” por no tener aún el nombre adecuado para darle: en esta etapa del desarrollo tecnológico la máquina no solo no requiere de grandes cantidades de trabajo humano para funcionar, sino que gracias a esa inteligencia artificial que está en el núcleo de su naturaleza tiende precisamente a prescindir directamente de toda forma de trabajo humano. Por lo menos en potencia, la inteligencia artificial es la sustitución de la humanidad en los procesos de producción y por eso —básicamente por eso— la lucha hoy es por la conducción del sistema capitalista para dirimir quién va a dirigir la producción industrial de la inteligencia artificial, de la robótica y de todo lo que está diseñado para ser el 100% automatizado. Parafraseando a un Kirchner, cabe hacerse la pregunta fundamental: ¿Esa producción industrial va a ser con la gente adentro o con la gente afuera?

El automóvil prototipo de Fórmula 1, supra summum del desarrollo tecnológico aplicado a las máquinas. No existe nada más rápido y eficiente sobre la tierra que un coche de estas características y, sin embargo, ahí solo hay conceptos que existen en potencia desde siempre.

La duda no es sobre si el actual paradigma de organización social y política del mundo está desfasado o si se va a derrumbar, esas son las certezas. La incógnita es respecto al paradigma que va a superar y va a reemplazar al que ya está caduco: si la conducción del sistema capitalista va a quedar en manos del libre mercado cuya única finalidad es la maximización de las ganancias de los propietarios, no habrá reservas por parte de estos en descartar quizá el 80% o el 90% de la población mundial que va a quedar inservible para el trabajo. De ahí la idea espantosa de un genocidio a escala global. Pero si la conducción del sistema capitalista va a estar en manos del Estado —como propone China en su lucha contra las corporaciones multinacionales representadas en los Estados Unidos—, será posible construir un paradigma nuevo que permita el pleno desarrollo tecnológico y que se haga cargo a la vez de los que iban a ser descartados por su inutilidad respecto a la producción. Cuando la expresidenta y actual vicepresidenta de la Argentina dice que en la “guerra comercial” entre Estados Unidos y China hay, en realidad, una lucha por la conducción del sistema capitalista entre el libre mercado y el Estado nacional, lo que dice es que existe un enfrentamiento feroz para ver quién tiene la última palabra a la hora de establecer ese nuevo paradigma. Todos saben que la revolución tecnológica es inevitable, como lo fueron todas las demás revoluciones tecnológicas hasta aquí. Lo que aun no se sabe es cómo ni en qué términos se va a dar la revolución política que es condición necesaria para el pleno desarrollo de la técnica en un proyecto propio.

Reordenar el mundo (para salvarlo)

En La estructura de las revoluciones científicas, publicado en 1962, Thomas Kuhn advierte sobre la existencia de los paradigmas en las revoluciones científicas, dando la que en nuestra opinión es la mejor y más sintética definición de revolución, una que puede utilizarse en la política mucho más que en la epistemología: revolución es cambio brusco de paradigma, o de paradigma dominante, que es la forma más adecuada de expresar lo que diremos a continuación.

Hasta fines del siglo XVIII, el paradigma dominante en la política de Occidente sostenía la organización política y social estamental. La sociedad se dividía por estamentos sin posibilidad de ninguna movilidad social, una cosa parecida en cierto punto a lo que son las sociedades de castas aun hoy existentes en países como la India. Nadie baja de donde está y, fundamentalmente, nadie asciende desde el lugar donde le tocó nacer. Así, si un individuo habiendo nacido en una cuna aristocrática resultaba ser la ineptitud por antonomasia, su lugar de aristócrata quedaba igualmente asegurado y así iba a terminar sus días, encumbrado, aunque no se supiera atar los cordones de los zapatos ni hacerse un mate cocido. De modo análogo, aun habiendo sido agraciado por Dios o por la naturaleza (como más le guste decir al atento lector) con una mente brillante, con el genio, si al individuo agraciado le tocaba nacer en una familia de siervos tenía enormes probabilidades de morir siendo un siervo o, en el mejor de los casos, de escalar hasta el lugar social del oficio, para lo que debía contar con la suerte de ser “adoptado” por un maestro como aprendiz. Así era el paradigma estamental que la Ilustración empezó a cuestionar desde mediados del siglo XVIII hasta culminar con la revolución burguesa en Occidente. ¿Entonces qué cosa es, sino un cambio brusco de paradigma, esa revolución de los burgueses en Europa occidental? Destruir el esquema social ordenado en estamentos inmóviles y reemplazarlo por una sociedad de clases en las que —al menos teóricamente— el hijo de un banquero puede perderlo todo si no es lo suficientemente apto y el hijo de un obrero puede llegar a ser un gran industrial. En teoría, como decíamos, la sociedad de clases de la burguesía representó un enorme avance respecto a la inmovilidad estamental de la aristocracia. Y entonces la revolución burguesa en Francia, en Inglaterra y luego en todas partes fue una revolución porque pudo cambiar de cuajo un paradigma dominante, reemplazándolo por otro.

Perspectiva del antiguo parlamento británico. En Inglaterra, la monarquía comprendió que la revolución era inevitable y que iba a tener que entregar las garantías jurídicas a la propiedad privada. Incapaz de hacerlo en su paradigma estamental, la aristocracia dio un paso al costado y entregó directamente el poder político para que la burguesía en su parlamento diseñara y aplicara el nuevo paradigma revolucionario.

Contrario a lo que suelen pensar los sobreideologizados “por izquierda”, una “revolución” no es un movimiento político que gusta según los criterios ideológicos del que juzga. Una revolución es solamente eso, es un cambio brusco de paradigma dominante, siempre y cuando el nuevo paradigma sea nuevo, esto es, no se trate de una restauración. Así fue cómo la burguesía ilustrada hizo una revolución y destruyó el poder aristócrata y también fue cómo los bolcheviques hicieron una revolución proletaria unos cien años más tarde contra su propia aristocracia, la del zar de Rusia. En ambos casos el paradigma dominante fue reemplazado por otro, sin importar del carácter de este más que el hecho de que se trataba de algo radicalmente nuevo.

Cada vez que la teoría de Kuhn se aplica a la política y una revolución o cambio brusco de paradigma tiene lugar, lo que sucede en la sociedad es un reordenamiento general. Tras la revolución burguesa de fines del siglo XVIII se reordenó la sociedad en clases sociales orientadas a la propiedad privada de los medios de producción. Ya no se trataba de tener o no tener abolengo ni títulos de nobleza, sino de tener o no tener la propiedad privada de la máquina a vapor, lo que deriva del cambio en el modo de producción o del nacimiento de la modernidad industrial. Otro tanto ocurrió en la revolución rusa, que también resultó en una sociedad de clases sociales, pero poniendo en el lugar de clase dominante a los obreros y quedando la propiedad de los medios de producción en manos de estos con el poder en el Estado. Sin importar tanto en qué resultó cada una de esas revoluciones, lo cierto es que cambiaron de cuajo, derrotaron un paradigma que hasta allí había sido dominante y lo reemplazaron por otro. Y eso implica, como se ve claramente, un reordenamiento general revolucionario.

Ahí está el punto. El proyecto tecnológico de la llamada cuarta revolución industrial está exigiendo un proyecto político que le sea propio en el sentido de dar las respuestas a las necesidades del desarrollo pleno de la tecnología que introduce. Y ese proyecto político es en sí un paradigma nuevo, el que a su vez solo puede superar al actual mediante una revolución que cambie todo de cuajo. Habrá un cambio brusco de paradigma dominante y habrá, en consecuencia, un reordenamiento general a nivel mundial. Nada de eso es discutible en realidad y ya está ocurriendo frente a nuestros ojos. La única cuestión que queda por resolverse es la de cómo será ese reordenamiento.

En La Habana Cristina Fernández habló de una disputa por la conducción del capitalismo a nivel global al referirse a la “guerra comercial” entre Estados Unidos y China. Esa “guerra comercial” es la fachada detrás de la que se oculta el verdadero objetivo de las fuerzas en pugna: hacerse de la conducción del mundo para determinar los términos en los que se va a dar su reordenamiento. De una parte, están las corporaciones o lo que Cristina Fernández refiere como el libre mercado. De otra, los Estados nacionales como la propia antítesis de esas corporaciones. Los unos pretenden imponer un reordenamiento que suprima la política y coloque todo el poder en manos de esta nueva aristocracia del dinero que actualmente concentra la gran parte de la riqueza mundial, o una especie de retorno a lo premoderno, pero con una monarquía reinando sin corona y sobre el planeta entero, una monarquía no territorial y sin título de nobleza; los otros quieren aferrarse a la política como instancia de resolución de los conflictos de intereses entre las minorías y las mayorías. Todo el futuro de la humanidad depende de cómo se resuelve —y de quien gana— esa lucha, ya que la forma en la que cada uno de los bandos quiere reordenar el mundo será determinante para la existencia o la supresión de los que en un mundo automatizado vamos a quedar desfasados.

Si el libre mercado que simboliza la nueva aristocracia del dinero triunfa, dirige políticamente la cuarta revolución industrial y aplica su proyecto político para dar respuesta al proyecto tecnológico que está emergiendo, lo más probable es que lo haga de una forma tal que no tenga ninguna relación con el destino de las mayorías de trabajadores que van a ser superados por la máquina. Orientados naturalmente al solo objetivo de maximizar sus ganancias, los ricos no tienden a buscar alternativas para asegurar la subsistencia de los miles de millones de seres humanos que ya no van a tener trabajo en el sentido clásico de producción. En una palabra, al permitir el desarrollo pleno de la robótica con inteligencia artificial, los poderosos del mundo no van a estar muy preocupados por el destino de los trabajadores desplazados. Si triunfa su proyecto, es lógico que se ocupen de buscar una solución de descarte de esos trabajadores, puesto que sin ingresos no servirán ni siquiera como consumidores. Y bien mirada la cosa, con los recursos del planeta agotándose, es natural que los ricos estén pensando en una forma de despoblar rápidamente el mundo, asegurando su propia existencia en una sociedad donde trabajan las máquinas y no existe la necesidad de mantener a nadie más que a los dueños de esas máquinas. Claro que esta alternativa es la del triunfo de las corporaciones y podrá ser efectiva para salvar el mundo, aunque a costa de la eliminación del 80% o el 90% de los que hoy existimos y ya no podremos existir si somos reemplazados por robots sin una alternativa. Despoblar el planeta Tierra es una excelente manera de salvarlo de la destrucción. El problema es que los eliminados en el proceso vamos a ser nosotros mismos, los que no concentramos la riqueza del mundo y no tenemos poder si estamos aislados, no organizados.

Un símbolo de la cultura bélica de los Estados Unidos, aquí reconceptualizado para significar la lucha decisiva entre Este y Oeste por la conducción del capitalismo a nivel global.

Pero el poder de las mayorías existe y puede mover la aguja si se organiza políticamente. He ahí la figura de los Estados nacionales, de la política como instrumento de soberanía de los pueblos. En la “guerra comercial” que tiene en vilo al mundo en asuntos de aranceles, tarifas y otros humos, uno de los bandos es el bando del nacionalismo popular, del pueblo-nación entendido como organización política con poder en el Estado. Aquí está la forma de superar el actual paradigma dominante con una revolución, reordenar el mundo para permitir el pleno desarrollo de las tecnologías de la cuarta revolución industrial y, a la vez, buscar las alternativas para el qué hacer con los miles de millones de hombres y mujeres que ya no van a ser productivos en sentido industrial, comercial y de servicios. El desafío es el de hacer esa alternativa en la política, el de derrotar el actual paradigma y también el libre mercado que se quiere imponer para despoblar la Tierra. El desafío, en una palabra, es ver cómo demonios se hace para permitir que desaparezca el trabajo productivo —industrial, comercial y de servicios— sin permitir que desaparezcan asimismo los trabajadores. ¿Qué hacer con toda esa gente desfasada, prácticamente inútil, cuando las máquinas hagan todo lo que hace hoy un trabajador humano, aunque mejor, más rápido y a costos muy inferiores, casi nulos? ¿Cómo reordenar el mundo sin que ese reordenamiento sea un genocidio de proporciones hoy inimaginables?

Alternativas de futuro

Si la cuarta revolución industrial es tecnológica y entonces políticamente inevitable, la cuestión del reordenamiento del mundo se reduce no al si ni al cuándo, sino al cómo. La disputa por la conducción del capitalismo a nivel global es una disputa por ese cómo, por cómo se va a llevar a cabo el reordenamiento mundial cuando las máquinas tengan luz verde para desencadenar toda la capacidad ya existente y reemplacen a los trabajadores humanos desde la línea de montaje industrial hasta las bocas de expendio comerciales. El asunto es muy serio, como se ve, porque en el cómo está la existencia o la supresión de quienes vamos a ser reemplazados por una tecnología que ya hace todo lo que nosotros hacemos, pero mejor, más rápido e infinitamente más barato. En el cómo no está la cuarta revolución industrial en sí, sino el lugar de la humanidad en su conjunto frente a esa revolución.

Alguien dirá que es imposible sustituir en muchos aspectos la calidad de lo que se hace humanamente, pero ese es un error en la proporción de las cosas. Es cierto que existen determinadas profesiones, artes y oficios para los que, por lo menos en la actualidad, no existe reemplazo de hombre por máquina sin mediar una merma en la calidad del producto final. Quizá todavía sean mejores los diagnósticos médicos hechos por un médico humano y también que la sensibilidad en el pintar un cuadro o fabricar un pan no esté accesible para el robot en el actual estado del desarrollo de la inteligencia artificial. Eso podría ser rigurosamente cierto y aun así movería muy poco la aguja en términos de generación o destrucción de puestos de trabajo. Es posible que los ricos prefieran consumir un pan casero o hacerse ver por un médico con la suficiente humanidad como para hacer un diagnóstico que incluya lo espiritual. Y entonces es probable que los ricos del mundo elijan mantener algunos pocos elementos en su corte aristocrática posmoderna para que realicen esas tareas. El problema es que los ricos del mundo siempre son —por lógica— muy pocos en cantidad y si solo quedaran ellos sobre la Tierra, requerirían asimismo de muy poquitos profesionales, artistas y oficiales para la mejor atención de sus exquisitas necesidades.

Representación del fusilamiento del zar y su familia por parte de los bolcheviques revolucionarios en Rusia. Al igual que la burguesía francesa e inspirados en ella, los bolchevique inauguraron la modernidad rusa con mucho retraso y con una novedad: el lugar de clase dominante quedaría reservado a los obreros y no a la burguesía.

La característica fundamental de la sociedad industrial que existió plenamente quizá entre comienzos del siglo XIX y fines del siglo XX es la masividad de todo. La producción fabril es masiva y demanda ingentes cantidades de obreros en la producción, los que a su vez perciben un salario suficiente para ser ellos mismos consumidores de aquello que producen, por lo menos después de Henry Ford y del triunfo del fordismo. La población mundial se multiplicó por siete en los últimos dos siglos gracias a esa masividad luego de haber estado estable por unos 12.000 años. Todo eso gracias a la masividad que es la capacidad de producir bienes y servicios en cantidad suficiente para atender las demandas de enormes masas de población. Sin la capacidad industrial de fabricar cosas tan elementales como las vacunas, los medicamentos y los alimentos, difícilmente habría habido en los últimos doscientos años —y fundamentalmente en los últimos cien— la espectacular explosión demográfica que hizo ascender de mil a siete mil millones la cantidad de seres humanos en este planeta. Claro que esa masividad requiere de producción en serie de grandes cadenas de producción, distribución, transporte a larga distancia y comercialización, cosas que no se logran artesanalmente. Por lo tanto, si las máquinas toman el lugar del hombre desde la fábrica hasta el comercio y los ricos forman una corte con los elementos que consideren esenciales para la manutención de su propio bienestar, el resultado será que las grandes mayorías vamos a quedar afuera de todo: no tendremos trabajo, puesto que la producción, el transporte y la distribución masivos no serán necesarios en un mundo donde son muy pocos los que perciben un ingreso suficiente para consumir lo producido. En otras palabras, si se destruye el trabajo en un sentido de producción y no se lo sustituye por otro tipo de trabajo, lo que se vuelve superfluo es la propia producción. Los robots tienden a reemplazar al trabajador humano tan solo para, acto seguido, quedar inservibles ellos mismos. ¿Para el consumo de quiénes van a producir masivamente qué cosas, si ya no existen las masas con capacidad de consumo?

No debemos, no obstante, equivocarnos al pensar que esa contradicción es un estorbo para que los ricos del mundo impongan su proyecto político de exclusión del 80% y hasta el 90% de la población mundial actualmente existente. En realidad, como decíamos anteriormente, los poderosos ya saben perfectamente que el planeta no soporta muchos años más de sistema capitalista basado en el consumo masivo al agotarse peligrosamente los recursos del mundo. Y es que, de hecho, la gran pugna hasta aquí ha sido por reducir el consumo en los países en vías de desarrollo mediante la destrucción sistemática de la economía de esos países. El atento lector lo sabrá hasta por experiencia propia: cada vez que en nuestro país hubo crecimiento económico con inclusión social y las grandes masas empezaron a consumir cosas que antes no consumían, eso a alguien le molestó y la rueda se detuvo de golpe para que detuviera ese consumo. No es que no quieran que países como la Argentina tengan cierta estabilidad política porque no simpatizan con nosotros ni nada por el estilo, sino que no pueden permitir que los argentinos consumamos los recursos de un mundo que está exhausto. Cuando el patentamiento de automóviles fue récord en un país como la Argentina, lo que ocurrió fue que el proyecto político que había logrado ese récord fue destruido y reemplazado por otro, por uno que llegó para prohibirles el consumo a las mayorías. Entonces es pueril el “argumento” de que los ricos no van a destruir el trabajo industrial, comercial y de servicios porque no tendrán a quienes venderles su producción. Los ricos del mundo no quieren vender ninguna producción, no quieren ya lo masivo y quieren realmente consumir solo ellos mismos lo que queda todavía de recursos en el planeta.

El filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, padre de una teoría muy útil para explicar la política en tiempos revolucionarios.

La respuesta al enigma de cómo los ricos piensan sostener el sistema capitalista sin trabajo industrial, comercial y de servicios es que el capitalismo actual ya no es industrial, no es comercial ni es de servicios. El capitalismo actual es el que el poder fáctico de tipo económico a nivel global —las corporaciones, los ricos que concentran buena parte de la riqueza de la humanidad— quiere proyectar hacia el futuro haciéndose de la conducción del proceso, es un capitalismo financiero que requiere de muy poca gente para funcionar. Y por eso los que trabajamos no debemos cometer el error de creernos imprescindibles de cara al futuro de la humanidad. No es así, no es necesariamente así.

Desde el punto de vista de un aristócrata posmoderno, los burgueses de los siglos XVIII, XIX y XX cometieron el error de multiplicar los panes y los peces con el esquema de producción industrial, distribución y comercialización masivas. El error fue, siempre de acuerdo con el punto de vista del que hoy está encumbrado, el haber superpoblado el planeta, aunque desde luego es imposible que un burgués clásico de la primera y la segunda revoluciones industriales pudiera imaginarse un futuro en el que habría una forma de ganar dinero y hacerse rico sin producir. Así y todo, el error está y los ricos de hoy están pensando en métodos para subsanarlo. Para el gusto de ellos, en el mundo sobra gente. Mucha gente.

Henry Ford, posando junto al mítico Ford T, el automóvil que inauguró una era en la que los trabajadores consumían lo que ellos mismos producían.

La conclusión es una obviedad a esta altura y es que si los poderosos del mundo siguen haciendo bajo lo que Cristina Fernández llamó una insuficiencia regulatoria y por eso triunfan en la pugna por la conducción del sistema capitalista hacia el futuro, entonces esos poderosos van a llevar a cabo un genocidio a escala global sin precedentes. El peligro real en el triunfo del 1% más rico del mundo que concentra la propiedad de las corporaciones, los bancos y el control del mercado financiero no es que vayan a implementar un mal proyecto político para el 99% restante. Eso ya ocurre ahora, el proyecto político actual ya es nefasto para las mayorías en todo el mundo. El peligro es que el triunfo del 1% va a significar la selección de un 10% para el servicio artesanal de las cosas que los ricos quieren y no pueden lograrse con toda su calidad mediante la aplicación de la tecnología y, en consecuencia, el descarte directo del 90% absolutamente inservible para lo que fuere y demasiado costoso en términos de consumo de recursos.

Entonces la opción del triunfo de la nueva aristocracia en la lucha por la conducción del capitalismo no es una opción para el atento lector y para nosotros, puesto que somos ese 90% destinado al descarte en caso de que ese triunfo se produzca. La cuestión se reduce, por lo tanto, a evitarlo, lo que equivale a decir que los pueblos deben triunfar o morir en la lucha, no habrá como resultado de la derrota una vida peor, sino ninguna vida. No se trata de algo que pueda relativizarse mediante la resignación, cual mentalidad de siervo premoderno convencido ya al nacer de la fatalidad de la calidad de la cuna. Se trata de una cuestión de vida o muerte, en la que la vida está en la organización para el triunfo y la muerte está en el fracaso de esa organización.

Infográfico en el que se exponen las cuatro etapas de la revolución industrial. La “Industria 4.0” es la representación de la cuarta revolución industrial de la robótica, la inteligencia artificial y la comunicación en redes de alta velocidad.

La nueva aristocracia no viene a imponer un paradigma para la cuarta revolución industrial que contemple la existente de enormes cantidades de peones pata al suelo, como solía decir Arturo Jauretche del preperonismo que es la premodernidad en la Argentina. El proyecto político del libre mercado que quieren imponer los poderosos a nivel global va a posibilitar la cuarta revolución industrial en toda su plenitud, sí, pero sin la dimensión humana necesaria para evitar la reducción de lo humano a su mínima expresión. Es así como, de cara al futuro, solo existe una alternativa realmente viable para que la humanidad subsista tal como la concebimos hoy: la alternativa del triunfo del nacionalismo popular en la pugna por la conducción del sistema capitalista. Del nacionalismo popular como antítesis del libre mercado de las aristocracias posmodernas.

Si las máquinas con inteligencia artificial y control remoto por redes de comunicación a alta velocidad van a destruir el trabajo en su sentido de producción y eso es inevitable por tratarse de una innovación tecnológica, la cuestión no puede estar en resistir con el sostenimiento de un trabajo productivo que ya al día de hoy está desfasado. Ya existen computadoras que reciben y contestan llamadas telefónicas no mediante la consulta a una base de datos previamente cargada por operadores humanos, sino directamente construidas y cargadas por ellas mismas. Las computadoras hoy tienen la capacidad de “aprender”, esto es, de recibir información inexistente en una base de datos y, mediante un cálculo de probabilidades o algoritmos, tomar decisiones sobre lo informado, registrar el resultado y utilizarlo en operaciones futuras. Eso es “aprender” de un modo técnico, es la definición de “aprendizaje”, pero fuera de la existencia de los que fuimos naturalmente diseñados para hacerlo. Resulta que pudimos clonar esa capacidad y la hemos podido reproducir en algo que nosotros mismos hemos creado: la inteligencia artificial. Es imposible que un operador humano tenga una fracción de la capacidad de atención de una máquina que puede procesar millones de consultas a la vez, con una capacidad virtualmente infinita de memoria para “recordar” los datos y, por lo demás, las 24 horas del día, los siete días de la semana sin descanso. Si esa máquina encima “aprende”, entonces ya está todo dicho. ¿Cómo o con qué razonamientos lógicos podría detenerse el desarrollo y la plena aplicación de algo así a la producción?

El Papa Francisco, baluarte de la lucha de los pueblos contra la codicia de los ricos que acumulan gran parte de la riqueza mundial. Esa acumulación delirante está en la base del problema que se dirime en la guerra por la conducción del sistema capitalista.

No se puede y el que intente interponerse en el camino de ese desarrollo y aplicación será inevitablemente arrollado por ellos, como lo fueron, por ejemplo, los saboteadores de máquinas de la primera revolución industrial. No se trata de evitar lo inevitable y mucho menos de lanzarse a una misión imposible por el gusto heroico del martirio. Se trata de pensar lateralmente y concluir que, de ser incapaces de competir con la máquina en el campo del trabajo productivo, debemos ser asimismo capaces de pensar en otro tipo de trabajo. El desafío es encontrar nuevas formas de servirnos unos a los otros y de, fundamentalmente, generar los recursos necesarios para que ese servicio sea remunerado en cantidad suficiente para la satisfacción material de las necesidades humanas de las mayorías populares. Habrá que reinventar el concepto de trabajo y habrá que tener el poder, la conducción, para asegurarnos de que eso se pague, de que alguien lo pague.

De un modo general y muy sintético, la única solución para la destrucción del trabajo productivo industrial, comercial y de servicios es su reemplazo por el trabajo “improductivo” en ese mismo sentido. Los que hoy trabajan en fábricas produciendo bienes para el consumo masivo y serán sustituidos por máquinas más eficientes, rápidas y baratas tendrán que ocuparse de otra cosa cuando eso pase. Y eso será necesariamente una actividad “improductiva” en los criterios de lo que el capitalismo industrial de la revolución burguesa consideró “productivo”. No será desde luego un trabajo industrial ni podrá reubicarse en otros sectores de la economía como el primario y el terciario, puesto que allí también habrá máquinas haciendo todo mucho mejor, más rápido y más barato. Habrá que crear un nuevo sector para acoger a todos los que vamos a quedar desfasados.

Claro que la solución más obvia en la actualidad y frente a lo que sabemos hoy es la absorción por parte del sector público de todos los trabajadores descartados por las empresas privadas, cosa que no es infrecuente —aunque siempre en pequeñas proporciones— en América Latina cuando llegan las grandes crisis. La solución más evidente para el hombre de este tiempo es proyectar en el futuro un mundo en el que el 90% de la población mundial esté empleada en los Estados y dedicada a servir a la sociedad de las más diversas formas. El primer efecto de lo que parece un delirio si es dicho como lo decimos nosotros aquí y no se desarrolla con propiedad sería un aumento brusco en la calidad de vida general, puesto que tendríamos prácticamente a todos trabajando para servir al conjunto y no habría lugar de la gestión de lo público que no tuviera una sobreabundancia de recursos humanos para llevar a cabo esa gestión hasta la perfección. Pero también está el segundo efecto, que sería la explosión inimaginable del gasto público hasta tornar inviable el propio Estado: si en el futuro fuéramos todos empleados públicos y apenas existiera gente trabajando en funciones muy puntuales en el sector privado, la primera y más obvia pregunta que se haría el atento lector con su conciencia de hombre de su tiempo sería la siguiente: ¿Quién va a pagar los impuestos para sostener todo eso?

Dicho de otra forma y quizá un tanto brutalmente, en un hipotético mundo donde los robots con inteligencia artificial hacen todo lo productivo en un sentido propio del modo de producción capitalista y el 90% de los hombres está empleado en el sector público, en lo “improductivo”, no habría a primera vista posibilidad de que el Estado recaudara lo suficiente para sostener en sus nóminas la casi totalidad del empleo: a menos trabajo productivo formal, menos recaudación y menos dinero en caja para pagar los salarios de los trabajadores “improductivos” en la administración de lo público. Parece muy lógico y lo es, pero siempre en los términos del paradigma dominante actual que, como ya sabemos, está cayendo. Si en la pugna por la conducción del capitalismo a nivel global triunfan los pueblos y no el libre mercado del 1% más rico y somos los pueblos los que finalmente vamos a definir el nuevo paradigma del mundo de la cuarta revolución industrial, es evidente que también las lógicas tributarias serán otras. La manera como el hombre de hoy piensa en el esquema de quién paga para que el Estado lleve a cabo su obra no puede, naturalmente, ser la misma. Y acá está la clave: cuando una revolución tiene lugar e impone un nuevo paradigma para ordenar social y políticamente la sociedad, quedan automáticamente caducas las lógicas del paradigma superado, lo que podría traducirse poéticamente en aquello de que el mundo va a ser lo que nosotros queramos que sea.

La línea de montaje industrial, ya casi enteramente automatizada. Cuando los robots se encuentran con la inteligencia artificial y empiezan a “aprender”, es imposible que la máquina no supere al hombre en prácticamente todas las actividades productivas.

Son desde luego irrelevantes los detalles de cómo podría ser ese paradigma en todo lo que se refiere a quién paga la cuenta y cómo, porque el hacerlo podría resultar pronto en una obra de ficción utópica o distópico ante la imposibilidad de saber hoy qué puede pasar en el futuro. Pero lo esencial está más que a la vista: habiéndose ahorrado el costo laboral que supone el trabajo humano al reemplazarlo por robots con inteligencia artificial y asimismo sin tener la conducción del proceso —conducción que precisamente está en disputa ahora mismo y es el motivo central de este artículo—, los ricos podrán financiar su cuarta revolución industrial y nada va a impedir el desarrollo tecnológico inevitable, pero no podrán evitar que los Estados nacionales determinen que lo ahorrado en costos laborares sea igualmente pagado, pero en concepto de impuestos. Así podría llevarse a cabo la sustitución del trabajo humano en todo lo productivo sin la necesidad de descartar lo humano, puesto que la sociedad organizada en el Estado tendría los recursos necesarios para sostenerse a sí misma empleando a las mayorías en otras tareas dichas “improductivas”. En una palabra, se elimina el trabajo en los términos del sistema capitalista de tipo industrial sin eliminar el salario en un sentido de ingreso familiar estable, con lo que se garantizan esos ingresos y la subsistencia de los que, de otro modo, estarían destinados al descarte por genocidio.

Antes de ubicar la idea esbozada en la categoría de utopía y abandonar la lectura a poco de terminarla, piense el atento lector de la siguiente forma: ¿Por qué existió la plusvalía como base del modo de producción capitalista hasta aquí? ¿Quién determinó que el trabajador entregara su fuerza de trabajo por un salario fijo inferior al valor producido con esa fuerza de trabajo? Pues la burguesía, que triunfó sobre la aristocracia premoderno a fines del siglo XVIII, hizo una revolución para cambiar el paradigma y reordenó el mundo en sus propios términos. Antes de la revolución burguesa no existía el salario moderno como resultado de la plusvalía burguesa: eso pasó a existir porque esa fue la respuesta que la burguesía dio al problema de la producción en un régimen de propiedad privada y eso es todo. Nada de eso baja del cielo en tablas sagradas ni está escrito de antemano en el ADN de nadie, todo eso es simplemente una creación de un grupo que triunfó sobre otro y pudo, al hacerse de la conducción del proceso, establecer sus propias reglas. ¿Por qué entonces los pueblos, haciéndose de la conducción política de la cuarta revolución industrial presente, no van a establecer las suyas? ¿Por qué no habrían de buscar los pueblos empoderados en el Estado la solución humana para la destrucción del trabajo productivo, si con la conducción tendrían la manija para hacerlo?

Arturo Jauretche, aquí junto al general Perón. Jauretche es el padre de la sociología del estaño, hoy necesaria para pensar un mundo apto para la subsistencia de las mayorías populares. El paradigma ordenador de ese mundo será necesariamente el nacionalismo popular.

Entonces la cuestión es el cómo y lo que aquí quedó apenas esbozado no pasa de una provocación. El objetivo de esta entrega de la Sociología del estaño para la construcción del nacionalismo popular —la cuarta de otras que vendrán hasta que puedan recopilarse todas en una obra unitaria— fue ese, el de provocar la imaginación del atento lector para pensar en una sociología a la manera de Augusto Comte, como se explica en la primera entrega de esta serie. Para pensar una sociología nueva que, como herramienta de reordenamiento de la sociedad, se exprese finalmente en el discurso político y sirva para organizar en torno a dicho discurso a las mayorías en defensa propia. Una provocación que es a la vez una invitación a pensar en las categorías teóricas del paradigma que haremos nosotros mismos para posibilitar el progreso inevitable de la tecnología sin permitir que ese progreso dé como resultado nuestra propia destrucción. Como hace Cristina Fernández en Cuba al hablar del problema urgente de la conducción global del sistema capitalista y de la insuficiencia de regulación a los poderes fácticos de los ricos y poderosos del mundo. O como hace el Papa Francisco, quien desde el Vaticano ubica en las estructuras del pecado la codicia de los que acumulan la riqueza de la humanidad en pocas manos y preparan un genocidio para despoblar el planeta. Como hacen muchos de los que estamos pensando un futuro en el que los números cierren con la gente adentro, pero aun sin un marco teórico adecuado para la contención de nuestras ideas y sueños. La invitación es a la construcción de ese marco teórico en la forma de una sociología no académica, no adiestrada: la construcción de una sociología del estaño a la moda jauretcheana para apuntalar el discurso político del nacionalismo popular, de lo nacional-popular y del pueblo-nación, del proyecto político típico de las mayorías en defensa de sus propios intereses y organizadas para ello en los Estados nacionales, antítesis del libre mercado de los ricos. Está hecha la invitación para que sigamos esa construcción en marzo, cuando aparezca la próxima edición de esta Revista Hegemonía. Llegaremos a tiempo, sí o sí llegaremos a tiempo. Incluso porque no existe alternativa al triunfo de los pueblos en su cultura.