Nuestra endeble democracia está muriendo. Los escasos derechos para las mayorías populares que hemos sabido conquistar en la última década larga se esfuman rápidamente y se reemplazan por tristes expresiones de individuos y grupos que ya debieron haber sido superados por la historia, pero vuelven desde sus sarcófagos, reanimados por una restauración conservadora que pone en riesgo la existencia de los pueblos.

Solemos decir que nuestra democracia es joven, pero lo es solo en cantidad de años. En edad real, nuestra democracia está envejecida, tiene olor a moho. Está putrefacta, en una palabra. La poca democracia que resta en Argentina tiene la edad promedio de los asistentes a la marcha de apoyo al gobierno neoliberal, ocurrida el pasado 1º. de abril. Y tiene también la cara de esos asistentes: caras tristes, caras de locura y de odio. Nuestra democracia es vieja y fea, y está muriendo a manos de la tiranía del mercado, con la complicidad de pueblos tibios y serviles, unos pueblos que han sido adiestrados durante décadas para aceptar pasivamente el sometimiento.

¿Podremos salvar la democracia?

La respuesta es no. O por lo menos es no en lo que se refiere a esta democracia vieja, moribunda. Esta democracia que vemos morir nunca fue real porque siempre se basó en un esquema que en esencia es conservador. Nunca hemos conocido la democracia plena, la que garantiza todos los derechos de las mayorías y es fuerte, invulnerable, en tanto y en cuanto la defienden esas mismas mayorías empoderadas.

El único tipo de democracia que hemos conocido en Argentina es una democracia burguesa/oligárquica, una suerte de democracia tutelada por los poderes fácticos para que no sea demasiado democrática y no toque los privilegios de ese mismo poder fáctico. Corporaciones que gobiernan o condicionan gobiernos populares con sus medios de difusión; una “justicia” corporativa, de tipo medieval; mafias de todo tipo enquistadas en el Estado mismo. Poco puede hacer un gobierno de los pueblos con tantos enemigos al acecho y es natural que su existencia —la del gobierno popular— sea limitada en el tiempo y sucedida por feroces restauraciones blancas.

Esto es lo que nos pasa hoy: en los doce años de gobierno popular no hemos logrado cambiar las estructuras y destruir al enemigo de los pueblos. Lo dejamos vivir y fortalecerse en las sombras hasta que pudo dar el golpe y recuperar el poder político. Una vez encumbrado de nuevo allí, el enemigo se volvió contra los pueblos con saña inusitada, y transitamos así la noche más oscura de los últimos 40 años.

Nuestra democracia muere en el siglo naciente y no hay nada que podamos hacer para salvarla. Está bien que así sea: a los pueblos no nos conviene salvar lo viejo para que nos dure algunos años más. Lo que realmente conviene es construir una nueva democracia sobre las cenizas de la vieja, pero una democracia real, popular en sus estructuras, que logre destruir al enemigo violento y establecer la igualdad entre todos. Necesitamos lo nuevo, que venga sin la posibilidad de resucitar lo viejo cada diez o quince años. Tenemos que ir por todo, y tenemos que hacerlo ya.

Gramsci decía que cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, hay un claroscuro. Y que en ese claroscuro surgen los monstruos. Entonces lo viejo debe terminar de morir, para que nazca lo nuevo y no haya más monstruos.

Tenemos que volver, tenemos que volver mejores. Y para hacerlo debemos volver con lo nuevo, que es lo radicalmente nuevo. Tenemos que volver, pero tenemos que volver distintos. Tenemos que hacer el hombre nuevo del siglo XXI, hacerlo nosotros mismos. Tenemos que lograrlo para no volver a ver las caras del pasado desfilando por las calles. Esas caras son muy tristes y dan mucho miedo.

(Gracias Elías Sarquis por estas imágenes)