La Argentina tiene hoy y desde hace alrededor de 60 días un presidente electo, un representante genuino de la voluntad popular de las mayorías expresada en las urnas. Alberto Fernández es eso hoy, el presidente de la Nación encargado de la tarea de salvar la economía luego de cuatro años de un gobierno que se construyó sobre la estafa a la voluntad del pueblo y dejó tierra arrasada a su paso, además de pesados compromisos de deuda que en la actualidad son el principal problema a resolverse. Entonces Alberto Fernández está donde tiene que estar y allí está legítimamente para llevar a cabo la tarea que le ha encomendado el pueblo-nación argentino. Es lo que corresponde y, aun así, no es posible afirmar hoy que el presidente Alberto Fernández sea el máximo referente de la política argentina: es jefe de Estado y jefe de gobierno de acuerdo con las reglas del sistema presidencial clásico de la política en América, pero aún no es y está bien lejos de ser el líder. En la política real los liderazgos se fundan en un tipo de legitimidad que trasciende el voto concreto en la urna, que se construye en el tiempo más subjetiva que objetivamente. Y ese liderazgo hoy no está en la Casa Rosada.

Lo anteriormente dicho, no obstante, difícilmente vendría en detrimento de la autoridad del presidente Fernández. La tiene y la ejerce todos los días con el objetivo de estabilizar su propio gobierno en medio al fuego cruzado de opiniones de propios y ajenos. Alberto Fernández está gobernando la Argentina de hecho y por derecho, está intentando resolver con políticas públicas los innumerables problemas dejados por el anterior gobierno estafador y eso es precisamente lo que se espera de él. Hasta ahí no hay ninguna anormalidad ni hay una situación de doble comando, como quieren insinuar los medios de difusión del poder fáctico. Las decisiones de gobierno se toman allí dónde deben tomarse: en Balcarce 50, sede del gobierno nacional. Buenas, malas, acertadas o equivocadas, esas decisiones de la gestión de gobierno ya no parten de lujosas oficinas corporativas con sede en países extranjeros —como sucedió, efectivamente, durante el periodo de desgobierno títere cuya cara visible fue Mauricio Macri— ni existen evidencias de que partan desde cualquier otro lugar que no sea el despacho presidencial. Por lo tanto, la autoridad de Alberto Fernández como presidente es real, es legítima y es la autoridad previsible en condiciones normales o dichas democráticas. El asunto es que aun así Alberto Fernández no es el líder, simplemente porque otro u otros siguen ejerciendo ese liderazgo fácticamente.

El presidente Alberto Fernández, frente al monumental desafío de desactivar una bomba atómica en medio a un campo minado y sin tener la conducción política para hacerlo. Fernández es un hábil negociador y deberá desplegar todo su talento para tener éxito.

Fácticamente, sí, existen otros liderazgos políticos en nuestra política por encima del de Alberto Fernández, sin que eso signifique ninguna usurpación o ilegalidad, ni mucho menos. Lo que ocurre en la actualidad es que la conducción política del pueblo-nación argentino no coincide con la conducción de gobierno emanada de las urnas, cosa que ya se veía venir cuando Cristina Fernández de Kirchner lanzó la inesperada maniobra de presentarse como candidata a vicepresidente, dejándole la titularidad a otro a mediados del año pasado. En ese momento todo indicaba que Cristina Fernández sería quien encabezara las listas de cara a las PASO del mes de agosto y luego a las elecciones generales de octubre, pero ella tenía otra idea y sorprendió a todos anunciando que el candidato a presidente en la unidad del peronismo sería un Fernández, pero Alberto. Y que ella lo acompañaría desde el lugar de vicepresidenta. Allí quedó claro que no iban a coincidir la conducción política con la conducción del gobierno y los medios empezaron a hablar de “chirolitas” y de “dobles comandos”, elaboraron mil teorías para concluir que Cristina Fernández iba a gobernar mediante el uno de una marioneta. Lo cierto es que el hecho estaba a la vista y la conductora natural “se bajaba” de la carrera por la conducción de gobierno, generando una situación que nadie pudo haber visto venir antes del sorpresivo anuncio. Es así como hoy tenemos un presidente que gobierna y tenemos por otra parte una vicepresidenta que ejerce el liderazgo de la conducción política y es referente para la tropa propia, para los civiles no politizados ni ideologizados y también para el enemigo de los pueblos, que jamás la pierde de vista y está pendiente de todos sus dichos y movimientos.

Desde el vamos, desde antes del triunfo de lo que se iba a denominar Frente de Todos y fue la unidad del peronismo y otros sectores dichos “progresistas”, quedó establecido que eso sería así, que tendríamos un presidente con la gestión de gobierno en la mano y, a su sombra, ocupando el lugar de la vicepresidencia, la principal referente de la política nacional ejerciendo la conducción política de hecho. “Cual Cámpora para Perón”, dirá alguien al recordar un episodio de nuestra historia reciente, aunque con inexactitud. Cámpora fue presidente de un Perón concretamente proscripto, que no podía presentarse él como candidato a presidente y se valió de la figura de su delegado personal para sortear las trabas jurídicas impuestas por la dictadura de Alejandro Lanusse. Al producirse el regreso efectivo de Perón, esto es, al levantarse la proscripción en su contra, Cámpora hizo lo que se esperaba de él, dio un paso al costado a las pocas semanas y llamó a nuevas elecciones para que Perón pudiera postularse y triunfar con más del 60% de los votos, un récord relativo que jamás pudo superarse. Como se ve, el pueblo-nación argentino quería a Perón y Perón tenía el liderazgo, por lo que Cámpora fue un instrumento de lealtad peronista para lograr un fin concreto.

El general Juan Domingo Perón y su delegado personal, Héctor Cámpora. Perón se valió de una inteligencia maniobra para sortear la prescripción impuesta por la dictadura de Alejandro Lanusse, hizo ganar las elecciones a Cámpora y luego arrasó él mismo en nuevas elecciones realizadas a las pocas semanas.

Entonces sería incorrecto decir que Fernández está para Fernández como Cámpora para Perón en la relación entre Alberto y Cristina. Hasta donde sabemos los que no sabemos todo lo que saben los que conducen los destinos de la nación, no existe ningún plan de que Alberto Fernández renuncie a la brevedad para convocar a nuevas elecciones. Al parecer no es nada de eso y el carácter de “transicional” que algún sector del peronismo le atribuye al actual gobierno se refiere más bien a una etapa de cuatro años en la que será necesario estabilizar el país, pero no en un sentido de puente corto hacia un gobierno definitivo. Cuatro años, eso es lo que debería durar el gobierno de Alberto Fernández, coincidiendo con la duración legal de su mandato hasta el año 2023. Nadie espera realmente lo contrario y entonces Alberto Fernández no es Héctor Cámpora para Cristina Fernández, sino un presidente con votos propios que se dispone a cumplir el mandato popular. La situación no es la misma y entre los Fernández no existe —al menos hasta donde puede verse, como decíamos—una relación de jerarquía entre jefe y delegado como la que se estableció entre el general Perón y Héctor Cámpora. Aquí lo que pasa es lo que se ha expuesto anteriormente: existe un jefe de gobierno y de Estado en pleno uso de sus facultades legales y existe un liderazgo fáctico que se expresa por otra parte, sin que eso resulte en un doble comando. Un Fernández gobierna y otro Fernández lidera gracias a la voluntad del pueblo-nación argentino.

Ahora bien, para el fin que perseguimos en este modesto artículo, la información disponible es más que suficiente para demostrar la tesis propuesta, a saberla, la de que no existe hoy coincidencia entre la conducción del gobierno y la conducción política. Es imposible decir más que eso y es imposible encontrar más relación entre el gobierno de Alberto Fernández y el de Héctor Cámpora que esa. Todo lo demás que pueda decirse se ubica en el campo de la especulación o de la futurología, que puede concretarse, pero no puede anticiparse al no existir en el presente los datos duros necesarios para hacerlo. Alberto Fernández en el presidente de la Argentina y gobierna; Cristina Fernández de Kirchner conduce la política y la conduciría igualmente, aunque no ocupara el cargo que actualmente ocupa, porque su liderazgo es eso, es un liderazgo natural.

Liderazgos naturales

Pero el nuestro también es un país mayoritariamente católico y nuestros tiempos, extraordinarios. Desde que el polaco Karol Wojtyla fue ungido como Juan Pablo II a fines de 1978 hubo una sucesión de tres máximos jefes no italianos en la Iglesia católica. Luego del polaco Wojtyla vino el alemán Ratzinger y, finalmente, lo extraordinario: el primer papa no europeo de la historia, que es el argentino Jorge Bergoglio, quien toma el nombre de Francisco para su pontificado. Estos son tiempos extraordinarios en los que el jefe de una institución que es fundamental en nuestro país y que tiene más 1.300 millones de miembros en todo el mundo es un argentino. Con el solo hecho de su nacionalidad ya alcanzaría para suponer el peso descomunal del liderazgo de Francisco en la política del país que lo vio nacer: sería delirante imaginar un Papa argentino sin ascendiente sobre las mayorías populares en la Argentina del catolicismo como religión predominante. Aunque el cardenal Bergoglio no tuviera la historia que tiene, no tuviera todas las implicaciones militantes en la política nacional por lo menos en las últimas cuatro décadas y no opinara políticamente como opina, el solo hecho de ser argentino y jefe de la Iglesia católica sería suficiente para ejercer un liderazgo de hecho en nuestro país. El propio lugar destacado que ocupa en el escenario geopolítico desde el Vaticano es gravitante en sí mismo simplemente porque es imposible ignorar la magnitud de la realidad de que hay un Papa argentino.

Cristina Fernández de Kirchner, ejerciendo su liderazgo natural frente a una multitud durante la campaña para las elecciones legislativas del año 2017. Junto a Francisco, Cristina tiene hoy un lugar asegurado en el centro del escenario a nivel local y también mundial.

Por distintas razones y diferentes caminos, tanto el cardenal Bergoglio como Cristina Fernández de Kirchner se han erigido como figuras poseedoras de esa autoridad moral que aquí llamamos liderazgo natural. A esta altura de sus vidas y sus carreras, tanto Bergoglio como Fernández de Kirchner están, como suele decirse, más allá del bien y del mal: no es necesario que ocupen cargos políticos y ni siquiera que estén permanentemente en evidencia. Pueden incluso ocultarse durante meses y años si así quisieran hacerlo, aparecer un buen día súbitamente y tener en ese mismo momento la autoridad y el liderazgo que tenían al momento de borrarse voluntariamente del escenario. De hecho, Cristina Fernández solía tomarse largos periodos de inactividad política durante el desgobierno de Mauricio Macri, tan solo para mostrarse inesperadamente y mover todo el tablero con sus dichos o actos. Nunca fue necesario que Fernández de Kirchner estuviera todos los días presente en los estudios de radio y televisión y mucho menos que hiciera puestas en escena permanentes para mantenerse vigente. El liderazgo natural no requiere de la presencia de líder para ser y, en ese sentido, el liderazgo de Fernández de Kirchner es similar al del general Perón, quién estuvo exiliado durante largos 18 años —además en una época de rudimentarias tecnologías de comunicación e información, muy distinta a la inmediatez de las redes sociales y los teléfonos móviles de hoy— para volver un día, movilizar toda la sociedad argentina, patear el tablero y ganar las elecciones con más del 60% de los votos luego de hacer ganar a un delegado personal suyo a control remoto. No fue necesario que Perón estuviera abonado a los canales de televisión de la época para mantener su vigencia y, de hecho, durante su proscripción y exilio hubo momentos en los que estaba directamente prohibido hablar públicamente de él y del peronismo.

El liderazgo natural de Cristina Fernández de Kirchner es así, es un liderazgo natural como el de Perón. Y es fácil concluir que, si Macri hubiera tratado de “deskirchnerizar” la Argentina mediante la imposición de una prohibición parecida a la que existió durante el exilio y proscripción de Perón, es poco probable que lograse algo sino agigantar aún más la figura de Cristina. Cuando se da la excepción histórica y se establece un liderazgo natural, el intentar negarlo, ocultarlo o prohibirlo solo arroja como resultado lo opuesto a lo que se desea lograr.

El Papa Francisco, socio de Cristina Fernández en la lucha de la causa de los pueblos, que empieza con la crisis de la deuda en nuestro país.

Cristina Fernández de Kirchner es esa excepción histórica, como lo son Lula da Silva en Brasil —habiendo estado preso y sin ocupar cargos públicos hace varios años— y Vladimir Putin en Rusia, o como lo fue Hugo Chávez en Venezuela. Son todos liderazgos naturales construidos en base a una autoridad moral que se consigue mediante una conducta sostenida en el tiempo, carisma y algo de fortuna a lo largo del camino. Cristina Fernández es entonces un par de Lula da Silva y de Vladimir Putin, aunque acá hay una diferencia sustancial. Gracias a lo extraordinario de los tiempos, en la Argentina se ha dado una situación tan infrecuente en la historia que en la memoria no registramos antecedentes históricos: en nuestro país se ha yuxtapuesto o hay un concurso de liderazgos naturales. En una palabra, lo que solo ocurre una vez cada tantas décadas y con mucha suerte, está ocurriendo por duplicado hoy. Hay dos generales Perón coexistiendo en la Argentina. Son los dos popes.

Dualidad y discurso unificado

Quizá los contemporáneos no tengamos hoy la dimensión exacta de extraordinario de la coyuntura que estamos transitando ahora mismo, lo que en sí es normal: el hombre suele valorar correctamente los hechos históricos, pero solo a distancia. Normalmente, son las generaciones posteriores las que dan la correcta valoración de lo que para esas generaciones ya es pasado al momento de hacer dicha valoración, o lo que suele llamarse simplemente perspectiva histórica. Los que estamos insertos en esta realidad solemos perder de vista lo que está pasando. ¿Y qué está pasando, en verdad? Está pasando que hay dos generales Perón en circulación, ninguno de ellos ejerce la presidencia de la Nación y, no obstante, ambos mueven sobremanera la aguja en la política nacional e internacional. Y los que asistimos a eso en vivo y en directo no tenemos mucha conciencia de ello, de que hay dos verdaderos popes y de que ambos están usando sus liderazgos naturales para operar por la causa del pueblo nación-argentino y hasta de la humanidad entera.

Cristina Fernández de Kirchner y el cardenal Jorge Bergoglio (ya Papa Francisco, por supuesto) son esa concurrencia de popes históricamente extraordinaria. Es como si nuestro país tuviera no uno, sino dos generales Perón para transitar la actualidad de la definición de su destino. Pero no solo eso, sino que el mundo en el debate de su reordenamiento en virtud de una revolución en ciernes cuenta con dos actores argentinos en la lucha contra el libre mercado de los ricos y las corporaciones. Aquí está lo fundamental de esta extraordinaria coincidencia de liderazgos naturales: Cristina y Francisco llegan de manera hasta providencial, llegan a tiempo para ser en la historia lo que Hegel hubiera llamado la astucia de la razón. Para Hegel, la historia tiene un fin último, un fin universal. Y si bien dicho fin se ve demorado por la irracionalidad de las acciones humanas, a menudo surge la astucia de la razón manifestándose en grandes personalidades, a través de las que la historia retome y sigue su curso de racionalidad hacia el fin universal previamente dispuesto. Esa es la forma moderna que Hegel encontró para homologar el concepto de divina providencia utilizado por San Agustín en La ciudad de Dios, esto es, la forma de referirse a algo que se expresa más allá de la imperfección del hombre en sociedad para reencauzar esa sociedad. La astucia de la razón es eso, es algo que surge y se manifiesta de vez en cuando en enormes personalidades, sobre todo cuando la irracionalidad generalizada resulta en descontrol social.

San Agustín de Hipona, en una representación religiosa de la divina providencia.

Cristina y Francisco son una rara concurrencia en la que esa astucia de la razón o esa divina providencia se manifiesta no en uno, sino en dos personajes destacados a la vez y justo en tiempos de zozobra. La Argentina se encuentra frente al desafío de obtener su segunda y definitiva independencia en el marco de una coyuntura económica terminal —ocasión ideal para revoluciones, de acuerdo incluso a los exégetas del “cuánto peor, mejor”— mientras el mundo se enfrenta a la encrucijada de un cambio de época resultante de la incorporación de nuevas tecnologías a la producción y de una extrema acumulación de riqueza por parte de unas minorías privilegiadas y egoístas. En este contexto histórico de irracionalidad absoluta surge la astucia de la razón a la moda de Hegel o la divina providencia de San Agustín —como mejor le guste al atento lector—, encarnada en dos popes de la política grande. Hay, ciertamente, algo que se está expresando más allá de lo inmediatamente visible.

La concurrencia es una dualidad y por eso es rara, pero es astuta porque se expresa con un discurso unificado. Mientras Cristina Fernández quita el velo de lo que los medios de difusión presentan como una simple “guerra comercial” entre los Estados Unidos y China, revelando que allí lo que hay es una disputa por la conducción del sistema capitalista a nivel global y el establecimiento del paradigma que va a ordenar el futuro, Francisco denuncia y ubica en las “estructuras del pecado” la monstruosa concentración de riqueza que pone la humanidad al borde del colapso. El Papa denuncia eso y pone el aparato de la Iglesia católica a funcionar en el combate a esa concentración, unificando su discurso con Cristina otra vez más cuando ella habla de insuficiencia regulatoria sobre los poderes fácticos, o esos mismos ricos que concentran la riqueza. Si el atento lector pone toda su atención y hace el esfuerzo de leer entre líneas, verá como en una epifanía que los dos popes de la política argentina están diciendo y están haciendo campaña por lo mismo en los niveles más altos de la política internacional, la que Perón definió como la verdadera política. Y cuando uno toma conciencia de lo extraordinario de la concurrencia de esa doble astucia de la razón argentina y de lo que está haciendo por la humanidad entera, en ese momento se da una idea al menos aproximada de la dimensión histórica de lo que estamos viendo pasar delante de nuestros ojos.

El filósofo Hegel, padre del concepto de astucia de la razón con la que la historia se manifiesta puntualmente para subsanar la irracionalidad humana y retomar su camino hacia el fin universal.

Entre nuestros hermanos de América Latina se usa decir, a modo de chascarrillo, que un argentino se suicida subiéndose a lo más alto de su ego y arrojándose desde allí. Algo de verdad hay en ello, tenemos el ego muy inflado y solemos sobrevalorar mucho de lo nuestro cuando eso logra tener relevancia internacional. Pero somos inimputables por el hecho: si la astucia de la razón o la divina providencia elige manifestarse en ejemplares que pertenecen a este conjunto de muy poquitos individuos, difícilmente podríamos evitar la idea de que somos un poco especiales en medio del montón. A lo mejor es solo una idea y no es así, no hay nada especial en la condición de argentino. A lo mejor es tan solo eso, un ego demasiado inflado, aunque nada de eso tiene importancia frente a la realidad efectiva de que hoy dos argentinos están luchando por los pueblos en el centro de la discusión global. Es para estar orgullosos y es para rezar por ellos, si el que se siente el orgullo es de rezar. Rezando por ellos estaremos rezando por la humanidad entera, que de eso se trata al fin y al cabo.